17 de septiembre del 2019
 
Rafael Núñez
Febrero de 2013
Por:
Eugenio Gómez Martínez

Curiosidades y más que curiosidades de la Regeneración

Bien debe  saberse que la Regeneración, esa importante etapa de la historia de Colombia que fue de 1880 a 1900, ha dado lugar a enconados debates que todavía hoy en día no han terminado. Así, para los partidarios de Rafael Núñez, su máximo artífice, perteneciente al entonces llamado liberalismo independiente, y para el conservatismo, se trató de la reforma del Estado con el consiguiente restablecimientode la autoridad luego del  caos provocado por el liberalismo radical, pues el federalismo instaurado había vuelto ingobernable a Colombia. Para los detractores del experimento, los demás liberales y la izquierda, fue una degeneración,ya que consagró el centralismo, instauró una dictadura de tipo retardatario y convirtió a la jerarquía eclesiástica en poder indiscutible con capacidad de ejercer una verdadera tiranía no sólo teológica y moral, sino hasta política. Verbigracia:  recuerdan que el arzobispo Primado Bernardo Herrera Restrepo (1844-1928), designaba al candidato presidencial conservador, el cual se convertía de hecho en primer mandatario…
De él dijo Alberto Lleras Camargo que era “autoritario como un jeque árabe”.1

Discutido regenerador

El mismo arquitecto de la Regeneración, Rafael Núñez, es desde luego, objeto de agudas controversias. Para  unos fue unestadista de gran realismo que salvó al país de la anarquía, se dio cuenta de la necesidad de industrializarlo y comprendió que la Iglesia Católica era factor de orden y armonía.2 Curiosamente, antes, cuando servía bajo Tomás Cipriano de Mosquera, ejecutaba apasionadamente las medidas tomadas contra la Iglesia en lo que tenía que ver con confiscación de bienes, persecución de clérigos y expulsión de los jesuitas. Fue excomulgado. Por lo demás, sus enemigos lo muestran como arrogante y capaz de comprar a cuanto hombre público se prestara para ello.

Los primeros hablan del “pensador del Cabrero” como quien fraguó la unidad nacional, quien dejó que la vida religiosa discurriera sin trabas y quien fue amigo de concederles derechos a todos los ciudadanos. Los segundos dan cuenta de las persecuciones que tuvieron que padecer los dirigentes que no compartían su obra, entre los cuales se cuentan destacados dirigentes, como Francisco Javier Zaldúa, llamado por sus contemporáneos “modelo de virtudes”.3 También se cita el hecho curiosísimo de que los mismos gobernantes salientes estaban a cargo de los comicios electorales; por ejemplo, en los que dieron la victoria, en 1898, a don Manuel Antonio Sanclemente, un anciano de 85 años, quien supuestamente estuvo por encima del candidato de oposición Miguel Samper. Más curioso aún: el primero le habría ganado al segundo por una diferencia de cinco a uno. Todavía más raro: a aquel hombre valetudinario, que no podía vivir en la capital sino en pueblitos de clima suave, le correspondió enfrentar el peor de los confl ictos armados…
(Dada la edad de don Manuel Antonio, cuando proclamaron su victoria a nombre del conservatismo histórico, alguien gritó: “¡No, el no es histórico, sino prehistórico!”). De otro lado, continúan los detractores, la Regeneración dejó en algunos la impresión que se trató de un tiempo tranquilo (la “paz científica”), lo cual es desmentido por el hecho de que siguieron los conflictos armados entre los bandos partidistas en pugna, especialmente la Guerra de los Mil Días, certamen de intenso fanatismo y crueldad.

Como ya lo hemos señalado, para la jerarquía católica el líder cartagenero resultó altamente beneficioso porque se alejó de las posturas anticlericales fraguadas por gobernantes anteriores tales como Mosquera. Para los contrarios,espele devolvió sus privilegios a la Iglesia, en lo que coincidió plenamente con los más conservadores. Por otra parte, añaden, esa jerarquía que tanto condenaba ciertas prácticas “inmorales”, como la convivencia entre hombre y mujer fuera del matrimonio, se hizo la de la vista gorda ante el hecho de que el mandatario hiciera suya a una persona distinta a la esposa legítima (Núñez se enamoró “perdidamente” de Soledad Román tan pronto como se la presentaron. La legítima se llamaba Dolores Gallego).

