s.f. Colección Biblioteca Pública Piloto. Reg. BPP-F-019-0458
Marzo de 2013
Por:
Teresa Morales de Gómez. Historiadora, Universidad de los Andes. Miembro de número, Academia Colombiana de Historia y Academia Colombiana de la Lengua.

EL AMOR MATERNAL: MARCO FIDEL SUÁREZ

Para un estudio del amor en una sociedad cualquiera hay una amplia variedad de matices, que sería ocioso enumerar. No es tan generoso el campo cuando se trata del amor filial. Tal vez porque es tan obvio y natural, tan común a casi todos los seres humanos, que destacar su presencia parece redundante. Hay en la historia de  Colombia un ejemplo de tan extraordinaria belleza que lo hace merecedor de un respetuoso recuerdo. El objeto de ese amor filial era una lavandera antioqueña, una campesina, la más humilde, que a fuerza de trabajo y ternura levantó a un chiquillo que llegó a ser uno de los hombres más destacados de su patria: se llamaba Retrato de Marco Fidel Suárez. s.f. Colección Particular. Foto ©Natalia Iriarte GuillénMarco Fidel Suárez y fue académico, canciller y presidente de la república. Ese niño nos dejó un ejemplo que no se ha olvidado: su historia ha sido contada en las escuelas de su patria por más de ochenta años.

En Hatoviejo

Suárez describirá más tarde el hermoso valle donde estaba asentada la chocita donde nació:
“Puede decirse que en un principio fue el valle del Niquía, indiviso entonces, ligeramente inclinado, muy verde y regado en especial por el río de La García, cuyo caudal merece aquel calificativo. Esta corriente tiene de un lado el llano y del otro el pueblo que es una calle muy larga salpicada de casas, con algunas
pocas manzanas en torno del templo”1.

El valle copiaba fielmente el clásico locus amoenus: el riachuelo transparente, la sombra de los grandes árboles, las colinas verde esmeralda. La “calle larga” que dividía al pueblo, estaba habitada por familias acomodadas en la parte baja y en la alta por las más humildes.Se dividía en dos para formar una placita cubierta de césped y sombreada por árboles centenarios. Pero aun los “ñoes” de la “calle abajo” no deberían Marco Fidel Suárez y sus amigos, uno de ellos Luis Martínez Silva. s.f. Colección Particular. Foto ©Natalia Iriarte Guillénser muy ricos puesto que la legislatura del Estado de Antioquia, por medio de una Ley expedida el 5 de diciembre de 1857, cuando Marco Fidel tenía dos años, eliminó el Distrito de Hatoviejo y anexó su territorio a Medellín, por ser sus rentas muy exiguas y la calidad de vida “muy precaria”.

El 23 de abril de 1855 la joven Rosalía Suárez tiene un niño hijo de uno de los “ñoes” de la “calle abajo”, el joven José María Barrientos, que pertenece a una familia cuyo árbol genealógico se remonta a España en el siglo XVI y que ocupa un puesto preeminente en la historia de Antioquia. En ese hermoso ambiente bucólico de la región, el encuentro de los dos jóvenes de extracción tan disímil, fue sin duda un encuentro de amor.

Rosalía y el niño Marco Fidel viven en una choza que tiene tres pequeñas habitaciones, el piso de tierra y el techo de paja. La madre trabaja y trabaja incansablemente.Esa continua actividad la hace semejante a una abejita. Con ese nombre la recordará Marco Fidel. En efecto: Rosalía lava la ropa de los “ñoes”en la quebrada de La García, que corre cerca de su casa, la plancha, la arregla y corre a entregarla calle abajo; amasa colaciones y dulces que lleva a vender o deja que el niño ofrezca. Debe trabajar duro, pues no tiene el apoyo de un esposo:

José María no ha reconocido a su hijo por no hacer sufrir a su legítima esposa, Lucrecia Gutiérrez. Estamos a mediados del siglo XIX, las Reproducciones de la choza donde nació Marco Fidel Suárez. s.f. Colección Particular. Foto ©Natalia Iriarte Guilléncostumbres de la época no permiten que el hijo natural de una campesina entre a formar parte de una familia tan principal.

