22 de septiembre del 2019
 
El General de División Avelino Rosas en Cuba, 1897. En: Nydia Sarabia Hernández, “Colombianos por la libertad de Cuba”, Cuba-Colombia, una historia común, Bogotá, Universidad Nacional, 1995, p.87.
Febrero de 2013
Por:
Leonidas Arango Loboguerrero

Avelino Rosas, el temible olvidado

CIENTO SEIS AÑOS después de su muerte, sobre la memoria del general Avelino Rosas permanece una nube de olvido tendida por quienes le temieron o le odiaron: los conservadores que fueron el blanco principal de su acción; los jerarcas de  la Iglesia que arrojaron contra él turbas fanatizadas; sus copartidarios liberales repetidamente frustrados en conspiraciones de salón; los militares celosos de su pericia y de los laureles que cosechó en el exterior.

Cincuenta y cuatro años después de haber sido acribillado fuera de combate en la Guerra de los Mil Días, el Estado colombiano cerró toda posibilidad de pagar una pensión a sus herederos, a pesar de la ley expedida por  el Congreso de 1935 “por la cual se honra la memoria del General Avelino Rosas”. El mayor talento militar nacido en Colombia durante la era republicana tampoco tiene una biografía.

Avelino Rosas Córdoba nació en Dolores, hoy Rosas, cerca de Popayán, el 15 de abril de 1856. Alguien  afirmó que, siendo muy joven, participó en Lima en el golpe de cuartel que culminó con el asesinato del presidente peruano José Balta en 1872; otros dijeron que tres años después estaba en Quito junto a los conspiradores que ultimaron al sanguinario  teócrata Gabriel García Moreno. Todo esto forma parte del mito que acompaña a personajes cuya intrepidez deja marcas en la memoria colectiva.

En el Cauca del siglo xix, tierra de caudillos, era fácil tomar las armas como vocación: al estallar la rebelión conservadora de 1876, Rosas se alistó como soldado raso en el ejército caucano que defendía al gobierno radical de Aquileo Parra. Bajo el mando de Julián Trujillo tomó parte en el combate de Los Chancos el 31 de agosto, donde las fuerzas conservadoras de Antioquia sufrieron una sangrienta derrota. Siguió en persecución de los rebeldes y en abril de 1877 participó en la toma del bastión conservador de Manizales. Firmada la paz, allí mismo contrajo matrimonio con Teresa Patiño.

Se dedicó al comercio sin marginarse de los enfrentamientos entre los liberales del Estado del Cauca: a comienzos de 1879 se alineó como sargento mayor en la Guardia Colombiana, cuerpo dependiente del  Ejecutivo Central, y con ella se sublevó bajo el mando de Eliseo Payán para derrotar en abril al presidente del  Estado, Modesto Garcés.Ascendido a teniente coronel, Rosas fue elegido al Congreso seccional. Montó un negocio fotográfico en Cali y emprendió largas exploraciones por la Cordillera Central en busca de nuevas rutas hacia el Tolima.

La campaña de 1885

Posteriormente se afilia al sector radical del liberalismo. Cuando sus copartidarios se alzan contra el  presidente Rafael Núñez en enero de 1885, Rosas organiza una fuerza de 400 hombres y se levanta en los pueblos de Candelaria y Florida. Rodeado por fuerzas superiores, escapa a Cali por los mismos días en que un batallón de la Guardia Colombiana se pasa al bando rebelde y ocupa la ciudad. Somete a disciplina a hordas liberales que se disponían a ultimar a los presos conservadores y a varias personas en peligro como el  futuro presidente Rafael Reyes. Sale con sus hombres hacia Popayán, pero en Roldanillo es rodeado y cae preso por tropas gobiernistas. Logra escapar en Cali y falla en la pretensión de bloquear el camino a  Buenaventura. Huyendo casi solo, se abre paso hasta internarse en la inhóspita zona de Zanjón Oscuro, cerca de Puerto Tejada. Desde la clandestinidad, cercado y gravemente enfermo, rechaza la oferta del agradecido Rafael Reyes de un cargo diplomático a cambio de abandonar su lucha. Aprovechando el desconcierto que él mismo sembró haciendo circular falsos anuncios de un próximo ataque suyo al mando de un ejército radical inexistente, va a Cali por trochas que sólo él conoce, descansa con su familia, navega a Cartagoen una balsa, envía tarjetas de saludo a las autoridades que lo buscaban vivo omuerto y sigue a Manizales.

