Baldomero Sanín Cano. Oleo de María Victoria Aramendía Academia Colombiana de la Lengua. Carta autógrafa, 1939
Septiembre de 2016
Por:
Gonzalo Cataño

BALDOMERO SANÍN CANO: ORIGEN DE LA CRÍTICA LITERARIA MODERNA

Sanín Cano conoció dos siglos. En 1899 tenía 38 años y en 1957 --cuando sus amigos lloraban su desaparición-- se acercaba a los 96. Escribió mucho a finales del siglo XIX y bastante en el siglo XX. Los colombianos lo recuerdan como el escritor par excellence, aunque no siempre están seguros del contenido y alcance de sus textos, ni del campo en el cual desarrolló sus afanes culturales. Fue compañero de varias generaciones de escritores y a varias de ellas orientó, educó y sirvió de ejemplo en las ondulantes sendas de la vida intelectual. Vivió en Colombia, España, Inglaterra, Suiza y la Argentina, y alcanzó a leer en alemán, danés, francés, inglés e italiano. De todos esos lenguajes el más próximo fue el inglés, idioma que palpita en su toque irónico, en la transparencia de sus frases y en la bravura contenida de su prosa.

Sanín publicó cartillas escolares, prólogos, diccionarios, relatos, artículos periodísticos, pero sobre todo ensayos, y tantos que todavía no se tiene una estadística segura de su número. Nunca, que se tenga noticia, se aventuró por los caminos de la novela, la poesía o el teatro. La prosa en los marcos del género de Montaigne fue su elemento y aunque publicó libros que pueden parecer orgánicos, el clima permanente de tanteo y búsqueda ajeno a la conclusión lo delata al instante. Sus temas abarcaron el arte, la política, la historia, la filosofía, la literatura, los asuntos del lenguaje y los problemas sociales (las materias económicas salvo ligeros escarceos le fueron ajenas). Su campo profesional más estable fue, sin embargo, el estudio de las letras, y aquí no hay duda en calificarlo de legítimo iniciador de la moderna crítica literaria en Colombia.

Sus maestros están en el siglo XIX. Los franceses Sainte-Beuve e Hipólito Taine y la síntesis de sus métodos y enfoques hecha por el danés Georges Brandes, a quien conoció personalmente. Biografía, personalidad, época y logros estéticos están presentes en los mejores ensayos de Sanín. Si el arte posee su propia especificidad, el cabal discernimiento de su naturaleza sólo se alcanza tornado la mirada sobre la época, las influencias y las experiencias individuales de los creadores.

Algunos de los mejores ejemplos de su magisterio crítico se encuentran diseminados en siete libros de endeble compilación publicados entre 1925 y 1955. Allí habló de escritores, pensadores, ensayistas, críticos e historiadores. Su vocación era la recensión de la literatura europea de su tiempo, sin descuidar algunas manifestaciones de la colombiana y de la latinoamericana. A su país le dedicó las animadas Letras colombianas (1944), un discreto volumen donde pasa revista a los escritores de la colonia, del siglo XIX y de las primeras décadas del siglo XX.

En sentido riguroso, Sanín no escribió un libro. Sus intentos de organizar una obra de carácter orgánico, siempre fracasaron. De mi vida y otras vidas (1949), calificada por algunos analistas como su autobiografía, es sólo un conjunto de trazos de algunos y muy dispersos momentos de su vida. La Administración Reyes, un tomo de 400 páginas de notable interés para los historiadores, es quizá lo que más se asemeja a un texto compacto, pero Sanín no parece haberlo tenido en mayor estima. Quizá lo consideraba un testimonio ajeno y de ocasión, un mero informe de labores de gobierno de los años del quinquenio redactado con la ayuda del expresidente Rafael Reyes en la Ginebra de 1909.

En un esteticismo aunado a la negación de todo esfuerzo conclusivo, quizá resida la fuerza y fragilidad de su obra. No obstante el placer de la lectura, algunos de sus trabajos se resienten del goce estético que se olvida del contenido. Es el juego de la exposición por la exposición misma. La renuencia a lo concluyente contribuye sin duda a derribar los optimismos infundados, tan frecuentes en los entusiastas mejoradores de la humanidad de nuestros días, pero también dejan ver sus vacilaciones ante las acciones humanas. Sus posturas son a veces tan indecisas, que el lector echa de menos la falta de arrojo y osadía de sus críticas. Si uno de sus ideales analíticos era buscar en la obra del autor al hombre que la ha escrito, los textos de Sanín son el mejor retrato de las agonías de un pensador que tras el tono de una elegante moderación en la escritura, refrenaba los ímpetus que le reclamaban explicaciones decididas.