Francisco de Paula Santander,ca.1840.
Octubre de 2012
Por:
Luis Horacio López Domínguez Antropólogo, Universidad de los Andes, Bogotá. Estudios de posgrado en psicología social, UNAM, México, y comunicación social en la Universidad Iberoamericana de México. Académico Secretario, Academia Colombiana de Historia.

AMORES CONTRARIADOS DE SANTANDER:

Entre silencios y cenizas

Poco se conoce de la vida íntima de los 48 años del general Santander. A diferencia de otros hombres de la independencia, no la nutrió la leyenda y poco queda en su extenso epistolario que dé cuenta de sus pasiones y sus amores contrariados. Tuvo amores, no muchos, pero sí Mesa de tresillo en la que jugó Francisco de Paula Santander, ca. 1780. Fabricación inglesa. Colección Museo Nacional de Colombia. Reg. 671intensos y conflictivos; de todos da cuenta en su testamento redactado al comenzar 1838, cuando estaba recién casado. “Alto, un poco grueso, blanco y de una fisonomía varonil. Su genio era áspero como de un militar que ha pasado gran parte de su vida mandando soldados, pero en sus últimos años había mejorado mucho.

Sus talentos eran brillantes […] Tenía firmeza, actividad y energía para obrar, método y constancia en el trabajo. Sus pasiones eran fuertes y un poco rencorosas. […] Santander murió ocupado de los negocios públicos en los que se hallaba embebido…” Así trazó el obituario en su Diario político y militar su más cercano colaborador y primer secretario del interior y justicia, don José Manuel Restrepo, al conocer de su deceso el 6 de mayo de 18401. De su desmembrado archivo, escasas confidencias amatorias Uniforme del general Santander, ca. 1834. Fabricación francesa. Colección Museo Nacional de Colombia. Reg. 134lograron sobrevivir en unas pocas y sigilosas cartas dirigidas a su hermana Josefa y otras escritas por su amante principal, recuperadas en la segunda mitad del siglo XX por el experimentado académico y archivero Guillermo Hernández de Alba. Lo que les permitió incursionar y hacer trazos gruesos de su vida sentimental a dos de sus más agudos biógrafos, a partir de la década de 19702. Los diálogos epistolares con sus amantes prácticamente quedaron reducidos a cenizas y referenciados por fechas, en su Diario de exilio por Europa, cartas enviadas a las mujeres de su vida, aunque varios saludos llegaron a través de otros envíos postales3.

Picaresca y perfidia republicana

La picaresca criolla, muy a tono con las campañas de la independencia, creyó que las batallas del amor estuvieron conectadas con las de la guerra, y que, después de cada victoria del ejército libertador se abría un espacio festivo, y según las coordenadas del triunfo se presentaban a los libertadores ofrendas virginales por las familias locales. Supliendo tantos silencios y vacíos de la historia escrita, efecto de la devastadora destrucción de los manuscritos y de una amnesia selectiva, por generaciones, los colombianos han repetido boca-oído: “La patria nació en los lechos de las Ibáñez con Bolívar y Santander como protagonistas, en la embrujadora Ocaña”. Es atribuida a Bolívar, la fatídica premonición “En Colombia no habrá paz hasta que mueran Nicolasa y Bernardina Ibáñez, Carmen Leiva y Mariquita París”. Mariquita llamaban sus amigos a María Dolores Roche, hija de José Manuel Roche y María Josefa Domínguez del Castillo, esposa del general Joaquín París quien fuera secretario del interior del Libertador. Por tradición oral, parientes de los protagonistas trazaron un triángulo amoroso para intentar explicar el origen de los partidos liberal y conservador. Por odios enconados, fruto de arrebatos de celos de alcoba, entre la primera dama de la nación, su amante el presidente Santander y un nuevo rival, el vicepresidente de Nueva Granada4.

