Silla. Región Tolima medio, 1 a.C. - 700 d.C. Colección Museo del Oro, Banco de la República.
Septiembre de 2013
Por:
Beatriz E. Rincón. Antropóloga y máster en antropología, Universidad Nacional de Colombia. Investigadora Grupo de Arqueología, Instituto Colombiano de Antropología e Historia - ICANH.

DE LAS HISTORIAS PASADAS DEL RÍO MAGDALENA

Para hablar de las poblaciones humanas que han habitado el pasado prehispánico en el río Magdalena, es necesario contar una historia que se remonta por lo menos unos 12.000 años atrás y se prolongó hasta la llegada de los conquistadores españoles en el siglo XVI. A lo largo de sus 1.558 km de recorrido, se vivieron historias de grupos con distintas formas de organización sociocultural, ya sea como bandas de cazadores recolectores-pescadores, como sociedades tribales, o comunidades con una organización social jerarquizada, cuyas características los diferenciaban, pero al mismo tiempo los relacionaban con otros grupos.

A partir de la investigación arqueológica, en nuestro país se conocen sitios donde se han identificado yacimientos arqueológicos con vestigios materiales como cerámica, artefactos líticos1, restos óseos humanos y de fauna, semillas (macrorrestos), entre otros. Con estas evidencias, se ha podido reconstruir una secuencia cultural y una cronología de ocupación que se remonta al siglo XII a.C.

Como se mencionó, múltiples grupos poblaron la extensa área que hoy conocemos como valle del Magdalena, en distintas épocas y con formas muy diversas de organización social. En ocasiones las márgenes del río fueron ocupadas por grupos itinerantes, con un bajo número de individuos y una movilidad muy alta, vinculada al acceso de recursos vegetales y animales para el consumo cotidiano. En otros momentos, las ocuparon grupos cada vez más  sedentarios, con una población mayor, que incursionaba en las primeras prácticas agrícolas y en la domesticación de plantas.

El valle medio y bajo del río Magdalena fue el escenario de lo que se conoce en arqueología como el poblamiento temprano. Es decir, aquel período más antiguo de ocupación humana, entre 12.000 y 7.000 años atrás, en el cual grupos humanos itinerantes, de bajo número de individuos y sitios estacionales de habitación, realizaban faenas de caza, utilizando las rocas  y cantos rodados de ríos y quebradas como la materia prima para la fabricación de elaboradas puntas de flecha y otros artefactos que servían para el raspado y el corte de vegetales y pieles, entre otros. Estas herramientas se hallan en superficie o en excavaciones arqueológicas y por ser en roca su preservación es excelente, y permite una interpretación  de las actividades pasadas mediante el análisis especializado de las mismas.

 Después, entre 7.000 y 3.000 años atrás, hubo cambios importantes en las poblaciones que ocuparon las márgenes del Magdalena. Los mismos representaron el cambio de una vida itinerante de bandas cazadoras recolectoras a otra en la que los grupos humanos adoptaron una forma de vida sedentaria. En este período se han identificado las primeras formas de agricultura, probablemente de raíces y tubérculos, combinada con la recolección selectiva de gran variedad de recursos vegetales, marinos y de fauna (moluscos, mamíferos, aves, peces) que suponen, por las evidencias óseas halladas, la explotación de varios nichos ecológicos.

En la arqueología colombiana este período es conocido como “formativo” y la región más estudiada es la costa caribe, con sitios arqueológicos que se encuentran tanto en zonas de sabana como de litoral, siendo estos últimos los más frecuentes. Se utilizaron como sitios de asentamientos áreas cercanas al mar, pequeñas islas, ciénagas, zonas de manglar o cursos de ríos, ubicando las viviendas sobre terrazas naturales, marinas y aluviales sin adecuación más que la producida por la acumulación de basuras que forman en muchos casos montículos, algunos de los cuales contienen gran cantidad de conchas y restos óseos de fauna terrestre y marina. Las preferencias en la utilización de un recurso sobre otro, aún no se han comprobado; sin embargo, la evidente abundancia de conchas en ciertos sitios del  “formativo” puede ser reflejo de sus condiciones favorables de preservación. En este período se ubican las primeras manifestaciones de utilización de la cerámica, con funciones utilitarias y particularidades tanto al nivel de la fabricación como de la decoración que comparte con otros períodos.

