17 de septiembre del 2019
 
Tipos del ejército del Cauca. Dibujo de A. de Neuville en Geografía Pintoresca de Colombia.
Octubre de 2012
Por:
Jairo Gutiérrez Ramos. Doctor en Historia, Universidad Nacional de Colombia. Profesor, Escuela de Historia, Universidad Industrial de Santander, Bucaramanga.

El fugaz pero fatal encuentro del indio Agualongo con el coronel Mosquera.

El 1 de Junio de 1824 una avalancha inesperada bajó por el río Patía con rumbo a Barbacoas. Se trataba de la desesperada tropa que, bajo el comando del indio pastuso Agustín Agualongo, esperaba tomar la ciudad y apoderarse del oro almacenado allí con destino al Ejército del Sur comandado por Bolívar. Al mando de la plaza se encontraba un aristócrata payanés, el coronel Tomás Cipriano Mosquera. Sería la primera y última vez que los dos coroneles, el uno realista y el otro republicano, se enfrentarían en un campo de batalla, pero para ambos, este fugaz pero feroz encuentro tendría consecuencias irreparables.

La dilatada y meritoria carrera militar del indio Agualongo

Agustín Agualongo nació en el pueblo de indios de Anganoy, cerca de Pasto, en 1780. Según sus escasos e imaginativos biógrafos, en su infancia y juventud desempeñó diversos oficios propios de su clase y raza, tales como aguatero o pintor de brocha gorda, aunque no falta quien haya intentado “blanquearlo” y mejorar su estatus social: de este modo se ha pretendido metamorfosear al “indio bruto” que describen los generales patriotas, en un gallardo mestizo, dedicado a la pintura artística.

En todo caso, su carrera militar se inició tardíamente y desde abajo: después de los 30 años, en 1811, se vinculó a las milicias realistas para combatir a los revolucionarios quiteños. Desde entonces formó parte de todos los ejércitos realistas que desde el sur de la Nueva Granada se opusieron a la independencia. En 1812 combatió al lado de los negros patianos que recuperaron la ciudad de Pasto de manos de los republicanos y que terminó con el fusilamiento de Joaquín de Caicedo y Cuero y Alejandro Macaulay. En 1813 ya era sargento, y como tal participó en la toma realista de Popayán en 1815. Al año siguiente fue ascendido a teniente, y en 1820, después de la batalla de Guachi pasó a ser capitán. A fines del mismo año le fue confiada la jefatura civil y militar de la ciudad ecuatoriana de Cuenca, cargo que desempeñó cerca de un año. En 1822 participó en la batalla de Pichincha, y luego de la derrota de los realistas, fue licenciado por efecto de la capitulación general decretada por el general Sucre. Volvió a Pasto, que a mediados del mismo año fue tomada por las tropas republicanas al mando de Bolívar, acontecimiento que dio lugar a dos violentas rebeliones populares. En ambas tuvo una participación muy destacada Agualongo, quien a raíz de ello fue ascendido a coronel del Ejército Real.

La primera rebelión antirrepublicana se inició en septiembre de 1822, y fue dirigida por el coronel español Benito Boves. Su resultado fue desastroso para los pastusos, pues fue reprimida a sangre y fuego por las tropas del propio general Sucre en diciembre del mismo año. La forma inclemente en que fueron tratados la ciudad y sus pobladores solo condujo a una paz efímera, pues a mediados de 1823 se inició otro levantamiento, esta vez comandado por el indio Agualongo y Estanislao Merchancano, quienes, contra toda previsión razonable, derrotaron al general Juan José Flores y se tomaron la ciudad y restablecieron el gobierno realista. Y como si fuera poco, juntaron un ejército que inició una inesperada marcha triunfal sobre Quito, donde esperaban encontrar un importante respaldo político y militar.


La experimentada y exasperada
tropa republicana cercó la ciudad,
acorraló a los rebeldes, y desató
una inicua carnicería que, según
los testigos, dejó en el campo más
de 800 pastusos muertos.

Bolívar, quien se encontraba en Guayaquil, impaciente por partir hacia Lima, no pudo soportar tanta insolencia, y él mismo se puso al frente del ejército que se encargó de contener a los insurrectos en la ciudad ecuatoriana de Ibarra, que estos se habían tomado sin mayor esfuerzo. La experimentada y exasperada tropa republicana cercó la ciudad, acorraló a los rebeldes, y desató una inicua carnicería que, según los testigos, dejó en el campo más de 800 pastusos muertos, procurando dar cumplimiento al deseo del Libertador de “exterminar a la raza infame de los pastusos”.

