Indígena vendiendo carbón. Edward Walhouse Mark, 1847. Acuarela sobre papel, 17.3 x 12.6 cm. Banco de la República.
Octubre de 2012
Por:
Margarita Garrido Otoya

Doña Josefa Valdez en el mercado de Zipaquirá

Vivir de sus agencias y conservar el honor

A las mujeres de todas las clases se les exigía cierto grado de decencia visible en el vestido, lo que llevó a muchas a sacrifi car su virtud para conseguir el vestido que aludiera a su decencia.

 

EL 4 DE OCTUBRE de 1808, Doña Josefa Valdez, viuda de Juan Santiago Ortega, vecina de Zipaquirá, fue terriblemente insultada en la plaza, en horas de mercado, por Doña Isabel Lorión, y por su esposo Don Rafael Calderón, Teniente Administrativo de la Renta de Correos de dicha parroquia.1 Al otro día la viuda injuriada presentó su demanda ante el alcalde, “por los denigrativos dicterios con que me ofendieron públicamente en esta plaza” y pidió recibir información de testigos que bajo juramento dijeran:

1ª… si me conocen de vista, trato, y comunicación ejercitada en el personal trabajo de mis agencias, para la decencia, y manutención mía, y de mi familia.
2ª… si vieron, y les consta que andando yo ayer por el mercado de la plaza, me encontré con los citados Don Rafael Calderón y su mujer, y si esta comenzó a insultarme con demostraciones chocantes, de burla, diciéndome: que las mataduras que yo tenia de cargar carbón, estaban cubiertas con la ropa que llevaba encima; a lo cual solo contesté que yo estaba vestida porque trabajaba, y lo solicitaba con mi industria.
3ª… Digan si a estas palabras respondió la citada Da Isabel Lorión diciendo: que el trabajo que yo hacia era  con el culo, pues con este lo había ganado a fuerza  de doblar el espinazo.
4ª… Digan si es cierto que me trató de grandísima puta, cochina, indigna: todo lo cual repitió muchas veces en altas voces delante de todo el publico.
5ª… Digan: si el expresado Calderón me injurió en los mismos términos, diciéndome que por la diferencia que había de su mujer a mi, no era yo digna de contestar con ella.
6ª… Digan si la referida Da Isabel Lorión con nuevos insultos me amenazó diciéndome: que a la puerta de su tienda me hacia la centinela, para que al tiempo de pasar cogerme, y lavarme el culo.
7ª… Finalmente digan si tanto al Calderón como á su mujer les oyeron otras palabras ofensivas contra mi honor y reputación.

Doña Josefa Valdez, presentó cinco testigos, todos hombres, vecinos del lugar, dos de ellos tenderos. Todos declararon que la conocían de vista, trato y comunicación y que ella vivía de ejercitarse en “agencias domésticas como amasar y revolver para mantenerse con decencia”, y confirmaron que había recibido públicamente los insultos expresados en las preguntas. Uno de los testigos agregó que la Valdez contestó sobre las injurias a su trabajo “que algún arbitrio había de haber tomado para comenzar a buscar, y que estaba vestida porque trabajaba”, y otro testigo, el tendero donde la Valdez se refugió, agregó que ya antes había oído decir a Isabel Lorión que Josefa Valdez: “es una carbonera, que antes andaba con un trapo atrás, y otro adelante”.

Josefa Valdez entregó lo documentado en Santafé a José de Vargas, Procurador de Número de la real Audiencia, a quien había dado un poder general en 1803, con ocasión de otra disputa conuna mujer. Este abogado presentó una petición de desagravio para la ofendida y de castigo a sus ofensores. Consideró  que su defendida había sido “injuriada atrozmente” (…) “Sin ningún antecedente de aquellos que suelen dar ocasión a tales venganzas: sin el menor trato ni conocimiento mutuo experimentó mi constituyente, sin pensarlo, los efectos del odio de los individuos expresados…”. Manifestó su horror ante las palabras con las que ambos la insultaron “añadiendo la Lorión que las mataduras ocasionadas por cargar carbón las encubría la ropa adquirida con… yo diré prostitución, pues me avergüenzo de repetir las expresiones proferidas sobre este punto, contenidas en el articulo tercero de la información”. Para saldar tan grave daño y la “publicidad” de tan graves ofensas al nombre de aquella viuda, suplicó dictar providencia que dejara en claro: que las injurias relacionadas en ningún tiempo deben obstar al buen nombre y reputación de mi parte mandándose que compareciendo los injuriantes en el Juzgado del Corregidor de Zipaquirá, convocando este a las personas mas nobles del lugar, satisfagan y honren a Doña Josefa Valdez a estilo de sala, quedando seriamente apercibidos para el futuro y pagando las costas según Justicia.

