11 de diciembre del 2018
 
BIBLIOTECA VIRGILIO BARCO
Octubre de 2018
Por:
ANA MARIA ALVAREZ **Arquitecta de la Pontificia Universidad Javeriana (Bogotá), especialista en Arquitectura y Escritura por la Escuela Elisava (Barcelona), y urbanista con un Máster en Estudios Territoriales y Urbanísticos en la ETSAB (Barcelona). Editor

ARCHIVOS Y BIBLIOTECAS EN EDIFICIOS ESPECIALES

En los archivos se conserva el legado de una cultura. En las bibliotecas se ordenan los documentos que forman el pensamiento de esa cultura. Así que los repositorios de esos documentos ¿qué representan para la historia y el desarrollo de una civilización? Para esta, para la que somos ahora, la preocupación es cuidar eso que hemos sido, reunir el paso del tiempo: las indagaciones culturales de una civilización y los descubrimientos más paradigmáticos. Y en Colombia, se han creado espacios extraordinarios para albergar libros y documentos.

Desde que visitar y consultar bibliotecas y archivos se convirtieron en actividades públicas, los edificios que los acogen empezaron a ser autónomos y considerados como interesantes. Así que, además de crear espacios especiales, desde finales del siglo XX estos edificios se han convertido en lugares de encuentro, donde se satisfacen necesidades intelectuales, culturales y también sociales y afectivas.

El patrimonio documental del país se conserva en unos edificios que son una clara muestra del momento en el que se desarrollaron. En este texto, se presenta una recopilación austera de edificios públicos que recogen archivos y bibliotecas, localizados en Bogotá y Medellín (más uno, un poco aislado en los Andes) y construidos en los principios de este siglo (menos uno). Se trata de una selección que engloba el espíritu contemporáneo de los archivos y las bibliotecas en el país, y que representan una voluntad política y social de la arquitectura en Colombia.

 

Biblioteca Luis Ángel Arango, vista desde la plazoleta del Museo de Arte Contemporáneo.Cortesía del Banco de la República. Foto Antonio Castañeda Buraglia.

 

 

Bogotá

 

Los documentos que contaban la historia del país, desde la fundación de ciudades hasta mediados del siglo XX, estaban abandonados en un piso de la Biblioteca Nacional hasta que en 1992 se inauguró el Archivo General de la Nación. Obra de Rogelio Salmona, el edificio se localiza en el antiguo barrio de Santa Bárbara, a unos 500 metros al sur de la plaza de Bolívar. Fue premiado en la bienal de arquitectura de 1994 y es patrimonio cultural del país desde el año 2007.

Museo de Arte Contemporáneo. Cortesía del Banco de la República. Foto Antonio Castañeda Buraglia.

 

 

La conservación de documentos requería de una fortaleza que los aislara del clima. Por eso Salmona creó una piel, una muralla doble de ladrillo, con celosías en algunas partes que trabajan como poros para filtrar la humedad, el agua y el aire. El archivo está compuesto por dos grandes cubos conectados por una plaza y un puente acristalado. El volumen norte es un gran patio circular, receptor de los sonidos del entorno y amplificador de la voz de quien lo recorre.

Un poco más al sur se sitúa el Archivo Distrital de Bogotá. Terminado en 2003, este archivo es obra del estudio del arquitecto Juan Pablo Ortiz. Este edificio hace parte de la renovación urbana del barrio Santa Bárbara, iniciada a finales de la década de 1980. Está dispuesto en el costado oriental del lote para dejar una gran plaza pública sobre la carrera 6, que ocupa todo el espacio de la manzana en un gesto que supone la conexión entre las eternamente divorciadas zonas norte y sur de la ciudad. El rectángulo central es un cofre en el que se atesoran los documentos, y en su fachada listones de concreto simulan libros apilados. H[C1] aciendo un símil con el cuerpo humano, en el edificio la mano sería el bloque rectangular al oriente del cofre, en el que se disponen los laboratorios; en el bloque al occidente, el ojo, se localizan las salas de consulta y exposiciones. Al norte, perpendicular a estos tres bloques, aparece un módulo que acoge el vestíbulo de acceso, el auditorio y las aulas; a esta zona corresponde el oído.

 

Sala de conciertosde la Biblioteca LuisÁngel Arango delarquitecto GermánSamper. Cortesía delBanco de la República. Foto Antonio CastañedaBuraglia.

 

 

Hacia el norte, a menos de 500 metros de la plaza de Bolívar, está la biblioteca Luis Ángel Arango. El edificio fue inaugurado en 1958 y diseñado por la firma Esguerra Sáenz Urdaneta Arbeláez. Los arquitectos plantearon un volumen cerrado hacia el exterior y de la misma altura que las construcciones coloniales del centro histórico, retranqueado para dejar un gran andén. El edificio se adapta a la pendiente de la zona: en una parte, enmarca esa inclinación con un zócalo negro y, en otra, retrocede en el primer piso para dejar flotando al resto del volumen. Al interior, la joya de la corona es la sala de lectura con la bóveda reticulada de concreto que permite el paso de luz natural.

En 1965, la misma firma, con Germán Samper, llevaron a cabo la primera ampliación del edificio. Cuenta el arquitecto Samper que en ese momento estaba obsesionado con el uso de la madera en las construcciones del Japón. El resultado de esa fascinación es la famosa sala de conciertos con su cubierta suspendida de lamas de madera. En 1990 se abrió al público la última fase de ampliación; en esta etapa, Álvaro Rivera Realpe organizó el complejo cultural del Banco de la República, del que hace parte la biblioteca, la Casa de la Moneda, el Museo Botero y el Museo de Arte Contemporáneo.

