20 de agosto del 2019
 
Julio de 2019
Por:
Santiago Paredes Cisneros* Arquitecto de la Universidad Nacional de Colombia, sede Manizales, Magíster en Historia y Teoría del Arte y la Arquitectura de la misma universidad, sede Bogotá, y Doctor en Historia de la Universidad de los Andes (Colombia).

BARBACOAS

Entre mediados del siglo XIX y comienzos del siglo XX, la comercialización del oro permitió a las elites políticas y económicas de barbacoas promover diferentes iniciativas relativas e infraestructura, ornato, alumbrado, higienización e instrucción publicaEntre mediados del siglo XIX y comienzos del siglo XX, la comercialización del oro permitió a las elites políticas y económicas de barbacoas promover diferentes iniciativas relativas e infraestructura, ornato, alumbrado, higienización e instrucción publica

Barbacoas fue fundada en el período colonial en una fecha que es difícil precisar. Como ocurrió con otras poblaciones españolas, fue trasladada en varias ocasiones y para 1635 se encontraba en su ubicación definitiva, a orillas del río Telembí, tributario del Patía, que desemboca en el Océano Pacífico. Desde mediados del siglo XVII, la ciudad se conoció como Santa María del Puerto de Las Barbacoas. La provincia de la que hacía parte, llamada también Barbacoas, se encontraba en jurisdicción de la Gobernación de Popayán. A grandes rasgos, estaba delimitada por los ríos San Juan de Micay, al norte; el río Mira, al sur; las estribaciones andinas, al oriente, y el Océano Pacífico, al occidente. Se trata de un territorio selvático y húmedo que antes de la invasión europea había estado ocupado por varios grupos indígenas, algunos de las cuales, durante mucho tiempo, repelieron de forma eficiente a las huestes castellanas, como ocurrió con los sindaguas.

Plaza de Barbacoas y porteadores en la montaña de Barbacoas, provincia de Barbacoas Manuel María Paz, 1853 Comisión Corográfica Biblioteca Nacional de Colombia

Por lo menos desde finales del siglo XVI, diferentes avanzadas desplegadas desde la costa o el interior habían intentado adentrarse en la región. Sin embargo, la fortaleza de los indígenas, la humedad y las constantes lluvias, así como otros elementos del ambiente, desestimularon los avances de los europeos e implicaron que el control español sobre este territorio ocurriera de manera relativamente tardía. Fue la incursión adelantada por Francisco del Prado y Zúñiga, en 1634, la que logró debilitar el poderío indígena y asegurar que sus tierras iniciaran el proceso de incorporación definitiva a los dominios de la Corona. A partir de entonces, Barbacoas se consolidó como uno de los centros administrativos de la provincia, junto con Santa Bárbara de la Isla del Gallo, ubicada sobre la Costa Pacífica.

A lo largo del siglo XIX y comienzos del XX, la ciudad hizo parte de distintas entidades político-administrativas, dentro de las cuales ocupó un lugar central. Con la Constitución de 1821, la región de Barbacoas fue identificada como provincia, al igual que en el período colonial. La división provincial fue usada ampliamente en el país a lo largo del siglo XIX, pese a los múltiples cambios en el ordenamiento político-territorial. En ese escenario, Barbacoas fue una provincia dentro del Estado del Cauca desde 1857 y, a partir de 1886, del Departamento del Cauca, hasta 1904, cuando quedó dentro del Departamento de Nariño. Por un breve lapso, la provincia entró a formar parte del Departamento de Tumaco, entre 1908 y 1909, con las reformas adelantadas por el presidente Rafael Reyes. En 1910, el Departamento de Nariño finalmente englobó al municipio de Barbacoas, que para entonces tenía un territorio menor al de la provincia colonial. Durante la Gran Colombia, a la ciudad se le asignó la denominación de “cantón” y, desde mediados del siglo XIX, Barbacoas fue “distrito municipal”, hasta comienzos del siglo XX, cuando pasó a ser “municipio”.

