Alberto Lleras Camargo, viaja a recibir el premio Cabbott, otorgado por la Universidad de Columbia, en reconocimiento a las labores profesionales de los directores de los diarios y periodistas que contribuyen a la amistad entre las Américas. Noviembre de 1947.
Octubre de 2016
Por:
Leopoldo Villar Borda

1906-2006 EL SIGLO DE ALBERTO LLERAS

A cien años de su nacimiento, las lecciones políticas y éticas del estadista liberal mantienen su vigencia en un país que no ha dejado atrás las discordias, la violencia y la corrupción

Alumno de primaria en la Casa de Letras, la escuela bogotana donde empieza su educación formal en 1915, el pequeño Alberto Lleras tiene puesta su mente en algo más que las lecciones que recibe en el aula. Su madre, viuda desde un año atrás, lo ha llevado a conocer la imprenta y la biblioteca de su tío Santiago Lleras, en el parque Santander, y el estudio de otro tío, Fídolo González Camargo, el pintor de la familia, cerca de la casa alquilada que los Lleras habitan en la calle 12, en el barrio de San Victorino. Allí su imaginación infantil ha caído bajo el embrujo de las letras y los lienzos, que no lo abandonará jamás.

Estimulado por el tío Fídolo, Lleras envía un dibujo a un concurso infantil y este es publicado en Cromos, la revista que recoge la crónica social de la aldea grande que es entonces Bogotá. Y este hecho, como lo recordará sesenta años más tarde, define su existencia. “Porque el dibujo –escribirá después en Mi gente– era definitivamente malo, pero en cambio mi nombre en letras de molde me produjo imborrable impactación. Por allí, por esa vía, estaba mi confuso destino.”
 

Izquierda: Al dejar la presidencia, Alberto Lleras Camargo reasumió el periodismo y fundó la revista Semana. Caricatura de Franklin. Centro: En 1926, al cumplir las veinte años, el joven Alberto Lleras viajó a Buenos Aires con el fin de ocupar un puesto de periodista en el diarioLa Nación, lo que al fin logró. Derecha: 1931. Alberto Lleras contrae matrimonio con Bertha Puga Martínez, distinguida dama chilena, que lo sobrevive.

 

Estas frases de Lleras sintetizan, mejor que cualquier descripción, el leitmotiv de una existencia en la que se conjugaron, en forma excepcional, el periodista, el escritor, el político, el diplomático, el estadista... y también el pintor. De su vocación por las letras da testimonio su inmensa obra escrita (miles de textos periodísticos, discursos y conferencias, ensayos históricos y la admirable, aunque trunca, autobiografía), que contienen las ideas a las que consagró su vida. Las huellas de su pasión por la pintura están en los lienzos que trabajó en el ámbito privado, posiblemente poseído del mismo escepticismo que invadió al joven escolar frente a sus primeros dibujos.

Liberales de pura cepa

La múltiple vocación de Alberto Lleras (a la que también se puede agregar la de maestro) era un mandato de la sangre. Con excepción de su bisabuelo, José Manuel Lleras (primero de la familia en llegar a la Nueva Granada, en 1810), todos sus antepasados incursionaron en la literatura, el periodismo o la política. Su abuelo, Lorenzo María Lleras, fue secretario de Santander. Y aunque su padre, Felipe Lleras Triana, no fue intelectual, como sus hermanos, era un liberal de pura cepa, como todos ellos. Por cuenta de su militancia fue a parar al Panóptico, con centenares de presos políticos, a comienzos del siglo, cuando se vivían las secuelas de la guerra de los Mil Días.

En el hogar modesto donde nació el 3 de julio de 1906 y en las fincas sabaneras que administraba su padre, un hombre de campo, Lleras recibió la enseñanza de las primeras letras con suficiente solvencia para dar a los 8 años sus primeros pasos ‘periodísticos’. El pequeño hacía una hoja manuscrita, que le vendía a su padre. Cuatro años después, cuando la familia estaba radicada de nuevo en Bogotá y él había dejado la escuela primaria para iniciar el bachillerato en la Escuela Ricaurte, escribía en un pequeño periódico que hacían sus amigos Rómulo y Oliverio Lara. 
 