Rosalía Suárez

Rosalía es una antioqueña morena y pequeña, pero fuerte y emprendedora Suárez creció observando la tenacidad de su trabajo y aprendiendo de su perseverancia. No debe admirarnos su asombro y gratitud. Esta dedicación materna labró profundamente en su ánimo afectos que no palidecieron nunca.

En los Sueños de Luciano Pulgar Marco Fidel nunca se refiere a su padre, aunque sostiene con él relaciones cordiales, como se verá. En cambio hablará de su madre con tiernas palabras. Oigamos:

Marco Fidel Suárez y sus amigos, uno de ellos Luis Martínez Silva. s.f. Colección Particular. Foto ©Natalia Iriarte Guillén“…se me viene a la memoria la imagen de un sacerdote, ya muy anciano cuando lo conocí, a quien Dios quitó la mente, reduciéndolo así dementado a la condición de viajero silencioso, que iba de pueblo en pueblo cubierto del vestido ordinario de aquellos hombres e infundiendo respeto por su figura alta, encorvada y  melancólica. Me acuerdo mucho de esta persona venerable, porque aquella otra persona humilde y adorada de mi corazón, de quien he hablado otras veces, me daba ejemplo de tierna caridad, recibiendo al sacerdote,  brindándole su pobreza bajo la forma de un limpio refrigerio servido en su porcelana más guardada y lavándole con respeto las ungidas manos. Al despedirse, él le daba palabras de bendición que le habrán servido a ella y que también me habrán servido a mí, peregrino todavía de estas sendas, una de cuyas espinas más agudas han sido los improperios de la locura republicana contra nosotros dos”2.

En el “Sueño de la queja” Justino pregunta a Luciano por qué lo persiguen de esa manera y él contesta:
“Te diré que el secreto de todo esto lo expuso acertadamente hace poco el doctor Gómez Ochoa, republicano benévolo atribuyendo ese secreto a la debilidad y circunstancias oscuras de uno que ama la verdad y se atreve a defenderla, aunque con triste y en cierto modo temeraria defensa. Ese es el secreto de mis desventuras y el haber vivido al lado de la abejita adorada que fue mi providencia y que es mi ángel de guarda”3.

Marco Fidel Suárez en la Iberia, ca. 1920. Fotografía de Samper Matiz - E. Gamboa y Cia. Colección Museo Nacional de Colombia. Reg. 2941. Foto ©Natalia Iriarte GuillénSuárez no podía arreglar sus “circunstancias oscuras”. Pero hubiera podido, tal vez, ocultarlas. Quizás pensaba, el 28 de marzo de 1923, cuando escribió este “Sueño”, que el hecho de haber traído a Bogotá a Rosalía, podría haber sido la causa del desdén de algunas personas de las altas clases sociales y políticas de la capital. Había un desgarro entre la adoración por su madre y la tristeza por el rechazo por algo que no estaba en su poder remediar. Está plenamente consciente de que en la sociedad bogotana, tan convencional y tradicionalista, sus carencias son notables, pero el amor a esa recia mujer trueca esa conciencia en un  sentimiento de orgullo.

Marco Fidel no tiene un padre que vele por él, pero siempre encontrará apoyo y estímulo en los sacerdotes  que lo conocen. La figura paterna es remplazada por hombres de iglesia, jóvenes y viejos que aprecian su inteligencia y lo llevan a estudiar donde creen que sus facultades serán mejor aprovechadas.

Los biógrafos de Suárez hablan dela humildad de su origen, de su triste  infancia y de su pobreza; pero los recuerdos de su niñez son siempre alegres y tiernamente nostálgicos y siempre habla de los niños compañeros de escuela como de sus iguales. Marco Fidel Suárez y su gabinete. s.f. Colección Particular. Foto ©Natalia Iriarte GuillénParecería que en un pueblito antioqueño de mediados del siglo XIX, todos los niños debían ser igualmente necesitados.

