12 de diciembre del 2019
 
Septiembre de 2019
Por:
Vladimir Daza Villar* Magíster en Historia, Universidad Nacional de Colombia, sede Bogotá, y Doctor en Historia, Universidade Federal Juiz de Fora, Minas Gerais, Brasil. Docente, Facultad de Ciencias Jurídicas y Sociales, Universidad de Caldas (Manizales)

EL BANCO

El Banco fue fundado en la campaña de poblamiento adelantada por José Fernando Mier y Guerra, en las riberas del río Magdalena, a mediados del siglo XVIII. Dicha campaña tenía como propósito congregar a la “gente libre” en asentamientos nucleados, donde esos pobladores, fundamentalmente mestizos, debían residir para facilitar el control espiritual, civil y económico que ejercían las autoridades.

Antes del período hispánico, en lo que hoy conocemos como la región Caribe, la vida de la población indígena transcurrió en las riberas del río Magdalena, en las del río Sinú y en sus fértiles valles y montañas. La antigua población indígena que habitaba el territorio de la provincia del Magdalena y de Santa Marta estaba compuesta por chimilas, zenúes, malibués, taironas, turbacos, mahates y otros grupos. Según Hermes Tovar, los españoles extrajeron de estos territorios mucho oro de las tumbas indígenas que se esparcían por las afueras de Cartagena y las sabanas del Sinú. En otro sentido, Marta Herrera Ángel muestra cómo la población indígena fue declinando por diversos motivos, como enfermedades, exceso de trabajo en las encomiendas y debido a los rigores asociados con las labores que cumplían como bogas, o conductores de canoas, en el río Magdalena.

Casas y calles de El Banco

Una de las etapas más llamativas de El Banco involucró a la población mestiza y tuvo lugar en el siglo XVIII. En ese entonces, la vida de una parte importante de los mestizos que vivían en la región también transcurría en las riberas del río Magdalena. Eran memorables las quejas de las autoridades y de sacerdotes-soldados como Joseph Palacios de la Vega, quien realizó una travesía por el territorio y comprobó que muchos hombres vivían sin estar casados, hasta con dos mujeres, y que la población no asistía a misas, no tenía iglesias y no bautizaba a sus hijos. En ese sentido, en el período del reformismo borbónico, durante el cual las autoridades buscaron fortalecer el poder del monarca y transformar las colonias en fuente de riqueza, hubo grandes esfuerzos de funcionarios del rey revestidos de títulos honoríficos y militares. Maestres de Campo como José Fernando Guerra y Mier, quien también era propietario de grandes haciendas, luchaban por corregir la ausencia de control social del estado colonial, así como la falta de Dios y Ley entre los mestizos y mulatos. Era urgente organizar las ultimas fronteras del Reino, que estaban “infestadas” de los llamados “indios bárbaros”, los chimilas, es decir que no estaban sometidos a las encomiendas y no pagaban tributos al rey.

 

Carta corográfica del Estado del Magdalena, construida con los datos de la Comisión Corográfica i de orden del gobierno jeneral Manuel Ponce de León y Manuel María Paz, 1864 (detalle) Biblioteca Luis Ángel Arango

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Los afanes de la monarquía española para que sus vasallos viviesen en poblados controlados por las autoridades obedecían al interés de incorporar la mayor cantidad de gente a la economía local, a las haciendas ganaderas y al proceso de modernización económica. Había que poner fin a la vida en libertad de tantos mestizos e indígenas que vivían, como se dijo, sin seguir los preceptos de la religión católica y sin pagar impuestos a la maquinaria fiscal del rey. Basta recordar que apenas había 46 encomiendas en las provincias de Santa Marta y Cartagena contra las 196 de Tunja, Santa Fe y Vélez. Así pues, no fue tarea fácil convencer u obligar a la gente que se encontraba en los montes con pequeñas rozas de maíz y yuca, y sus animales, a vivir en pueblos bajo control de las autoridades del rey. Tal confrontación de los funcionarios con los mestizos llevó a que, en la narrativa de las autoridades coloniales, se señalara a estas gentes de “perezosas”, “vagos” “mentirosos” “gente altiva” y de “malas costumbres”, características que aún hoy sobreviven en la forma de los prejuicios hacia la gente de la Costa Caribe.

