Antonio José Restrepo.
Febrero de 2013
Por:
Juana Salamanca Uribe

Antonio José Restrepo

Ocurrencias y anécdotas de un come-curas

¿Qué hace de Antonio José Restrepo –Ñito– nacido en Concordia (suroeste antioqueño) en 1855, un testigo sin par de su tiempo? Además de haber vivido en uno de los períodos más movidos, por decir lo menos, de nuestra historia, Restrepo, con su estilo desenfadado y directo, con su torrente verbal, con su osadía y su agresividad y, por supuesto, con su humor, dejó radiografías incomparables de su época.

Arriero en Antioquia, bohemio en Bogotá; colonizador y cafetero en Caldas; punzante orador en el Congreso, compilador de cantares populares; abogado, periodista, diplomático, filósofo, fi lólogo, escritor. Calibán lo describe como “hombre inteligente, lleno de flaquezas, trabajador y escéptico, minero, gallero, cínico y  sentimental, soberbio y  sencillo”. José Camacho Carreño, dice: “en su radicalismo alineaba más fobias que principios”.

Como telón de fondo del ciclo vital  de Ñito aparecen el auge del Liberalismo Radical y su estrepitosa caída en manos de la Regeneración de Rafael Núñez –de quien Restrepo fuera amigo y, luego, acérrimo enemigo–.  Es el quiebre del sistema federal; la conculcación de libertades; el fin del Estado laico. Sucesivas guerras civiles y el comienzo de un siglo, con una promesa de modernidad y progreso.

Restrepo comparte con los miembros de la Gruta Simbólica (ver Credencial Historia 216) su gracia, su facilidad para el repentismo. Pero su perfi l es diferente, por su origen provinciano y campesino, porque está imbuido del espíritu del progreso que se refleja en muchos de sus escritos: tumbar monte para la agricultura, abrir caminos y carreteras, fundar industrias, son algunas de sus preocupaciones; por otro lado, los viajes al  extranjero le dan un carácter cosmopolita del que carecieron Clímaco Soto Borda y Julio Flórez, por ejemplo.

Durante los periodos en que vivió en Bogotá, el Ñito aparece entre el grupo de escritores que frecuentaban establecimientos como La Gran Vía, La Rosa Blanca (donde se hospedó en alguna época) con otros provincianos como Tomás Carrasquilla, Guillermo Valencia, Miguel Rasch Isla, César Uribe Piedrahita y  Ricardo Rendón. En Medellín, el sitio de reunión de artistas y poetas fue La bastilla.

El Indio y el Negro

Es de reconocer el aporte de Restrepo para cortar ese aire de solemnidad agobiante que caracterizó a nuestros dirigentes y escritores. Así dijo en una de sus cartas:

“No hay entre nosotros lo que se llama en castellano la alegría de vivir…
Los hombres graves de hoy son demasiado graves y tediosos. No subirían a las tablas ni compondrían un libro agradable, porque eso les parecería descender de su puesto… Ponen un rictus de ahorcado donde ven una sonrisa o escuchan una carcajada. Es un periodo negro; es la época de la santa hermandad, del dinero bruto,  de la hipocresía y el mal humor”.

Tuvo Ñito amigos entrañables con quiénes dar rienda suelta a la alegría de vivir. En primer lugar, Juan de Dios Uribe, el indio, quien abandonó este mundo siendo muy joven por cuenta de una pleuresía, causada a su vez por un accidente ocurrido luego de una fiesta en la que bebió a rodos.

“Al abismo rodamos la mula, la mona… y yo”, había informado el indio en un telegrama, y por carta le  hablaba a Restrepo de la gravedad de su dolencia. Éste le respondió:

“Cómo! tú, apenas pasados los cuarenta, con una constitución mejor que la de Rionegro, y con un porvenir  lleno de renombre y fama ibas así no más, por cosas de la pleura o del hígado, a dejar viudas las letras americanas…”.

Del negro Candelario Obeso también fue amigo y, como tal, testigo de su vida trágica: “Cuando el negro no estaba ‘repercutiendo’, era siempre así: callado, tímido, esquivo, huraño. Lo que él llamaba repercutir era  tomarse algunas copas y armar algún zafarrancho lo más resonante posible… Entonces soltaba la lengua,  recitaba sus últimos versos…
y los incomparables Cantos de mi tierra que recitaba con el acento y la entonación, el dengue y el merengue de las negras momposinas, que era de mandarlo servir doble”.