Desde 1866 Marco Fidel estudió en diferentes escuelas: va a Fredonia con el padre Joaquín Bustamante y a La Ceja al Colegio de la Santísima Trinidad, en 1868. Todos los profesores se admiraban de su seriedad, su memoria prodigiosa, su conducta irreprochable. En 1869 el padre José Joaquín Isaza lo acepta como becario en el Seminario de Medellín y ya para la segunda mitad de 1871 Marco Fidel fue nombrado catedrático.

Es el año de 1873. Tiene 18 años. Ya es un hombre. Al otro día de matricularse es nombrado profesor de matemáticas y caligrafía con un sueldo de 12 “fuertes”. Ya en su último año en el Seminario Marco Fidel solo estudia derecho canónico y teología dogmática; ha pasado toda su adolescencia encerrado con sus libros preparándose para ser sacerdote. Pero no era ese su destino: la Marco fidel Suárez con su hermana Soledad Suárez, ca. 1925. Colección Museo Nacional de Colombia. Reg. 2939irregularidad de su nacimiento se lo impide. Sabemos que tramitó una dispensa, pero la respuesta debió ser negativa. A mediados de agosto de 1876 fue nombrado director interino de la escuela de Hatoviejo que era de extremada pobreza. La describen así: “es de tapia i teja muy espaciosa. A ella concurrían 84 niños que estudiaban lectura, escritura, aritmética y religión. El mobiliario constaba de 12 bancos, 1 tablero, 48 pizarras y cien gises, además 16 aritméticas, 23  gramáticas y 1 botella de tinta”4.

No debemos asombrarnos al saber que el joven maestro cuando se declara la guerra civil en el Estado Soberano de Antioquia líe sus bártulos, abandone las pizarras, los gises y la botella de tinta y se aliste en el  ejército como soldado raso. Se va Marco Fidel para la guerra, su ejército es derrotado y los soldados castigados por el general Rengifo. Quienes habían peleado no pueden ser maestros. ¿Qué puede hacer?

En Bogotá con Rosalía

Ante todo está Rosalía. No puede dejarla sola. No puede ser sacerdote. No puede ser maestro. Hatoviejo es un pueblito diminuto, Suárez quisiera estudiar, acabar de formarse. Piensa en irse para Bogotá, pero ¿cómo dejar a Rosalía? Y en esa encrucijada encontró el camino gracias a sus amigos sacerdotes. El padre Baltasar Vélez, nueve años mayor, quien había sido su confidente y conocía sus circunstancias lo alentó para el viaje y le aseguró que cuidaría de que a Rosalía no le faltara nada. El presbítero Joaquín Bustamante, que le llevaba  casi quince años y lo conocía desde niño le prometió una ayuda semejante. Rosalía lo impulsaba, no lo retenía aun cuando sabía que se quedaría sola otra vez.

Dice Suárez: “Dije adiós a la humilde choza mía, dejando en ella el centro de mis afectos y emprendí como muchos el camino de la fortuna de un modo improvisado y fatal”5. Llegó Suárez al Colegio del Espíritu Santo, dirigido por don Carlos Martínez Silva y don Sergio Arboleda. Conoció, por fin, a don Miguel Antonio Caro y respiró el aire de cultura de esa ciudad habitada en ese momento por hombres del más fino intelecto. Fue Retrato de María Antonia Suárez, hija de Marco Fidel Suárez. S.f. Colección Particular. Foto ©Natalia Iriarte Guilléncompañero y maestro de muchachos de su generación que tenían por delante un futuro anudado al suyo. Luis Martínez Silva, José Vicente Concha y Miguel Abadía Méndez compartieron aulas con él y más tarde los avatares de unas vidas tormentosas.

