22 de septiembre del 2019
 
Carroza Fonda la Muletica. Feria de las Flores. Medellín, 2014. Foto Carlos Benavides Díaz
Diciembre de 2016
Por:
Javier Tobar. Antropólogo, Magíster en Etnoliteratura y Doctor en Antropología. Docente de la Universidad del Cauca, Colombia.

CARROZAS CARNAVALESCAS

La referencia a las carrozas está relacionada en general con las fiestas, ya que este tipo de carruaje es utilizado en diversos fastos del mundo y en Colombia se encuentran relatos desde el siglo XVI y fotografías con estas figuras desde el siglo XIX, como alegorías y desde principios del siglo XX, en alusión a los carnavales. 

Históricamente los carruajes, coches, carrozas, balsas o carros alegóricos de tracción animal, pedal, motor o no motorizados, conocidos como carromatos, han sido vehículos muy utilizados en las celebraciones religiosas o festivas de diversa tipología en muchas partes del mundo. Etimológicamente, currus navalis, hace referencia a un carro naval “utilizado en los rituales en el mundo grecolatino que se celebraban al principio de nuestra era y en el marco de las fiestas inaugurales de la primavera”. De otro lado, la palabra carroza “viene del italiano carrozza y este, a su vez, del latín carrus, que significa coche grande ricamente vestido y adornado que por extensión se construye para funciones públicas. La primera acepción hace relación a los suntuosos y ricos carruajes que aparecen en las ceremonias reales, principescas y diplomáticas, como bodas, visitas, recepciones de embajadores y altas dignidades, y la segunda a las carrozas de las fiestas y espectáculos públicos”.

En la Nueva Granada, hoy Colombia, este tipo de carruaje aparece mencionado en relación con la presencia de autoridades eclesiásticas y de gobierno en el siglo XVIII, especialmente en las ceremonias de recibimiento a los virreyes. En estos recibimientos las autoridades eran conducidas en coches, debidamente ornamentados, tirados por caballos, también adornados vistosamente. Una imagen de una especie de carroza es la que aparece en la representación nominada Entrada del Sello Real a Santafé, un óleo de Luis Núñez Borda, tomado de una acuarela antigua, publicado en 1938, que figura la marcha con el sello oficial introducido en un cofrecillo y que se conducía en un caballo ricamente adornado. El cofrecillo era conducido bajo un palio, sostenido por varios oidores, en el festejo de instalación de la Audiencia del Nuevo Reino, órgano de gobierno creado desde el 7 de abril de 1550 en Santafé. 

Entrada del Sello Real a Santafé. Óleo de Luis Núñez Borda tomado de una acuarela antigua de propiedad del doctor Enrique Otero D’Costa. 1938. En Samper Ortega, Daniel. Bogotá 1538-1938. Homenaje del Municipio de Bogotá a la ciudad en su IV centenario. Bogotá: 1938. p. 136.

 

La referencia a las carrozas está relacionada en general con las fiestas, ya que este tipo de carruaje es utilizado en diversos fastos del mundo y en Colombia se encuentran relatos desde el siglo XVI y fotografías con estas figuras desde el siglo XIX, como alegorías y desde principios del siglo XX, en alusión a los carnavales de Barranquilla, los carnavales estudiantiles de Pasto, Bogotá, Cali, Medellín, Girardot, Tunja, Santa Marta y desde 1927 en los carnavales de Pasto. En los municipios o veredas que están situados cerca a los ríos la costumbre es la utilización de balsas fluviales plenas de ornamentaciones muy similares a las carrozas festivas terrestres. En otras ciudades colombianas, en las fiestas de convocatoria nacional, en las fiestas municipales o regionales la carroza hace parte de los desfiles con variedades diversas.  

Sin embargo, es en la ciudad de San Juan de Pasto y en algunos municipios del departamento de Nariño en donde los artesanos participan en los carnavales de Negros y Blancos y muestran los resultados de su creatividad a través de las carrozas de carnaval. La fastuosidad de los trabajos de artistas y artesanos en las carrozas de esta región posicionó estas fiestas referenciándolas y diferenciándolas de otras. Así, mientras carnavales como los de Riosucio, Caldas, son conocidos por escenificar La Palabra, los de Barranquilla como los de las danzas de tradición y expresiones culturales, y los de Negros y Blancos de Pasto son identificados patrimonialmente por sus carrozas, expresión de la estética cultural de los artesanos y artistas de la región. 

