23 de septiembre del 2019
 
‘Familia de indios churruyes en viaje’ (1871). Imágenes y relatos de un viaje por Colombia, 1870-1884. Colección José María Gutiérrez de Alba. Cortesía De La Biblioteca Luis Ángel Arango, Bogotá
Junio de 2017
Por:
Luisa Fernanda Sánchez Silva. Antropóloga, Magíster en Antropología Social, Máster en Sociología y Doctora en Sociología del Instituto de Altos Estudios de América Latina IHEAL-Paris 3. Profesora e investigadora del Departamento de Antropología de la Pont

EL LLANO FESTIVO

Las festividades llaneras son el resultado del encuentro de elementos culturales de distintos grupos sociales que coincidieron, a partir del siglo XVII, en el territorio comprendido por los ríos y afluente que desembocan en el Orinoco.

Los llanos colombo-venezolanos evocaban, hasta hace pocas décadas, una imagen predominante: la de las sabanas que durante más de cuatro siglos alojaron y dieron sentido al universo ganadero; los aires del joropo que acompañaban las tristezas y alegrías cotidianas de los hombres y mujeres; las faenas agrícolas y los trabajos de llano; las vicisitudes de indígenas, llaneros y una infinidad de migrantes que llegaron en la búsqueda de una tierra para vivir y de una utópica tranquilidad para existir. 

A pesar de las transformaciones radicales que ha experimentado esta vasta región y que han modificado sus ecosistemas y procesos poblacionales, hoy la fiesta y la música siguen teniendo un lugar preponderante para afianzar los circuitos festivos y universos lúdicos, sonoros, gastronómicos, políticos y comerciales únicos en el país. Actualmente se celebran en la Orinoquía colombiana centenares de fiestas de la más diversa índole y cada una de ellas cuenta una historia en sí misma. 

Este artículo abordará las celebraciones, conmemoraciones y festividades llaneras como vehículos de la memoria, mostrando cómo, entre olvidos y reconfiguraciones, se entreteje el sentimiento festivo, la algarabía y la siempre presente nostalgia que es en el llano la más poderosa de las fuerzas creativas**. 

Baile típico. Obra de François Désiré Roulin, (ca. 1823). Colección banco de la república. Reg. 4090. / foto ernesto Monsalve

 

Las sonoridades históricas  del territorio llanero 

Las festividades llaneras y sus múltiples manifestaciones musicales, sociales y simbólicas son, en gran medida, resultado del encuentro de elementos culturales de distintos grupos sociales que coincidieron, a partir del siglo XVII, en el territorio comprendido por los ríos y afluentes que desembocan en el Orinoco. Desde 1625, cuando la Compañía de Jesús expandió su proyecto agrícola, textil y ganadero que había sido ya implementado en los territorios del sur, la hacienda se convirtió en el modelo más importante de poblamiento, explotación y dominación de los achagua de las vegas de los grandes ríos; los jirara y tunebo de la región occidental de Arauca; los sae, guayupe y eperigua en los llanos del Ariari y los otomaco, sáliva y yaruro en el bajo Apure, Arauca y Medio Orinoco, entre otros muchos grupos indígenas que habitaban las selvas, sabanas y piedemontes. 

‘Horrible aguacero a nuestra entrada a los Llanos’ (1871). Imágenes y relatos de un viaje por Colombia, 1870-1884. Colección José María Gutiérrez de Alba. Cortesía De La Biblioteca Luis Ángel Arango, Bogotá

 

El acelerado control de la población indígena y de sus territorios, la adopción generalizada del español y de la religión católica fueron elementos que facilitaron la transformación de las actividades de subsistencia tradicionales hacia una actividad que representó no solamente el eje productivo del proyecto misionero sino también su principal pilar cultural: la ganadería extensiva. En este proceso, la música, su enseñanza y su práctica fueron instrumentos efectivos de dominación, pero también se convirtieron en el medio de expresión del universo cultural que se gestó progresivamente. Así, la ejecución de la vihuela, el arpa y la guitarra andaluza, los instrumentos de percusión y de cuerda indígenas originaron la materia sonora que encontraría su correlato en el ‘galerón’ de herencia fluvial continental. 

