25 de octubre del 2020
 
Manuel María Paz (1820-1902) Diploma alegórico de la Biblioteca del Coronel Pineda, dedicado a los ilustres patriarcas de la independencia americana 1848-1851, acuarela y tinta china sobre papel, 95 x 59,7 cm © Museo Nacional / Samuel Monsalve
Septiembre de 2020
Por :
Camilo Andrés Páez Jaramillo * Historiador, Coordinador de Colecciones y Servicios de la Biblioteca Nacional de Colombia.

BIBLIÓFILOS O BIBLIÓMANOS COLECCIONISMO DE LIBROS DURANTE EL SIGLO XIX EN COLOMBIA

En 1848 el coronel Anselmo Pineda (1805-1880) le escribió a su compañero de armas Manuel María Paz (1820-1902) sobre un asunto que lo aquejaba: la mejor manera de organizar una importante colección de documentos impresos y manuscritos que había acopiado durante más de veinte años. Un retrato único sobre la historia del país, sus protagonistas e instituciones. Decía el coronel que el caos reinaba en su hogar y esta vez la guerra era contra el desorden de hojas sueltas. Así empezó para el coronel Pineda la ordenación de una de las más importantes colecciones bibliográficas conformadas durante el siglo XIX, cuyo acopio y organización solo finalizaría con su venta a la Biblioteca Nacional de Colombia (imagen 1).

En América Latina, colecciones como la del coronel Pineda fueron la semilla de muchas instituciones culturales. Además, éstas han sido uno de los principales medios para el incremento del acervo cultural nacional con objetos de gran valor histórico. El coleccionista del siglo XIX, hombre casi siempre, conformó su biblioteca armado de paciencia y dinero. Si bien el coleccionismo no distingue temas ni épocas, el caso que ocupa este articulo está relacionado con una de sus formas más conocidas: la bibliofilia. Este hábito consiste generalmente en coleccionar libros con un orden y un propósito, en contraposición a la bibliomanía, que solo busca la acumulación. ¿Qué coleccionaban los bibliófilos en el siglo XIX? ¿Qué hizo que un libro despertara su deseo de posesión?  

 

Autor desconocido

Catálogo de la Biblioteca del Coronel Pineda

1850, tinta sobre papel

© Camilo Páez Jaramillo

 

 

 

Hoy podemos escribir sobre algunas de estas colecciones porque se conservan en instituciones dedicadas a su preservación, estudio y difusión. Sin embargo, muchas otras no contaron con esa fortuna. En Colombia falta mucho por estudiar en lo referente a los procesos de lectura y acopio de bibliotecas domésticas e institucionales. Estudios que, basándose en testamentarias, podrían incluso develar hábitos sociales e intelectuales de mujeres, así como los libros coleccionados y leídos por ellas. Por ejemplo, las lecturas de Soledad Acosta de Samper (1833-1912) se han reconstruido a partir de las referencias en sus textos, más no existe acopio institucional actual de su biblioteca personal o de los documentos que pudieran haber constituido su archivo. Otra gran fuente de información sobre la conformación de bibliotecas personales se encuentra en los epistolarios. Allí se informa con gran detalle sobre las formas de adquisición de los libros, sus costos, etc.

 

 

Libros del Fondo Pineda

© Camilo Páez Jaramillo

 

 

 

 

PROPÓSITOS DEL COLECCIONISMO

En las colecciones bibliográficas más importantes que se conservan en el país pueden identificarse dos grandes corrientes temáticas: un primer tipo relacionado con el acopio de documentación post-independentista, y otro, con propósitos científico-académicos, más conectado con los proyectos políticos de fin de siglo. Del primer tipo pueden destacarse las colecciones de José Manuel Restrepo (1781-1863) y Anselmo Pineda, ambas reunidas por personajes encargados de centralizar documentos relacionados con el proceso de conformación de la incipiente República y sus protagonistas. Sus colecciones fueron concebidas para servir como archivo del país, ello con un claro compromiso con la historia patria. Del segundo tipo identificamos acervos bibliográficos como los de Rufino José Cuervo (1844-1911), José María Quijano Otero (1836-1883), Alberto Urdaneta (1845-1887) y Marco Fidel Suarez (1855-1927). Los libros y documentos que coleccionaron lo bibliófilos y coleccionistas de la primera mitad del siglo XIX fueron en su mayoría materiales de archivo, hojas sueltas, mapas y prensa. En cambio, la generación de la segunda mitad del siglo acopió ejemplares impresos en Europa. Adquirieron, muchas veces en subastas, primeras ediciones con finas encuadernaciones, compras que evidencian condiciones socioeconómicas asociadas a la mejora de las comunicaciones y el aumento de la participación colombiana en el comercio internacional.