Izquierda: 1944. De izquierda a derecha, Alberto Lleras, el presidente Alfonso López Pumarejo y Darío Echandía, las tres figuras que enfrentaron y debelaron el cuartelazo de Pasto. Centro: 1946. El presidente Alberto Lleras en una reunión con el comité organizador de la Conferencia Panamericana. En el extremo derecho, Silvio Villegas y Eduardo Zuleta Ángel. Derecha: 1940. Alberto Lleras revisa la primera página de El Liberal, diario lopista del que era director.

 

Estos fueron los preámbulos de su aparición en 1921, a los 15 años, como colaborador de la revista Universidad, que editaba Germán Arciniegas y servía de núcleo al grupo de ‘Los Nuevos’: José Mar, León de Greiff, Luis Tejada, los hermanos José y Francisco Umaña Bernal, Luis Vidales, Jorge Zalamea y su hermano Felipe. Después vino la vinculación a La República, el diario fundado por Alfonso Villegas Restrepo, y luego a El Espectador y El Tiempo, donde se reveló tempranamente su genio periodístico.

A conocer el mundo

Pero el joven inquieto que sorprendía a todos con su habilidad innata para escribir se sentía “cautivo en los Andes” y quería conocer el mundo. En 1926, a los 20 años, va camino a Buenos Aires, la gran metrópoli del Río de la Plata, con el anhelo de escribir en La Nación, en cuyo suplemento literario han colaborado Rubén Darío y Miguel de Unamuno. Anhela realizar una obra de mayor alcance, como les ha dicho a sus amigos bogotanos al despedirse. Tal vez una novela. Nunca la escribe. Muchos años después, Gabriel García Márquez aludirá a esa vocación temprana al decir que Lleras fue “un gran escritor extraviado en la política”. 

En un primer intento no encuentra trabajo en Buenos Aires y sigue a Concordia, la pequeña ciudad entrerriana, réplica en miniatura de la gran capital federal, donde se acoge a la ayuda de un pariente. Allí escribe sus primeros editoriales para un periódico extranjero, por cuenta de los cuales sufre más de un dolor de cabeza. De vuelta a Buenos Aires, se vincula, al fin, a La Nación, y también a El Mundo, que lo envía a España para escribir una serie de informes sobre la Feria de Sevilla.
 

Izquierda: Washington, 1943. Siendo embajador de Colombia en Washington, Lleras fue elegido Director General de la Unión Panamericana. De izq. a der. Leo S. Rowe a quien sucede Lleras, Alberto Vargas consejero de la embajada de Colombia y Pedro de Alba, subdirector de la Unión. Centro: Mayo, 1947. Cena de despedida ofrecida por la Flota Mercante Grancolombiana en el Jockey Club de Bogotá, con motivo del viaje de Lleras a Washington.Derecha: Agosto 7 de 1942. Alberto Lleras, Esteban Jaramillo y Carlos Lleras, en la posesión de Alfonso López Pumarejo para su segundo gobierno.

 

El viaje a Europa abre la puerta a una carrera que se confundirá con la historia de Colombia en el siglo XX. En París se hallan, coincidencialmente, Alfonso López Pumarejo y Eduardo Santos, y Lleras va a visitarlos. Ambos le aconsejan regresar al país. Así lo hace, atraído por El Tiempo y también por la política. En el diario no solo gana el aprecio de Santos sino también de López, un contertulio frecuente de la redacción que ya gestaba en su mente la reconquista del poder para el Partido Liberal, después de medio siglo de hegemonía conservadora, con la elección presidencial de Enrique Olaya Herrera en 1930.

Ascenso vertiginoso

El tránsito del periodismo a la política es tan natural en Lleras como lo será el inverso 15 años después, tras completar su primer ciclo en la vida pública. Su itinerario es vertiginoso: secretario de la Dirección Liberal en 1929; concejal de Bogotá, elegido el mismo año como suplente de Jorge Eliécer Gaitán; representante a la Cámara en 1931 (el más joven hasta entonces) y luego presidente de la corporación; hombre de confianza de López Pumarejo en su camino a la Presidencia y, al llegar este al Palacio en 1934, su secretario, ministro de Gobierno y Educación, pero, ante todo, su principal consejero.