El 25 de noviembre del mismo año de 1808, la Real Audiencia comisionó al Corregidor de Zipaquirá para que de nuevo oyera las partes en juicio verbal y dictara la providencia que estimara de justicia.

Desde el último cuarto del siglo XVIII –cuando se pusieron en marcha las reglas que don Francisco Antonio Moreno y Escandón propuso al Rey y este sancionó en 1769 sobre la administración de las salinas de Nemocón y Tausa– Zipaquirá era centro de “un agitado comercio de varias Provincias, como Tunja, Vélez, y aún de otras más remotas” de las que “se conducen a esta capital, dulces, lienzos y otros efectos, cuyos dueños cuentan con la ganancia de retornar sus bestias cargadas de la sal…”2 Es en su bulliciosa plaza el día de mercado que encontramos esta riña de mujeres. Una viuda con familia que se dedicó a trabajar, primero vendiendo carbón, y luego haciendo comidas en su casa para la venta, logrando lo sufi ciente para vestirse y mantener su decencia, se vio insultada por otra mujer, tendera, esposa de un hombre con un empleo público modesto, quien se unió a sus denuestos. Y fue para una mujer que se movía en ese ambiente, que su apoderado solicitó un desagravio público, al estilo de sala, que le restituyera su honra.

La decencia, el vestido y el trabajo:
Tal como lo recogen los Diccionarios de Autoridades del XVIII, la decencia tenía principalmente dos acepciones, como decoro y como recato. En el de 1780 dice:
Decencia: Adorno, lucimiento y porte correspondiente al nacimiento o dignidad de alguna persona, que se funda en galas, familia y otras cosas. Ornatos, decorum.
Decencia: Recato, honestidad y modestia.Decentia

Mientras la de recato se refiere a la virtud en sí, la de decoro y ornato remite al ser social, a las jerarquías sociales, a la mirada de los demás. El vestido era por excelencia el signo externo de la decencia.En la representación social del orden colonial, en el lenguaje corriente, las dos nociones de decencia debían estar unidas. En la sociedad colonial se suponía que a la jerarquía racial, social y económica correspondía una jerarquía moral y que a mayor jerarquía, mayor decencia, y, como ha sido dicho para varias sociedades coloniales hispanoamericanas, a mayor jerarquía mayor control de la conducta sexual de las mujeres, porque de ellas dependía en buena parte la limpieza del linaje. Ello llevó a muchas a intentar esconder con decoración y ornato una falta de recato, y conservar su honor, es decir su nombre a los ojos de  los demás. No obstante, a las mujeres de todas las clases se les exigía cierto grado de decencia visible en el vestido, lo que llevó a muchas a sacrificar su virtud para conseguir el vestido que aludiera a su decencia. Posiblemente algunas se vieron en una disyuntiva moral, otras creyeron que era más importante parecer, y otras más, quizás lo vieron como doña Josefa Valdez: “algún arbitrio había  de haber tomado para comenzar a buscar” o el recato podía dejarlo para cuando ya hubiera ganado con qué vestirse con decencia.

La valoración de las personas por el vestido es una constante de las sociedades estamentales. Referencias como “es una carbonera, que antes andaba con un trapo atrás, y otro adelante” y “que las mataduras que yo tenia de cargar carbón, estaban cubiertas con la ropa que llevaba encima” y “yo estaba vestida porque trabajaba”; remiten a una misma concepción del vestido como muestra de la calidad de la persona pero a distintas valoraciones del trabajo. El oficio de carbonera estaba acompañado de dudosa reputación debido a que las mujeres que llevaban el carbón a las casas entraban a éstas a descargarlo dando ocasión a  insinuaciones de parte de los hombres que habitaban en ellas. Esta situación aparece setenta años más tarde, vivamente narrada por Eugenio Díaz Castro, en la novela de folletín Bruna, la carbonera.3

La economía del honor: Este caso, que es uno entre muchos, nos sirve como muestra de la economía del honor en la sociedad colonial. El honor es un bien, el principal bien. Si a uno se lo arrebatan tiene que luchar para que se lo restituyan. Es un bien simbólico, un capital que se tiene, se hereda, se aumenta o se disminuye,  se intercambia, se presta para avalar a otros y se puede perder. La posesión de este bien debía ser confirmada siempre en el trato entre unos y otros. El uso de los apelativos de don y doña era un signo de honor, entendido como privilegio y virtud al mismo tiempo.