Las carrozas en San Juan de Pasto

La elaboración de una carroza, además de requerir un proceso creativo, exige de un accionar colectivo que requiere por lo menos de 6 meses de trabajo para su exposición que en general es de 5 horas, lo que dura el Desfile Magno del 6 de enero en Pasto, Nariño, proceso que algunos denominan arte efímero. Las labores se inician con la consecución del taller y el desarrollo creativo empieza con la gestación de la idea que generalmente se cristaliza con la familia o grupo que desea participar. Planteada, el o los maestros que están liderando la producción deben recibir durante todo el proceso un respaldo efectivo y moral de su familia y equipo de trabajo. En la elaboración participan modeladores, pintores, soldadores, ingenieros y costureras, quienes intervienen, según su oficio, en el barro, el papel, el cartón, la fibra de vidrio, la madera y el hierro, que son materiales esenciales para la creación de estas obras. Esta es una de las características de la construcción de carrozas: su carácter colectivo. El taller de carnaval es un lugar de encuentro, donde principios como solidaridad, compañerismo, reciprocidad, vecindad, compartir y festejar, se expresan a través del respaldo de una taza de café, un plato de comida o el sentimiento de sentirse acompañado. 

El sentido de la obra

Las carrozas son esculturas elaboradas con la utilización de papel encolado y otras técnicas que han ido cambiando con el tiempo. Los artesanos recrean en estas modalidades diferentes motivos que proyectan un imaginario múltiple que también se ha transformado. Actualmente las carrozas (motorizadas y no motorizadas) son acondicionadas en grandes vehículos que desfilan por las principales calles de Pasto, Nariño, el 6 de enero. 

Carroza Festival Estudiantil, Pasto. 1922. Reproducción Carlos Benavides Díaz

 

La historia de la carrozas en San Juan de Pasto están asociadas a varios aspectos socioculturales como los festejos de navidad, el relato de los reyes magos y los reinados estudiantiles de los años 20. Según la investigadora Lydia Inés Muñoz, durante este período las temáticas se referían sobre todo a la cultura romana, árabe, a las costumbres caballerescas y a los pasajes de la historia europea. Dos décadas después se puede constatar que hay una participación más activa de sectores populares, lo que origina una transformación, tanto en la utilización de materiales como en las temáticas, cambios no exentos de polémicas sobre el sentido de la fiesta. Ya consolidada la idea de la realización del Carnaval de Negros y Blancos, y con la participación de sectores populares se puede afirmar que estas fiestas carnavalescas permiten ver realidades sociales puestas en escena estéticamente por los artistas o artesanos de esta región colombiana. Ya no será la escenografía de un mundo lejano sino que las realidades sociales darán un mayor sentido a las creaciones artísticas de los artesanos de la región y progresivamente le darán un perfil a los carnavales de negros y blancos que se reconocerán esencialmente por las elaboraciones mágicas de estos maestros. 

Los maestros artesanos

En este campo surgen artesanos que le darán un realce esencial a estas labores artísticas, entre los cuales podemos mencionar a Alfonso Zambrano. Este maestro, que inicia su trayectoria en los carnavales de los años cincuenta del siglo XX, es un artista de una sensibilidad social que, según sus propias palabras, busca modelar “lo que está palpando, sintiendo, oyendo y viviendo, lo que está soñando y amando”. Este tallador de la imaginería religiosa, no dudó en echar mano de los diversos registros de la cultura local para desplegar un nuevo devenir de la imagen carnavalesca. Imágenes de distinto orden, origen y concernientes a distintos universos fueron esculpidas en papel, como reiteración del mundo en el cual se vive: “siempre lo que he tratado de hacer desde mi dibujo pequeño hasta una gran escultura, lo he hecho con lo que he sentido, con lo que he vivido, con lo que sé y eso es mi mundo. Es lo que he visto alrededor de mí, ahora y siempre. Mi mundo son las costumbres, los personajes, las leyendas, los cuadros y los modos de mi tierra”.