Josefa Santander de Briceño, ca. 1830. Miniatura de José María Espinosa. Colección Museo de la Independencia-Casa del Florero. Mincultura. Reg. 2995Una variable más contundente de la anterior corazonada, achacada también a Bolívar, fue recogida por un biógrafo de sus amantes: “En Colombia no habrá paz, mientras exista en Bogotá la familia Ibáñez”5. Parece que esta admonición bolivariana se confirma ya que nunca se han apagado los fuegos apasionados del odio con que se vivió y escribió la historia colombiana y tampoco se concluyó la mutilación a la documentación histórica que da cuenta de aquellos ya lejanos idilios. A pesar de que Nicolasa y Bernardina murieron en París y Valparaiso, en un autoexilio voluntario, su aporte genético se transfirió a la política, que tanto trató doña Nicolasa de desestimular en su nieto Miguel Antonio Caro, presidente conservador y cantor de la ortodoxia bolivariana. Otro presidente, liberal, y fundador del MRL, Alfonso López Michelsen, fue descendiente de Bernardina; afecto a la figura política de Santander y autor del texto “El triste destino de Nicolasa y Bernardina Ibáñez”, prólogo a una biografía de las ocañeras6.

Nicolasa Ibáñez de Caro. En Jaime Duarte French, Las Ibáñez, Bogotá, Fondo Cultural Cafetero, 1982Desde que las conocieron Bolívar y Santander fueron cómplices de sus caprichos. Por petición de la novia, Bolívar hace traer de la prisión en Mompox al monárquico santafereño Antonio José Caro, para el casorio con Nicolasa. Santander siempre respondió al solícito amparo burocrático para su marido Caro, manteniéndolo ocupado o comisionado en el exterior, mientras consentía a su querida doña Nicolasa.

Mesa de billar que perteneció a Francisco de Paula Santander, ca. 1830. Colección Museo Nacional de Colombia. Reg. 658De Bolívar se dice que fueron peregrinos los encuentros con el bello sexo, aposentados en los sitios de reposo de sus campañas y sus viajes. Los amores de Santander fueron sedentarios; de visitas sigilosas, de canapé unas; otras de encuentros públicos y festivos, algunas campestres, incluidas citas sacramentales como el apadrinamiento, con su amante, de la boda de su hermana con el coronel José María Briceño. Toda su vida posterior al triunfo de Boyacá de 1819, estuvo afincada en Bogotá, a excepción de los encuentros en Ocaña en 1815 y su romance primerizo en Mariquita en 1811 y su viajes a Cúcuta, Ocaña y el periplo del exilio político por Europa, 1829-1832.

Carta de Nicolasa Ibáñez al Libertador Simón Bolívar en la que intercede por Santander y le pide que lo envíe a los Estados Unidos, ca. 1828. Colección Museo Nacional de Colombia. Reg. 1067. Firma de Nicolasa Ibáñez.

De la censura pública a la vida libertina, como fue un buen trayecto, apenas sobreviven los reproches públicos que agita un amigo cartagenero, instigado por la tardanza del ejecutivo en escuchar sus peticiones, el doctor Ignacio Muñoz Jaraba, a quien el vicepresidente le reprocha: “… he sabido que has hablado algunas cosillas de mí y de las señoritas Ibáñez, cosa muy indigna de quien se diga amigo, y que yo a decir verdad no merezco…”7.

Un primer amor le hace padre

Su paso de estudiante de leyes del San Bartolomé a la milicia se dio después del grito de independencia del 20 de julio de 1810. “La junta suprema gubernativa del Reino me hizo alférez abanderado del batallón de guardias nacionales. En octubre de 1810 vestí el uniforme militar, y en mi grado de alférez fui destinado de secretario de la comandancia militar de la provincia de Mariquita conferida al capitán Manuel del Castillo y Rada”, nos cuenta en sus Apuntamientos8. Al año aflora su primer arrebato juvenil y es padre, por primera vez, en madre soltera, en Mariquita. Al hijo

Francisco de Paula Santander, ca. 1840. Miniatura de José María Espinosa. Colección Museo de la Independencia-Casa del Florero. Mincultura. Reg. 2985

se le llama Manuel Santander, como el jefe militar del padre o en recuerdo de su madre Manuela de Omaña. Esta paternidad precoz solo llegó a conocerse en Colombia en 1990, aunque en Ecuador, a donde migró Manuel, figura una distinguida rama Santander de eminentes naturalistas y juristas9.