Es ampliamente aceptado que una de las principales causas del cambio, de una forma de vida itinerante a una sedentaria, fue la adopción de una economía cada vez más dependiente del cultivo de especies vegetales y el crecimiento demográfico que exigía nuevas formas de cohesión política. Sin embargo, en los últimos años se han lanzado hipótesis que vinculan  dichos cambios con momentos climáticos de aumento o disminución en la temperatura del  medio, que variaron las posibilidades de acceso a recursos y, en algunos casos, la  preferencia por la elección de sitios de asentamiento.

Los sitios del formativo en la costa caribe se han identificado, hasta el momento, en áreas de litoral, en ambientes cenagosos, y en zonas de serranía (cercanos a cursos de agua). En  algunos, es característica la acumulación de gran cantidad de conchas marinas, así como de una amplia variedad de restos óseos de aves, mamíferos y reptiles. La presencia de  fragmentos de cerámica también es otro rasgo significativo, ya que para este período se identifican las primeras evidencias del uso de alfarería con fechas que se remontan desde el quinto milenio antes de Cristo.

Como se ha dicho, el valle del río Magdalena también estuvo poblado por grupos humanos más complejos en su organización social, con personajes centrales que lideraban los aspectos económicos, religiosos, simbólicos o políticos, entre otros. Todos ellos con formas muy distintas de interactuar entre sí, de apropiarse de los espacios, modificarlos y adecuarlos. Cada grupo, o tan solo alguna de sus características, implicaría largas  discusiones y disertaciones en el ámbito académico, pero quizás sea más provechoso en este espacio, hablar brevemente de los asentamientos humanos más representativos y de las investigaciones arqueológicas, que con la evidencia material y su contexto, reconstruyen una versión del pasado.

Es por esto que bien vale la pena hablar de las poblaciones del alto Magdalena, entre ellas, las conocidas manifestaciones arqueológicas que se han identificado en los actuales  municipios de San Agustín e Isnos en el Departamento del Huila. En esta región del macizo colombiano, a cada margen del río Magdalena, se asentaron poblaciones humanas desde el año 1000 a.C., cuya evidencia más conocida es la importante estatuaria funeraria, que cuenta con una variedad de motivos antropomorfos y zoomorfos esculpidos en toba volcánica. La estatuaria, que se encuentra asociada principalmente a sitios de enterramiento,  es solo una de las múltiples evidencias materiales que se distribuyen a lo largo de un amplio territorio que estuvo poblado por grupos jerarquizados, con señores principales, probablemente grandes líderes que organizaron los aspectos políticos, simbólicos y/o económicos de la población. Una población que continuó transformándose, pero que, hacia el siglo VIII d.C., dejó de esculpir la roca para enterrar a sus principales, sin  abandonar su organización social jerarquizada del tipo cacical.
 

Más al norte, hacia el actual Departamento del Tolima, existieron diversos grupos indígenas que en los siglos XVI y XVII los españoles conquistaron y agruparon de forma genérica, sin detenerse en particularidades, en los grupos conocidos actualmente como “pijaos”,  “panches”, “carares”, “yareguíes”, “yalcones”, “ondamas”, entre otros. La región de Honda es considerada como el límite entre el alto Magdalena y el Magdalena medio, donde han  confluido grupos socioculturales diferentes, con particularidades y relaciones que siguen siendo importantes en la investigación arqueológica e histórica.