El trabajo al lado de López Pumarejo también le da la oportunidad de entrar al mundo de la política internacional, en el que se consagrará después como la figura diplomática más descollante del país y el campeón del panamericanismo. Todo comienza en 1933, en vísperas de la elección de López, cuando lo acompaña en la delegación a la Conferencia Panamericana de Montevideo y un año después, como miembro del gabinete, representa al país en la Conferencia Panamericana de Buenos Aires, en la que conoce al presidente Franklin Delano Roosevelt. 
 

Izquierda: Mayo, 1947. Alberto Lleras hace entrega al Juan Lozano y Lozano de la dirección deSemana. Derecha: Bogotá, abril de 1948. Salón central del Capitolio con lo delegados de los 21 países americanos. En promera fila de iz. a der. los representantes de Haití, Venezuela, Argentina, Colombia, las Naciones Unidas y Alberto Lleras de la Unión Panamericana.

 

Al concluir el gobierno de la ‘Revolución en Marcha’, se ha abierto una brecha entre quienes han sido sus dos jefes, López y Santos. Lleras ha acompañado con entusiasmo las reformas de López y se embarca en la campaña por su reelección en 1938, que no tiene el apoyo de Santos. Lo hace a la cabeza de El Liberal, que aparece como una continuación del periódico del mismo nombre fundado por Uribe Uribe en 1911 y dirigido por él hasta su trágica muerte en 1914. Y aunque desde allí libra más de una batalla con El Tiempo, a causa de la reelección, nada empaña su relación con Santos, que mantendrá toda la vida.

La artillería conservadora 

Cuando López Pumarejo llega por segunda vez a la Presidencia en 1942 y encuentra una férrea oposición conservadora, encabezada por Laureano Gómez, Lleras cumple un papel cada vez más decisivo en el gobierno. Primero en el Congreso y luego en el gabinete (al que regresa después de la embajada en Washington en 1943), ayuda al Presidente a enfrentar la artillería de sus enemigos políticos, alimentada por una sucesión de escándalos.

Primero es el asesinato del boxeador Francisco Pérez, alias ‘Mamatoco’, en un parque de Bogotá, por parte de miembros de la Policía, del cual se quiere culpar a López; luego las acusaciones contra Alfonso López Michelsen por la negociación de las acciones de la compañía holandesa Handel, propietaria de la mayor parte de Bavaria, congeladas a raíz de la ocupación alemana de Holanda; después la acusación de El Siglo al propio Lleras, a quien le atribuye haber trasladado el expediente del asesinato de ‘Mamatoco’ a un juez amigo, lo cual lleva al Ministro a demandar por calumnia a Gómez. Este es detenido por un día, el 9 de febrero de 1944, y hay desórdenes conservadores en las calles de Bogotá. Pero se ha comprobado algo sorprendente: Lleras ya tiene suficiente estatura política para desafiar al ‘Monstruo’, como se conoce al aguerrido y temido jefe conservador. 
 

Izquierda: 1947. Alberto Lleras, director de orquesta de la Unión Panamericana, según esta caricatura de Semana. Derecha: 1956. Con Laureano Gómez en Sitges durante las conversaciones para crear el Frente Nacional y poner fin a la dictadura militar.

 

El escándalo pasa, pero el malestar contra el gobierno continúa, hasta llegar a los cuarteles. En la madrugada del 10 de julio de 1944, durante un viaje de López Pumarejo a Pasto, el coronel Luis F. Agudelo y el capitán Olegario Camacho se presentan en la habitación del Hotel Niza donde se aloja el Presidente y lo detienen. El coronel Diógenes Gil se proclama como jefe de la rebelión. Entre tanto, en Bogotá el designado Darío Echandía asume la presidencia y Lleras emprende una ofensiva que resulta mortal para los amotinados. Su arma es el micrófono. Desde la Radio Nacional, en breves alocuciones a lo largo del día, destruye la revuelta con su sola voz.(véase Credencial Historia 193).