No sabemos, sin embargo, si doña Josefa recibía tratamiento de doña antes de enviudar. Al respecto podría alegarse que el primero de los testigos que ella presentó, Don Melchor Uscátegui, era un conocido vecino de Santafé.4 Ser considerada doña y contar con esa relación remitiría a una cierta notoriedad social que no se  compadecería con la opción por un oficio como el de carbonera, más en el caso de una viuda que por la mayor autonomía de que gozaba, era objeto de recelo y suspicacia por vivir fuera de la tutela masculina. Pero la mayor posibilidad  es que ese apelativo lo haya logrado en los papeles de este juicio, pues parece que, precisamente en Zipaquirá, muchos podían usar el don:5

En este juzgado es ya cosa común de que tanto en los escritos que forman y firman los abogados, como en los que vienen sin esta suscripción, se les da tratamiento de Don a casi todos los interesados en ellos, aunque sean de la clase que fueren.

Jaime Jaramillo Uribe señaló cómo, en el siglo XVIII, el don “va sufriendo un proceso de deterioro que indica los progresos de las fuerzas niveladoras y el debilitamiento del linaje como elemento básico del status social”.6

El hecho de ocuparse de insultar públicamente a una vendedora de panes, de arrebatarle su honor, no nos habla de una gran distancia social entre la injuriada y la injuriante. Es posible que la Lorión en su tienda   ambién vendiera panes y estuviera molesta con la aparición de la Valdez entre las de su oficio. A esta impresión se une que la señora Lorión haya utilizado para insultar a la Valdez palabra consideradas goseras, que el abogado se abstiene de repetir. Las señoras debían estar social y económicamente bastante cerca una de otra, y de alguna manera figuraban, al menos en los documentos, como doñas. Quizás, detrás del evento había intereses de competencia económica que se ocultan y se desplazan a la competencia por el honor.El día de mercado en la plaza era el momento preciso para estas otras transacciones, tan despiadadas como las que se dan por bienes escasos y limitados.A balancear de nuevo esa economía del honor apunta el castigo solicitado por el apoderado: la representación frente a los notables del lugar, de una escena de cortesía para restituir a doña Josefa su honor arrebatado por las palabras de doña Isabel. 

Referencias

  1. Archivo General de la Nación, Sección Colonia, Fondo Criminales, TOMO VII, folios 589 a 597.
  2. Francisco Antonio Moreno y Escandón, Informe sobre Zipaquirá rendido al Virrey Messia de la Cerda en abril 12 de 1777. Transcrito y publicado por Germán Colmenares y Alonso Valencia (1985), Indios y mestizos de la Nueva Granada a finales del siglo XVIII, Bogotá: Banco Popular, cita 273.
  3. Eugenio Díaz Castro, Novelas y cuadros de costumbres, (1985), Bogotá: Procultura, 216- 355, con prólogo de Elisa Mujica. La novela salió por entregas semanales inicialmente con el título de Las aventuras de un geólogo, en el folletín del periódico El bien social, en 25 números desde 21 de noviembre de 1879 hasta 7 de mayo de 1880.
  4. Melchor Uscátegui, (aunque sin don) aparece en primer plano en los sucesos del 22 de julio de 1810, José María Caballero, Diario de la Independencia, Bogotá: Banco Popular, 1974, 70.
  5. AGN, Sección Colonia, Juicios Criminales, tomo 5, fo.305-449, cita 437v. Queja de don Miguel Rivas, alcalde ordinario de segundo voto de Zipaquirá en 1802, en medio de un pleito.
  6. Jaime Jaramillo Uribe (1972), Ensayos de Historia Social y de la Cultura, Bogotá: Universidad Nacional de Colombia, 196.