Más tarde dijo que la breve campaña de 1885 fue “un error que el país lamentó después”. Durante ella, suastucia y la capacidad de cambiar de apariencia lo habían salvado varias veces de la muerte: su cabeza tuvo un precio y más de un sicario pereció en el intento de eliminarlo.

Terminada la contienda y aplastado el radicalismo, en junio de 1886 está de nuevo en Popayán para asumir,  según sus palabras, “no solo la dirección en jefe del ejército rehabilitador, sino también las consecuencias de la  guerra” a nombre del liberalismo en el Cauca.

En abril de 1887 viaja de incógnito a Bogotá en un intento solitario por reagrupar a los últimos radicales. El 23 de junio asume la presidencia de la Junta del Partido Liberal y trama una conspiración para derrocar a Rafael  Núñez confiando en comprometer al vicepresidente encargado del poder, Eliseo PaPayán. Visita en sus lugares de retiro a los veteranos del Olimpo Radical Santos Acosta y Aquileo Parra, quienes no aceptan participar en el proyecto. Enterado de los planes, Núñez reasume funciones, destituye a Payán, endurece la represión, prohíbe la prensa de oposición y destierra a gran número de liberales.

En 1890 está en San Cristóbal, Venezuela, a la cabeza de centenares de liberales exiliados en el Táchira. Interviene en el derrocamiento del general Raimundo Andueza Palacio en 1892 e intenta que el nuevo presidente, el general liberal Joaquín Crespo, otorgue “algunas ventajas para el Partido Liberal de Colombia”.  Ante la tibia respuesta de Crespo, divulga su protesta en el folleto Por la honra militar, por lo cual es capturado y paseado por diferentes cárceles, entre ellas la tenebrosa prisión caraqueña La Rotunda, antes de salir expulsado del país.

Desde abril de 1893 se establece en la isla de Curazao, que fue refugio tradicional de perseguidos por política o por religión. Está resuelto, como expresó, a “hacerle la guerra a los godos de Colombia, porque tengo el  convencimiento que el viejo liberalismo no combatirá ya”. Establece una intensa correspondencia con varios líderes latinoamericanos que encabezaba el ecuatoriano Eloy Alfaro, unidos por vínculos masones y con centros de operación en Costa Rica y Nicaragua. Constituían el grupo que algunos historiadores llaman “La Internacional Liberal”. El propósito común era apoyar la lucha emancipadora de Cuba e instaurar gobiernos liberales en Ecuador, Perú, Colombia y México. Al mismo tiempo, Rosas mantiene intercambios con dirigentes radicales del Cauca, Santander, Cundinamarca, Panamá, la costa Caribe y otras regiones en preparativos de una nueva insurrección que se frustra varias veces por acción de los servicios secretos del gobierno y por falta de compromiso de los dirigentes.

El levantamiento estalla finalmente en Bogotá el 23 de enero de 1895 con el alzamiento de grupos aislados de liberales que sufren una serie de derrotas debidas a la planeación deficiente y a que el gobierno de Miguel  Antonio Caro siempre  estuvo al tanto de los pormenores. Rosas, decidido a regresar al país para integrarse a la insurrección, es deliberadamente mal informado por los organizadores en el interior que no estaban dispuestos a entregar el mando a quien mejor podía organizar las acciones bélicas. Marginado de las operaciones centrales, Rosas dispone que un grupo de sus seguidores radicados en Costa Rica ataque el  puesto militar de Bocas del Toro, en Panamá, sin saber que las acciones en el interior ya son desastrosas para su partido. Cuando se entera por telegrama del fatal resultado de la incursión al Istmo cumplida el 8 de marzo y del aniquilamiento de la insurrección en toda Colombia, edita en la isla de Trinidad su libelo La verdad de los hechos, o sea diez a os de Regeneración donde acusa a la “oligarquía radical” de haber traicionado los ideales libertarios.

A Cuba

En Curazao, viviendo casi en la miseria, el 15 de octubre recibe una invitación de su amigo, el general Antonio Maceo, para que se integre al Ejército Libertador de Cuba:

“Creemos los insurrectos que pronto el Ejército español se verá obligado a capitular; y nos alienta, no la esperanza, el firme convencimiento de que a mitad del año venidero el mundo civilizado saludará a la  República de Cuba, dueña de sus destinos, pacífica y feliz. El señor Gustavo Ortega [periodista bogotano, secretario de Maceo], me ha informado que Ud. y algunos colombianos desean venir a Cuba a ayudarnos con su contingente  personal. Bienvenidos sean todos los patriotas valerosos y dignos… creo que los servicios de Ud. serán de mucha importancia para nosotros en estos momentos.”

