Retablo portátil con figuras de la crucifixión en el monte del Calvario. Anónimo, siglo XVIII. Colección Museo Nacional de Colombia. Reg. 7151. ©Museo Nacional de colombia / Ernesto Monsalve Pino
Octubre de 2015
Por:
María del Pilar López, Arquitecta, Universidad Nacional de Colombia. Profesora asociada e investigadora en el Instituto de Investigaciones Estéticas y directora de la Maestría en Conservación del Patrimonio Cultural Inmueble en la misma Universidad

ALTARES, RETABLOS, PÚLPITOS Y COROS: ELEMENTOS DEL MOBILIARIO RELIGIOSO COLONIAL

En Hispanoamérica, sobre todo entre los siglos XVI y XVIII, el espacio dentro de la iglesia se fue dotando de una serie de mobiliario que tuvo como finalidad completar una escenografía que acompañaba el desarrollo de la liturgia, cuya concepción artística favoreció el hecho de centrar la atención en lo espiritual. Para la realización de estas obras participaron maestros calificados, pues su formación profesional y su experiencia, tanto en el dominio técnico como en la apropiación simbólica, les permitían realizar estas elaboradas obras.

Los altares

Altar Mayor de la Ermita de San Lázaro o de Nuestra Señora de Chiquinquirá. Tomado de: Henry Neiza Rodríguez, Álbum turístico de los monumentos nacionales de Boyacá. Publicación de la Gobernación de Boyacá - Fundación para la Conservación del Patrimonio Cultural “Funcores”.

 

El altar viene a ser el objeto esencial dentro del conjunto del mobiliario con que se dota una iglesia. Con él se determina el punto de tensión de todo el espacio simbólico, pues allí se realiza el sacrificio divino. Así, el altar se concibe como una mesa levantada que contiene el ara y donde el sacerdote puede oficiar misa y así el templo se convierte el en marco arquitectónico donde se reúnen los fieles en torno a este.

La misa es el centro del culto de la iglesia y el altar el eje alrededor del cual gira toda su liturgia. Es por ello que debe estar en el lugar sagrado del templo y elevado para poder ser contemplado, condiciones que fueron reafirmadas por el Concilio de Trento. Además, para dar mayor dignidad, el arte desempeñó un papel esencial, la espacialidad, la iluminación, el brillo, las formas y las imágenes, todo esto ayudó, siempre y cuando se inscribiera en el marco del “decoro”. 

En la evolución histórica se observa cómo la Iglesia buscó hacer énfasis en el altar con el recurso del baldaquino, mueble que tuvo acogida en el Nuevo Reino de Granada hasta comienzos del siglo XVII, aunque rápidamente fue desplazado privilegiándose el retablo. 

Altar Capilla del Rosario, Iglesia de Santo Domingo, Tunja. Tomado de: Henry Neiza Rodríguez, Álbum turístico de los monumentos nacionales de Boyacá. Publicación de la Gobernación de Boyacá - Fundación para la Conservación del Patrimonio Cultural “Funcores”. Fotografía de Henry Neiza Rodríguez

 

En la elaboración del altar como mobiliario litúrgico, se fueron creando en el ámbito eclesiástico unas disposiciones con las que se reconocía el carácter sagrado de este objeto y, así mismo, se determinaban unos materiales apropiados para su elaboración que, por lo general, estaban dotados de un preciso significado. Así la “dignidad del altar exigía la de su material, que debía ser sólido como lo era la Iglesia”, imponiéndose el material pétreo como el más adecuado desde el uso, lo estético y lo simbólico, pues en este se llevaban a cabo los actos de mayor significación del cristianismo como es la consagración.

Con el tiempo, y derivado del Concilio de Trento, el entorno del altar se fue complejizando, aparecieron el retablo como fondo escenográfico, y llegó a ser uno de los aparatos visuales más impactantes al interior del templo e incorporado en él se ubicó el sagrario, custodio del cuerpo eucarístico. Pero también el altar se embelleció con pinturas, finos textiles, plata repujada y elaboradas tallas que formaron los frontales.

