21 de octubre del 2019
 
Junio de 2019
Por:
Santiago Paredes Cisneros* Arquitecto de la Universidad Nacional de Colombia, sede Manizales, Magíster en Historia y Teoría del Arte y la Arquitectura de la misma universidad, sede Bogotá, y Doctor en Historia de la Universidad de los Andes (Colombia).

ÉCIJA DE LOS SUCUMBIOS

La ciudad de Nuestra Señora del Valle de Écija fue fundada a mediados del siglo XVI, en el extremo suroccidental de lo que hoy es Colombia, y desapareció en algún momento del siglo XVIII. Pese a que ha dejado de existir, las referencias que figuran sobre ese lugar en documentos antiguos, así como los acontecimientos que giraron a su alrededor, permiten abordar la fundación de poblaciones en el piedemonte amazónico durante el período colonial.

Poblados y grupos indígenas en el piedemonte amazónico hacia 1670 (ubicaciones y límites tentativos).
Fuente: elaboración del autor.

Ciudades y villas como puestos de avanzada

 

El piedemonte amazónico es, a grandes rasgos, el espacio conformado por los contrafuertes de las grandes elevaciones andinas y por las planicies y selvas irrigadas por las cuencas altas de los ríos Caquetá y Putumayo. En ese territorio, desde mediados del siglo XVI, las huestes y los funcionarios de la Corona establecieron ciudades y villas (asentamientos donde, de forma ideal, debían residir solamente españoles) con el fin de apropiarse de la mano de obra y los tributos de los indígenas y de extraer oro y otros géneros que abundaban en la selva. En ese escenario, por ejemplo, fueron fundadas las ciudades de Agreda o Mocoa (1557), Espíritu Santo del Caguán (1591) y Simancas (1597).

Sobre las fechas de fundación es necesario indicar que, mientras los españoles afianzaban el control sobre un territorio, fue habitual que ciudades y villas fueran trasladadas, según la conveniencia del asiento o de la hostilidad de los indígenas. Por lo tanto, es usual encontrar varias fechas de fundación para un mismo poblado. Esa circunstancia no implicaba que las fundaciones perdieran su estatus jurídico, ni sus habitantes, los privilegios que habían adquirido como “vecinos” o pobladores permanentes. Los traslados, precisamente, dejan en evidencia los múltiples intentos de los españoles por permanecer en los espacios en los que se aventuraban.

Écija fue fundada en 1558, en territorio de indígenas sucumbíos (jurisdicción de la Gobernación de Popayán). Al parecer, la fundación tuvo lugar en la banda norte del río San Miguel, que en la actualidad marca una de las fronteras entre Colombia y Ecuador. Si bien existen datos que apuntan en otra dirección, la ciudad parece haberse establecido de forma definitiva a orillas del río San Miguel para 1632 En un plano de la ciudad que data de 1595 puede verse que la fundación dio lugar a trazado y repartición de solares, cuya cantidad indica que alrededor de 60 vecinos, quizás con sus familias, estaban vinculados con el poblado. Como ocurrió en otros asentamientos de españoles, tal vez hubo pobladores indígenas, negros y mestizos. Cabe anotar que en archivos históricos es poco usual hallar planos de ciudades y villas del piedemonte.

Varios de los pobladores iniciales posiblemente fueron los que, alrededor de 1611, participaron en expediciones que salieron de Écija y Mocoa hacia El Dorado, que, según se pensaba, estaba en territorio de los indígenas sucumbíos o a orillas del extenso río Putumayo. Quizás, esa creencia se sustentaba en la existencia de ricos depósitos de oro que los indígenas extraían en esos espacios, al igual que en Agreda y en Yscancé. Si bien las campañas debieron haber sido infructuosas, la búsqueda de aquel territorio legendario estimuló la exploración de las selvas.

Apenas algunos años después de la fundación de la ciudad y de las informaciones que la vinculan con El Dorado, tuvieron lugar acontecimientos que parecen haber marcado el inicio de su desaparición. Así, en una descripción de 1628 puede leerse que Écija tenía 18 vecinos. Esta es una cantidad mucho menor que la reportada en el plano de 1595, lo cual implicaría un proceso de declive. Además, ataques de indígenas y una caída de la producción aurífera obligaron a que los pobladores abandonaran la ciudad en 1636. Algunos autores sostienen que fue reconstruida con el nombre de San Miguel de Sucumbíos (y que corresponde al pueblo que lleva ese nombre en el actual Departamento de Putumayo), pero es más factible que Écija hubiera estado siempre en algún punto de las estribaciones andinas y no sobre la parte plana del río San Miguel. La ciudad estuvo otra vez en plena actividad a comienzos del siglo XVIII, pero pocos años más tarde menguó de forma definitiva.

