Tras sólo diez años de existencia, ¿el euro y la unidad económica del viejo continente llegarán a su fin? ¿O, más bien, conseguirán recuperarse de la crisis y demostrarle al mundo su poder? Un avezado economista reflexiona sobre el futuro de un gigante que cada vez parece más enfermo.

Por Mauricio Reina
 

(Fotografía AFP)

Hace diez años se hizo realidad el sueño de millones de europeos: en enero de 2002 empezó a circular el euro. Constituía un paso fundamental hacia la anhelada unión económica de la región, que debía sentar las bases para una Europa más próspera y con mayor influencia internacional.

¡Qué cumpleaños más amargo! Una década más tarde, el sueño de la Unión Europea parece estar a punto de romperse. El primer síntoma fue la crisis de solvencia de Grecia, que dio pie para que los europeos del norte miraran con desdén a sus vecinos del sur. La desconfianza se extendió hacia Irlanda, Portugal, España e Italia, y cuando finalmente alcanzó a Francia y Alemania quedó claro que la unión de los países europeos podría conducir a su naufragio.

En los últimos meses han caído varios gobernantes acorralados por la crisis, desde Papandreu hasta Berlusconi. Los mandatarios de los países más grandes de la región han liderado varios esfuerzos infructuosos para enderezar el rumbo. La pareja dispareja de Ángela Merkel y Nicolás Sarkozy ha anunciado varias ‘soluciones definitivas’ que terminan desbordadas por la gravedad de los hechos. El acuerdo más reciente se logró a comienzos de diciembre pasado, y aunque sus efectos están por verse, muchos temen que sólo sea otro paso hacia el abismo.

El problema es más grave de lo que se ve desde estos lares. La desaparición de la moneda común haría que la zona económica más integrada del mundo estallara en pedazos, sumiendo al resto del mundo en una crisis financiera mayor que la de 2008.

Una buena idea (con problemas)

Ante semejantes riesgos, muchos se preguntan si la creación de la moneda única fue una mala idea. No hay tal: constituía la evolución natural de la integración que los países europeos habían buscado desde mediados del siglo pasado. Los beneficios del comercio se habían visto limitados por los vaivenes de las monedas nacionales, que alteraban artificialmente la competitividad de los países socios. La solución era una moneda única que eliminara la incertidumbre generada por los movimientos de las tasas de cambio. El euro debía convertirse en un ancla que daría estabilidad a los países de la región y al desarrollo del comercio.

Pero una unión monetaria conlleva dificultades. Los países que ingresan a ella no tienen una moneda propia y no pueden usar la devaluación para estimular las exportaciones en épocas de recesión. Las economías que comparten una moneda se vuelven parte de una familia, cuyo apellido les da o les quita prestigio ante el mundo. De le noche a la mañana el sistema financiero empezó a ver a la zona euro como un sólo ente económico, en el que los pecados de los desjuiciados eclipsan las virtudes de los disciplinados.

Para que una unión monetaria funcione se requiere que todos sus miembros tengan más o menos la misma disciplina fiscal y un avance relativamente homogéneo de su productividad. Pero el euro nació y creció sin que se cumplieran esas condiciones. Países como Grecia cultivaron jugosos déficits fiscales con abundancia de préstamos internacionales, buena parte de ellos de bancos alemanes y franceses. Se abrió una brecha de competitividad entre los países del norte y los del sur (rezagados en productividad y generosos en beneficios laborales). Esa divergencia generó excesivas importaciones del sur, financiadas en gran medida por bancos del norte. De esta manera, varias economías europeas han acumulado excesivas deudas cuyo pago hoy es incierto.

Los países europeos aún pueden salvar su unión monetaria con varias medidas. La buena noticia es que algunas de ellas hacen parte del acuerdo logrado en diciembre pasado; la mala es que otras decisiones claves han sido ignoradas.

Es prioritario que las economías excesivamente endeudadas puedan honrar sus obligaciones, y para ello deben apretarse el cinturón, pero también deben crecer para tener con qué pagar. La solución acordada en diciembre hace énfasis en el primer punto y soslaya el segundo. La fórmula promovida por Ángela Merkel establece que, a más tardar en marzo de 2012, los países deberán adoptar normas que garanticen su austeridad fiscal, pero no contempla qué hacer si ese apretón llegara a sumirlos en una recesión tan profunda que no tuvieran recursos para pagar.

Mientras las economías en dificultades ponen su casa en orden, se debe evitar que afecten a todo el vecindario. Para restablecer la confianza en los países europeos es necesario que haya fondos suficientes para aquellos que los requieran de emergencia. Eso exigiría el fortalecimiento del llamado Fondo de Estabilidad Financiera, o una decisión del Banco Central Europeo de prestarles directamente a los gobiernos. En la fórmula acordada en diciembre se prevé un fortalecimiento del Fondo, pero con una suma insuficiente para atender las necesidades potenciales de países grandes como Italia y España. Entre tanto, el presidente del Banco Central, Mario Draghi, aún no da señales de aceptar la compra directa de deuda de los países con problemas. Una vez más se impone la posición del gobierno alemán, que teme que esa medida pueda disparar la inflación europea en el mediano plazo.

Los países rezagados en productividad y generosos en beneficios estatales deben hacer reformas para superar sus dificultades. Sólo un revolcón al mercado laboral y a las políticas asistencialistas puede garantizar un crecimiento estable en una unión monetaria que exige disciplina fiscal y elimina la posibilidad de devaluar. Habrá que ver qué hacen los nuevos líderes de Grecia, Irlanda, España e Italia, que deben convencer a sus pueblos de aceptar más tragos amargos.

Como la Zona Euro está lejos de lograr todos estos objetivos, en los próximos meses vendrá más de lo que hemos visto hasta el momento: nuevas crisis seguidas por ‘soluciones integrales’ que duran hasta la crisis siguiente. Es posible que en ese camino los políticos se convenzan de que para superar la enfermedad hay que tomar todos los remedios al tiempo. Pero si eso no sucede, habrá que agarrarse duro.
 

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