En 1882 Marco Fidel Suárez ganó el concurso organizado por la Academia Colombiana, con motivo del  centenario de don Andrés Bello, entró de lleno en la vida literaria bogotana y empezó su carrera larga y  “quebradiza” como él mismo la califica. A finales de 1885 fue llamado a desempeñar un puesto en el  Ministerio de Relaciones Exteriores donde se despertó el interés por los temas internacionales, que lo acompañó siempre y que lo llevó a tomar parte en todos los asuntos internacionales colombianos.

En 1895 contrajo matrimonio con Isabel Orrantia. De esta época es la carta que escribió don José María Barrientos a Isabelita. Es muy curioso el tono con que está escrita, tan íntimo y doméstico. Parece encontrarse muy a gusto escribiéndola, con una naturalidad que trasluce una mirada afectuosa que los complacería a  ambos. Isabelita no lo acompañó mucho tiempo; el 4 de mayo de 1901 murió dejando a Suárez llorando la “viudez amarga” y atado al cuidado de sus dos niños: María Antonia y Gabriel.

En 1900, Suárez escribió su “Protesta por el golpe de Estado contra el señor Sanclemente”, renunció al  Ministerio de Instrucción Pública y se fue para su casa de la calle 15. Desde allí manejó los hilos de su interés político; era una labor diaria, solo interrumpida por sus devociones religiosas. Pero a pesar de su retiro, fue nombrado como primer designado durante el gobierno de José Vicente Concha, aceptó la dirección del Partido Conservador y presidió la Comisión Asesora de Relaciones Exteriores. Durante el Primer Congreso Eucarístico Nacional, en 1913, pronunció su célebre “Oración a Jesucristo”, una de las más bellas páginas que salieron de su pluma. Mientras Suárez se debatía en el mundo político, su familia parecía asentarse en un ambiente de paz.

Foto ©Natalia Iriarte GuillénEn 1914 aceptó la cancillería y acompañó al presidente Concha durante su mandato que coincidió exactamente con la duración de la primera guerra mundial. Su posición es sólida y tranquila y puede ya traer a Rosalía a vivir con él en la amplia casona de la calle 15, Calle de los Carneros. La parábola de la vida de Rosalía está iluminada por un suave aunque firme resplandor. Había nacido y vivido en la pobreza, siempre  apuntando a que su hijo realizara sus sueños. Pero finalmente llegó el momento en que pudo dejar atrás las necesidades y los esfuerzos. Llegó, sin deslumbrarse, a una casa muy en el centro de la ciudad, con un patio lleno de flores donde podía vivir feliz con sus hijos y sus nietos.

De esa época son las tiernas cartas que Suárez escribió a sus hijos y donde aparece Rosalía, como una tenue presencia. La familia pasaba una temporada de vacaciones en una casa de campo. Marco Fidel recomendaba a los niños: “A mi madre denle un abrazo y díganle que me encomiende mucho a Dios”. Hay recuerdos de días de sol, paseos al atardecer viendo jugar a los niños, lecturas, cuentos y versos, navidades aderezadas con dulces que Marco Fidel envía desde Bogotá.

Y desde allá, en 1914: “La madre está muy bien y los saluda a todos. Ella siempre trabajando que da gusto. Las flores están muy bonitas y véndese bastante”6. Cultivaba claveles, doña Rosalía, en el solar de la casona.  Nunca descansaba.

Una carta desde Bogotá, el 23 de enero de 1914:

“Aquí bien. Su mamá ya está buena, animada y cuidándose mucho. Yo no dejo que le interrumpan la dieta pues de esto depende que no recaiga. Cuando descubrí que la pobrecita tiene muchos más años de los que nos figurábamos, hasta sentí remordimiento de no haber tenido mucho más cuidado con ella en estos años pasados y me horrorizaba la idea de pensar en que esa falta de cuidados hubiera causado algún supremo desastre”7.