Podemos reconocer el frontal de plata repujada del altar mayor de la Catedral Metropolitana de Bogotá. En el centro está la imagen de la Inmaculada Concepción en plata dorada, destacada por una especie de marco, y a los lados, entre elaborados follajes, cuatro cabezas de niños también doradas. Igualmente, es una obra destacada el frontal del altar de las reliquias en la Iglesia de San Ignacio en Bogotá que data del siglo XVII, elaborado en madera tallada, policromada y dorada donde se aprecia un conjunto de pinturas atribuidas a Gregorio Vásquez, relativas al martirio.

Los retablos

Retablo de la Iglesia de San Francisco, Bogotá.

 

La palabra retablo proviene del latín retro-tabulum, que viene a ser la tabla que se coloca detrás del altar. Es uno de los elementos que más define lo que es un templo cristiano católico, pues su finalidad es la de enseñar, por medio de las imágenes, que allí se disponen para fortalecer la fe y los principios morales. Es un recurso pedagógico y didáctico donde el arte se despliega para enseñar y conmover.

Retablo de San José. Casa de la Purificación – Templo de San Francisco, Bogotá.

 

El retablo va alcanzar enormes dimensiones, pues a raíz de las disposiciones del Concilio de Trento, fue necesario que la narración se acercara más a la vida real de las gentes, siendo un recurso hacer que estas imágenes fueran de tamaño natural, que parecieran moverse como los fieles y que gozaran y sufrieran como ellos, pero que a la vez permitieran presentar con mayor claridad expositiva un tema religioso. Se dispuso para ello un armazón, por lo general de madera, organizado en calles y cuerpos u órdenes, regido por los principios estéticos y técnicos de la arquitectura. En él se instalaron las imágenes y las escenas trabajadas en pintura, talla o escultura de bulto las cuales, a través de un programa muy pensado, mostraban a los fieles historias, milagros, vidas ejemplares, misterios divinos, un programa iconográfico vinculado al altar y al significado de la misa, pues siempre tuvo una condición catequética o de instruir. Igualmente, los retablos colaterales cumplen con la misión de preparar al fiel para la lectura y veneración del retablo del altar mayor, cuyo elemento esencial va a ser el sagrario. El ritual promulgado a finales del siglo XVI para toda la Iglesia Católica estableció que “en todos los templos del orbe católico el sagrario, que albergaba las especies eucarísticas, debía ocupar un sitio privilegiado y de honor, debiendo colocarse en adelante y sin ninguna excepción en medio del altar mayor y que el expositor del Santísimo se situaría por encima del sagrario en el centro del retablo”.

Los maestros artesanos que asumían estas obras, realizadas principalmente en madera, fueron los arquitectos y carpinteros ensambladores. Pero también se encuentran muchos retablos que fueron proyectados por escultores y pintores. 

Inmaculada del Apocalipsis. Talla en madera estofada y policromada con accesorios de plata.Círculo quiteño de Bernardo Legarda, siglo XVIII. Colección Archivo de la Arquidiócesis de Popayán.

 

Uno de los retablos que se puede destacar como obra maestra del arte del Nuevo Reino de Granada es el retablo mayor de la Iglesia de San Francisco en Bogotá. A pesar de la modificación que sufrió a mediados del siglo XVIII, que cambió las tres calles centrales por una estructura rococó, la obra del arquitecto y entallador Ignacio García de Ascucha en lo relacionado con la traza arquitectónica, según contrato realizado en 1623, y la del maestro lego de la comunidad franciscana hasta hoy anónimo, a quien se le atribuyen los recuadros en talla de alto relieve, en conjunto se muestra un complejo dispositivo iconográfico y un virtuosismo de formas y acabados. Figuras grotescas representadas en mascarones, un híbrido entre lo humano y lo vegetal forman parte de las tallas del banco del retablo. Más arriba diferentes temas relacionados con la vida de Cristo como el regreso de la huida a Egipto, San Francisco en acto de oración, san Gerónimo penitente y el martirio de san Lorenzo, entre otras. En el siguiente nivel se dispuso una serie de recuadros con las santas mártires como Dorotea, Margarita, Úrsula, Apolonia y Águeda, entre otras. En el ático están los apóstoles. Es un trabajo que muestra claramente el arte de la época en el tránsito del siglo XVI al XVII.