El maestro Zambrano sentía gran atracción y aprecio por todas las formas de su mundo y quiso plasmarlas utilizando materiales como el barro y el papel que le permitían modelar aquello que percibía de su entorno o elevar ‘los monumentos más queridos’. De esta manera, algunas de sus obras como ‘Don Cecilio’ (un vendedor de leche local), ‘Conchita’, (un personaje local con delirios de reina), ‘La Turumama y sus compinches’ y ‘Los Leones del Sur’, son muestra de esta trayectoria tan ligada a personajes populares que permiten conocer la cultura de su región.

Carroza El fotógrafo. Autor Alfonso Zambrano. Archivo Familia Zambrano

 

Además de esta generación, se destacan también Serbio Tulio Torres, Claudio Gómez, Manuel Estrada, Sigifredo Narváez y José Ignacio Chicaiza. El maestro Sigifredo Narváez en los años cincuenta comenzó a trabajar con disfraces individuales y comparsas para pasar luego a elaborar carrozas. Con sus hermanos realizó su primera obra y ganó el premio que lo motivó a quedarse en el Carnaval. Fue así que el maestro Narváez afirmó: “Para empezar en el Carnaval siempre hace falta que alguien lo guíe y para mí fueron mis hermanos. Ahí empecé, cuando ya me sentí como capaz de hacer una carroza, hice Gulliver en el país de los enanos. Ese fue el pretexto, el tropezón para amañarse en el Carnaval y pues nos dieron el primer premio que en ese tiempo eran mil pesos, era fabuloso”. 

Además, según nos cuenta el maestro Narváez, las interacciones con el público son un elemento importante en el quehacer carnavalesco y las versiones de sus vivencias en cada fiesta dan cuenta de sus propias transformaciones. Las narraciones de estos hacedores de carnaval son una fuente muy apropiada para conocer detalles de la propia evolución de estas fiestas y también recuerda Narváez que en los años cincuenta:

No había desfile, simplemente uno hacía su carroza con un muñequito, flores y ramas, y a la una de la tarde salía a pasear por las calles, luego a las seis de la tarde terminaba de jugar. Después, ya en 1958, hacíamos unas tres o cuatro carrozas, la gente jugaba en el automóvil, le hacían quitar las puertas, le ponían un lazo y así jugaban. Siempre ha habido alegría, ese afán de superar el Carnaval. Luego llegó la época en que nos tocó competir con el maestro Alfonso Zambrano; el desfile se puede decir que empezó por ahí en 1962, comenzaron a hacerse pequeños desfiles, porque la participación era poca, eran seis u ocho carrozas y no tenían mucha calidad. 

Fue así, que estas primeras generaciones hicieron del barro su mejor aliado para dar forma a un tipo de esculturas que solo tienen existencia por el tiempo que dura el carnaval, pero que crearon una especie de tradición que tendría influencias en otros artesanos. José Ignacio Chicaiza, por ejemplo, señaló que inició desde muy temprana edad “imitando al maestro Zambrano; la idea del Carnaval comenzó desde que tenía 6 años y saqué el primer año viejo a la edad de 12 años, saqué cuatro años viejos, me gané el primer puesto en todos los cuatro años y al quinto año me lancé para carrozas, sin saber nada”.

En efecto, este es un rasgo particular de aprecio por su tierra, por sus legados y de orgullo por sus raíces que coincide en estos tres maestros: Narváez, Chicaiza y Zambrano. Así surgió el interés de ellos por modelar el sentido de lo que se vive, por lograr modelar el territorio existencial con la misma tierra que le da materialidad, la imagen. A propósito de este interés artístico, Zambrano en el desarrollo de su obra manifestó: 

Carroza La Turumama de Alfonso Zambrano, 1975.  Archivo Familia Zambrano

 

(…) Llevo a la ciudad en el alma, los artesanos somos amantes verdaderos de la tierra. Creo que el Carnaval es la fiesta del amor por ella. Eso que se muestra en él, debe ser el símbolo de su respiración y de ensueño, con las personas que resumen su carácter y su alma, porque también las ciudades tienen espíritu y expresar en las fiestas esas demostraciones culturales es vivir y mostrar lo que es el territorio de las raíces. No estaba bien cuando se pensaba solamente en cuadros de otras partes: Europa, Asia o África, mientras cerrábamos los ojos ante el medio en el que vivimos. Uno no es de allá, uno es de acá.