Mapa de estanques y canales en el litigio de la familia Quiñones y Cienfuegos por la posesión de las minas de La Soledad, Gigimán y Corozal, 1808 (1807-1830). Archivo Central del Cauca, Popayán, Independencia, Civil II – Minas, 24, sig. 5632

La porción de la Costa Pacífica en la que se encuentra Barbacoas es rica en oro de aluvión, el que reposa en los materiales depositados en arenas sedimentarias transportadas y arrojadas por los ríos y los arroyos a lo largo de sus planicies de inundación. Desde sus primeras incursiones, los españoles procuraron extraer oro, que se explotaba desde mucho antes de la Conquista, valiéndose de la mano de obra indígena y de la población de origen africano esclavizada, introducida de forma masiva en la provincia de Las Barbacoas, alrededor de 1630. Para la explotación, los españoles crearon asentamientos sobre varios de los ríos que irrigan las planicies en torno a la ciudad de Barbacoas. En ese territorio, los entables mineros se alternaban con los sitios en los que residían las comunidades indígenas que habían sido entregadas en encomienda. Tanto en los entables como en la ciudad, la población era variada, pues esos espacios eran ocupados por españoles (encomenderos y dueños de minas), esclavos de origen africano, indígenas y mestizos. Algunos mapas de comienzos de la república permiten hacerse una idea de la imagen de la ciudad, así como de la distribución de entables mineros en sus alrededores.

Técnica de lavado del oro, provincia de Barbacoas Manuel María Paz, 1853 Comisión Corográfica Biblioteca Nacional de Colombia

El oro de Barbacoas no solamente atrajo la atención de los españoles. En 1821, durante las guerras de Independencia, los ejércitos de Bolívar confiscaron oro y joyas de los pobladores, con el fin de acrecentar las arcas republicanas. Más adelante, la abolición de la esclavitud llevó a que los esclavos y sus descendientes establecieran sus propios entables a lo largo de los ríos. Además, desde finales del siglo XIX, los dueños de minas locales comenzaron a vender esas posesiones a compañías extranjeras. En ese escenario, a comienzos del siglo XX, el gobierno nacional fomentó la concesión de títulos mineros a empresas de diferentes nacionalidades. Una de ellas, la Compañía Minera de Nariño, filial de la Chocó Pacific, extrajo oro desde la década de 1930 hasta 1973 y dejó destruido el lecho del río Telembí con sus dragados. Estas explotaciones dejaron pocas regalías para la región y para el país. De hecho, la producción aurífera de la ciudad raras veces ha beneficiado de forma justa y directa al conjunto de la población.

 

Existió un período floreciente, no muy lejano, durante el cual el oro trajo beneficios a la ciudad. Entre mediados del siglo XIX y comienzos del siglo XX, la comercialización del oro permitió a las élites políticas y económicas de Barbacoas promover diferentes iniciativas relativas a infraestructura, ornato, alumbrado, higienización e instrucción pública. Entre los principales impulsores de esos proyectos había propietarios de minas de oro que descendían de los poderosos mineros coloniales. Entre 1850 y 1930, diferentes pobladores organizaron sociedades culturales, comerciales, políticas y de mejoras materiales, al tiempo que en la ciudad se establecieron imprentas y circulaban varios periódicos. Es de anotar que, a lo largo del período colonial, Barbacoas fue una ciudad de madera y techos de paja. Incluso, algunas obras de finales del período, la cárcel y la iglesia, parecen haber sido construidas con esos materiales, y las transformaciones de la ciudad poco alteraron esa tendencia. Esas condiciones han hecho de Barbacoas presa fácil del fuego, que destruyó la ciudad en incendios ocurridos en los años 1783, 1824, 1902, 1933 y 1943. En la actualidad, las construcciones tienden a hacerse con materiales como cemento, ladrillo y zinc.

