17 de septiembre del 2019
 
Promotora de la Casa de la Madre y el Niño, María López Michelsen de Escobar
Septiembre de 2016
Por:
Néstor Miranda Canal

CASA DE LA MADRE Y EL NIÑO

En alguna ocasión el escritor peruano Mario Vargas Llosa afirmó que Latinoamerica era una "sociedad sin padres". Se refería, claro está, a los hombres-varones y a su responsabilidad en relación con la concepción, el crecimiento y el desarrollo de los hijos. Ante esta ausencia de padres, bastante generalizada, sobre todo en las llamadas "clases menos favorecidas", las mujeres han tenido que asumir las responsabilidades y sufrir las consecuencias de esta situación que ha definido en buena parte, sociológica y humanamente, la condición de la mujer y el niño de nuestros países: embarazos indeseados, abortos, abandono de recién nacidos, madres solteras, orfandad efectiva, violencia, prostitución y delincuencia, en fin, vidas atrapadas en la espiral inagotable de lo que suele llamarse la infelicidad.

Esta situación, que frecuentemente se asimila al destino, despertó, hace más de medio siglo, la conciencia de algunas personas --mujeres en su mayoría-- de las clases más favorecidas que decidieron crear una institución para ofrecer una alternativa de vida menos dolorosa. Al frente de este grupo estuvo la señora María López Michelsen de Escobar --hija de Alfonso López Pumarejo--, quien firmó el 23 de noviembre de 1942 el acta de fundación de la Casa de la Madre y el Niño, junto a Eugenia H. de Restrepo Mejía, Roberto Urdaneta Arbeláez y José del Carmen Acosta. Hoy, finalizando el siglo, la dirección de la institución está en manos de la señora Bárbara Escobar de Vargas, hija de doña María, la fundadora, y sigue cumpliendo su labor.

Acta fundacional de la Casa de la Madre y el Niño, noviembre 23 de 1942

 

Desde su fundación, la Casa de la Madre y el Niño ha sido un hogar de paso para mujeres desvalidas, en trance de dar a luz o que ya lo han hecho, y para sus pequeños. Madres e hijos reciben atención médica, social, psicológica --humana y espiritual, podría decirse-- para entrar en una nueva etapa de la vida --o en la vida misma, como es el caso de los recién nacidos-- y tratar de sortear de la mejor manera las duras condiciones de rechazo social y familiar, de desconcierto, de abandono, debidas a embarazos indeseados o a falta de recursos. Y aquí surge la posibilidad de la adopción como mecanismo social y humano.

Esta opción se inspira en las fuentes originarias y recientes del cristianismo, desde la paternidad por la adopción de San José con el niño Jesús hasta los decretos del Concilio Vaticano II: "Por el bien de los niños y de la sociedad [...] es urgente multiplicar los centros de adopción por parte de la Iglesia, del Estado y de las instituciones particulares, hacer conocer la legislación del país en la materia y motivar a los cónyuges cristianos que estén en la posibilidad de adoptar niños abandonados, para que realicen esta obra de amor humano y cristiano". Y, en consecuencia con estas directrices, en los procesos de adopción que se generan en la Casa de la Madre y el Niño se observan las normas legales sobre adopción de niños y de protección a la infancia y a las madres, en cuya elaboración ha participado la institución, en algunos casos. Por este conducto, más de 6.000 niños colombianos en estas circunstancias han encontrado un hogar y unos padres.

Cuando se visita esta Casa llaman la atención la pulcritud y el orden, los colores, las dotaciones, la sonrisa de los niños. Cuando se revisa la publicación conmemorativa de sus cincuenta años de labores (1992) se piensa que no es posible tanta felicidad: fotos a todo color de los niños crecidos y sonrientes con padres (mujeres y hombres) rubios y en paisajes de nieve o en confortables salas, apellidos extranjeros de los niños adoptados (Eriksson, Donzelot, Greemberg, Bianchi, etc.) y apellidos nacionales que suenan "bien" (Esguerra, De Greiff, Holguín, etc.), testimonios agradecidos y felices de adoptados y adoptantes, etc. Y sí: es posible. Son pocos, muy pocos, ante la magnitud real de este problema en un país con tan drásticos desajustes sociales y con una violencia endémica que surge desde la misma familia: esos niños ahora tienen unos padres y otra patria. Dios, afirmaba el filósofo árabe Averroes (1126-1198), se ocupa de "los universales", de los géneros y de las especies. De los individuos concretos --auncuando pocos-- se ocupan instituciones como la Casa de la Madre y el Niño.