“…Al Negro le pesaba su negrura como un fardo aplastante, que él creía en sus horas hondas sería siempre un valladar que le cerraría todas las puertas, pero principalmente la del templo nupcial de Venus”.

“…El general Trujillo lo nombró cónsul en Tours de Francia, para saciarle el deseo que mantenía de ir a París…
Preguntado por nosotros, poco después en Bogotá, ¿qué le había gustado más en la antigua Lutecia?, nos  respondió sin vacilar: ‘las diablas’”.

“…Por fi n se mató con una pistola… ‘Hizo unos tiros al blanco y después le tiró al Negro’, como lo escribió el Paturro”.

Pero si las amistades de Restrepo eran buenas para “repercutir”, y él mismo lo fue en su juventud, en sus últimos años expresó preocupación y recelo con respecto al excesivo culto a Baco y a Venus.

“El bien obrar es saludable, tanto en lo moral como en lo físico. ‘Mea claro y ríete del médico’ dice uno de los  proverbios en facecias de Sannazaro, que puede recomendarse a los que enturbian las fuentes limpias de la vida con toda suerte de excesos, inclusive el brandy tres estrellas y las prolongadas vigilias en los brazos  torneados de las sílfides”.

En un escrito en el que señala la conveniencia de suspender la importación de licores extranjeros y de gravar los nacionales, se duele:

“…Qué matronas han encabezadoaquí la formación de Sociedades de Temperancia… para hombres?  ¿Cuáles han suscrito solicitudes al Gobierno, pidiéndole (Como en Suiza y otras naciones) remedios y  sanciones contra el azote del alcoholismo? ¿Por qué en vez de retiros espirituales no promueven retiro de espirituosos?”

Pero si hubo amigos en la vida de Ñito, no eran pocos sus enemigos. Alguna vez ellos difundieron la nueva de la muerte de Restrepo quien, entonces, recordó la frase pronunciada por Mark Twain en situación similar: “me parece la noticia un tanto exagerada…”.

Comiendo cura

De la casta de los anticlericales, Restrepo fue llamado “el hijo del come-clérigos”, por uno de ellos, de apellido Gómez, profesor de la Universidad de Antioquia, quien le negó la matrícula, por sus posturas liberales. El  asunto tuvo que ser resuelto a favor de Restrepo por el mismísimo Presidente del Estado Soberano de Antioquia, Recaredo Villa.

sus programas a esas doctrinas, sino que han entrado en contubernio con el clero para alcanzar todos sus fines terrenales”.

Y hasta en sus cartas personales, refleja su recelo por todo cuanto suene a eclesiástico. Así le  aconseja a un sobrino que ha enviado a estudiar a la capital: “…no intimar con nadie: serio, correcto, afable y educado: pas d´amitiés particulieres dicen y practican los hijos de Loyola, que saben mucha letra menuda…”.

Contra Núñez y la Regeneración

Parejo con la animadversión hacia los curas, corrió el odio de Restrepo hacia el Presidente Rafael Núñez y su obra máxima, la Regeneración. Al principio, sin embargo, hubo cercanía y amistad entre ambos –“Núñez… hasta me ofrecía novia de su excelente familia”, relata Ñito–, quien como tantos colombianos se sintió traicionado por el poeta de El Cabrero.

Y para combatirlo, usa todas las herramientas, para algunos impropias de un buen liberal, como aludir a aspectos íntimos, personales del regenerador y quienes lo acompañaron en su vida. Así, no dudó en traer a  colación, en un debate en el Senado, la actuación de quien fuera la segunda mujer de Núñez:

“Doña Gregoria Haro, después de que se fue con el doctor Núñez, y ya observarán los honorables Senadores los verbos que yo uso en mi lenguaje; en una mañana hermosa, el doctor Núñez desfiló con esta señora, pero era porque ella iba detrás de él… Abandonada después, como doña Dolores Gallego, la legítima esposa,  doña Gregoria pudo casarse con un yanqui, y ese yanqui le dejó una fortuna muy protectora”.

De acuerdo con este relato, doña Gregoria aseguró en París, donde se radicó con su gringo que “a mi también (Núñez) me traicionó y traicionaría a la madre que lo parió”.

Para combatir a Núñez, Restrepo escribió Sombras chinescas. Tragicomedia de la  Regeneración colombiana en 3 actos y muchos cuadros. “Al zancarrón traidor no le dejo hueso sano y reivindico al partido liberal lo más que puedo”, le dice a don Fidel Cano en  una carta en la que le explica los propósitos de la obra.