Debido a la inestabilidad y al declive de poblaciones como Écija, el control de los indígenas fue tenue. En ocasiones, los españoles que vivían en esos asentamientos estaban lejos de los indios que tenían encomendados, distribuidos en las cuencas de los ríos Putumayo y Caquetá. Debe agregarse que algunos grupos indígenas atacaron poblaciones españolas o se resistieron a tributar y a aceptar la doctrina. En buena medida, esas reacciones se debían a que las pautas culturales de varias sociedades indígenas no estaban articuladas con la residencia permanente en un solo lugar, lo cual impidió que aceptaran vivir en pueblos creados por españoles. Los vecinos, por otra parte, no lograron adaptar sus técnicas de explotación agrícola a la selva ni a la topografía doblada. Así, la avanzada sobre el piedemonte dependió, en gran parte, de religiosos.

Geografía Pintoresca de Colombia. La Nueva Granada vista por dos viajeros franceses del siglo XIX (Charles Saffray y Edouard André), Litografía Arco, Bogotá, 1968, págs. 142 y 160 respectivamente.

Misioneros e indígenas en el piedemonte

Varias comunidades religiosas se adentraron en el piedemonte para evangelizar a los grupos indígenas, sobre cuyos dominios se habían asentado los españoles. Los territorios de indígenas identificados como sibundoyes, sucumbíos, mocoas y kofanes estaban al oriente, mientras que, al occidente, se encontraban los dominios de aquellos reconocidos como tamas, andaquíes, oteguazas y güentas. Además, en las cuencas medias y bajas de los ríos Caquetá y Putumayo había otras tantas sociedades. Las relaciones que esos grupos entablaron con los españoles fueron de distinto orden e iban desde la obediencia hasta la hostilidad.

Quizás, los franciscanos fueron los que más insistieron en la labor misionera y en el intento de establecer poblados, en donde las autoridades esperaban que los indígenas residieran de modo permanente. Los franciscanos tuvieron bases en Écija y en Mocoa, desde donde procuraron, con varias interrupciones, el adoctrinamiento de los indígenas que vivían en las cuencas de los ríos Putumayo y Caquetá, aproximadamente, entre mediados del siglo XVII y mediados del XVIII. En el caso de la base de Écija, el río San Miguel sirvió como ruta de evangelización para acceder a la cuenca del Putumayo. A finales del siglo XVIII, la comunidad fue relevada por religiosos agustinos.

Durante sus incursiones, los misioneros fundaron poblados, algunos de los cuales tenían plaza, iglesia y calles. Sin embargo, la existencia de esos lugares dependió, una vez más, de la reacción de los indígenas frente a las exigencias de los españoles. Héctor Llanos y Roberto Pineda rastrearon nombres de pueblos de doctrina fundados entre finales del siglo XVII y finales del siglo XVIII y, según sus cálculos, alrededor de 60 poblados fueron creados en las cuencas de los ríos Caquetá, Putumayo y Napo, durante ese período. Ubicar esos lugares es una tarea ardua, pues, como señaló Juan Friede, los poblados dedicados a la doctrina fueron trasladados o refundados en múltiples ocasiones, o simplemente desaparecieron.

Desde mediados del siglo XVI, los franciscanos también predicaron en el Valle de Sibundoy, misión que quedó a cargo de dominicos en 1577. En ese territorio habitaron indígenas inga y kamsá (identificados por los españoles, de modo general, como sibundoyes), que ocuparon una posición central en las dinámicas del piedemonte y a los cuales es necesario aludir. Además de dedicarse a la agricultura y extraer oro, los indígenas producían mantas, ceras y barnices. Los ingas, en especial, intercambiaban estos y otros artículos con los que se conseguían en lugares próximos y distantes. Quizás, por su articulación con los mercados, los pueblos de Cibundoy (Sibundoy) y Pastoco (quizás, San Francisco) aparecen como puntos de referencia en mapas del siglo XVII. Al respecto, es de resaltar que los habitantes de esta porción del piedemonte, desde tiempos prehispánicos, habían sido mediadores políticos, culturales y comerciales entre las montañas y las selvas. Las habilidades textiles de los pobladores del valle, así como la actividad mercantil de los indígenas a través de montañas y ríos selváticos, quedaron plasmadas en dibujos de viajeros que visitaron el piedemonte en el siglo XIX, lo que constituye un esbozo de lo que fueron esas prácticas durante el período colonial.