De allí surgieron los ritmos y cantos que son ancestros del joropo actual y que acompañan desde entonces la vida de los llaneros. Estos elementos, fusionados con las prácticas culturales de indígenas y migrantes del interior del país, dieron lugar a un escenario vital para lo festivo: fiesta para celebrar el espacio cotidiano, los santos y las vírgenes milagrosas; los hechos históricos oficiales y disidentes; las cosechas, subiendas y actividades ganaderas; las expresiones orales como el corrido y las habilidades de los jinetes en el coleo y la vaquería. Así, acercarse a las lógicas festivas del Llano es también acercarse a la historia de una región que no ha dejado de transformarse. 

Olvidos

De acuerdo con investigaciones académicas, en 1815 se registró por primera vez el baile del joropo. En su trabajo histórico sobre este mismo género, el investigador Óscar Pabón encontró que en 1875 y 1876, los viajeros describían las fiestas como eventos en los que se bailaba en galeones, al son de los tiples, bandolas y maracas. Un año más tarde, otro viajero relataba la práctica de la serenata nocturna con la que lo habían agasajado los locales. Esta herencia, enriquecida con los lecos, coplas, versos y sonoridades de los cantos que acompañaban las faenas y viajes, en los que lotes de hasta mil reses eran transportados a pie por las míticas rutas ganaderas, afianzaron la imagen de los habitantes llaneros como personas que aman, sienten y cultivan la música. Fue así, que Martín Ángel recordó que en el Llano “se cantaba a lo divino, a lo humano y a lo adivino”, en referencia a la habilidad de quienes, a través del contrapunteo, homenajeaban lúdicamente el entramado social y cultural de las sabanas. 

Joropódromo en Villavicencio, Meta (2011). Foto archivos de intercultura

 

Adicional a este carácter musical, el llano es también un territorio de historia y con su recuerdo disputa su lugar en la representación de la nación. Por ello, las fiestas que rememoran o reinterpretan hechos emblemáticos del pasado (real y ficticio) han jugado un papel protagónico aunque no han estado exentas de caer en el olvido, como necesario componente de todo ejercicio de memoria. Una de las que más suele mencionarse es el Tiempo de Negreras, en el municipio de Arauquita, departamento de Arauca. Estas eran celebraciones en las que diferentes comparsas encarnaban personajes del imaginario colonial hispano, pero reinterpretadas a través de la pintura corporal y los accesorios del vestuario como disfraces y coronas. Estos personajes eran reyes, reinas, princesas, duquesas, alferas y alféreces, cargos que las personas heredaban desde su nacimiento y conservaban aún después de la muerte. Cada comparsa tenía su bandera, adquiría su cargo mediante una ceremonia de juramento y el día de la celebración, que coincidía con el de Santa Bárbara, salían a desfilar y a bailar, tiznados de negro (de allí el nombre de negreras). Las negreras recogían monedas y otras ofrendas de casa en casa e interpretaban una suerte de serenatas al son de galerones orquestados con bandolas, cuatros, maracas, furrucos y otros tantos instrumentos de cuerda y percusión. También hacían bailes únicos como el del Matachín en el que una persona danzaba en las calles vestida de hojas de plátano secas y una máscara. 

Símbolos en las Cuadrillas de San Martín, Meta: Patrono religioso San Martín, Sacerdote de la Iglesia Católica y representantes de los cuadrilleros: Guahibo, Galán, Moro y Cachacero (2016). Foto Archivos De Intercultura

 

Además de las fiestas destinadas a los espacios públicos, eran comunes aquellas que concernían a los espacios privados. Allí se encontraban algunas de las expresiones más ricas del repertorio festivo llanero, hoy prácticamente en desuso. En estos festejos hacían parte de dicho universo el velorio o llora, que se refería al pago de una promesa a un santo. Tras los rezos y procesiones alrededor de las casas, la imagen del santo que se estuviera honrando se tapaba con una tela negra para dar inicio al parrando. Figuran también los rosarios cantados y por último los velorios de angelitos, funerales de niños que, siguiendo una antigua y extendida tradición latinoamericana y africana, eran asumidos socialmente como motivo de regocijo y celebración, puesto que los infantes escapaban a los sufrimientos terrenales y protegían a los vivos desde otra dimensión. Además, el rezo se combinaba con el canto y los cantantes formaban coros que interpretaban estilos musicales propios denominados por Juan Galea como músicas de santo. 

