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11 de Enero de 2012 - 3:29 pm

Todo lo que usted quería saber sobre Les Luthiers

Cuarenta años después, su biógrafo oficial revela su secreto, que no es más que talento + trabajo.
 

Por Daniel Samper Pizano.

(Ilustración Juan Carlos Nicholls.)

¿Qué tiene Daniel Rabinovich que no tenga Marcos Mundstock? Respuesta: nietos.

¿Qué le falta a Marcos Mundstock que le sobre a Carlos López Puccio? Respuesta: pelo. 

¿Qué le resulta indiferente a Carlos López Puccio que tampoco le interese a Jorge Maronna? Respuesta: el fútbol. 

¿Qué es lo que Jorge Maronna se come à la bourguignonne y Carlos Núñez Cortés colecciona en vitrinas? Respuesta: caracoles. 

¿Y qué es lo que tienen en común Carlos Núñez Cortés, Jorge Maronna, Carlos López Puccio, Marcos Mundstock y Daniel Rabinovich? Respuesta: que son integrantes de Les Luthiers, el grupo de humor musical más famoso del mundo. 

Les Luthiers celebraron sus primeros 40 años con ferias y fiestas en Buenos Aires. Durante los meses de agosto y septiembre se realizaron exposiciones (una de ellas continuará hasta el 15 de octubre), mesas redondas, conferencias, lanzamientos de libros y otros certámenes luthieranos. La coronación iba a ser un concierto gratuito, masivo y al aire libre, pero el mal tiempo conspiró contra el público y fue preciso aplazarlo para noviembre.

El quinteto que más hace reír en lengua española no es solo un conjunto artístico capaz de producir cada dos años un espectáculo original y desopilante –término que usan los argentinos como sinónimo de morirse de la risa–, sino que también se trata de una sólida empresa comercial. Sus giras por España agotan taquillas con meses de anticipación y sus temporadas en Buenos Aires llenan el Gran Teatro Rex durante semanas. Si hubieran querido vender muñequitos parecidos a ellos, montar una industria de camisetas, alquilar su marca a una fábrica de chocolates o formar subgrupos de imitadores y repartirlos por el mundo con su sello, habrían podido hacerlo.

Pero no les interesa. Están chapados a la antigua. Aún miran con sospecha los discos y solo acceden a grabar devedés porque piensan que algún día sus nietos podrán observar en una pantalla las gracias que hacían sus abuelos en el escenario. Lo suyo son las presentaciones en vivo, las tablas, la música en directo, el calor de los reflectores, el intercambio de guiños con el público. A lo más que han accedido, por ruego de su representante Lino Patalano, es a ofrecer funciones en estadios y gimnasios cubiertos. Antes preferían las salas acogedoras de baja capacidad y los teatros pequeños.

Todo empezó con un chiste

En el fondo, siguen siendo unos estudiantes mamagallistas, como hace 40 años, cuando nacieron como grupo musical el 20 de septiembre de 1967. La gestación se había producido tres años antes (el embarazo de esta clase de criaturas tarda a veces mucho más que el de un elefante). Ocurrió en el Festival Universitario de Coros celebrado en La Plata (Argentina). Aparte de conformar orfeones muy serios que competían entre sí con interpretaciones de Schumann, Haendel, Bach y otros muchachos de siglos anteriores, los estudiantes aprovechaban las horas libres para compartir un par de cervezas, un par de empanadas, un par de guitarras y medio par de pianos. 

Uno de esos alumnos, el pichón de arquitecto Gerardo Masana, resolvió ir un poco más allá y montar una ópera en broma con sus compañeros del respetado coro de ingeniería de la Universidad de Buenos Aires. Il figlio del pirata, partitura que descubrió en el baúl de un abuelo aficionado al teatro, tuvo un éxito extraordinario como cierre informal del certamen del 64. Pasaron tres festivales más, durante los cuales se hicieron cada vez más fascinantes los montajes en chacota. Los estudiantes se esmeraban en hacer reír a sus compañeros después de las difíciles actuaciones serias. El público respondía encantado y hasta la prensa empezó a ocuparse de las obras en chiste. 