Unos pocos rebeldes lograron escapar, y entre ellos Agualongo. Contra toda esperanza, este logró reorganizar los restos del ejército derrotado y, de regreso a Pasto, pudo reclutar algunos refuerzos. Con su menguada tropa sitió nuevamente la ciudad y, aunque finalmente fue derrotado, su tenacidad, su astucia y capacidad militar, llevaron a que el general Santander, encargado del gobierno republicano, enviara a Agualongo y Merchancano una carta conciliadora, ofreciéndoles una paz decorosa. Pero la propuesta fue desestimada y la desigual confrontación continuó hasta mediados de 1824, cuando Agualongo se vio forzado a intentar la toma de Barbacoas, en procura del tesoro allí acopiado para las tropas de Bolívar, y buscando la salida hacia el puerto de Tumaco, con la esperanza de hacer allí contacto con los corsarios realistas, españoles o peruanos.

La fulgurante y veloz carrera militar del coronel Mosquera

A diferencia de Agualongo, Tomás Cipriano Mosquera Arboleda nació en Popayán en 1798, en cuna de oro, y como miembro de la más opulenta y linajuda familia de la ciudad. Hijo de José María Mosquera Figueroa y María Manuela Arboleda Arrechea, primos y miembros ambos de linajes con pretensiones de ascendencia real. Tuvo por ello Tomás Cipriano una esmerada educación y la permanente protección y respaldo de su extensa y poderosa parentela. Al parecer hizo sus primeras armas, contra el querer de su familia, en el ejército de Nariño, en 1814. Pero, pese a las veleidades políticas de algunos de sus hijos, la prestancia social y el abultado patrimonio de José María Mosquera, hicieron que tanto los comandantes realistas como los patriotas, quisieran contar con su respaldo. Bolívar no fue la excepción, y cuando llegó por primera vez a Popayán, en 1822, procuró ganarse su amistad haciendo del joven Tomás primero su edecán, poco después su secretario privado, y dos años después, cuando este apenas contaba con 26 años, le confió el gobierno civil y militar de la provincia de Buenaventura. Para ello tuvo que hacerlo teniente coronel a las volandas, pero su apellido lo hacía merecedor de eso y más. Fue en el ejercicio de ese importante cargo que debió ocuparse de recoger el oro acopiado en Barbacoas para el Ejército del Sur. Y fue por eso que, sin estar suficientemente preparado para ello, debió enfrentarse a los desesperados restos del ejército de Agualongo.

El fatal encuentro

El 31 de mayo de 1824 se presentó en el puerto de Barbacoas la primera avanzada realista, pero la barcaza en que se trasportaban fue volada de un cañonazo. Al día siguiente el grueso de la tropa insurgente intentó tomar por asalto la ciudad, la cual fue intensamente asediada y finalmente incendiada. No obstante, Agualongo y sus hombres fueron derrotados, y los pocos sobrevivientes debieron contramarchar hacia el Patía. Entre ellos, herido en una pierna, iba Agualongo.
Por su parte, el coronel Mosquera recibió también una grave y dolorosa herida en la mandíbula, que lo obligó a una larga convalecencia y dejó una marca indeleble en su altiva y bien cuidada figura de dandi criollo.

El triste epílogo

La diosa Fortuna y la musa Clío suelen darle a cada uno “lo que se merece”, generalmente en puntual concordancia con el lugar que se ocupa en la escala social. Ello quizás nos ayude a entender por qué, mientras el sufrido coronel Agualongo fue fusilado en Popayán, sin mayores consideraciones, el señorito Mosquera fue ascendido en el escalafón militar y burocrático, pues de jefe civil de Buenaventura, pasó a ser Intendente de Guayaquil. Pero ni así pudo olvidar nunca su encuentro con Agualongo, pues pese a los esfuerzos de los más connotados cirujanos de la época, la fractura de la quijada y el agujero en la lengua que sufrió en Barbacoas, lo convirtieron para siempre en “El Gran General Mascachochas”.

Bibliografía

  • Diego Castrillón Arboleda. Tomás Cipriano de Mosquera, Bogotá: Planeta, 1994.
  • Emiliano Díaz Del Castillo. El caudillo. Semblanzade Agualongo, Pasto: Biblioteca Nariñense deBolsillo, 1983.
  • John Potter Hamilton. Viajes por el interior de las provincias de Colombia, Bogotá: Colcultura, 1993.
  • Alberto Montezuma Hurtado. Banderas solitarias.Vida de Agualongo, Bogotá: Banco de la República,1981.
  • Sergio Elías Ortiz. Agustín Agualongo y su tiempo,Bogotá: Cámara de Representantes, 1987.