La marimba, instrumento popular en la provincia de Barbacoas Manuel María Paz, 1853 Comisión Corográfica Biblioteca Nacional de Colombia

Los progresos promovidos por las élites se vieron reflejados en el impulso que recibió el transporte fluvial entre los siglos XIX y XX. En contraste con lo que ocurre con los ríos Magdalena y Cauca, es poco conocido que la navegación a vapor constituyó una actividad dinámica en los ríos Telembí y Patía. Los vapores transportaron pasajeros y carga entre Tumaco y Barbacoas desde la década de 1870 hasta comienzos de la década de 1930. Las embarcaciones surtían de víveres la producción minera en Barbacoas y traían artículos de lujo adquiridos por los pobladores acaudalados. Además, desde Tumaco, los viajeros podían conectarse por mar con Guayaquil y Panamá. La empresa fracasó por varias razones, entre las que se cuentan el deterioro de las embarcaciones, los costos de sostener la administración de la navegación fluvial en Barbacoas, así como la rivalidad entre los habitantes de Barbacoas y Tumaco. Cabe mencionar que este puerto marítimo ofrecía mayores ventajas para el comercio ante la expectativa de la construcción de un ferrocarril que conectaría la costa con Pasto.

 

El traspaso de las minas de manos locales a empresas extranjeras condujo a que los proyectos de las élites, que en gran medida buscaban insertar a la población en las dinámicas políticas y económicas de la nación, llegaran a su fin. A esto se sumó que varios de los comerciantes y políticos que habían promovido esos proyectos comenzaron a abandonar Barbacoas desde comienzos del siglo XX. Además, el camino de la montaña entre Barbacoas y Túquerres, que poco había cambiado desde la Colonia, rara vez fue atendido por el gobierno nacional, lo cual dejó aislada a la población de las nuevas rutas de comercio, sustentadas en carreteras y ferrocarriles que no pasaban por la ciudad.

Fiestas de la Virgen de Atocha

La imagen de la Virgen de Atochase conserva en el altar mayor de laiglesia de la ciudad. Las fiestas, que se celebran, al menos, desde finales del siglo XVIII, tienen lugar, por lo general, entre el 6 y 15 de agosto, día en el que la imagen es llevada en procesión por las calles de la ciudad y por algunas veredas de los alrededores. Hasta hace algunosAños, la Virgen y el Niño que llevaen brazos eran vestidos con elementos de un rico ajuar, compuestopor vestidos y artículos de oro y piedras preciosas como coronas,cetros, collares y zarcillos. Pese aque el ajuar fue robado en 1992, laprocesión sigue saliendo en la fechaseñalada y reúne a los barbacoanosalrededor de música, baile, alabanzasy celebraciones r FOTO LORENA MORALES, 2018 Religiosas.

Al margen de esas iniciativas que intentaron convertir a Barbacoas en un polo de atracción, en la ciudad y en su entorno quedan personas y saberes de gran valor. Por ejemplo, subsisten en la ciudad artesanos orfebres, quienes elaboran piezas en las que se combinan técnicas indígenas, españolas y africanas. Una de esas técnicas es la filigrana, que se consigue a partir de espirales formados con hilos de oro. Además, en el territorio municipal de Barbacoas, así como en Ricaurte y Tumaco, habitan descendientes de los indígenas sindagua, los awá. El awapit, la lengua de los awá, así como los conocimientos que los indígenas tienen sobre la selva, también han perdurado en el tiempo. Estos legados corren riesgo permanente, debido a la difícil situación de orden público que azota a la región, derivada de la acción de bandas criminales y otros grupos armados que luchan por el control de la extracción del oro y de rutas de narcotráfico y contrabando.

Cárcel de Barbacoas, situada en la Casa Capitular, 1798Archivo General de la Nación, Mapas y Planos 4, 27A

 

Referencia bibliográfica

 

  1. Marta Herrera Ángel, El conquistador conquistado. Awás, Cuayquer y Sindaguas en el Pacífico colombiano, siglos XVI-XVIII, Ediciones Uniandes, Bogotá, 2016, pp. 135, 223-228.
  2. Marta Herrera Ángel, El conquistador conquistado, pp. 140-141 (Tabla 1).
  3. Santiago Paredes Cisneros, Algo nuevo, algo viejo, algo prestado. Las transformaciones urbanas de Barbacoas entre 1850 y 1930, Universidad Nacional de Colombia, Bogotá, 2009, capítulos 1, 2 y 3.
  4. Santiago Paredes Cisneros, Algo nuevo, algo viejo, algo prestado, pp. 39, 48-52, 56-59, 179-188.