Biblioteca El Tunal. Foto de EEIM. Tomado de https://commons.wikimedia. org/w/index.php?curid= 49654012

 

 

En un sector periférico del sur de Bogotá, la biblioteca El Tunal se ubica en un lateral del parque zonal. Diseñada por Suely Vargas, Marcia Wanderley y Manuel Guerrero, fue abierta al público en 2001. El edificio se destaca del entorno por su fachada en ladrillo; además, un rectángulo en fachada y unos cubos en el piso, ambos de concreto, enmarcan el acceso a la biblioteca. Al interior, el vestíbulo de entrada y el techo ondulante de madera son los protagonistas.
En Kennedy, al suroccidente de la ciudad, la biblioteca El Tintal ocupa el edificio en desuso de una planta de tratamiento de residuos. El arquitecto Daniel Bermúdez adaptó la estructura existente a los espacios necesarios para el funcionamiento de la biblioteca, y aprovechó el puente que daba acceso a los camiones que llevaban los residuos para convertirlo en un acceso a la sala de lectura que ocupa todo el segundo piso. Los lucernarios sobrepuestos en las fachadas largas y las claraboyas de la cubierta matizan la luz natural. Esta obra, abierta al público en 2002, se ha convertido en detonante del desarrollo urbano y arquitectónico de la zona.

 

En el barrio Ciudad Salitre, la biblioteca Virgilio Barco abrió al público en 2001. En un lote de relleno que colinda con el parque metropolitano Simón Bolívar, Rogelio Salmona junto con María Elvira Madriñán diseñaron un edificio particular, que debe ser recorrido para ser entendido, y con el ladrillo como protagonista al exterior y al interior. El acceso principal de la biblioteca, desde un camino peatonal enmarcado por una fuente escalonada, da paso a un vestíbulo que enmarca la vista lejana hacia los cerros orientales. Desde ese recibidor, rampas, escaleras y pasillos descubren los diferentes espacios: salas de lectura, zonas de consulta, área administrativa y auditorios. La cubierta es un piso transitable que suma metros a los espacios sociales y de lectura.

En el noroccidente de la ciudad e inaugurada en el año 2010, la biblioteca Julio Mario Santodomingo es una obra del arquitecto Daniel Bermúdez. El proyecto se ha convertido en punto de encuentro para toda la ciudad al reunir un gran teatro contemporáneo con una biblioteca pública. Desde el exterior las dos actividades se diferencian por el uso del color: el concreto es blanco para la biblioteca y se tiñe de rojo para el teatro. Es de resaltar que en algunos puntos de unión de la formaleta de construcción de los muros se introdujeron pequeños tubos de ensayo que ahora permiten el paso de luz natural.

 

Medellín

 

En el noroccidente de la ciudad está la biblioteca La Quintana, diseñada por el arquitecto Ricardo La Rotta y abierta al público en 2007. Situada en un terreno con una gran pendiente y colindante con una quebrada, esta obra está formada por dos bloques de diferente altura que se unen por una cubierta de madera para crear un espacio de teatro al aire libre. Parece no existir una división entre espacios interiores y exteriores por el juego en la disposición de vidrios y celosías en las fachadas, por la altura de los pisos y por el uso extremo del concreto en una zona de viviendas de fachadas de ladrillo. El edificio se convierte en un mirador hacia la ciudad contigua y lejana.

Al otro lado del río, en un espacio al oriente de la ciudad y con visuales sorprendentes de Medellín, se encuentra la biblioteca León de Greiff, conocida como La Ladera. El proyecto de Giancarlo Mazzanti ocupa los terrenos de una cárcel local que se derribó; lo conforman tres cajas independientes, giradas entre ellas para buscar la mejor perspectiva, con tres caras cerradas en concreto y la cuarta que se abre con paneles de vidrio transparente y algunos rojos que sirven de parasol. El primer piso se enchapa de piedra negra, lo que hace que los bloques de concreto parezcan elevarse sobre el suelo; y la cubierta de cada caja es una explanada inclinada que sirve de teatro.

 

Biblioteca EPM, diseño de Felipe Uribe de Bedout.

 

 

Un poco al sur, en el centro de la ciudad, aparece un edificio que contrasta con su entorno. La biblioteca EPM es un diseño de Felipe Uribe de Bedout con la fachada vidriada e inclinada sobre la plaza de Cisneros como protagonista: pareciera tener la intención de soltar la cultura sobre la agitación del lugar.

Más al sur y hacia el occidente, al cruzar de nuevo el río, la biblioteca del tradicional barrio Belén es una donación del gobierno de Japón y fue diseñada por el arquitecto japonés Hiroshi Naito. Está compuesta por varios edificios de muros de ladrillo y cubierta de teja de barro, de áreas diversas pero de la misma altura, dispuestos alrededor de tres plazas que zonifican las actividades. El núcleo es el espejo de agua de la plaza central, limitado por un corredor cubierto para crear un espacio de calma e intimidad.

 

La Casa del Pueblo

No está en ninguna ciudad principal del país, pero este edificio marca una dirección diferente en la historia de la arquitectura colombiana. El sueño de un pueblo del Cauca, traducido por unos estudiantes de arquitectura en Bogotá, se convirtió en premio nacional de arquitectura en el año 2004. La biblioteca de Guanacas, financiada por el gobierno de Japón, fue diseñada por María Cristina Perea y Simón Hosie, y construida con materiales de la zona por los habitantes del municipio.