El Banco fue fundado en la campaña de poblamiento adelantada por José Fernando Mier y Guerra, en las riberas del río Magdalena, a mediados del siglo XVIII. Dicha campaña tenía como propósito congregar a la “gente libre” en asentamientos nucleados, donde esos pobladores, fundamentalmente mestizos, debían residir para facilitar el control espiritual, civil y económico que ejercían las autoridades, así como blindar el territorio frente a ataques de los indígenas chimilas y motilones. Además, la concentración de esas personas en pueblos creados por las autoridades, que hoy son municipios pobres y que solo aparecen en la prensa local cuando el río Magdalena los inunda, obedeció no solo a intereses locales, sino a intereses globales. La monarquía hispánica debía asegurar la lealtad de los habitantes del río Magdalena en caso de una invasión inglesa a Cartagena que potencialmente pudiera tomarse todo el Nuevo Reino de Granada.

José Barros a orillas del río Magdalena

La política de poblamiento dio origen a muchos poblados importantes, como Chimichagua, El Guamal, Aguachica, Santa Ana de Buenavista, Ponedera y Sabanagrande. En 1747 fue fundado Nuestra Señora de la Candelaria del Banco con 134 vecinos, poblado cuya historia, al margen de las tres grandes ciudades del Caribe (Cartagena, Santa Marta y Barranquilla), ha perdurado hasta nuestros días. Surgieron muchos conflictos en el siglo XVIII, al pretender las autoridades agregar a unas familias, es decir, trasladarlas para que vivieran de modo permanente, a un poblado más grande como era El Banco. Por ejemplo, los “cinquenta y tantos” vecinos del sitio de Tamalequito, jurisdicción de la ciudad de Tamalameque, se opusieron a la orden de trasladarse del sitio que ocupaban para asentarse de forma definitiva en El Banco. Como señalaron varias familias de Tamalequito, ya tenían sus sementeras de maíz y algunos poseían “también sus reses de ganado bacuno y cavallar” en ese lugar. Además, indicaron que el suelo de El Banco era “totalmente infecundo”. Esos comentarios permiten suponer que El Banco no constituyó un lugar muy atractivo en sus comienzos.

Esas carencias iniciales se debían, en parte, a que la actividad comercial estaba articulada alrededor de otras poblaciones. Así, durante el siglo XVIII, El Banco, que no podía competir en importancia económica y fiscal con la rica villa de Mompox o las llamadas “Tierras del Oro”, como Zaragoza y Simití, se sostenía como proveedora de ganados y cerdos que eran enviados a Mompox, a Cartagena y a Santa Marta, y sus gentes eran los trabajadores de las haciendas ganaderas que por todas partes se desarrollaban. Otros se dedicaban a la pesca en el río Magdalena, a secar los pescados para su venta y al cultivo de plátanos.

Las circunstancias adversas de El Banco poco cambiaron en el siglo XIX. Por ejemplo, el general Pablo Morillo llegó en 1815 a las costas del Caribe con el Ejército Expedicionario a bloquear a la ciudad de Cartagena que había proclamado la independencia, como muchos pueblos de las provincias de Santa Marta y de Cartagena, El Banco debió entregar en forma de donativos “graciosos”, es decir, gratuitos, a las tropas del rey, ganados, caballos y alimentos. Empero, las Justicias de El Banco a nombre de su vecindario protestaron por las excesivas cargas que le había impuesto desde Cartagena y Santa Marta el Ejército Expedicionario.