De ahí que esta apertura significaría un nuevo modo de discurrir y construir un imaginario que contrasta no solo con la visión ya calada e impregnada del Carnaval, sino con la semántica de la modernidad que solo se afirma olvidando lo que ha ocurrido a costa de dejar atrás las representaciones y sus creencias del pasado. A partir de esta forma de pensar y sentir, y a través de su praxis y consejos, el maestro Zambrano pretendió frente a la homogeneidad urbana que observa, alimentar otro imaginario que reivindicara los escenarios cotidianos y regionales, de tal manera que el Carnaval presentara otros semblantes. 

De esta manera, la mejor fuente, según palabras de Zambrano, es ir a los pueblos, cuando hay alguna fiesta, cuando festejen al patrono o simplemente en la misa principal y allí encontrarán una nueva idea. Váyanse, recomendaba a sus colegas, un domingo al parque de la provincia y allí encontrarán culebreros, vendedores especializados, parejas de enamorados, matrimonios, velorios, castillos y paisajes. De todo eso, saquen los principales elementos y se forman un cuadro para la carroza. La imaginación así alimentada se llena de parejas, de episodios, de historias y hechos que pueden trasplantar a un 6 de enero en Pasto. 

Frente a esa manera de hablar de la ciudad, esta propuesta es un llamado de lectura que explore en uno o en otro rincón de la variada tierra, en sus raíces mismas. Es una invitación a un relato singular en que los lectores, narradores y los personajes sean los mismos actores. Se trata de un proyecto que realza a partir del barro a personajes y pasajes que modelan la vida y la memoria de manera distinta a aquella visión encapsuladora que subsume los espacios al poder, a la disciplina. De ahí que el mercado, la fiesta, las calles, los parques, los paisajes y los sujetos cotidianos son las fuentes que este maestro sugiere para alimentar la creatividad con la cual se construye ese territorio imaginario que es el carnaval, como hasta hace un par años lo hizo su colega, el maestro Narváez, quien ha construido más de 55 obras jugando con la materia primordial. 

Carrozas en construcción, Carnaval de Barranquilla, 2015. Autor Rubiel Badillo. Foto Marta Ayerbe

 

Lo mismo puede decirse del maestro José Ignacio Chicaiza que siempre se ha complacido en modelar los seres que pueblan el mundo mítico y oral para trasladarlos al barro mediante una traza que juega generosamente con las formas y que el cosmos del carnaval admite sin reparos, como si residieran allí. 

Así pues, la incorporación del lenguaje popular y mítico, el uso particular del barro y el papel para la creación de grandes figuras enaltecen en este momento al carnaval como un espacio fundamental para la escultura festiva. Así mismo, nuevos ensayos como los del maestro Argoti o el mismo Zambrano proporcionaron los primeros movimientos mecánicos a estas esculturas, haciendo de ellas verdaderas composiciones móviles. 

El legado de los maestros y las variaciones de las carrozas 

El legado de los maestros Alfonso Zambrano y de otros pioneros de las carrozas continúa, retomado bien, por sus propios descendientes o bien, por otros artistas que han fundamentado la existencia de las labores artesanales para el Carnaval. Entre otros, son reconocidos los hermanos Raúl y Germán Ordóñez, quienes han incorporado otros aspectos a sus producciones: elementos como la sátira, la ironía, el desnudo, el lenguaje grotesco y el performance callejero dan nuevos aires y diversifican los trabajos de las esculturas de las carrozas. Los hermanos Ordóñez dan testimonio de sus inicios y señalaron que “las carrozas en el Carnaval eran como cajones, los muñecos iban encima y eran muy pequeños, entonces nosotros empezamos a cambiar los bastidores para que no fueran tan planos”. Es decir, la idea esencial era transformar esa carroza tradicional, se quería construir un nuevo sentir artístico en el Carnaval.  