Los púlpitos 

Uno de los lugares en el templo cristiano que tiene una gran significación en el ritual de la misa lo define el púlpito. En él se reúnen la palabra y la imagen como algunos de los recursos esenciales de la contrarreforma religiosa para afianzar la religión católica, desde donde se difundía la doctrina cristiana, por lo general adaptada a cada lugar y comunidad. 

En la tradición romana el pulpitum se reconocía como un tablado donde salían los coros de las tragedias a hacer sus representaciones, después y como parte de las prácticas religiosas cristianas el púlpito se estableció como una especie de balcón en forma cuadrada o redonda que se pone en las iglesias y se coloca a la altura adecuada para que pueda ser visto por todos. Sirve para predicar o para cantar la Epístola y el Evangelio. Igualmente esta especie de balcón también se utilizó en los centros de enseñanza como lugar distintivo que ocupaba el catedrático para enseñar.

Arco toral de la Iglesia de Santa Bárbara, Tunja. Tomado de: Henry Neiza Rodríguez, Álbum turístico de los monumentos nacionales de Boyacá. Publicación de la Gobernación de Boyacá - Fundación para la Conservación del Patrimonio Cultural “Funcores”. Fotografía de Henry Neiza Rodríguez

 

Desde el altar, y mirando hacia la nave central de la iglesia, la derecha es el lado del evangelio y la izquierda el lado de la epístola. El evangelio hace referencia a la vida, doctrina y obras de Jesucristo, contenidas en los cuatro libros, escritos por los cuatro evangelistas. La izquierda es el lado de la epístola, derivado de epistolar, relacionado con lecturas que se realizan antes del evangelio y, por lo común, se toma como modelo y recurso pedagógico como lo son algunas cartas de los apóstoles. 

En las iglesias que se levantaron en el Nuevo Reino de Granada no fue común tener dos púlpitos, uno para la lectura de la epístola y el otro para la lectura del evangelio. Desde finales del siglo XVI, por lo general, se ubicó uno solo en el lado izquierdo del altar o lado de la epístola, desde donde se llevaba a cabo la labor educativa y espiritual de la iglesia. Sin embargo, se dieron casos de templos con dos púlpitos como la iglesia del Convento de San Francisco en Bogotá (iniciada en 1557 y que se consolida en la primera década del siglo XVII) y la iglesia del pueblo de indios en Tópaga, construida por los jesuitas en 1632, como parte de su proyecto misional.

Los púlpitos se ubicaban junto al arco toral o próximo a él, sobre y hacia el lado de los fieles. Estos muebles pueden ser fijados al muro, en forma de cuerpo volado o tener uno o varios soportes de apoyo. Cada púlpito consta de un cajón cuya base puede ser de forma cuadrangular, octagonal, circular o poligonal, el cual funciona como una especie de balcón con antepecho constituido por tableros que conforman la cátedra. Para su ubicación elevada fue necesario un soporte a manera de columna u otro cuerpo tallado. La parte superior es rematada por un dosel que cumple con la función de tornavoz y se articula con el balcón por medio de un respaldo. Por último, se accede al púlpito a través de una escalinata siendo utilizada únicamente por cierta jerarquía eclesiástica. 

El púlpito es un mueble que se desarrolló plenamente a lo largo del siglo XVII cuya finalidad fue explicar y difundir la religión católica, permitiendo escuchar lecturas y sermones que se transmitían en voz alta impactando a los feligreses, no solo a través de la fuerza de la oratoria, sino también con la percepción de una elaborada ornamentación y una clara y directa iconografía.

Los púlpitos de la Iglesia de San Francisco en Bogotá, a pesar de las intervenciones que han tenido, conservan las imágenes esenciales. En los tableros del antepecho se reconocen los cuatro evangelistas quienes tenían la misión de difundir la fe cristiana, enmarcados por un derrame de hojas que culminan en ménsulas y coronados por una concha en forma estilizada. En los cielos del tornavoz se centra la representación del Espíritu Santo en medio de rayos luminosos. Rematan los doseles dos esculturas de bulto de gran tamaño, al lado derecho la de san Buenaventura y del lado izquierdo la del beato Juan Duns Scoto con la efigie de la Inmaculada Concepción, los dos, maestros de la escuela franciscana. Son imágenes que evocan la misión de la iglesia como replicadora de la palabra de Dios.

