Agosto de 2016
Por:
Juan Camilo Rodríguez Gómez

DEL RECONOCIMIENTO DE LAS HIJAS NATURALES

“José María de Rueda y Gómez por su propio valimento Conde de Cuchicute en años mayor, del Distrito de su ciudad natal de Santa Cruz en San Gil de la Nueva Baeza vecino, plenamente capaz y ahora como en su pretérita vida célibe, vine a comparecer, y comparece reverente, al sacrosanto de la justicia, estimulado por el deseo noblemente expresado por las señoritas Esther y Sara Rueda Gómez en demanda propuesta por ellas para que judicialmente se declare, lo que en todas las demás formas posibles declarado está, que autor de sus días es él, en paternidad natural.

Considerando por anticipado la absoluta imposibilidad física, psíquica, lógica y metafísica de una controversia, séale permitido, ya que del lenguaje forense no ha menester, acomodar a su propio estilo la contestación, y tomándose de ello el atrevimiento así expone:

Ventiocho de julio del año de gracia de mil novecientos diez y seis. En esta fecha, de recordación imperecedera, cuando como ahora la humanidad horrorizada estremecíase al fragoroso estampido de bombas, cañones y fusilería, un hombre, másculo él, olvidando el jundo doliente y en inconmensurable goce espiritual, estremesíase al débil vagido de tierna y angelical criatura, alma de su alma, hueso de sus huesos. Nueve meses antes, tras de un día de enseñoreamiento en sus dominios, a su empuje convertidos en floración de cafetos, refosilábase arrobado en contemplación nocturnal. A su lado la entonces compañera en coloquio de miradas apacibles; por sobre sus testas fulgurante diadema de estrellas ciñendo la imponente majestad del infinito; de sí alrededor el grandilocuente silencio de natura-madre; y de los dos corazones unísono latido rítmicamente presuroso. Entonces fue el deseo de alcanzar la inmortalidad tallada en carne, y ambos a dos, en inspirada creación, realizaron el anhelo dando de sí mismos los elementos plásticos de la obra. Veintiocho de julio del año de gracia de mil novecientos diez y seis: la obra hacíase real en los vagidos de angelical criatura, alma de su alma, hueso de sus huesos, y a la que ESTHER habría de llamarse porque concebida fue en imagen de una de las que, en aquella noche, ciñera la imponente majestad del infinito. Y cuentan que de entonces, las estrellas, envidiosas al verse superadas, parpadean incesantes, de su llanto al contener las lágrimas….

Esther y Sara: de una y otra aquel indómito varón meció la cuna; a los cuatro vientos, urbi et orbi, llamólas hijas suyas; ante el universo mundo su apellido dióles y, como otrora hoy, rebozante su corazón prodígales ternura. Recobrada la mente que, el malhadado día ofuscáronle los dioses, por ellas rescató los terrenales bienes que, en la ofuscación, había perdido; en previsión, entre otras, sus herederas instituyólas y agora, no quiere pensar que insatisfechas, su condición jurídica a reclamarle vienen” (1).

Referencias

1 El señor Conde de Cuchicute reconoce unas hijas naturales”. El Deber , Bucramanga, 5 de noviembre de 1941, p. 4.