De Ocaña a Santafé

En 1815 llegó con sus tropas a Ocaña, acampó de julio a diciembre, anudó sus vínculos con la familia Ibáñez, y ligó con la mayor de las mujeres, ya casada y madre, doña Nicolasa de Caro. Bolívar a su vez sembró, para siempre, sus ojos en Bernardina. Santander bloqueó la boda de un rival de Bolívar, el oficial Ambrosio Plazas, pues logró impedir que se unieran en matrimonio y murió soltero en una batalla. Bernardina fue el segundo amor entre Bolívar y Santander. Se conserva uno de Nicolasa Ibáñez. Obra de María de la Paz Jaramillo. En Jaime Duarte French, Las Ibáñez, Bogotá, Fondo Cultural Cafetero, 1982.©Mar ía de la Paz Jaramillo , 1981los más bellos reclamos bolivarianos, escrito en Cali, a “la melindrosa Bernardina”, y desde Europa Santander evoca a “la Reina de Cundinamarca”.

Tras nueve años en los ejércitos patriotas Santander es ascendido por Bolívar al grado de general de división, después de comandar la vanguardia en la Campaña Libertadora de 1819. Encargado de la Vicepresidencia, mientras el Libertador Presidente va al Sur, asumió las riendas del Estado. Compartió vida amorosa con la señora Nicolasa, unas veces en la casa de la calle 12 frente al templo de San Juan de Dios, otras en la “Quinta Santa Catalina” o en “Hatogrande” o “Amigos del General Santander”, en Sopó, hoy residencia campestre de los presidentes. Por una década esta aventura amorosa se alimentó al amparo de un triángulo con el “marido complaciente” como califican la pasividad resignada del tercero en discordia, a quien no le faltó sueldo, pues honra la nómina de los congresos, por cabildeo de su mujer con el vicepresidente.

Francisco de Paula Santander, ca. 1855. Miniatura de Zilia Barriga de Arango. Colección Museo Nacional de Colombia. Reg. 3093Bolívar estuvo ausente de Colombia por varios años; las relaciones con Bernardina se enfriaron o mejor se congelaron por las distancias y los agites de la guerra. Entre tanto, se inflamaron las relaciones de doña Nicolasa con Santander y de Bolívar con doña Manuela Sáenz de Thorne. Entonces llegó el día en que los generales, Bolívar presidente y Santander vicepresidente coincidieron en Bogotá con las mujeres que dominaban sus corazones: la quiteña en la Quinta de Bolívar al pie de Monserrate y la ocañera en la Quinta de Santa Catalina a orillas del río Fucha, alejadas de las habladurías de chismosos y correveidiles. En 1828, juzgado por la intervención no probada, en la conspiración septembrina, Santander va prisionero a Cartagena y al exilio, entre tanto, en 1830, muere el Libertador y Colombia se escinde entre Venezuela, Nueva Granada y Ecuador.

Rejuvenecido vuelve del exilio. Amante presidencial

El 4 de octubre de 1832 Santander retornó del exilio restituidos sus derechos y como presidente constitucional de la Nueva Granada. Aproximándose a la capital recibió la entusiasta acogida de sus conciudadanos. Le escribió a Josefita, su hermana, preparándola para su recibimiento en Bogotá; se bajó en su casa e indicó que quería el encuentro con su querida doña Nica, en su casa, no en la Quinta de Santa Catalina.