Si unos ven en Núñez al innovador en materia económica, que pensó seriamente en la industrialización del país, que creó el Banco Nacional (antecesor del Banco de la República) y que modernizó el sistema de trasporte,  otros lo contemplan como el dirigente que aumentó las diferencias entre los bien instalados y los marginados del progreso. Ese fue el tiempo, añaden los primeros, en que llegaron los teléfonos, el alumbrado eléctrico y el acueducto. “Para beneficio de los altos empleados oficiales y los ricos”, responden los segundos, y traen a la memoria el hecho de que en Bogotá la mayoría de las gentes siguió utilizando el agua de acequias o de pilas comunales; ¿qué sería en el resto del país? Dichas gentes no gozaban de los lujos que se daban los ciudadanos acomodados, los cuales mucho pensaban en imitar las costumbres europeas y poco en ocuparse de sus compatriotas de abajo.4

Hay quienes ven en el Regenerador al líder que trató de constituir un partido distinto al conservador y al liberal, libre de las taras de ambos, sin que encontrara apoyo en tan loable proyecto. Entonces no habría sido él el autor de la llamada entrega del ideal progresista, como tanto señalan algunos. Y hay quienes lo consideran como el farsante que se denominó “liberal independiente” sólo para preparar la hegemonía de los ultras de la tradición.

En general, el personaje aparece para sus admiradores como un gran demócrata que efectuó los cambios institucionales dentro de las normas legales, todo dentro de una gran serenidad de espíritu. Los detractores lo pintan como el dictador que clausura el Congreso de 1885, que se hace reelegir por sus aduladores y que se pone al servicio de lo que ya comenzaba a vislumbrarse como“burguesía bipartidista”. La Regeneración es asimilada por sus partidarios como consagración del sueño patriótico de libertad y orden. Para los críticos, en cambio, no se lograron en ese período “ni la libertad soñada por federalistas y radicales, ni el orden propuesto por conservadores unitarios y católicos”.5

Gran ganador

En lo que sí parece haber consenso es en que Núñez al no concretar una formación política distinta a las tradicionales y al darse cuenta de que había servido los intereses del conservatismo, terminó sus días decepcionado de la labor que llevó a cabo. Entonces, fue el mayor adalid de la tradición, don Miguel Antonio Caro, quien sacó provecho del proyecto regenerador. También este hombre, cómo no, es objeto de grandes controversias, importantes unas, curiosas simplemente las otras.

Quienes han hecho una aproximación biográfica favorable, lo exhiben, además de hábil tratadista, como consecuente con el catolicismo que profesaba y meritorio artífice de la Constitución de 1886, la que rigió a la nación durante casi un siglo. Acerca de ella aseguró el historiador liberal Indalecio Liévano Aguirre que “fue el cimiento fundamental sobre el cual se constituyó la nación colombiana”.6 Quienes lo detestan recuerdan que él fue enemigo de la libertad de prensa y amigo de apelar al destierro de sus contradictores. Lo llamaban ogro y aseguraban que nunca se reía, ni atendía visitas. Este “político equilibrado e inteligente” para los amigos, es para los adversarios un “bronco inquisidor” que debió nacer en épocas oscurantistas. A Caro podríamos identificarlo con el afán gubernamental de construir obras públicas, al mismo tiempo que le daba enorme importancia al humanismo. Pero Colombia siguió siendo un país de campesinos que padecían increíbles dificultades económicas y frecuentemente eran convertidos en carne de cañón de las guerras civiles fraguadas por las élites.7 Era una nación de costumbres pacatas, de poblaciones aisladas, con caminos de acceso precarios, dominadas por gamonales, comadres y curas párrocos. Las diversiones eran escasas, a excepción de la que tenía por objeto despellejar al prójimo. A fines de ese siglo XIX llegó a Bogotá el primer automóvil, pero las calles no eran pavimentadas con lo cual su uso resultaba muy restringido.

En lo puramente económico se conoció por primera vez la infl ación con consecuencias tales como el  encarecimiento de las importaciones y el auge de la especulación. Los mayores beneficiados de todo ello vinieron a ser los comerciantes, convertidos en verdaderos capitalistas. Ellos fueron desplazando a esas personas empingorotadas que aseguraban ser de noble cuna y que para darse tono empleaban un lenguaje  rebuscado.