Como resultado, algunos universitarios de Buenos Aires acabaron por ensamblar un grupo para tocar en la capital. Fue bautizado I Musicisti, y lo conformaban diez estudiantes de diversas disciplinas que interpretaban unos extraños instrumentos inventados por el infatigable Masana. Los desmelenados años 60 eran propicios para esta clase de novedades, y el Instituto Di Tella, un reputado centro cultural porteño, no tuvo reatos en acoger a I Musicisti. 

Muy pronto, lo que había surgido como una broma estaba atravesando una curiosa adolescencia: se había convertido en un oficio interesante, aunque aún distaba de ser una profesión lucrativa. Como en toda adolescencia, no tardaron en aparecer los dolores del crecimiento. Surgieron las distintas opiniones, los roces, los enfrentamientos, la codicia –sí, ese feo pecado– y una noche, la del 4 de septiembre de 1967, Masana resolvió montar toldo aparte. Le había molestado (“hinchado las bolas”, fue su expresión exacta) la idea de recompensar con puntos a quienes, según determinados criterios, trabajaran más; él siempre imaginó que, primero que todo, eran unos cuates en trance de divertirse y de repartir ganancias por igual, si las había; no concebía que le aplicaran técnicas de gerencia capitalista a una pandilla de amigotes. 

Al disidente Masana se unieron esa misma noche tres más de los nueve restantes miembros de I Musicisti: el estudiante de derecho Rabinovich (23 años), el estudiante de matemáticas Mundstock (24) y el estudiante de medicina Maronna (19). Antes de disolverse para siempre, el grupo mayoritario se quedó con el nombre y con la temporada en el Di Tella.

Acaba de constituirse en Buenos Aires…

Tres semanas después, una humilde nota de prensa recogía lo que revestía simpático aspecto de travesura juvenil destinada a morir en poco tiempo: “Acaba de constituirse en Buenos Aires el conjunto de instrumentos informales Les Luthiers. Se trata de una agrupación de música-humor formada por cuatro ex integrantes de I Musicisti.” A continuación aparecían los nombres de los fundadores y una explicación adicional: “Les Luthiers tocan instrumentos inventados y construidos por sus propios integrantes”. Terminaba con una referencia pomposa a su “taller de San Telmo”, que no se la creían ni ellos mismos.

En el curso de los siguientes días los cuatro rebeldes sedujeron e incorporaron al equipo a otro musicisti, el estudiante de química Carlos Núñez Cortés, experto en fabricar ácido acetilsalicílico, aporrear teclados y coleccionar caracoles. Ya eran cinco. Más tarde se sumó otro arquitecto, Ernesto Acher, que se retiró en 1986; también un músico profesional, Carlos López Puccio (el del pelo blanco), que entró en 1970 y se quedó para siempre. Pero en noviembre de 1973 falleció el alma del conjunto, Gerardo Masana. Fue una prueba durísima para el grupo, que la supo sortear pero aún evoca a Masana y le rinde tributo como padre del invento.

Para entonces la broma había pasado a ser un oficio, y el oficio, una profesión. Algunos integrantes de Les Luthiers se retiraron definitivamente de sus actividades habituales, como carreras universitarias (el fracasado aspirante a médico Maronna), bufetes (el notario Rabinovich) o empleos estables (el laboratorista Núñez). Otros, como el locutor Mundstock y el músico López Puccio mantuvieron algunos vínculos marginales con la locución radial y la dirección de coros. 