La acción de los misioneros en el piedemonte cesó a principios del siglo XIX y, en 1883, fue retomada por religiosos capuchinos que tuvieron base en el Valle de Sibundoy. En ese territorio, demarcaron propiedades para su comunidad, atrajeron colonos y estimularon la creación de nuevos poblados, lo cual implicó el despojo de tierras indígenas. Además, desde mediados del siglo XIX, la quina y el caucho, así como la explotación de maderas, se convirtieron en los principales impulsores para la creación de centros de extracción. Ese proceso dio lugar a otras oleadas de colonización, que produjeron asentamientos transitorios y, en algunos casos, permanentes, como San Vicente del Caguán.

Geografía Pintoresca de Colombia. La Nueva Granada vista por dos viajeros franceses del siglo XIX (Charles Saffray y Edouard André), Litografía Arco, Bogotá, 1968, págs. 142 y 160 respectivamente.

Conclusiones

 

Écija no existe en la actualidad, pero la información que ha dejado es testimonio de la época en que los españoles avanzaron sobre las estribaciones andinas y las selvas en busca de riquezas y del sometimiento de los indígenas. Asimismo, esas evidencias recuerdan que la fundación de poblados dependió de condiciones sociales y ambientales que, en muchos casos, escaparon al control de los españoles y limitaron la estabilidad de sus fundaciones e, incluso, la existencia de los pueblos creados por misioneros, destinados a congregar a los indígenas.

Las dinámicas de poblamiento estudiadas muestran que la expectativa de encontrar datos y lugares de fundaciones no siempre queda satisfecha. De tal forma, la especificidad del piedemonte debe evaluarse desde otra óptica. Así, las reacciones de los indígenas frente a la residencia en pueblos de misión ponen de manifiesto que no todos los grupos buscan vivir de forma permanente en un lugar específico. Al contrario, si bien es generalizada, la habitación permanente y concentrada en un espacio es característica de algunos grupos, pero no un modelo universal. En otras palabras, si bien los misioneros fracasaron en su intento de congregar en pueblos a los indígenas, estos dominaban las condiciones del piedemonte y tenían sus aldeas y sitios de residencia en distintos ámbitos de ese territorio. Por lo tanto, las condiciones topográficas abruptas o los entornos selváticos no impiden crear poblados o habitarlos, si bien su consolidación depende de la adaptación de los grupos humanos a esos contextos

Indios andaquíes reducidos, sacando pita (arriba) y vista del río Caquetá (der.), ambos cerca del puerto de Descansé, territorio del Caquetá (acuarela de Manuel María Paz, Comisión Corográfica, 1857). Biblioteca Nacional de Colombia.

Referencia bibliográfica

Juan de Velasco, Historia del Reino de Quito en la América meridional [1789], Imprenta del Gobierno, Quito, 1841, t. II, parte 2, p. 134

  1. [1]Scott S. Robinson, Hacía una comprensión del shamanismo cofán, Abya Yala, Quito, 1996, p. 27.
  2. [1] José Rafael Sañudo, Apuntes sobre la historia de Pasto, parte 2 (La colonia en el siglo XVII), Tipografía de Alejandro Santander, Pasto, 1897, pp. 22-23.
  3. [1] Antonio Vásquez de Espinosa, Compendio y descripción de las Indias Occidentales [1628 c], transcripción de Charles Upson Clark, The Smithsonian Institution, Washington, 1948, p. 336.
  4. [1] Scott S. Robinson, Hacía una comprensión del shamanismo cofán, p. 28.
  5. [1] Héctor Llanos Vargas y Roberto Pineda Camacho, Etnohistoria del Gran Caquetá (siglos XVI-XIX), Fundación de Investigaciones Arqueológicas Nacionales / Banco de la República, Bogotá, 1982, pp. 21-35.
  6. [1] Juan Friede, Los Andakí. 1538-1947. Historia de la aculturación de una tribu selvática, Fondo de Cultura Económica, México, 1953, pp. 80-85.
  7. [1] María Clemencia Ramírez de Jara, Frontera fluida entre Andes, piedemonte y selva: El caso del Valle de Sibundoy, siglos XVI y XVIII, Instituto Colombiano de Cultura Hispánica, Bogotá, 1996, pp. 101-113.