Guahibos (indígenas) en las Cuadrillas de San Martín, Meta (2016). Foto archivos de intercultura

 

Las fiestas de antaño no solo concernían a la población mestiza. En Orocué, a orillas del río Meta, la fiesta de Nuestra Señora de la Candelaria, documentada desde los años 30 del siglo XX, tenía como núcleo la participación indígena a través de una infinidad de prácticas rituales que iniciaban dos semanas antes de la celebración. Entre estas prácticas se destacaban la preparación del guarapo, la repartición de la catibía, un pan hecho de harinas producto de la cosecha de todos los huertos –que se ofrendaba a los asistentes–, el nombramiento del alférez, las danzas acompañadas de siringas (flautas de pan), tambores, botutos (flautas largas), palmas reales y los ya mencionados matrimonios colectivos. 

Hoy se conservan sobre todo los bailes del botuto y chavo venao que se celebran tras la apertura de las fiestas. Estas expresiones siguen siendo importantes para los indígenas, los numerosos asistentes del Casanare y el resto país, que ocupan un lugar marginal frente al reinado de Miss Simpatía, la competencia de motocross, la riña de gallos, los concursos de coleo y los masivos conciertos de música popular o de música llanera. 

Cachacero (afros) en las Cuadrillas de San Martín, Meta (2016). Foto archivos de intercultura

 

Aquellos olvidos que han transformado las fiestas y celebraciones son consecuencia de una multiplicidad de factores. Entre estos se destaca la urbanización de la Orinoquía que hoy presenta una de las tasas más elevadas del país, la arremetida de los conflictos armados históricos y contemporáneos, el lugar marginal de las poblaciones indígenas, la fractura entre una generación que vivió la dureza de la vida de las faenas ganaderas, los oficios de fundos y las aspiraciones que se afincan en los escenarios urbanos. Todo lo anterior ha producido una crisis de identidad hegemónica, anclada en el universo cultural ganadero, frente al panorama de una región volcada cada vez con más fuerza hacia la extracción de hidrocarburos y la agroindustria. 

Ahora bien, ¿significan estos olvidos también silencios? Para algunas expresiones como los cantos de velorio, sí, puesto que además de no ser ya practicados se encuentran pocos registros que las hayan documentado. Pero en otros casos el silencio se ha venido transformando en la algarabía de las alboradas, los conciertos, los festivales o bien en los intentos de diferentes gestores culturales y grupos sociales por recuperar lo que se ha perdido y así encontrar nuevos significados y posibilidades. 

Miembros cuadrilla de los Moros (árabes) en las Cuadrillas de San Martín, Meta (2016). Foto Archivos De Intercultura

 

Permanencias  y transformaciones de la fiesta 

Hablar de fiesta en los llanos está inexorablemente ligado a hablar de joropo. Las festividades religiosas, las ferias ganaderas y los desfiles en el espacio público tienen como núcleo este género musical en alguna de sus múltiples expresiones que se pueden exaltar a través de los joropódromos (desfile de escuelas de joropo) o joropera, en Acacías. Estas festividades se celebran en varios pueblos y ciudades llaneras para premiar la creatividad y destreza de músicos, cantantes y copleros por medio de centenares de concursos o para despertar alegrías colectivas con sus golpes recios y nostálgicos pasajes. 

Por esta razón, el joropo en la actualidad representa una de las músicas más consumidas y disfrutadas en el país. Aunque los nostálgicos añoren las épocas en que no existía el bajo eléctrico ni el joropo coreográfico y en los que las letras homenajeaban la vida de los llaneros criollos, este género, que no encuentra fronteras políticas ni geográficas con Venezuela, ha permitido que los circuitos festivos se amplíen y tomen fuerza. 

Galanes (españoles) en los juegos ecuestres. Cuadrillas de San Martín, Meta (2016). Foto Archivos De Intercultura

 

Este es el caso del Festival de la Canción Colombiana, hoy Torneo Internacional del Joropo, que fue creado en Villavicencio en 1962 con el objetivo de dar a conocer la riqueza musical llanera al resto del país y dar sustento a la ‘llaneridad’ como eje identitario. Es, sin duda, el escenario más amplio de intercambio artístico y cultural entre Colombia y Venezuela, y un referente dentro de las fiestas llaneras por la riqueza de su programación y capacidad de convocatoria. Este tipo de festivales han generado consecuencias disímiles; entre otros, se puede incluir al Festival de la Bandola Llanera Pedro Flórez de Maní y al proceso de masificación del folclor llanero que data de los años ochenta en el departamento del Meta.