Tuvo una nueva relación con Paz Piedrahita Sáenz; diez años menor que el presidente Santander, nacida en 1808, de padre bugueño. Santander frecuentaba a su hermana Pepita, la viuda del presidente Custodio García Rovira, uno de los primeros jefes militares de Santander, fusilado en 1816, y le brindaba una discreta dádiva desde la muerte de su esposo. Dos de sus hermanos habían servido en el ejército patriota. María de la Paz sostuvo una relación sentimental antes del encuentro con Santander, con el general Alejandro Gaitán y tuvieron en 1830 un hijo, Genaro, que también fue general. Luego se dio Paz otra oportunidad con el joven Rafael Silvestre y procrearon un segundo varón, Zoilo. La relación con el general Santander debió iniciarse unas semanas después de su regreso a Bogotá y Paz quedó pronto en embarazo; para agosto de 1833 dio a luz su tercer hijo, Francisco de Paula Santander Piedrahita, esta vez del presidente de la república. Asumió Santander su responsabilidad, acudió a su hermana y a su cuñado Briceño para que fueran ellos los padrinos de bautismo, en la catedral10. Los mantuvo protegidos, cuidó y jugó como lo hizo antes con sus sobrinas, lo vio crecer y caminar, así por dos años hasta cuando decidió alejarse de la madre y del niño. Los deberes de padre nunca cayeron en el olvido, como algunos sostienen. Al revisar su testamento, cuando “Pachito” tiene cinco años, se encuentran varias cláusulas en las que define cómo será su educación. En la 36: “Encargo a mis albaceas muy encarecidamente procuren que a mi hijo natural Francisco de Paula se le dé una buena educación religiosa, moral y política, lo mismo que a mis hijos legítimos, si su madre y mi esposa muriere dejándolos en estado de ser educados”. El presidente Santander continuó esta relación con Paz y Pachito hasta noviembre de 1835 cuando decidió cambiar de estado civil y de pareja. Paz convivió con su hijo Francisco de Paula Jesús Bartolomé Santander y cuando era adolescente lo internó en un cuartel; hizo su vida en la milicia al punto de ascender al grado militar de su padre, general de la república. María Paz murió a los 80 años, en 1888. Sus tíos Vicente y José María, militares patriotas, cuidaron de su sobrino, hijo del presidente Santander.

 Fallecimiento del general F. P. Santander. Litografía de José María Espinosa Prieto/ Joseph Lemercier, ca.1845. Colección Museo Nacional de Colombia. Reg. 1880 

El 10 de mayo de 1916 falleció en Bogotá, colmado de años y de honores, el general Francisco de Paula Santander Piedrahíta Omaña Sáenz y asistió a sus exequias, entre otros, el presidente José Vicente Concha. Había sido bautizado en la Parroquia de la Catedral el 23 de agosto de 1833 y “fueron sus padrinos el coronel José María Briceño y doña Josefa Santander Omaña. Hijo de padres solteros y no conocidos”, reza la partida de bautismo firmada por el doctor Pablo Gómez [en el libro 4 de bautismos españoles, folio 353]11. Diez años antes, en septiembre de 1906, la Academia Colombiana de Historia, en el número 39 del Boletín de Historia y Antigüedades, publicó el “Testamento del General Santander”. En 66 años no fue publicado, aunque Santander había ordenado en la cláusula 49º “que mis albaceas y herederos publiquen este testamento íntegro o las cláusulas que les parezcan convenientes”. En 1902 el secretario perpetuo de la Academia, uno de los fundadores, a su vez director del Boletín, reprodujo la cláusula sexta: “declaro que en mil ochocientos treinta y tres, siendo soltero, tuve un hijo en persona también soltera, el cual fue bautizado en la iglesia catedral el veintiocho de agosto de aquel año; se llama el niño Francisco de Paula y lo reconozco por hijo natural mío, y lo legitimaría también si hubiera otro medio legal sustituido al de las leyes españolas conocida con el nombre del rescripto del Príncipe…”[sic].