Al concluir el proceso de Independencia, El Banco hizo parte de la provincia de Mompox. Más adelante, del Estado del Magdalena, entre 1857 y 1886, cuando esta entidad territorial pasó a llamarse Departamento del Magdalena, dentro de la cual quedó incluida la población. Después de los cambios que alteraron la conformación de esa unidad político territorial durante el siglo XX, El Banco terminó formando parte del Departamento de Magdalena que conocemos hoy. En 1881, cuando se constituyó en Santa Marta la Compañía colombiana de Vapores, el movimiento de cargas por el río Magdalena creció. El negocio de los vapores por el río Magdalena y sus afluentes atrajo a inversionistas, varios de ellos extranjeros. Así, en 1906, los ingleses controlaban 15 vapores y los alemanes, 21. En ese contexto, el puerto de El Banco era punto importante para la navegación fluvial. Según las inspecciones fluviales de las cargas de entradas y salidas del puerto de El Banco de 1922 a 1924, se cobraba el llamado impuesto fluvial y de patentes a las numerosas embarcaciones que allí atracaban, debido al amplio movimiento de mercancías. Llevar y traer cargas por el río era el negocio también para los propietarios de canoas. Al puerto llegaban canoas y vapores con sus diversas cargas, como café, y cada mes eran más las patentes que se concedían a los propietarios de canoas. Tan solo en un día, el 14 de septiembre de 1926, llegaron a El Banco diez vapores y varias canoas.

Según el censo de 1938, el 74 % de la población económicamente activa de Colombia estaba dedicada a la agricultura, proporción que era también alta en la Costa Caribe. En los años 30 del siglo XX hubo varias experiencias económicas con cierto éxito en la región, fundamentadas en la ganadería y en productos agrícolas como el arroz, cultivado en el valle del Sinú, el cacao de Ocaña y el banano o el tabaco, que prosperaron en otras regiones, productos que situaron al Caribe en el mercado internacional. El puerto de El Banco participó de tales experiencias económicas. Sin embargo, por las condiciones físicas del río Magdalena y la destrucción de las últimas selvas que había en sus márgenes, el río formaba permanentes bancos de arena que debían ser dragados y que condenaron el futuro del transporte fluvial.

Hoy, a pesar de la pobreza de un poblado en el que aún vive el recuerdo de las glorias del viejo puerto movido por la navegación a vapor y múltiples campesinos en sus piraguas, El Banco se declara “la ciudad imperio de la cumbia” con el Festival Nacional de la Cumbia José Benito Barros.

José Benito Barros Palomino. Su música forma parte del cancionero popular de la Costa Caribe y de la nación. Nació en el Banco en 1915 y vivió su juventud cuando Colombia, una sociedad fundamentalmente rural y agraria, comenzaba a transformarse en una sociedad urbana. Sus canciones reflejan esa época de Colombia y de la Costa Caribe en la que vivió.

En 1945 grabó el porro El Gallo Tuerto y, en 1960, compuso la cumbia La piragua. Sobre esta, Barrios afirmó que “Fue inspirada en mi niñez, por allá a comienzos de los 20. Empecé a escribirla finales de los 40 y la terminé en 1967”. Es posible que esa inspiración surgiera en su población natal, pues, durante la década de 1920, al puerto de El Banco llegaban canoas que tenían nombres como La Estrella, La Mar, Confianza, El Dulce Nombre, La Novia, El Desengaño, La Nena, Cariño, Venus, Lucero, Azucena, La Lira, Cándida, Epifanía, Esperanza, Mariposa, Señorita Rosa, Isabel María, Flores Negras. José Barros plasmó ese tipo de poesía popular y la importancia de la navegación en canoa en La piragua. Otras cumbias del maestro expresan la nostalgia de campesinos recién llegados a las ciudades expulsados por la violencia rural: “El pescador habla con la luna / El pescador habla con la playa / El pescador no tiene fortuna / Solo su atarraya / Regresan los pescadores / Con su carga pa’ vender / Al puerto de sus amores / Donde tienen su querer”.

 

Referencia Bibliográfica

Archivo General de la Nación, Colonia, Miscelánea, 39, 53, D. 14, ff. 156r-157r.
“Era La piragua de Guillermo Cubillos, la inmortal cumbia del maestro José Benito Barros”, www.elheraldo.co, 22 de marzo de 201