Con el fundador de El Espectador Ñito compartió las inquietudes de los liberales de entonces en torno de la censura a la prensa:

“Lo que sí me tiene perplejo y un tanto caviloso acerca de si los asuntos míos… se rigen por la ley 61, que llaman de los caballos, o por la ley común que rige a los otros  animales…”.

Entre tanto don Fidel, cuando recibía del Ministerio de Gobierno las comunicaciones que anunciaban las suspensiones de El Espectador, en virtud de la susodicha Ley, cartas que finalizaban con la fórmula “Dios guarde a usted”, el periodista respondía con un “Dios me guarde de usted”.

Rojos contra godos en el Senado

El debate en el Senado con Guillermo Valencia y otros sobre un proyecto de Ley para restablecer la pena de muerte en Colombia (1925) es el episodio más conocido de la vida de Antonio José Restrepo. Allí, no sólo se discutió sobre la pena de muerte; afl oraron la  amargura de la pérdida de Panamá, las heridas aún abiertas de la guerra y el agrio enfrentamiento partidista.

Para Abelardo Forero Benavides, entonces “El Senado conoció sus días gloriosos. Volvió a ser el foro central de la Nación”; agrega que “Restrepo lo estrujaba (a Valencia) en sus discursos, con algunos párrafos excesivos y deletéreos”. Para Luís Carlos Iragorri, “Valencia era el orador elegante, culto, convencido, irónico, veraz, documentado y subyugador. Restrepo divagaba largalos mente entre la insidia, la crueldad y la anécdota: no le importaba ‘hacer historia o inventar historia’, como se lo dijo su gallardo contendor”.

El mismo Valencia contribuyó a retratar a Restrepo: “…una fi gura que parece desprendida de los lienzos de Velásquez o Pantoja. Paréceme haberlo visto ya otra vez en el grupo compungido que baja a su sepulcro al conde de Orgaz en el cuadro de El Greco… Pero ayer, cuando comenzó el discurso aquel noble señor de tan apuesto talante, sin perder desde luego en apostura, se tornó visiblemente en aquel otro español a quien llamaron los  contemporáneos El demonio de América, en don Francisco de Carvajal, redivivo con su nervuda, sarmentosa, y oblicua contextura y su palabra cruel y sardónica, jacarandosa y renegada”.

En un momento dado el debate giró en torno de cuál de los partidos en su corta historia,  había sido más proclive a aplicar la pena de muerte:

Restrepo: “…todos tienen que prestar el contingente a las ideas a que pertenecen, ha dicho Solón o Licurgo, no me acuerdo cuál de los dos, y como no quiero levantarles falsos testimonios largalos englobo en el concepto. Cada cual, señor Presidente, estábamos ocupando nuestro campamento, mientras el senador Valencia se ocupaba en firmar sentencias de muerte contra los liberales del Cauca”.

Valencia: “…Esas son las dos sentencias que yo fi rmé y de cuya justificación da cuenta el  doctor Tascón. Ahí está la Corte Suprema que condenó repetidamente a Potosí”.

Restrepo: “Sí, le endosamos al Gobierno a Jeremías Potosí, porque el liberalismo no ejerce el fusilamiento ni con los grandes criminales”.

Los contendores hacen gala de su cultura; se cita a los clásicos; se narran acontecimientos de la historia universal. De tanto en tanto, Restrepo lanza a sus adversarios adjetivos y epítetos dignos del capitán Hadock, personaje de las historietas de Tintín de Hergé: pelafustán, antropófago sacado de la encomienda y de la ergástula, tránsfuga, jayán analfabeto…

El partido de Caro y Ospina recibe otro embate del Senador antioqueño: “…este régimen que se llama a sí mismo conservador, que todo lo que agarra lo conserva, menos el territorio de la patria que ha sido desmembrado a medida que sus necesidades de dominación y prepotencia se lo han ido exigiendo”.

Y ¡cómo no!, salen a relucir discusiones de gramática y de poesía:

Valencia: “nadie pensase, señor Presidente, que el más acérrimo defensor de las libertades apareciese aquí como director de esa campaña…

Restrepo: No se dice defensor acérrimo…

Valencia: Es el superlativo derivado de “acer” , “acris”, que, entre otras acepciones, tiene la de acritud que es el sistema de combatirnos el honorable Senador”.

Restrepo: “…el poeta Valencia ha dicho que Ni Rey ni Roque, un poema mío, merece todos los aplausos, todas las alabanzas, pero no sé por qué lo ha dicho, porque esa poesía es atea”.
Valencia: “Esa poesía la acepté como se han aceptado las leyendas de los príncipes paganos, la acepté por su forma,como una poesía pagana”.