 

PRIMERA ETAPA 1780-1848

La colección de José Manuel Restrepo es sin lugar a duda la mejor conservada, siendo aún insuficiente el aprovechamiento de su riqueza documental por parte de los historiadores. Restrepo logró acceder a documentación producida por las dependencias de la naciente República y, a diferencia de Pineda, dejó una obra, la Historia de la Revolución de la República de Colombia (1827), donde sintetizó buena parte de su esfuerzo de recopilación documental. Debido a su condición de funcionario, Restrepo pudo coleccionar papeles oficiales muy variados, principalmente Constituciones, documentos estatales y eclesiásticos, correspondencia, órdenes e informes militares, mapas y manuales científicos. Este archivo reúne documentación histórica producida entre 1663 y 1917 en Venezuela, Ecuador, Bolivia, Argentina y Chile. Si bien José Manuel Restrepo falleció en 1863, sus herederos continuaron con la labor de recopilación documental.

 

Libros del Fondo Pineda

© Camilo Páez Jaramillo

 

 

Una segunda colección representativa de este período hoy conforma el Fondo Pineda de la Biblioteca Nacional. A diferencia de esta esta designación lacónica, el nombre con que la bautizó su primer propietario daba cuenta de sus ambiciosas intenciones: “Biblioteca del Coronel Pineda o colección de las publicaciones de la imprenta en el Virreinato de Santafe i en las Repúblicas de Colombia i Nueva Granada de 1774 a 1850, i de varios manuscritos nacionales e impresos extranjeros relacionados con los negocios de la República anteriores, contemporáneos o posteriores a la revolución de 1810” (imagen 2). Manuel María Paz, pintor de la Comisión Corográfica entre 1853 y 1859, colaboró con Anselmo Pineda entre julio de 1848 y mayo de 1851, cuando se unió a la guerrilla de Guasca. Le ayudó en la elaboración del Índice cronológico de materias y geográfico, así como en la organización de los panfletos y hojas sueltas. Uno de los elementos más característicos de la colección, pero poco reconocidos, es su encuadernación. Esta, que se ha perdido en su gran mayoría, reflejaba la clasificación original dada por Anselmo Pineda a sus más de mil quinientos volúmenes. En los lomos pueden verse aún los nombres de las secciones, las cuales se diferenciaban mediante un sistema de colores (Imágenes 3 a 5).  

 

SEGUNDA ETAPA 1848-1886

Independientemente de la época en la que lo analicemos, el bibliófilo tiene una doble condición que lo caracteriza: primero, un tema, aquel motivo que lo mueve a adquirir piezas que enriquezcan su biblioteca, y segundo, una vasta erudición invertida en sus libros, generalmente autodidacta. El conocimiento que un bibliófilo invierte en sus libros ayuda a comprender estas colecciones y marca una diferencia con el bibliómano quien, en su afán de acumular, poco aporta a su comprensión.

En su biografía sobre Alberto Urdaneta, Pilar Moreno evoca la casa que habitó el maestro. Además de las obras de arte que decoraban su hogar, llama la atención la imponente biblioteca que rondaba los dos mil volúmenes. Esta también albergaba una gran variedad de documentos del siglo XIX y viejos pergaminos coloniales, muchos de los cuales reseñó en su periódico El Papel Periódico Ilustrado (1881-1888). La de Urdaneta fue una biblioteca particular que vale la pena resaltar en este ecosistema de coleccionistas.

Por su parte, el caso de Rufino José Cuervo resulta relevante para entender el coleccionismo practicado en Colombia durante el siglo XIX. Cuervo recibió buena parte de sus libros de su padre, Rufino Cuervo Barreto (1801-1853), entusiasta gastrónomo y coleccionista de recetas. Sin embargo, su colección alcanzó su momento cumbre durante su residencia en Francia, cuando pudo adquirir un gran repertorio de libros fundamentales para su labor académica. Sin embargo, según un testimonio de Boris de Tannenberg recogido por Mario Germán Romero, Cuervo también “Tenía culto por las bellezas tipográficas y los textos de grandes escritores impresos en notas sobre papel fino”.

 

En su colección Cuervo contaba con volúmenes como la primera edición de las Novelas ejemplares de Miguel de Cervantes (1547-1616), impresa por Sancha en Madrid en 1613, o la edición de 1538 del Amadís de Gaula, impresa en Sevilla. Ambas obras, citadas en su Diccionario de construcción y Régimen de la lengua castellana, fueron adquiridas en 1890 junto con 80 ejemplares más en una subasta realizada en París, donde se vendió la colección de Ricardo Heredia, Conde de Benahavis (1831-1896). Años atrás este último había adquirido la colección de Vicente Salvá (1786-1849), selección de los mejores autores y obras españolas. La gran biblioteca constituida por Cuervo en Francia fue enviada a Colombia en 1911 y su contenido conservado, hasta la fecha, por la Biblioteca Nacional (imagen 6).