Por instrucciones de Maceo viaja a Estados Unidos y se alista con cien cubanos para una expedición en el vapor Hawkins, bajo el mando del general Calixto García. En medio de la estrecha vigilancia de los agentes yanquis y del riguroso patrullaje español sobre las costas de la Isla, la vetusta nave zarpa de Nueva York y zozobra durante la helada noche del 26 de enero de 1896. El naufragio deja cinco muertos y arroja al fondo del océano valiosos pertrechos de guerra.

El 15 de marzo zarpa desde Atlantic City una nueva expedición, esta vez en el vapor Bermudas, al mando de García y con Avelino Rosas como segundo comandante con el grado de brigadier general del Ejército Libertador de Cuba. Llevando a bordo 73 hombres, mil fusiles, un cañón, municiones, medicinas y equipos, el  25 de marzo el grupo desembarca en Marabí, en el Oriente de la Isla  Para ese momento la guerra contra  España lleva más de un año, José Martí ya ha caído en combate y las tropas cubanas han propagado las acciones a todo el territorio bajo el mando de Máximo Gómez y Antonio Maceo.

El General en Jefe, Máximo Gómez, hace una solemne presentación de Rosas ante el Cuartel General en un campamento el 17 de junio. Días después sale para Camagüey, nombrado por Gómez como jefe de la  Brigada de Infantería en esa provincia. Después de una exitosa campaña pasa a Las Villas junto al general Serafín Sánchez y está a su lado cuando el cubano muere en combate el 18 de noviembre. Días después cae Maceo. En Sancti Spiritus rechaza un ataque enemigo al campamento que alojaba al Estado Mayor y al Gobierno en Armas. Asalta con éxito al general español Adolfo Jiménez, participa en el célebre ataque contra la base de Cascorro, en Camagüey, y comanda el cuerpo de infantería cuando el núcleo del Ejército Libertador atraviesa la Trocha de Júcaro a Morón: era una amplia franja que cortaba la Isla para impedir el tránsito de los patriotas, delimitada por trincheras y alambres de púas con iluminación eléctrica, fortines y un ferrocarril de punta a punta. También está en célebres acciones como las de Minas y Punta Brava y obtiene  victorias en las provincias de Matanzas y La Habana. Su astucia y su arrojo le valen el sobrenombre de León del Cauca.

El 8 de enero del 97 es ascendido a general de División y designado jefe de la División de Matanzas, en el Occidente, en sustitución del general José Lacret. En aquella provincia la guerra presenta  las condiciones más duras para los cubanos, pues allí se concentra el grueso de las fuerzas peninsulares, las poblaciones son más densas y hay abundancia de ferrocarriles y telégrafos. Seis meses después, el temperamento irascible de Rosas choca con el carácter igualmente difícil de Máximo Gómez, quien lo destituye. Poco después recupera su grado y pelea en Santiago durante la ocupación de Cuba por tropas de Estados Unidos a mediados de 1898. Iracundo por la disolución del Ejército Libertador y convencido de que “Cuba está perdida para siempre”,  regresa a Colombia para tomar las armas contra el gobierno conservador en la Guerra de los Mil Días.

De los Llanos al Sur

Atraviesa Venezuela remontando el Orinoco e ingresa al Casanare por el río Meta con un puñado de  compañeros pobremente armaos. En la población de Támara imprime el Código de Maceo, un manual sobre  la guerra de guerrillas a la cual considera la única forma de vencer al ejército regular. En Orocué lo esperan el jefe guerrillero Tulio Varón y varios jerarcas liberales que se reponen de derrotas en el interior y piensan que Rosas trae grandes fuerzas y recursos. En medio de discrepancias con los jefes recelosos de su renombre y su capacidad como estratega y táctico, Rosas va a Santa Elena de Upía, organiza dos escuadrones de caballería  y emprende una cadena de triunfos por Medina, Villavicencio, San Martín y Uribe hasta ascender a la población de Colombia. Con tropas mal conducidas por sus colegas, el 15 de marzo de 1900 recibe una derrota en Matamundo, Neiva, donde sale herido en la cabeza, lo que aprovechan sus rivales para crearle  fama de loco.