Sixta Tulia Pontón Piedrahita, 1856. Miniatura de Zilia Barriga. En Rodríguez Plata, Horacio; Moreno de Ángel, Pilar. Santander su iconografía. Bogotá, Litografía Arco, 1984.Desde entonces el testamento fue muchas veces reproducido en idénticas condiciones. Así, en 1978, fue incluido en el libro La familia de Santander, y el médico Antonio Martínez Zulaica en Cólicos republicanos. Patobiografía del general Santander, bajo el título “Autorretrato de un ciudadano que se conoce a sí mismo”. También el Banco de la República en el Boletín Cultural y Bibliográfico, en 1976, lo publicó con puntos suspensivos al final de la cláusula sexta.

Una década después, en 1988, convencí al editor de los escritos del general Santander, don Guillermo Hernández de Alba, se incluyera, en el primer volumen de la Biblioteca Presidencia de la República, Escritos autobiográficos, el texto completo confrontado con el manuscrito original que reposa en la Notaría Primera de Bogotá12. Sorprendentemente en la versión de 1906 del Boletín de Historia, el doctor Pedro María Ibáñez omitió del original la frase: “Nunca lo habría legitimado por subsiguiente matrimonio, porque cuando yo conocí a su madre, ella ya había sido conocida por otros”. Se registraron 34 variaciones en el cotejo del texto de la Academia de 1906, en relación con el original y que hacían incurrir en distorsiones de sentido varias cláusulas13. El grupo de investigaciones genealógicas “José María Restrepo Sáenz”, con la reconstrucción documental de las prosapias Piedrahita y Pontón, apoyados en los libros sacramentales de las parroquias bogotanas, nos han permitido develar aquí, la urdimbre de las relaciones borradas de los epistolarios.
Por ellos sabemos hoy que Francisco de P. Santander Piedrahita, ilustre general de la República de Colombia, fue el último sobreviviente de los tres hijos varones que engendró el expresidente de Colombia y también general de división Francisco de Paula Santander y Omaña, en 1811, en 1833, y a Juan en 1837, muerto a las pocas horas de nacer.

Dejando la soltería
por un vínculo sacramental

A mitad de su mandato presidencial, hacia 1835, quiso tener juntas a sus sobrinas y a su hermana; a su cuñado, próximo a los 70, lo trató como si fuera su hermano mayor quien murió al año siguiente, en Tunja. Para esa época reconstruyó la casa que compró al señor Arrubla en 1824 (hoy edificio de Avianca en la calle 16 con carrera 7ª de Bogotá) y en 1836 escrituró la mitad de la vivienda a sus sobrinas Briceño Santander. Medidas patrimoniales antes de dar a conocer a Josefa a su novia. No hubo dote o si la hubo no lo dijo. “Santander eligió esposa con la misma disposición de ánimo y criterio con que solía escoger a sus ministros […] no amó a su cónyuge con el deleite con que ofreció su cariño masculino a doña Paz y a Nicolasita, pero esto no era imprescindible en él para llenarse de hijos. Con el enlace aseguró la estabilidad emocional de sus últimos años, multiplicó la descendencia, calmó críticas y calumnias, estableció un hogar, cumplió con los preceptos de las leyes canónicas y no le faltó un lecho donde presentar con dignidad el pasaporte que nos abre las puertas a la ultravida”14, acota con certera ironía el historiador y médico Antonio Martínez Zulaica. Sixta, una mujer de entronques sociales con las familias de los hombres más ricos de la capital, que poseen ostentosas casas de habitación, tuvo aquellos referentes como símbolos de prestigio. Consideraba que más que mostrarse en los salones era mejor habitar una casa con lujos, donde recibir sus amistades. Una aspiración propia de las mujeres de la elite capitalina. Santander importó de Estados Unidos tres docenas de sillones, lámparas, cristalería para la vivienda y anillos para su compromiso. Se sentía con el deber de dar muestras de generosidad y entusiasmo en el círculo de sus amistades porque estaba próximo a cambiar de estado civil. En la reparación del inmueble había invertido $22.000. En su Diario político militar, don José Manuel Restrepo, al reseñar su muerte, concluyó que “El general ha testado $150.000 pesos, fruto de una severa economía tachada a veces de excesiva”.