Sin embargo, la excesiva formalización como requisito de los concursos de interpretación y baile han homogeneizado las prácticas, y el énfasis en el espectáculo de masas ha derivado en la banalización de expresiones que originalmente estaban vinculadas al universo del trabajo en el que encontraban su poderoso significado, sumado a la politización como recurso electoral que ha desviado el objetivo cultural de estos eventos. 

Así mismo, el joropo se ha convertido en un referente de encuentro para llaneros rurales, urbanos, migrantes, colonos, indígenas y afrocolombianos. De allí su potencial como mecanismo de memoria, que recrea e inmortaliza una visión idealizada del pasado rural y ganadero ligado a las sabanas, pero que, al mismo tiempo, permite a diversos colectivos sociales que confluyen en la Orinoquía contemporánea proyectarse hacia el futuro y encontrar un sentido social en el presente. 

Otro de los escenarios que resulta importante para entender las transformaciones en el universo festivo llanero es el de los parrandos o fiestas colectivas que tenían lugar en las casas, fundos y hatos para celebrar eventos sociales, momentos claves en el calendario agroecológico o celebraciones religiosas y profanas como San Juan, San Pedro o San Pascual. En los parrandos que duraban dos o tres días se asaba la ternera mamona, se consumían amasijos y bebidas fermentadas, se bailaba y cantaba, y con ello, se celebraba el llano en todas sus dimensiones. 

Hoy, los músicos, que son el elemento central de la fiesta, son remunerados por su servicio mientras que en los parrandos de antaño solo se contrataba a los cantantes, dado que los demás participaban espontáneamente a cambio del reconocimiento social por su destreza. La amplificación del sonido y el cambio en los instrumentos son otros factores que han modificado la experiencia sensitiva y social de la fiesta. Antes se valoraba el silencio mientras los músicos tocaban y la celebración se regía por estrictos códigos de género y generación –el respeto del parrando lo llaman algunos–. Los parrandos siguen siendo hechos sociales en los que convergen el baile, la música y la cocina tradicional, además de las proezas de los jinetes. Todos estos elementos siguen dando vida al entramado cultural del esquivo término de lo ‘llanero’. 

Además de aquellas fiestas que han sufrido cambios notorios, existen también expresiones festivas que más allá de los circuitos del joropo han logrado mantenerse casi sin interrupción desde su creación. Entre otras se destacan las emblemáticas ‘Cuadrillas de San Martín’, fiesta patronal del municipio que lleva el mismo nombre y cuya celebración data de 1735. Los recientes procesos de patrimonialización y la apuesta por la consolidación del turismo cultural como alternativa a las difíciles condiciones socioeconómicas de la Orinoquía han jugado un rol preponderante en la gran visibilidad nacional e internacional que han adquirido estas fiestas. 

Carretilla frutícola en Lejanías, Meta, durante el Festival Frutícola, Deportivo, Cultural y Turístico del Llano (2015). Foto Grupo De Investigación En Lejanías, Meta

 

Pero, este impulso –que ha derivado en no pocas contradicciones y retos para las poblaciones locales–, se debe a la capacidad de cohesión y de gestión de recursos locales que, de manera creativa, han emprendido históricamente las juntas patronales. Las cuadrillas, cuya base es el espectáculo ecuestre que interpretan magistralmente cuatro grupos de 12 jinetes que encarnan a galanes (españoles), cachaceros (afros), moros (árabes) y guahibos (indígenas) son ejemplo de la profunda trascendencia que tienen las fiestas para los municipios y sus habitantes. Esto debido a que la pertenencia a las cuadrillas se hereda de padres a hijos y sobrinos, lo que representa, en la práctica, la responsabilidad de trabajar durante todo el año para construir los vistosos vestuarios y conseguir los recursos que se requieren para su celebración. 

Recientemente han surgido o resurgido celebraciones. Así, toman cada vez más fuerza las festividades que reivindican la ‘cultura colona’ a través de expresiones festivas –y verdaderas muestras de arte popular– como las carretillas frutícolas del municipio de Lejanías, Meta, que se realizan desde 2008 como parte del Festival Frutícola, Deportivo, Cultural y Turístico del Llano, o la Plataniada en el municipio de Fuente de Oro, en el mismo departamento. 