 

   

Es así que el río Magdalena ha sido una ruta fluvial indiscutible, que articuló y articula poblaciones con temporalidades diferentes, con diversas maneras de relacionarse con el medio ambiente, que sirvió y sirve como frontera y como vía de comunicación, y que ha  tenido diferentes nombres de acuerdo con las regiones geográficas por las que pasa: ha sido llamado “(…) Guaca-hayo o ‘río de las tumbas’ en el alto Magdalena; los muiscas lo llamaron Yuma o ‘río del país amigo’. En la región del Magdalena medio, lo llamaron Arlí o Arbí, ‘río del pez’ o ‘río del bocachico’, y los caribes lo llamaron Karakalí, ‘gran río de los caimanes’ o Karihuaña, ‘agua grande’. Los españoles lo bautizaron Río Grande de la Magdalena al ser descubierto por ellos en abril de 1501, día cristiano en que se conmemora la conversión de Santa Magdalena” (Alvear 2005 en Ferro et ál., 2010, 11).

Investigaciones arqueológicas en el valle del Río Magdalena

En el valle Intermedio del río Magdalena, entre Honda y Barrancabermeja, las investigaciones arqueológicas se iniciaron en 1942 cuando Graciliano Arcila reseñó varios cementerios indígenas guaqueados en La Paz y Alto Opón. En 1943, Gerardo Reichel Dolmatoff y Alicia Dussán de Reichel identificaron un patrón de entierro secundario en urnas funerarias, que en lugares como San Jacinto, Tamalameque, Ocaña, Puerto Niño, río  de la Miel, río Guarinó, Honda, Girardot, Ricaurte y Espinal, indicaron tratamientos a los  cuerpos por cremación, para luego ser depositados en urnas con características semejantes que, para los mencionados autores, las hacen pertenecer a una cultura homogénea o a grupos estrechamente relacionados entre sí.

En inmediaciones de El Espinal (Tolima), Julio César Cubillos y Víctor Bedoya (1954) realizaron un trabajo de rescate en el sitio La Jabonera, sobre una terraza paralela al río Magdalena, cuando trabajadores que construían una carretera veredal, alteraron un antiguo basurero en el que también se encontraron algunas tumbas.

En el valle del Magdalena y algunas zonas de la costa atlántica, la investigación realizada por el profesor Gonzalo Correal (1977) permitió identificar alrededor de veinte sitios asociados a cazadores-pescadores-recolectores y a grupos alfareros, así como áreas con arte rupestre.  Los sitios asociados a grupos cazadores-pescadoresrecolectores corresponden a estaciones  temporales abiertas, localizadas en terrazas altas próximas a ríos, lagunas y ciénagas, con alta densidad de instrumentos líticos, fabricados a través de la preparación de un borde de utilización sobre uno de sus lados mediante percusión simple. Los desechos de talla demostraron que estos artefactos fueron elaborados en los mismos lugares. En el alto Magdalena se hallaron sitios cerca de Neiva y en la región de Villavieja sobre terrazas pleistocénicas altas, donde se registraron lugares con una gran concentración de elementos líticos (Correal, 1977 en Díaz, 2012).

Carlos Castaño y Carmen Lucía Dávila, en 1984, retomaron las conclusiones de Reichel
Dolmatoff (1944) sobre un “Horizonte de urnas funerarias del Magdalena Medio”, como indicador de un parentesco cultural común para las sociedades que habitaban las  nmediaciones del río Magdalena en el siglo X d.C., y realizaron excavaciones en los sitios de Colorados y Mayaca en inmediaciones de Puerto Salgar (Cundinamarca). Colorados   corresponde a un conjunto habitacional en el que se encontró una sementera, basureros de  pendiente, un taller lítico y enterramientos en dos montículos; mientras que Mayaca es un  lugar de vivienda de forma oval, que de acuerdo con los investigadores fue habitado por un grupo de 10 a 12 personas y en el cual se recuperaron 14 recipientes cerámicos y varios líticos (Castaño y Dávila, 1984).