El padre de Sixta, don José María Pontón Vargas Matajudíos, de Nemocón, honró la nómina como administrador de correos de Santafé. Fue un realista hasta los tuétanos, lo que Santander parecía ignorar.

Sixta, del segundo matrimonio de su padre, tuvo una hermana, Juana, casada con el inglés William Wills, y 11 hijos, más una agitada actividad social entre la elite bogotana y de diplomáticos15. Doña Sixta tuvo hasta la muerte de su esposo, tres embarazos. El primogénito falleció a los pocos minutos de su nacimiento en 1836, un año después “una niña llamada Clementina Mercedes Digna Rosa Francisca Josefa Manuela que vive felizmente”, anuncia en la cláusula quinta del citado testamento. Un año más tarde una última descendiente, Tulia Sixta. Suma a la paternidad de Santander cinco hijos, en tres uniones: dos con madres solteras y una en matrimonio celebrado a los 43 años, en 1836, por el rito católico romano, a cuatro años de su muerte.

Conflictos sin fin

Muerto Santander le sobrevivieron su viuda doña Sixta y María Paz su amante, quien permaneció soltera criando tres niños varones. Se enfrentó con la viuda y sostuvo una relación turbulenta al punto de que meses antes de morir, la viuda acudió a denunciarla ante la Gobernación de Cundinamarca que le impuso una caución. Dio quejas de las agresiones verbales a sus hijas, a su madre y hermanas. No se conoce si la viuda, depositaria y albacea de los bienes, hizo entrega de la hijuela del hijo natural de Santander, cuya madre Paz es la denunciada y también con la herencia de sus siete sobrinas. Quizás tampoco se dieron relaciones al interior del grupo familiar del hijo de Paz con sus hermanas medias, las niñas Santander Pontón. Paz protestó de viva voz en las cercanías de la casa y agredió verbalmente a las hermanas de su hijo, denunció Sixta sin identificar ningún vínculo entre ambas. Solo se refirió a ella como una mujer que le agrede y atormenta su paz en el establecimiento educativo y que con su voz puede desacreditarla ¿Por qué llegó a esos extremos Paz? Quizás por la falta de apoyo cuando el padre de su hijo había ordenado se le diera esmerada educación y nunca recibió nada de la viuda. A Pachito tiene que internarlo en el ejército, no va a la universidad y allí logra ascender al grado de general. Un final truculento para los últimos días de la viuda, un dolor interno para la amante que sobrevivió 26 años a doña Sixta. No hubo paz entre las dos mujeres, ni tampoco para Pachito ni sus medias hermanas Sixta Tulia y Clementina. Menos para la memoria del general que esperaba el juicio imparcial de la historia.

La voluntad testamentaria de Santander apenas tuvo un mínimo cumplimiento. Fue nugatoria su voluntad de que se construyera una bóveda para albergar su cuerpo, embalsamado en la sala de profundis del convento franciscano y que pasados años de viudez, habría de exhumar del Cementerio Central, doña Sixta, en sus desvaríos mentales y llevarlo momificado a la antigua morada, convertida en un mausoleo, en un espacio mortuorio y exhibido a sus alumnas en la capilla. Solo rubrican los albaceas los libros que destinó al San Bartolomé y otros pocos. Resultó fallido el cumplimiento del arreglo del archivo, la biografía y su publicación. La casa fue destinada a educación privada para niñas internas, cuya pensión pagaban familias pudientes, cuando había sido Santander el adalid de la instrucción pública. El plantel de doña Sixta también fue cuestionado en su calidad educativa por el historiador Restrepo cuando abrió un programa para varones. Apenas si destinó doña Sixta una escuelita de primeras letras para niñas pobres del vecindario. En sus múltiples extravíos la viuda laboró encerrada en la casa mortuoria que mantuvo para el general hasta su muerte en 1862, cuando regresó el cadáver momificado al cementerio16.