 

Libros del Fondo Cuervo

© Camilo Páez Jaramillo

 

 

 

Cada bibliófilo estructura su colección en función de su propia visión. Por lo tanto, cada una es forzosamente distinta, incluso cuando la temática del conjunto es la misma. Este fue el caso de los acervos bibliográficos reunidos por Rufino J. Cuervo y Marco Fidel Suárez. Si bien ambos sujetos tuvieron intereses filológicos y gramaticales muy similares, sus respectivas colecciones fueron completamente diferentes. La de Suárez, biblioteca rica en ejemplares adquiridos en diferentes subastas, reúne verdaderas joyas bibliográficas. Su propietario registró con detalle en las contratapas de los libros su valor y una breve descripción de los mismos, generalmente tomada del Manual del Librero de Jacques-Charles Brunet. A diferencia de muchos bibliófilos del siglo XIX, Suarez logró obtener para su colección un incunable, es decir, un volumen impreso antes de 1500. Su ejemplar de la Crónica de Nuremberg, dado a la estampa en 1493, es a todas luces un libro muy especial. Suárez lo donó en 1924 a la ciudad de Cúcuta, conservándose desde entonces en la biblioteca departamental.

La colección de José María Quijano Otero (1836-1883) sirvió, como la de Cuervo, para sus investigaciones académicas. Formado en medicina, se dedicó al estudio histórico de las fronteras de Colombia. Antes de su muerte preparaba una Historia general de Colombia. Un curioso manuscrito elaborado en 1881 por Enrique de Narváez (1859-1929) describe el orden que los libros y documentos de Quijano Otero tenían en los estantes –cada uno marcado con una letra-, los temas alrededor de los cuales tenía organizada su colección y los formatos (libros, folletos y prensa) que coleccionaba. El índice empieza con las obras sobre América y España; el estante marcado con la letra J, por ejemplo, estaba dedicado a los libros de Viajes y Medicina. De los libros que se encontraban en el escritorio, de Narváez destacó una edición del Quijote impresa en París en 1838. Venezuela tenía su propio estante, marcado con la letra H, y, en el estante siguiente, se encontraban las obras sobre Colombia. Cabe resaltar que Quijano Otero probablemente adquirió el sentido del orden evidente en la esmerada catalogación de sus 599 volúmenes entre 1867 y 1873, cuando ejerció como bibliotecario nacional. Su colección, escribió Manuel Briceño en el Papel Periódico Ilustrado, no sin exageración, “encierra todo cuanto se ha publicado desde el descubrimiento de América, y a esta preciosa colección de impresos se agrega una más preciosa de manuscritos que él conservaba con cuidadoso cariño, y todo lo tenía tan bien ordenado que cualquiera consulta la hacía en el momento, sin vacilaciones”[1].  

 

Como se mencionó antes, son contadas las bibliotecas colombianas constituidas durante el siglo XIX que han sobrevivido hasta el XXI. ¿En dónde están los libros y documentos de Soledad Acosta, Salvador Camacho Roldán o Rafael Pombo? Aquellas bibliotecas que afortunadamente terminaron en alguna institución patrimonial son con mayor frecuencia objeto de estudio. Ello tanto por la información provista por esta documentación a la comprensión histórica, como por el interés intrínseco de su materialidad. El estudio de elementos como las encuadernaciones, el orden original de los libros, las notas manuscritas o el proceso de constitución de la biblioteca, contribuye significativamente al conocimiento de estas prácticas de coleccionismo y su contexto sociocultural.

 

 

 

 

Bibliografía

 

1 Manuel José Pedraza, Yolanda Clemente y Fermín de los Reyes, El libro antiguo (Madrid, Editorial Síntesis, 2003), 367. 

2 Pilar Moreno de Ángel, Alberto Urdaneta (Bogotá, Instituto Colombiano de Cultura, 1972), 93.

3 Mario Germán Romero, “Don Rufino José Cuervo, bibliófilo”. Thesaurus: boletín del Instituto Caro y Cuervo 40, n.o 1 (1985): 116.

4 Clive Griffin, “Los Cromberger y su imprenta. La dinastía de impresores más destacada de Andalucía en el siglo XVI”. Andalucía en la Historia, n.o 40 (2013): 44-48.

5 Camilo Páez, “Bibliofilia y arte de leer: La biblioteca de Rufino José Cuervo”. Boletín Cultural y Bibliográfico 51, n.o 92 (2017): 58.

6 Manuel Briceño, “José María Quijano Otero”, Papel Periódico Ilustrado Año III, n.o 51 (30 de septiembre de 1883): 34.