'La victoria a quien la obtenga'

Un año después, cuando López Pumarejo renuncia, el Congreso se reúne por solicitud del Presidente y elige a Lleras como primer designado para que lo suceda. En medio del tenso ambiente político, asume el poder con un discurso que lo pone por encima de las reyertas. Dice: “Los hombres de mi partido saben que el gobierno no hará nada para establecer en su favor el más pequeño privilegio o para mirar con lenidad cualquier abuso que se intentara cometer a nombre de una bandera que fue siempre de democrática pureza del voto. No habrá fuerza capaz de impedirme reconocer la victoria a quien la obtenga.”

No son palabras vacías. En el horizonte está la elección presidencial de 1946 y el Partido Liberal está pidido entre el ala radical de Jorge Eliécer Gaitán y la moderada de Gabriel Turbay. López, el jefe de tantas batallas, se declara neutral. Los conservadores, que han presenciado cuatro elecciones presidenciales victoriosas de los liberales, ven que ha llegado su gran oportunidad. Para asegurar la victoria, el viejo zorro de Laureano, sabedor de las resistencias que genera, se abstiene de postularse y apoya la candidatura de Mariano Ospina Pérez. La pisión liberal hace inevitable el resultado.

Lleras tiene entonces la ingrata misión de proclamar ante el país la caída de su partido del poder. La votación es elocuente: Ospina Pérez: 565.939. Turbay: 441.199. Gaitán: 358.957. Los liberales se han suicidado políticamente. No faltan, dentro del partido, quienes culpen injustamente a Lleras de haberlos abandonado. El 7 de agosto de 1946, Colombia presencia un espectáculo inverosímil: el de un Presidente limpio y demócrata que deja el mando en medio de los improperios de quienes le reclaman la caída de su partido. Pero el tiempo lo vindicará.

La acción administrativa 

Cuando termina su breve paso por la Presidencia, Lleras no solo ha demostrado sus raras dotes de orador, parlamentario y político, sino también de administrador. Esta faceta había brillado ya en la primera administración de López Pumarejo, cuando participó en la preparación de las grandes iniciativas impulsadas por aquel gobierno: la primera reforma tributaria, que estableció los impuestos directos y progresivos a las rentas, el patrimonio y las utilidades, antes inexistentes; la parcelación de tierras en beneficio de los campesinos pobres, preludio de la ambiciosa Ley 200 de 1936; y las reformas constitucionales destinadas a poner al día a un país donde, según sus palabras, todavía se olían los aromas de la Colonia.
 

Izquierda: Vote el 4 de mayo por Alberto Lleras. Derecha: Agosto 7, 1958. El Presidente Alberto Lleras y el Presidente del Senado, Laureano Gómez, en la posesión del segundo gobierno de Lleras Camargo.

 

Al asumir el mando, esta capacidad se traduce en otras realizaciones importantes, como la creación de la Flota Mercante Grancolombiana y el cambio técnico más profundo en la administración pública desde 1886, por el cual se suprimen dos ministerios y se crean seis departamentos administrativos dependientes de la Presidencia. Entre estos hay que destacar el de Planificación, que al volver a la Presidencia en 1958 convertirá en el eje de los planes económicos y sociales de la administración. 

Pero al periodismo no lo abandona, ni antes ni después del gobierno. Dos meses después de concluir su primer mandato, a los 40 años, vuelve al escenario con un nuevo tipo de publicación, la revista Semana, que presenta un panorama de las noticias al estilo de Time. La revista aparece el 28 de octubre de 1946 y está bajo su dirección hasta mayo de 1947, cuando viaja a Washington para asumir la dirección de la Unión Panamericana, la antecesora de la OEA.

La tragedia del Siglo

La elección de Lleras en la Unión es una sorpresa para Ospina Pérez, que apoyaba a Antonio Rocha, su embajador allí, para ocupar el cargo, vacante por la súbita muerte de Leo S. Rowe. Lleras es apoyado por la mayoría de las delegaciones porque ya es una figura conocida en el continente. Y la elección le viene como anillo al dedo, pues Washington le proporciona la distancia necesaria para preparar su retorno a la política cuando los ánimos se calmen en Colombia. 

Sin embargo, el incendio colombiano se intensifica en lugar de apaciguarse. Los liberales se quejan de la persecución oficial. Gaitán se erige en jefe indiscutible del partido y dos meses antes de la Novena Conferencia Panamericana llena la Plaza de Bolívar con una multitud silenciosa, que reclama un freno a la violencia oficial.