Estas formas de elaboración obedecen a una tendencia expresiva que el maestro Raúl Ordóñez denominó surrealismo y que tiende a trastocar la realidad. Se sigue manteniendo el mismo proceso de creación teniendo en cuenta el valor simbólico y sagrado de la tierra, muy arraigado en los pueblos, y de ahí la importancia de concebir que el hombre viene del barro. En efecto, para ellos, la razón de ser de sus propias creaciones es “el Carnaval, que es como la síntesis de la vida misma, que no tiene una forma muy definida, es la expresión de múltiples facetas, de múltiples lenguajes y no tiene una forma definida única y así como es la vida es el carnaval y el carnaval es como la trastocación de todo lo que es real”. 

Incluso, si la imagen carnavalesca trastoca la realidad, es porque gracias a la imaginación se construyen otros mundos que son identificados por los hermanos Ordóñez de la siguiente forma:

(…) Es como si fuera el mundo al revés de tal manera que los personajes reales, irreales y fantásticos los aprovechamos al máximo. A nosotros nos parece que esta característica del Carnaval tiene unas raíces muy profundas en nuestros pueblos precolombinos, en nuestras raíces ancestrales, en donde lo formal es también sagrado, en donde lo formal también tiene que ver con lo fantástico.

Además, el Carnaval es la posibilidad de representar todo un espectro de imágenes provenientes o inscritas en el inconsciente, como el mundo de los sueños que para los hermanos Ordóñez se fundamentó en que “hemos trabajado mucho la fantasía y sobre todo la parte mítica y de leyenda, pero también hemos trabajado temas muy poéticos y surrealistas, y siempre hay un significado, un simbolismo”. Se trata de un tipo de trabajo que ensambla lo poético y lo político, lo cotidiano y lo fantástico; lo mítico y lo histórico; lo ‘real’ y ‘surreal’; lo imaginario y lo simbólico para construir e inventar otro mundo. 

Carroza Sobrenatural. Autor Leonardo Augusto Zarama Cardona. Carnaval de Negros y Blancos. Pasto, 2016. Foto Carlos Benavides Díaz

 

Por consiguiente, lo anterior trata un arte que florece y acontece a partir de la utilización de diferentes recursos, el humor y el erotismo, que son elementos para acentuar un tipo de rasgos que relacionan lo local con lo universal o lo político con el humor. Por esta razón, los hermanos Raúl y Germán Ordóñez crearon carrozas caricaturescas, con un sentido burlesco y satírico que llevan a bordo una crítica de tipo social y política.

En resumen, estos son algunos de los rasgos que permiten comprender el trabajo de creación de los artesanos de los carnavales en esta región del sur de Colombia, cuyas figuras van plenas de colores como un juego simbólico de imaginar mundos, donde se muestran figuras como caballos verdes, rojos, azules y de otros colores para soñar realidades que trastocan los mundos reales. Pero en esencia es mostrar el juego de carnaval, un mundo al revés donde también los gestos y las expresiones deben estar en concordancia con lo que se quiere expresar. 

Así, en estos carnavales, la carroza debe ser muy festiva y debe poder interactuar con los sentimientos del público para que no sea un simple espectador y se constituya en un actor con el cual se dialoga simbólicamente. Esa es la razón esencial del trabajo de estos artistas que además en ocasiones dejan un halo de sensaciones que construye mundos reales. Los hermanos Ordóñez aseguraron que en una carroza donde escenificaron aspectos de Las mil y una noches, se sentía lo sensual y lo erótico, a tal punto que los hombres echaban piropos y sentían cierta emoción que solo se siente con una mujer real. Este aspecto es otro de los asuntos, que en ocasiones, permiten percibir los trabajos estéticos que se ponen en escena en las carrozas de los carnavales. 