El púlpito de la Iglesia de San Ignacio es un ejemplo de refinamiento artístico. Está anclado a uno de los pilares de la nave y no tiene soporte al piso. Fue elaborado en madera con estructura de paneles sobre los que resaltan en alto relieve las figuras de los cuatro apóstoles y otras a media talla, todo policromado y dorado. En el respaldo se ubicó el cuadro de San Francisco Javier, obra del pintor Gregorio Vásquez Arce y Ceballos. En la parte superior, dominando el tornavoz, está la imagen del Espíritu Santo cuyo dosel remata en la escultura en bulto de un ángel con trompeta, quien parece estar anunciando la doctrina cristiana. Según estudios de la comunidad religiosa, el púlpito es una obra del arquitecto y ebanista alemán H. Diego Lusinchi (o Loassing), con excepción de la escalinata y la baranda que fueron elaboradas por el tallista Nicolás Vásquez. Todo el conjunto refuerza el sentido de la oratoria sagrada, fortalecida con la imagen de san Francisco Javier a través de su labor como misionero y predicador, pero también con la proyección de la palabra a los fieles por medio del Espíritu Santo.

Existieron otros púlpitos que sirvieron además para el debate de ideas filosóficas y temas morales como el púlpito que ayudó a construir a finales del siglo XVIII Francisco José de Caldas para la iglesia de Santo Domingo, en Popayán. Un mueble de línea neoclásica, sin imágenes cuyas superficies tratan de resaltar por imitación materiales pétreos. Un diseño libre de todo el aparato escenográfico, propio de la racionalidad de la ilustración.

Los coros

Coro de la Capilla Doctrinera de Cucaita, Boyacá. En está página, fotografías tomadas de: Henry Neiza Rodríguez, Álbum turístico de los monumentos nacionales de Boyacá. Publicación de la Gobernación de Boyacá - Fundación para la Conservación del Patrimonio Cultural “Funcores”.

 

Es la parte del templo donde se sientan los religiosos para cantar las horas canónigas y celebrar los divinos oficios, respondiendo al sacerdote que canta la misa en el altar mayor. Es por esto que tiene que existir una conexión directa física y visual con el altar. Así, el coro se concibió como un lugar protegido, cercado pero abierto hacia el altar mayor a través de lo que se llamó “la vía sacra”. 

En el proceso de involucrar a los fieles y permitir que estén más próximos en la acción litúrgica los coros fueron desplazándose hacia los extremos del templo: por encima del ingreso o en la cabecera del presbiterio. Este es el caso más común en la América hispana.

Cariátide del Sagrario. Capilla Doctrinera de Chivatá, Boyacá.

 

Todo coro posee un conjunto de sillas que están distribuidas en dos niveles formando una U, la cual se abre hacia la zona del presbiterio, hacia el altar donde se oficia la misa. Está constituido por dos hileras de sillas encadenadas, varios atriles, un facistol y uno o dos órganos. Las sillas se organizan en dos niveles, la sillería alta viene a ser la más elaborada y la que por jerarquía sobresale en el recinto y es ocupada por los clérigos con título de canónigos. La sillería baja ocupa el primer plano y se ubica a nivel del piso y la ocupan los capellanes y otros religiosos cantores. 

Se pueden destacar los coros de la Iglesia del Convento de San Agustín en Bogotá y la sillería de la Catedral Primada, esta última realizada por iniciativa del arzobispo Lobo Guerrero contratada por el padre del maestro ebanista Luis Márquez de Escobar en 1604 y terminada por este a partir de referentes artísticos de la escuela herreriana española. 

Relieve en policromía del sotabanco del Altar Mayor. Ermita de nuestra Señora de Chiquinquirá.