A fines de marzo de 1948, Lleras llega a Bogotá con un ejército de funcionarios de la Unión Panamericana, que se instalan en el Capitolio Nacional, sede de la conferencia. Allí está el 9 de abril a la 1 y 10 de la tarde, cuando llega, como un relámpago, la noticia de que han asesinado a Gaitán. En medio de los primeros gritos del pueblo enfurecido es llevado por un chofer de confianza a la casa de su amigo Eduardo Jaramillo Vallejo en Teusaquillo, y como miles de personas que se refugian bajo techo mientras arde la ciudad, es testigo de la peor catástrofe nacional en mucho tiempo. Cuatro días después sale de allí al Gimnasio Moderno, donde concluye la conferencia y se acuerda su elección como primer secretario general de la OEA.

'El partido de los patriotas'

En esta nueva etapa washingtoniana Lleras presencia de lejos la creciente tragedia colombiana, pero no es ajeno a ella. Cuando la ola de violencia política llega a extremos insospechados, envía un mensaje a los colombianos invitándolos a formar “el partido de los patriotas” para salir de la crisis. Es el 31 de octubre de 1949. El mensaje suscita una protesta oficial del gobierno de Ospina Pérez en la OEA. El encargado de transmitirla es Eduardo Zuleta Angel, el embajador en Washington, que más tarde será consuegro de Lleras. Este renuncia, pero el Consejo de la organización lo confirma en su cargo.

En noviembre de 1949 Ospina Pérez cierra el Congreso y Laureano Gómez es elegido sin oposición para sucederlo en 1950. La pugnacidad entre conservadores y liberales se intensifica y llega al punto de que el 6 de septiembre de 1952 son incendiados El Tiempo, El Espectador y las residencias de López Pumarejo y Carlos Lleras Restrepo. Todo desemboca en el golpe militar encabezado por el general Gustavo Rojas Pinilla el 13 de junio de 1953, que los liberales ven como una salvación pero que no tarda en volverse contra ellos (véase Credencial Historia 197). 

En agosto de 1954, cuando está clara la intención de Rojas Pinilla de ‘atornillarse’ en el poder (en ese mes, la Asamblea Constituyente que reemplaza al Congreso lo ha ‘reelegido’ hasta 1958), Lleras renuncia a la OEA y regresa a Colombia para impulsar la restauración de la democracia perdida. Se avecinan sus tiempos de gloria. Asume la rectoría de la Universidad de los Andes y desde allí restablece su contacto con la opinión pública, en la que su figura va recuperando prestigio a pasos agigantados.

El Frente Nacional 

El 3 de agosto de 1955 la Policía ocupa las instalaciones de El Tiempo e impide su publicación, por primera vez en 44 años y medio de existencia. La dictadura se quita la máscara. Entonces Lleras “baja de los riscos universitarios” (son sus palabras) y encabeza la lucha contra el régimen militar. El abrebocas es un homenaje a Eduardo Santos en el Salón Rojo del Hotel Tequendama el 23 de septiembre de 1955, en el que pronuncia uno de sus más vibrantes discursos, ante un auditorio que encabezan Santos, López Pumarejo y la viuda de Olaya Herrera.

El 6 de febrero de 1956 es elegido jefe del liberalismo y un mes más tarde, al posesionarse en Medellín ante la Comisión de Acción Política Liberal, que ha hecho las veces de dirección, es encargado de buscar un acuerdo con los conservadores para formar un gobierno de unión nacional cuando termine la dictadura. Viaja en julio a Benidorm (España), donde está Laureano Gómez, todavía vociferando contra Rojas Pinilla. Los dos antiguos adversarios firman el acuerdo que es el acta de nacimiento del Frente Nacional.
 

Izquierda: El presidente Alberto Lleras en una reunión de altas personalidades en el palacio de San Carlos. A la izquierda, Roberto Urdaneta Arbeláez; al fondo el presidente López Pumarejo conversa con el futuro presidente Guillermo León Valencia; de espaldas, a la derecha, Eduardo Santos. Derecha: 1956. En la Plaza de Toros de Santamaría, Alberto Lleras saluda a la multitud que lo aclama como a jefe del liberalismo. Sentada, a su lado, doña Berta Puga de Lleras.