Balance

Si Núñez lanzó la consigna “regeneración o catástrofe” y si Caro aprovechó el intento del primero para  ejecutar sus planes ideológicos y políticos, cabe preguntarse a nivel elementalísimo: ¿hubo regeneración o hubo catástrofe?

Quienes han estudiado tan importante asunto basados en argumentos sólidos y con el mejor deseo de ser objetivos, no son radicales en la respuesta. Más bien prefieren creer que el líder cartagenero si tuvo buenas intenciones en su propósito, no pudo lograr que éste se llevara de modo adecuado. O ¿por qué al término de la Regeneración, se produjo la peor de las guerras civiles en la historia nacional con su cortejo de muerte, destrucción y pobreza, y la separación del valiosísimo territorio de Panamá?

Otro trascendental interrogante es el de si la Constitución de 1886 unió de veras a los ciudadanos o los dividió más. La respuesta parece ir en el segundo sentido porque más bien se dio pie al “faccionalismo”(un nación   dividida), lo que no solamente fue un problema político, sino que trajo graves consecuencias económicas, a saber: violentas fluctuaciones de los principales productos de exportación o abatimiento de los mismos (tabaco, quinas y café). Resultado social obvio: falta de fuentes de trabajo, furia de los perjudicados y carencia de estabilidad. Además se produjo un elevado déficit fiscal y un desangre en el gasto público.

Asimismo debería interesar a los colombianos la discusión que a veces se plantea con tono maniqueo en  cuanto a quiénes fueron los buenos y los malos durante el período en cuestión. Los historiadores más serenos aceptan que los radicales liberales tenían “excelsas condiciones morales” pero reconocen también que eran fanáticos e intransigentes. En verdad, si esa Colombia que tomó en sus manos Núñez, requería de reformas de fondo, sus adversarios más duros no lo vieron así8. Otra cosa es que la idea regeneradora, como tanto se ha advertido, acabara en visión reaccionaria de la vida pública hasta el punto de negarle toda participación política al partido contrario.

En fin

Sea lo que fuere, Rafael Núñez creyó tener una salida para los grandes males de Colombia y ésa, más por la fuerza que por la razón, no solamente iba a tener vigencia durante las dos últimas décadas del siglo XIX, sino que impregnaría la hegemonía conservadora concluida apenas en 1930. En cuanto a la Constitución de 1886,  aunque reformada en repetidas ocasiones, de alguna manera perduró hasta la elaboración de la nueva Carta Magna, en 1991.

Difícil ha sido quitarle al Regenerador el epíteto de portaestandarte de la tradición que le endilgaron e,  inclusive, la de apóstata del ideario de libertad supuestamente conseguido por los próceres de la  independencia de España. Asimismo, para nadie bien enterado es un secreto que él surge de aquéllos tiempos como el benefactor de los propietarios y de quienes se dedicaban al comercio.

Con Núñez o sin él las élites siempre han prometido un equilibrio que fácilmente se les ha salido de las manos. Colombia, de todas maneras, ha sido y es una “nación a pesar de sí misma”9, de acuerdo a un reconocido historiador, o, siguiendo otra obra digna de tenerse en cuenta:”un país fragmentado” y una “sociedad dividida”.10

Referencias

  1. Conversaciones del autor con Indalecio Liévano Aguirre. Junio de 1966.
  2. Javier López Ocampo. Historia básica de Colombia.Plaza y Janés. Bogotá, 2004.
  3. Marco Palacios. Entre la legitimidad y la violencia. Norma, Bogotá, 2003.
  4. Rafael Ballen. Liberalismo hoy. Editorial carrera 7ª. Ltda., Bogotá, 2003.
  5. Marco Palacios. Ibídem.
  6. Indalecio Liévano Aguirre. Rafael Núñez. Intermedio Editores, Bogotá, 2002.
  7. Alfredo Iriarte. Historias en contravía. Intermedio Editores. Bogotá, 2005.
  8. Charles W. Bergquist. Café y confl icto en Colombia, 1886-1910. Dirham, N.C. 1978.
  9. David Bushnell. Colombia: una nación a pesar de sí misma. Planeta, Bogotá, 1996.
  10. Marco Palacios, Frank Safford. Colombia: país fragmentado, sociedad dividida. Norma, Bogotá, 2004.