Al frente de una masa humana integrada por familias enteras, por muchos ofi ciales de título pomposo y por unos centenares de hombres en condiciones de combatir, recorre los llanos del Tolima eludiendo emboscadas y ataques del ejército oficial sin sufrir una sola baja. Cerca de Lérida se retira solitario para ir al Cauca y  anuncia a los generales que lo acompañan que sufrirán una inminente derrota si no cambian sus tácticas, lo cual se cumple tres días después. Disfrazado, traspasa la Cordillera Central por una trocha que había explorado años antes y se desvía hacia Manizales para visitar a su familia, pero es reconocido en Santa Rosa de Cabal,  encadenado y enviado a Buga bajo fuerte custodia. Desde su calabozo organiza una fuga colectiva de prisioneros de guerra. Bajo el aspecto de pordiosero entra a Cali y pasa unos días en la residencia del cónsul  de Suiza, su cuñado Enrique Alder. Combate en la región de Pavas y sale a las bocas del río San Juan, pero las guerrillas que busca ya están disueltas. Recorre de incógnito la costa del Pacífico en distintas embarcaciones hasta llegar al Ecuador y va a Quito a pedir ayuda de su amigo Eloy Alfaro, quien hace cuatro años asumió la presidencia a través de una exitosa campaña militar.

Lleno de optimismo, escribe el 21 de junio de 1901 a su ex-jefe Máximo Gómez: “El sistema de campaña de nuestros Grales. no se parece en nada al que adoptamos en Cuba. Tiene bastante semejanza con el método  español: principian por dar combates –cuando no batallas– que en el primer encuentro destrozan y aniquilan, y de ello es testimonio la acción de Palo Negro que U. conocerá, donde quedaron cinco mil cadáveres en el campo, y luego emprendimos derrota. Yo no pertenezco a esa escuela de Quijotes. Con U. aprendí a combatir y a vencer siempre a un enemigo infinitamente superior, sin esos grandes sacrificios, y a esos  conocimientos, que he procurado inculcar, se debe hoy en gran parte, el que estemos más vigorosos que en los primeros seis meses de la campaña.”

Ante Alfaro coinciden por esos  días el director de la Guerra en Cauca y Panamá, general Benjamín Herrera,  con Paulo Emilio Bustamante, José Antonio Llorente y otros comandantes liberales. Herrera se niega a conceder a Rosas el mando del ejército en el Cauca y le impone la tarea de organizar en Ecuador un cuerpo de colombianos que penetre por el sur. Sólo la mediación de Alfaro convence a Rosas de aceptar una campaña al frente de una fuerza regular.

Con unos centenares de exiliados bisoños y con armamento suministrado por Alfaro, pasa la frontera y  establece sus cuarteles de campaña en cercanías de Ipiales. Recluta e instruye más voluntarios hasta completar  un millar y sostiene algunos combates menores con la mira de abrirse paso a la región del Patía para ingresar posteriormente a su bien conocido Cauca. La mayoría de la población del territorio que hoy es  Nariño está fanatizada por el clero católico que encabeza el obispo de Pasto, el español Ezequiel Moreno,  acérrimo enemigo del ideario liberal y resentido por el papel que cumplió Rosas en la guerra de Cuba contra  España. Es el mismo san Ezequiel Moreno de nuestros días.

El 20 de septiembre de 1901, el avance de sus tropas fue cortado en las montañas de Puerres por fuerzas gobiernistas muy superiores, bien armadas y hábilmente dirigidas por el general pastuso Gustavo Guerrero;  herido y prisionero, fue llevado a la casa que servía de sede al mando conservador de la localidad. Allí,  maniatado en un camastro, lo remataron a tiros junto con su secretario José María Caicedo. La muchedumbre se ensañó en vejaciones al cadáver. Conducido a Ipiales, tuvo un sepelio a cargo de los liberales de la  localidad.

Radical, panfletista, guerrillero, conspirador, internacionalista, aventurero, masón, maestro del disfraz,  valeroso y arrogante, Rosas demuestra –después de un siglo largo de su muerte– el grado de su compromiso  con la libertad en Colombia y en América Latina. Por miedo, por celos o por odio, muchos han pretendido  borrar las huellas de Avelino Rosas para que nunca se haga realidad el compromiso de honrar su memoria.

Bibliografía

Avelino Rosas, Notas políticas, o sea diez años de Regeneración, [Puerto España] Trinidad, octubre
de 1895.
Gonzalo París Lozano, “El general Rosas en la Guerra del 85”, Sábado, Bogotá, mayo 27, 1944.
Gustavo Arboleda, Diccionario biográfico y genealógico del antiguo Departamento del Cauca,Bogotá, Biblioteca Horizontes, 1962 (edición original: Cali, 1926).
Nydia Sarabia Hernández, “Colombianos por la libertad de Cuba”, Ministerio de Relaciones Exteriores de la República de Cuba, Cuba-Colombia, una historia común, Bogotá, Universidad Nacional, 1995.