 

La campaña periodística de Lleras desde las páginas de El Espectador y su incesante actividad proselitista, en la que es apoyado por un creciente número de colombianos, da sus frutos el 10 de mayo de 1957, cuando Rojas deja el poder en manos de una junta militar de cinco miembros, que se compromete a realizar elecciones en el término de un año. En ese lapso se perfeccionan los acuerdos políticos para constituir el Frente Nacional y estos son consignados en la fórmula plebiscitaria que los colombianos refrendan el primero de diciembre por una abrumadora mayoría. (véase Credencial Historia 201).

La gran víctoria

El triunfo del Frente Nacional es la culminación de la carrera política de Lleras. Postulado por Laureano Gómez como el primer candidato de la coalición bipartidista, es elegido por amplia mayoría el 4 de mayo de 1958. Pero no sin antes enfrentar otra jornada dramática, el 2 de mayo, cuando él y cuatro de los cinco miembros de la junta militar son detenidos por militares rebeldes, dirigidos por el coronel Hernando Forero Gómez, en un intento por despejar el camino para el regreso de Rojas Pinilla. Los encargados de apresar a Lleras no completan su misión por un error, y este desbarata la rebelión en cuestión de horas, como lo había hecho el 10 de julio de 1944, desde los micrófonos de la Radio Nacional. 
 

1961. El presidente Alberto Lleras recibe la visita del presidente estadounidense John F. Kennedy.

 

Ningún otro líder político colombiano ha utilizado tan magistralmente como Lleras el poder de la palabra, hablada y escrita. Así lo hace toda su vida, y en especial durante su segunda presidencia, que es histórica por varios motivos. El principal es que representa el retorno a la normalidad democrática, tras dos décadas de violencia política y una de dictadura; y el Presidente se encarga de garantizarlo, ejerciendo una cátedra permanente que refrenda con su ejemplo de probidad, austeridad y espíritu democrático. Pero con todo lo importante que es esta labor, no se limita a ella. 

Además, establece la carrera administrativa; promueve la rehabilitación de las zonas afectadas por la violencia; impulsa la primera ley de reforma agraria; dicta el primer plan nacional de desarrollo; pone la primera piedra de Ciudad Kennedy, junto con el presidente estadounidense, a quien recibe en Bogotá el 17 de diciembre de 1961; y enfrenta una vez más el desafío de Rojas Pinilla, que regresa para el juicio que le abre el Congreso en septiembre de 1958 y que concluye en el mes de marzo siguiente con el despojo de sus derechos políticos, restablecidos años después por la Corte Suprema de Justicia.

El ejemplo no muere

Cuando Lleras abandona el poder por segunda vez en 1962, su prestigio en el país y en el exterior no tiene paralelo con el de ninguno otro de los presidentes de Colombia. Hay múltiples razones para que así sea. En el plano interior, ha sido actor de primera fila en los dos procesos políticos de mayor alcance y raigambre popular durante el siglo XX: la Revolución en Marcha y el Frente Nacional. Y aunque ha ostentado hasta el último día su condición de liberal, ha sido, sobre todo, un abanderado de la concordia y el entendimiento en una nación agobiada por las discordias y la violencia política.

En el exterior, ha sido protagonista en los dos acontecimientos más importantes de la centuria: la creación de la OEA y la fundación de las Naciones Unidas en la conferencia de San Francisco de 1945, en la que ha representado a Colombia al lado de los principales líderes del mundo. 

No es extraño, por esto, que hasta cuatro años antes de su muerte, el 4 de enero de 1990, ejerza una influencia decisiva en la elección de todos los presidentes del Frente Nacional y, más tarde, en la de los siguientes mandatarios liberales: López Michelsen, Julio César Turbay y Virgilio Barco. Todos lo escuchan y consultan, porque aprecian su visión, sabiduría y honradez. No en vano uno de ellos dice que Lleras es “la brújula moral” de la nación. Y debe seguir siéndolo, porque las enseñanzas que se desprenden de su vida no pierden vigencia por su desaparición física. Al contrario, cobran cada día más actualidad en un país que, a cien años de su nacimiento, no ha dejado atrás las discordias, la corrupción y la violencia.