 

Los oficios relacionados con las obras artísticas de la iglesia

En la realización de los numerosos objetos artísticos que figuran al interior de una iglesia participaron profesionales de diferentes oficios como los pintores, plateros, carpinteros ebanistas, entalladores y escultores, doradores, sastres y bordadores, junto con todas las ramas que de ellos se desprenden que dan origen a trabajos asociados. La mayoría de estos objetos son resultado de la participación de dos o más artistas, pues en la hechura de un retablo el entallador realizó la estructura arquitectónica, el pintor los lienzos o las tablas de las imágenes religiosas, el escultor las piezas de bulto y el dorador el recubrimiento de todo el conjunto con pan de oro. 

Los artistas ejercieron su actividad profesional dentro de las comunidades religiosas y en los talleres que funcionaron en las diferentes parroquias de la ciudad. Cada uno de estos profesionales tuvo una formación especializada en el campo de la práctica y a partir de la obtención del título de maestro mayor, que lo autorizaba para ejercer el oficio, muy pocos se preocuparon por autoformarse en campos teóricos, siendo este saber de dominio de profesionales religiosos así como de algunos humanistas vecinos de la ciudad. 

Estos artistas, por afinidad en el trabajo, desarrollaron estrechos vínculos de cooperación independientemente de la existencia o no de un gremio y la gran mayoría se incorporó a una cofradía que no siempre estaba asociada a un oficio.

En la realización de las obras los artistas se rigieron por las ordenanzas bien sea de platería o de carpintería, utilizaron las trazas o dibujos y las estampas, como fuente de referencia para la creación y, en algunos casos, recurrieron a literatura artística como los tratados de pintura, algunos manuales técnicos y otras fuentes literarias. 

Referencias

1 El ara es la piedra consagrada.

2 La liturgia, según el Diccionario de Autoridades, es “la forma, rito y modo de celebrar el Santo Sacrificio de la Misa y los Oficios Divinos”.

3 Juan Jesús López y Guadalupe Muñoz. Altar Dei – Los frontales de mesas de altar en la Granada Barroca. Madrid: Fundación Universitaria Española, 2001.

4 Ibid., p. 35.

5 María Constanza Villalobos Acosta. Artificios en un palacio celestial. Retablos y cuerpos sociales en la iglesia de San Ignacio, Santafé de Bogotá, siglos XVII y XVIII. Bogotá: Instituto Colombiano de Antropología e Historia, 2012.

6 Alfonso Rodríguez G. De Cevallos y otros. Retablos de la Comunidad de Madrid, siglos XV a XVII. Madrid: Comunidad de Madrid, Dirección General del Patrimonio Histórico, 2002, p. 19.

7 María de Pilar López Pérez. “Reflexiones sobre la obra de Ignacio García de Ascucha, entallador, ensamblador y arquitecto. Santafé Nuevo Reino de Granada, primeras décadas del siglo XVII”. Revista Ensayos, No. 21, Bogotá: Instituto de Investigaciones Estéticas, Facultad de Artes, Universidad Nacional de Colombia, 2011.

8 Diccionario de Autoridades. Edición Facsímil, t. III. Madrid: Editorial Gredos, 1990.

9 Los evangelios, aunque son cuatro libros, en sustancia es uno solo porque todos contienen el mismo principio o naturaleza.

10 Fray Luis Carlos Mantilla Ruiz. El templo de San Francisco, Bogotá. Bogotá: Casa de La Purificación – Templo de San Francisco, 2010, p. 26.

11 Ver: Patricia Rentería Salazar. Arquitectura en la Iglesia de San Ignacio de Bogotá. Bogotá: Ed. CEJA, Centro Editorial Javeriano, 2001, pp. 109 y 110. También: Leonardo Ramírez Uribe S. J. La Iglesia Colonial de San Ignacio, Bogotá, Colombia. Medellín: Impreso en los Talleres Litográficos de Movifoto S.A. Sin fecha y sin numeración de páginas.

12 Ver Santiago Sebastián. Estudios sobre el arte y la arquitectura coloniales en Colombia. Bogotá: Corporación La Candelaria – Convenio Andrés Bello, 2006.

13 Lázaro Gila Medina (coordinador). La escuela del primer naturalismo, Andalucía e Hispanoamérica (1580-1625). Madrid: Arco Libros, 2010, pp. 545 a 549.