En la región del río Carare (Departamento de Santander), el investigador Carlos López (1989) llevó a cabo un estudio que buscaba identificar asentamientos precerámicos, tardíos y coloniales con el fin de comprender las condiciones de ocupación, manejo y explotación  del medio ambiente; como resultado, ubicó varios sitios con predominio de materiales líticos y, en particular, con alta densidad de artefactos tallados por percusión, aunque la asociación entre la cerámica y los materiales pulidos indicó que estas fueron hechas entre los siglos X – XIV d.C.

En Antioquia el mismo investigador (López, 1991) localizó sitios arqueológicos sobre terrazas en cimas de colinas, en el río Magdalena o afluentes de este, en los municipios de  Puerto Berrío, Puerto Triunfo y Remedios, sitios en los que las fechas obtenidas indican que fueron habitados desde por lo menos 10.000 años a.C. Las investigaciones arqueológicas llevadas a cabo por la construcción del Oleoducto Vasconia Coveñas en 1994, permitieron identificar 36 sitios en la región del Magdalena medio asociados a su temprana ocupación, en especial en el Departamento de Antioquia.

La época prehispánica en la región de Honda – Tolima 

Desde 1970 se ha estudiado arqueológicamente la región de Honda-Tolima con el propósito de ampliar el conocimiento de la llamada “cultura panche” o precisar elementos para interpretar las actividades cotidianas de sus habitantes.

En 1970 el investigador Gilberto Cadavid excavó en Honda dos basureros en áreas de habitación consideradas panche (sitios Calzón de Oro y San Germán), y concluye que este material es característico de la zona y se extiende con rasgos similares hasta las regiones de Antioquia y Santander sobre el río Magdalena. (Cadavid, 1989, 58). Cinco años después, la investigadora Lucía Rojas de Perdomo (1975) realizó dos investigaciones en el municipio de Guaduas (Cundinamarca), vereda La Unión, sitio El Trébol, en donde identificó en  superficie material cerámico de “evidente manufactura panche, además ocasionalmente afloraron huesos humanos que hicieron pensar que todo el sitio fue un gran asentamiento precolombino”. El lugar fue considerado de habitación con un basurero aledaño, en donde se encontró abundante material cerámico superficial, manos de moler, machacadores, fragmentos de metates y lascas. 

A finales de la década de 1980 e inicios de la siguiente, se realizaron varias investigaciones  bajo el marco de la arqueología histórico-cultural2, que ampliaron el panorama arqueológico e histórico de la región al aportar fechas radiocarbónicas para los períodos temprano (siglo X a.C. – siglo VIII d.C.) y tardío (siglos VIII d.C. – XVI d.C.) (Salgado et ál., 2006) definidos para el Departamento del Tolima y el valle medio del río Magdalena.

En 1989, Cecilia de Hernández y Carmen Cáceres de Fulleda efectuaron excavaciones en Guaduero, municipio de Guaduas (Cundinamarca), mientras que Arturo Cifuentes (1989) desarrolló una serie de prospecciones en la margen occidental del río Magdalena entre los municipios de Méndez, Honda y La Dorada, y en la margen oriental en Puerto Bogotá  (Guaduas - Cundinamarca).

Las evidencias arqueológicas encontradas en las prospecciones realizadas por Cifuentes (1989) en Calzón de Oro, Arrancaplumas, Embarcadero, Perico, La Petrólea (La Dorada) en la margen izquierda del río Magdalena, y en La Pava y Bodegas en la margen derecha, le permitieron concluir que la alfarería de esta parte del río Magdalena tiene rasgos similares a  la cerámica de El Trébol, localizado en la parte derecha y excavado por Lucía Rojas de Perdomo en 1975, y con cerámica encontrada en Puerto Salgar.