Trabajo de artesanos, Carnaval de Barranquilla. Foto Marta Ayerbe

 

El significado actual de una carroza festiva

En las últimas tres décadas se han incorporado al Carnaval de Pasto grupos de artistas profesionales, fenómeno que ha causado expectativa y motivación en el universo artístico de la región nariñense. Sus propuestas técnicas y estéticas han motivado interesantes diálogos e innovaciones que actualmente le han otorgado al Carnaval una dimensión más amplia.

Por esta razón, las carrozas, que en épocas pasadas eran diseñadas para las procesiones religiosas, la Navidad o en las que sobresalían las reinas como personajes centrales o solo con motivos comerciales o simplemente con los ‘cuadros de otras partes’, actualmente entran en una contienda carnavalesca, en la que se pone en juego la experiencia, habilidad, destreza, prestigio de los artesanos y se trazan múltiples figuraciones esculpidas con diferentes materiales de tal forma que han logrado hacer parte del patrimonio social y cultural de Colombia. 

Carrozas en construcción, Carnaval de Barranquilla, 2015. Autor Rubiel Badillo. Foto Marta Ayerbe

 

De este modo, miles de personas concurren ansiosas a las calles a ver el desfile del 6 de enero en Pasto y, especialmente, estas obras monumentales que han sido elaboradas por los artesanos durante todo el año. Instantáneamente estas producciones artísticas cautivan totalmente la atención de niños, jóvenes, adultos, hombres y mujeres no sin antes despertar muchas emociones, ya que una carroza como lo dice el maestro Raúl Ordóñez combina: “todas las artes: el teatro, la música, la pintura, la literatura, el dibujo, la danza, el movimiento, que son las artes de vida, pues en el mundo del carnaval a diferencia del mundo de la guerra, la muerte no es el fin, el carnaval es vida”. 

Finalmente, quizás por este modo de ver las cosas, los artistas esculpen como gigantes a diferentes personajes vinculados al carnaval, la música, la poesía, la literatura, el teatro, las artes o la defensa de la vida con el deseo de vencer o espantar la tristeza, el dolor y el miedo. Y es por este propósito que se pintan con colores vivos sus enormes cuerpos y se trazan sus rostros sonrientes y gozosos para que el espíritu del Carnaval se enaltezca y sea evidente la función de la carroza festiva.

Referencias

1 González, Marcos. Carnestolendas y carnavales en Santa Fe y Bogotá. Bogotá: Intercultura Colombia, 2005. p. 15.

2 Montero, Pedro. Vivir la fiesta sobre ruedas: Carrozas, cacharros y otros artilugios rodantes en las fiestas de Badajoz. [online]. [Citado 1 noviembre 2016]. Disponible en: https://drive.google.com/file/d/0Byi9UE-JNSdLa09FVlRyOHNPMWM/view?usp=sharing

3 González, Marcos. El orden espacial: virreyes en Santafé de Bogotá. En: Fiesta y Región en Colombia. Bogotá: Editorial Magisterio, 1988. p. 23-50.

4 Fernández de Piedrahita, Lucas. Noticia historial de la conquista del Nuevo Reino de Granada. Bogotá: Ediciones de la Revista Jiménez de Quesada, Instituto de Cultura Hispánica, 1973. p. 648-649.

5 Ver: Tobar, Javier. La fiesta es una obligación. Artesanos intelectuales en la imaginación de otros mundos. Popayán: Universidad del Cauca, 2014.

6 Ver: Sennett, Richard. El artesano. Barcelona: Editorial Anagrama, 2010. (No obstante en Pasto, algunos de estos creadores se reconocen como artesanos y otros como artistas).

7 Ver: Muñoz Cordero, Lydia Inés. Historia del Carnaval de Blancos y Negros en San Juan de Pasto. Pasto: Talleres Iadap, 1986.

8 Márquez, Humberto y Guerrero, Jaime. Semblanza de mi vida. Fragmento del trabajo: Vida y obra del maestro Alfonso Zambrano Payán. En: Pasto 450 años de historia y cultura. Quito: Instituto Andino de Artes Populares del Convenio Andrés Bello y de la Universidad de Nariño, Departamento de Filosofía y Humanidades, 1988. p. 457.

9 Ibíd., p. 452.