Octubre de 2016
Por:
Credencial Historia

ÁRBOLES Y AGUA: UN GRAVE PROBLEMA NACIONAL

En el magnífico informe rendido a la Cajas de Crédito Agrario, Industrial y Minero por el gerente de la institución, doctor Rafael Parga, encontramos, entre los muchísimos conceptos que allí se estampan y que valen más de un comentario editorial, este párrafo relativo al problema de los bosques:
“El permanente ensanchar del área cultivada y los desmontes en la cordillera, están originando un nuevo problema que cada día se vuelve más agudo. De todas partes vienen noticias de la disminución del caudal de las aguas, seriamente afectado por los desmontes. Nuestro tradicional sistema de abrir a la colonización todas las tierras baldía agrava este problema que es preciso estudiar con toda la atención que tan importante asunto merece. Posiblemente se encontraría como la mejor solución la creación de una gran serie de reservas forestales en las cimas de nuestras cordilleras, reservas que pueden tener decenas y hasta centenares de kilómetros a lo ancho y en donde para siempre se prohíba el desmonte. En todo caso no se puede aplazar más el estudio del problema, para que no nos culpen las generaciones venideras de haberles entregado desmejorado el patrimonio común”.

Pocas cuestiones hay, en efecto, que puedan impresionar tanto al observador, como esta manera de talar montañas en que se expresa, muy rudimentariamente, la fuerza de nuestros trabajadores En el periódico recibimos a diario informes de todo el país en donde se nos da cuanta de cómo se están destruyendo los bosques naturales, sin que se les reemplace por otros que aseguren la conservación de las aguas.. Algunos campesinos ignorantes creen buscar así un título seguro que les aproveche más dentro de la nueva legislación de tierras. En otros casos es una simple travesura de los robadores de leña que le prenden candela al monte como si fuese hoguera de San Juan. En muchas ocasiones la ambición de ensanchar potreros para ganado o para siembras es la que va dejando clara la montaña. Pero en una u otra forma la cordillera se va pelando hasta quedar literalmente desprovista de la rama única que deje una sola mancha de sombra.

Quien vuela de Bogotá a Medellín puede observar este fenómeno de una manera perfecta en un buen trecho de los departamentos de Cundinamarca y Antioquia. Cundinamarca ha sido ya definitivamente desmontado. Si se exceptúan las faldas muy escarpadas de los contrafuertes de la sabana, de Albán hasta el Magdalena no hay pulgada de tierra que no haya padecido las empresas del hombre de iniciativa y de trabajo. Pero este padecimiento de la tierra, como es natural, no se ha traducido siempre en beneficios para nadie. Únicamente en las regiones en donde se han vuelto a plantar árboles, se ven casas, ganados, sementeras. la manchita de árboles y el tejado de una habitación se corresponden matemáticamente en el paisaje que se ve a vuelo de pájaro. la parte más recientemente desmontada, en donde con un furor admirable se ha limpiado toda la montaña hasta dejar a la vista un paisaje en plena calvicie, se ven cerros, hondonadas, valles inmensos, cuanto el espectador alcanza a divisar, sin una casa, sin una res, sin un hombre, sin un hilo de agua, es decir: sin un árbol. la tierra se ha secado en absoluto. El ojo queda como parado en la contemplación de un desierto que va afirmando la garra de la esterilidad sobre la cordillera.

Cuando cruza el avión la raya del magdalena, cuando pasa a volar sobre Antioquia y empieza a verse de nuevo la montaña vestida, esa que aun no ha descuajado la mano del hombre, hay otra vez el agua abundante que les está indicando a los taladores la urgencia de no excederse en los desmontes. la parte definitivamente cultivada de Antioquia, como los planes de Ríonegro y de La Ceja, están bordeados de una corona de cerros que todavía conservan sus árboles y que todavía tienen ancha vena de agua para servir a los campesinos. Este ejemplo visible de una política que naturalmente se está cumpliendo en la misma forma en que lo insinúa en su informe el señor gerente de la Caja de Crédito Agrario, podría servir de pauta para fijar una severa ley de protección forestal.

A lo largo de la vida de las naciones es muy frecuente hallar ejemplos de países que han matado su agricultura por el afán de los descuajadores de montañas. En realidad el trabajo puede convertirse en un locura cuando no se encauza y se dirige. Campesinos, y hasta labriegos, podemos ser todos en Colombia: Agricultores, hombres que tengan la “cultura” del campo, que sepan de la “cultura” de la tierra, no hay sino muy pocos. Recordamos ahora un apóstrofe admirable de Joaquín Costa, cuando veía melancólico la marcha de los migrantes españoles, porque ya la Península estaba seca para ellos. Decía el formidable vidente de España:

“Óiganlo ahora y arrepiéntanse, labradores y propietarios: al descargar la segur en el fondo del bosque no hirieron solamente al árbol, hirieron en primer término a sus hijos; en segundo, a la patria. Ricos y pobres arremetieron con los montes, cual impulsados de un odio común; aquellos beneficiaron el vuelo, éstos el suelo, y se repitió la fábula de la gallina que ponía huevos de oro; los ricos han descendido a pobres, los pobres a proletarios; y para hurtarse a las inclemencias del cielo, y a las del fisco, se ven forzados a pedir al extranjero una nueva patria”.

Que de algo, alguna vez, nos sirvan las enseñanzas de España, que tantas cosas puede decirnos en la historia de sus desventuras. Y que la voz de Costa resuene en nuestra propia conciencia, para pedir, como lo hacen quienes están más cerca de estas cosas, que el país tenga una política forestal.

Editorial de El Tiempo, septiembre 10 de 1937