Ataques personales

Para no pocos comentaristas e historiadores este debate se desvió hacia asuntos íntimos y personales que le restaron valor político. En uno de estos escarceos Restrepo hace referencia a la “disculpa que dio el Senador Valencia para no aceptar la legación en Chile, que diz que era porque no tenía un uniforme!”.

“Sí señor, entre los varios motivos y detalles que me impedían aceptar, aduje eso. Se quería que yo marchara en el término de quince días. No tenía uniforme, y no me quería presentar como se presentó el senador Restrepo en Lima, de frac y pantalón rayado, responde Valencia, a lo que Restrepo repone:

“Eso es absolutamente falso pues yo sé más de las leyes de la etiqueta que Valencia…”

Pero sin duda la pelotera llegó al clímax cuando, según los testigos del debate, Valencia trajo a colación una frase pronunciada por el político liberal Enrique Olaya Herrera, a la sazón copartidario pero malqueriente de Restrepo, según la cual “la naturaleza fue sabia al negar descendencia a Antonio José Restrepo”. Iracundo, el Ñito respondió con declaraciones de este tenor:

“... yo en mi implacable requisitoria contra el régimen de los conservadores jamás tuve una agresión personal… (Ahora) se me censura hasta en mi condición de .... reproductor y yo he tenido que responder en el mismo terreno”.

“.... Citando usted las palabras que ese famélico politicastro, Olaya Herrera, pronunció contra mí en la plaza de Bolívar, indio que fue a redorar su indiaje buscando una familia antioqueña, como han buscado otros mujeres ricas para redorar sus escudejos empolvados y rezurcidos”.

“Yo no soy.... como aquellos muñecos de que habla Quevedo, “que por parecer potentes, prohijarán un pollino”.

Y, al final, Valencia remata: “He recordado el juramento proferido por un judío ante el juez y el dueño de unos vasos que le había dado prestados a aquel: ‘Juro por Jehová, dijo el judío al reclamante, que usted no me dio prestados ningunos vasos; que cuando me los prestó, estaban rotos; que cuando yo se los devolví, los vasos estaban buenos'. Este juramento es un fiel trasunto de los discursos del senador Restrepo”.

En aquel debate también se enemistó Restrepo con el Senador vallecaucano Ignacio Rengifo. Tiempo después se encontraron en un paseo al salto del Tequendama. Rengifo, tomando la bandola, le dedicó una canción a su contendor; Restrepo lo acompañó con la guitarra. Al terminar, éste lo abrazó y le dijo: “En adelante, siempre procederemos a dúo”.

Pero con Valencia la cosa fue a otro precio. Cuando Restrepo fue invitado a reconciliarse con el poeta y parlamentario caucano, éste respondió con toda la acritud de que era capaz:

"Nada...Nada... Ese hombre me ofendió el espermatozoide!"

Bibliografía

Ají pique. Colección popular de clásicos Maiceros (II). Epístolas y estampas del ingenioso hidalgo don A. J. Restrepo, compiladas por Benigno A. Gutiérrez. Edición definitiva, a la gloria del “Ñito” de Concordia, en el centenario de su natalicio. Editorial Bedout Medellín, Colombia año de MCMLV.

El cadalso en Colombia. De los anales del Senado 1925. Ediciones Enciclopedia, 1949 Bucaramanga. Polémica sobre la pena de muerte entre Antonio José Restrepo, Guillermo Valencia, José M. Saavedra Galindo, Esteban Jaramillo e Ignacio Rengifo.

Antonio José Restrepo y Guillermo Valencia. El cadalso ante el Senado . Abelardo Forero Benavides, Revista Credencial Historia, Edición 31. Julio de 1992

La bohemia de antaño en Bogotá y Medellín. Personajes, cafés y ocurrencias alcohólicas y poéticas. Vicente Pérez Silva, Revista Credencial Historia, Edición 142, Octubre de 2001.

El cancionero de Antioquia . Colección popular de clásicos Maiceros (III). Medellín, Edit. Bedout, 1955, 4ª ed. tomo III. Publicación realizada por doña Teresa Uribe Restrepo, sobrina de Ñito, y por D. Benigno A. Gutiérrez, con motivo del centenario natalicio del autor.

La autobiografía en Colombia. Vicente Pérez Silva (compilador). Banco de la República Biblioteca Luis Ángel Arango

Sobre el yunque. Juan de Dios Uribe. Obras completas publicadas, ordenadas y anotadas por Antonio José Restrepo. La Tribuna Editorial , 1913.