El poeta bartolino, como Santander, Jorge Rojas17, concluyó el texto para un poema sinfónico en 1990, sesquicentenario de su muerte, con un canto a su cuerpo embalsamado y momificado y su memoria amorosa:

“Bajo el frío de la muerte
Entre su cuerpo escarbado
Estaban las injurias de la guerra
Que el acero y el plomo señalaron
Y de otras batallas…
Un aroma de rosas y un pétalo de olvido”. •

Referencias

  1.  Restrepo, José Manuel. Diario político y militar, t. III, Bogotá, Imprenta Nacional, 1954, p. 191.
  2. Rodríguez Plata, Horacio. Santander en el exilio 1828-1832, Bogotá, Academia Colombiana de Historia. Biblioteca de Historia Nacional, 1978, y Moreno de Ángel, Pilar. Santander, Bogotá, Planeta Colombiana Editorial, 1989. Escasas novedades documentales han sido publicadas en el Boletín de Historia y Antigüedades en este siglo, centradas más bien en develar asuntos privados de la cuestionada viuda del general, en la sección “Documentos inéditos”, por el entonces director, Luis Carlos Mantilla OFM.
  3. López Domínguez, Luis Horacio. “Itinerario de un destino siniestro. La recuperación del archivo Santander”, en Santander y los libros, t. I, Bogotá, Presidencia de la República, Fundación Santander, 1993, pp. 13-73.
  4.   Rodríguez Plata, Horacio. Ob. cit.
  5.   Echeverry, Aquiles. Bolívar treinta y cinco mujeres y otras más, Medellín, Imprenta Eafit, s.f.
  6.   Duarte French, Jaime. Las Ibáñez, Bogotá, El Áncora Editores, 1988, pp. 7-28.
  7.   Carta de Francisco de P. Santander a Ignacio Muñoz Jaraba (22/10/1822), AGN. Fondo Congreso, t. 28, folio 180.
  8. Santander, Francisco de Paula. “Apuntamientos para las memorias sobre Colombia y la Nueva Granada”, en Escritos autobiográficos, 1988, pp. 110-111.
  9. Moreno de Ángel, Pilar. “Manuel, hijo de una aventura juvenil de Santander, en el sesquicentenario de la muerte del prócer”, en Credencial Historia, Nº 5, mayo 1990.
  10. Villaveces, Finita Hoffman de, et ál. Genealogías de Santafé de Bogotá, t. VII, letra P, Bogotá, Grupo de Investigaciones Genealógicas, 2007.
  11. Romero P., C. Un viejo soldado de la república, Bogotá, Imprenta Eléctrica, 1908, 14 p.
  12.   “Testamento del general Santander”. Archivo Histórico Nacional, t. 291, folios 192r a 243v. Notaria Uno, Bogotá.
  13. Santander, Francisco de Paula. “Testamento del general Santander”, en Escritos autobiográficos 1820-1840, 1988.
  14.   Martínez Zulaica, Antonio. Cólicos republicanos. Patobiología del general Santander, Tunja, UPTC, Ediciones el Águila y la Rana, 1978, p. 159.
  15.   Deas, Malcolm. Vida y opiniones de Mr. William Wills, t. I, Bogotá, Banco de la República, 1996, pp. 29-30.
  16.   López Domínguez, Luis Horacio. “Francisco de Paula Santander: una personalidad compleja”, en Credencial Historia, Nº 212, Bogotá, agosto 2007.
  17.   Rojas, Jorge y Luis Antonio Escobar. Poema sinfónico en homenaje al general Santander, Bogotá, Sociedad Santanderista de Colombia, 1990.