En la misma zona de Honda, Cifuentes (1991, 1993) a través de prospecciones y reconocimientos arqueológicos delimitó y excavó sitios que presentaron un problema distante cronológico y cultural. Estableció que el primer período corresponde a Arrancaplumas (cerca del antiguo puerto del río), donde encontró abundante material lítico, vértebras de pescado y material cerámico que asoció a la muestra obtenida por Hernández y Cáceres (1989) en Guaduero, fechada hacia el siglo II a.C. y el siglo V d.C. La fecha que  Cifuentes obtuvo para Arrancaplumas se remonta al siglo I a.C.

El segundo período de Honda, identificado por Cifuentes, está constituido por la cerámica tardía de la región y fechada en la excavación de la quebrada Perico en el siglo XVI d.C.  Esta cerámica ha sido encontrada en varios contextos del valle del Magdalena en Tocaima y Apulo y se caracteriza por un baño rojo sobre la superficie y decoración incisa en cuello y hombro; la industria lítica se distinguió por abundantes lascas, núcleos, raspadores, pulidores, manos de moler y fragmentos de metates. La cerámica fue asociada a los grupos “panches” que habitaban la región a la llegada de los conquistadores españoles en el siglo XVI.

Los sucesivos estudios arqueológicos realizados en Honda, obedecieron a preguntas de investigación enfocadas hacia las actividades realizadas por los grupos que habitaron esta zona. El trabajo de Germán Peña (2003) buscaba aportar al conocimiento de los patrones estacionales de pesca en los raudales del río Magdalena en tiempos prehispánicos. Con este objetivo realizó un reconocimiento arqueológico en la zona de Arrancaplumas y La Sonrisa, correspondientes a los períodos formativo y tardío respectivamente.Los resultados indican que tanto los grupos humanos del formativo como los del tardío, realizaban intensas  actividades de pesca durante  la época de la subienda, capturando especies de talla pequeña como nicuro (Pimelodus clarias) y de gran talla como el bagre pintado (Pseudoplatistoma fasciatum).

Siguiendo esta misma línea de investigación, Juan Manuel Díaz (2005), como tesis de  pregrado, realizó una prospección arqueológica en la cuenca del río Gualí. El investigador buscaba conocer los paisajes que fueron ocupados y la manera como sus habitantes  aprovecharon y transformaron esos lugares para realizar sus actividades cotidianas,  accediendo a los recursos que el entorno les ofrecía y obteniendo los que necesitaban con el fin de garantizar su reproducción física y social.

Para finalizar

Las historias pasadas del río Magdalena aún tienen bastante por contar, unas se están escribiendo y otras tantas faltan por “descubrir”. La información arqueológica disponible para la región de Honda proviene de investigaciones o estudios de caso guiados por el  histórico-culturalismo en los que el cuestionamiento principal giraba en torno a la generación de información básica, la descripción de tipologías cerámicas y la asociación de materiales a un determinado grupo étnico, en este caso a lo que desde la conquista y colonia se ha denominado “los panches”.

Sin embargo, vale la pena aclarar que la investigación arqueológica en este momento se está llevando a cabo desde dos frentes: la investigación básica y la arqueología de rescate, aunque siempre se va a estar condicionado a la primera. La investigación básica es aquella que, a través del método científico, pretende responder determinadas preguntas de  investigación sobre las sociedades humanas del pasado por medio de los restos materiales de sus actividades. La segunda, la arqueología de rescate, aunque obedece más a las  fluctuaciones de desarrollo económico del país (de los países en general), en su estado ideal debe partir de y saber combinar la investigación arqueológica con la preservación,  conservación y difusión de los sitios arqueológicos que por distintos motivos van a ser destruidos o afectados por la infraestructura del país.

En ambos escenarios, los arqueólogos debemos estar en capacidad de dar cuenta de los  procesos socioculturales de los grupos del pasado, que no solo pertenecen a la época  prehispánica, sino también a aquellos de la conquista y la colonia y la modernidad.

Referencias

1 Artefactos en roca.

2 La arqueología histórico-cultural es aquella que define las sociedades en grupos étnicos de acuerdo con su cultura material.

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