De igual forma, se han fortalecido en los últimos años algunos festivales indígenas. Mientras que en Orocué, los asistentes notan la fractura generacional entre los indígenas sáliva y la disminución de su participación, el Festival Gastronómico y Cultural del Cachirre, en el resguardo Sikuani Wuacoyo de Puerto Gaitán es una buena muestra de los procesos de consolidación reciente de redes festivas entre diferentes grupos indígenas originarios de los llanos y otros lugares del país, migrantes recientes de la Amazonía, como los yukuna de Cumaral o los uitoto y tatuyo de la vereda Puerto Colombia en la vía a Puerto López. 

Entre estas reivindicaciones también podemos contar con los esfuerzos de gestores que en municipios como Arauca o Villavicencio buscan recuperar tradiciones ya olvidadas, en un llano que cada vez encuentra menos lugar para practicarlas. Este es el caso de las negreras de Arauca que se volvieron a celebrar en 2015 o el San Pascual Bailón, que fue recuperado y se ha mantenido desde hace 20 años en casa de un grupo de amigos, investigadores y apasionados de la vida llanera en Villavicencio. El San Pascual es una celebración para pagar los favores recibidos por este santo y tiene como requisito que, mientras dure la celebración, debe haber sin interrupción licor, música y baile en la casa en la que se ofrece el parrando. Allí, se instala un altar desde el cual, luego de ser cubierto con un lienzo, el santo preside el festejo. Este ha sido el compromiso asumido por este grupo que reclama, de modo lúdico y con interés histórico, su derecho a seguir existiendo como llanero.  

Finalmente, todas estas formas de celebrar la vida nos invitan a recordar que el Llano está compuesto de llaneros de muchos lugares y que cada uno, a partir de sus festividades, celebraciones y conocimientos, aporta de manera específica a la riqueza cultural de esta región. Por ello, aunque el Llano en muchas zonas ha dejado de ser el Llano ganadero de nuestro imaginario nacional, sus celebraciones, tanto individuales como colectivas, institucionales, comerciales o cotidianas, permiten interrogar las relaciones sociales, los sentidos, las dificultades, resistencias y reacomodos de su población frente a los fenómenos complejos que engloban tanto las apuestas turísticas y agroindustriales como al despojo de tierras y al desplazamiento forzado que aún enluta a la región.

**Este artículo debe gran parte de su información a la generosidad de mis amigos llaneros Jhon Moreno, Óscar Pabón y Cachi Ortegón.

Referencias

1 Ortiz, Francisco y Pradilla, Helena. Indígenas de los Llanos Orientales. En: Introducción a la Colombia Amerindia. Bogotá: Instituto Colombiano de Antropología, 1987. p. 83-95.

2 Fajardo, José. La música en las reducciones jesuíticas orinoquenses. En: Venezuela, Boletín de la Academia Nacional de la Historia. Volumen XC, Fascículo 357. 2007. p. 19 - 45.

3 Rivera, Carlos. Cultura musical llanera urbana, un imaginario que se construye en las ciudades del piedemonte. En: Revista Pensamiento Palabra y Obra. Bogotá: Universidad Pedagógica Nacional, No. 3. 2010. p. 12-23.

4 Pabón, Óscar. El joropo en Villavicencio: momentos y pioneros. Villavicencio: Editorial Juan XXIII, 2009. p. 13.

5 Ángel, Martín. Del folclor llanero. Villavicencio: Litografía Juan XXIII, 1979. p. 11.

6 Matus, Miguel. La Negrera. Bogotá: Impresos Jaber, 1996. p. 58.

7 Ocampo, Javier. El folclor y los bailes típicos colombianos. Manizales: Biblioteca de Escritores Caldenses, 1981. p. 176.

8 Pabón, Óscar. Informe: Fiesta de la virgen de la Candelaria en Orocué. Villavicencio: Cámara de

 Comercio, Mimeo, 1989.

9 Pabón, Op. cit., p. 13.

10 Baquero, Inírida, Durán, Jorge y Ortiz, Jorge. Aproximación histórica, semiótica y estética al parrando llanero. En: Premio Departamental de Historia - Departamento del Meta. Bogotá: Ministerio de Cultura, 1998. p. 27.

11 Rivera, Op. cit., p. 18.

12 Baquero, Durán y Ortiz. Op. cit., p. 25.