Rosalía Suárez. Miniatura anónima. s.f. Colección Particular. Foto ©Natalia Iriarte GuillénRosalía pasa los últimos años rodeada por su familia en un ambiente de paz y recogimiento, su vida había  tenido una meta única, hacer de su hijo un hombre de bien. En 1917 murió Rosalía Suárez, un año antes de que su hijo fuera elegido presidente de la república.

A la muerte de su madre, Suárez escribió a Víctor Gómez-Belmont:

“Se nos fue la adorable madrecita, mi bienhechora, mi compañera, mi amparo y ejemplo. De más de ochenta años, estaba hace treinta consagrada a la piedad, al trabajo y al silencio. Estaba tan sana y robusta, que los  médicos se admiraban de no hallarle rastro de arteriosclerosis, ni daño alguno proveniente de la vejez. Hubiera podido vivir muchos años. La amortajé con su hábito de San Francisco, la coloqué en su humilde ataúd y parecía una Santa. Muchos amigos me la llevaron en hombros hasta su sepultura y cuento entre los beneficios que agradeceré para siempre esa singular muestra de afecto que ella, no yo, merecía”8.

Hay que recordar el cartel funerario que Suárez publicó y conmovió a la sociedad bogotana. Su texto muy austero, proclama con sencillez la humildad de su origen. En este anuncio, el político, que estaba en la mira de todos sus conciudadanos, aclaró las circunstancias de su nacimiento. Cito las palabras del doctor Laureano García Ortiz, su amigo y ministro:

“El señor Suárez fue como muchos hombres el hijo de su madre, cuyo nombre amó sobre todas las cosas,  más que la riqueza, más que el prestigio, más que la vanidad. Ella fue para él la inspiradora, el sostén y el  refugio aliviador. Hay personas que saben de memoria la incomparable y austera redacción del cartel público en que anunció la muerte y el entierro de la que le dio el ser y con su propia virtud lo hizo presidente de la república. No se sabe qué admirar más en este cartel, si la humildad del cristiano, el amor del hijo o el orgullo
del hombre”9.

Después de la muerte de Rosalía, la trayectoria de Marco Fidel Suárez se convirtió en un torbellino de empresas magníficas, de luchas políticas irracionales, de triunfos diplomáticos que traían consigo doctrinas trascendentales, de actos de heroísmo. En fin, su biografía esamplia y profunda. Pero en el fondo de  todas sus ejecutorias está la presencia de su madre quien le dio ejemplo de vida.

Referencias

1 Marco Fidel Suárez. Sueños de Luciano Pulgar, “El sueño de mi pueblo”, t. IX, Bogotá, Librería Voluntad, 1941, p. 122.
2 Ibid., “Un sueño en otro sueño”, t. I, p. 217.
3 Ibid., “El sueño de la queja”, t. I, p. 191.
4 Sánchez Camacho, Jorge. Marco Fidel Suárez.
Biografía, Academia de Historia de Santander, vol.XXV, 1955, p. 205.
5 Discurso pronunciado en Medellín en febrero 8 de 1919.
6 Archivo personal. Teresa Morales Suárez.
7 Archivo personal. Teresa Morales Suárez.
8 Archivo personal. Teresa Morales Suárez.
9 García Ortiz, Laureano. Conversando. Bogotá,Editorial Kelly, 1966, p., 212.

Bibliografía

Archivo personal de Teresa Morales Suárez.
Galvis Salazar, Fernando. Don Marco Fidel Suárez, Bogotá, Editorial Nelly, 1974 [Biblioteca de Historia
Nacional, vol. CXXVI].
García Ortiz, Laureano. Conversando. Bogotá, Editorial Kelly, 1966
Sánchez Camacho, Jorge. Marco Fidel Suárez. Academia de Historia de Santander, vol. XXV, 1955.
Suárez, Marco Fidel. Sueños de Luciano Pulgar, Bogotá, Librería Voluntad, 1941.