Con el tiempo, algunos ensayaron otras líneas: han escrito libros Maronna, Rabinovich y Núñez, ha compuesto música Maronna, ha actuado en cine y en campañas publicitarias Mundstock, ha actuado en televisión y fracasado como ganadero Rabinovich

Pero todos son antes que todo luthiers. Como si fuera poco, en 1977 contrataron los servicios como asesor creativo de Roberto Fontanarrosa, mejor conocido en los bajos fondos de la ciudad de Rosario como El Negro. Dibujante, escritor y humorista genial, Fontanarrosa aportó desde entonces y hasta su reciente fallecimiento chistes, situaciones y personajes a los espectáculos de Les Luthiers. El grupo tuvo el buen tino de nunca pedirle música. En las celebraciones del cuadragésimo año, habrá un lugar especial reservado para la memoria de este personaje que fue amigo entrañable de todos ellos y originalísimo colaborador.

T + T

¿Se imaginan que el compañero de colegio encargado de organizar la becerrada de fin de año terminara convertido en Manolete? ¿Han llegado a pensar que el empleado de contabilidad que escribe poemas para la fiesta empresarial del Día de la Madre pudiera ganar el Nobel de Literatura? ¿Se les ha ocurrido que la comedia familiar que montaba con sus primos para el cumpleaños de la abuela fuera llevada al cine y obtuviera un Oscar?

Bueno, pues eso es lo que les ha ocurrido a Les Luthiers. Cuando montaron la bromita esa del violín fabricado con una lata de sardinas, la zampoña elaborada con probetas y la cantata en que se proclaman las ventajas de Laxatón para el tránsito intestinal no se imaginaban que casi medio siglo después, con más kilos y muchas más canas, iban a ser ídolos en todos los países de habla hispana. Es más: si alguien les hubiera augurado que el gobierno de España los iba a condecorar con su más alta orden –la medalla Isabel la Católica– por las cualidades aglutinantes y pacifistas de su humor, se habrían partido de la risa y habrían compuesto un pasodoble para burlarse del pronóstico. 

Pero la historia demuestra que estaban equivocados. En las cuatro décadas transcurridas desde que iniciaron su improbable aventura mamagallista han estrenado 32 espectáculos, construido e interpretado 38 instrumentos informales, compuesto cientos de canciones, recorrido tres continentes (España es meca anual de varias giras y una vez actuaron en Israel), creado decenas de personajes entre los que sobresale el compositor Johann Sebastián Mastropiero y provocado carcajadas en vivo a más de 7 millones de personas. 

El secreto de su éxito es muy sencillo: T + T. Talento más trabajo. A su innato ingenio agregan muchas horas de ensayos, dedicación, perfeccionismo y rigor profesional.

Todo sobre Les Luthiers. O casi todo.

El hecho de que Les Luthiers escogieran como su historiador oficial al firmante de este artículo –honor que confiere “gloria inmarcesible”, como dice el himno nacional de Colombia– me ha permitido escribir un libro sobre ellos cuya segunda edición, corregida, aumentada y madurada, se lanzará en Buenos Aires: Les Luthiers de la L a la S. 

Las indagaciones realizadas para esta magna obra exigieron un conocimiento íntimo –pero casto y decente– de los luthiers y de quienes los siguen apasionadamente en muchos países del mundo. Gracias a ello he podido determinar los temas que más curiosidad pública despiertan y las preguntas que con más frecuencia les formulan.
Aquí van, resumidas, unas y otras:

¿Son amigos entre sí?
– Lo son. Pero es una camaradería muy bien administrada, que no atosiga, perturba, acosa ni incomoda. Rara vez acuden los cinco a comer, pasear o bailar. Cada uno lleva su vida independiente. Incluso, cada uno tiene su propia mujer y sus propios hijos. El que quiera verlos juntos tiene que buscarlos en el escenario. 

¿Son en la vida real tan graciosos como parecen en el espectáculo?
– Lo estereotípico sería que se tratara de gente muy animada en las tablas pero tristona fuera de ellas, como el famoso poema sobre Garrick. Ya se sabe: el payaso triste. Pero no, todos tienen mucho sentido del humor, se divierten juntos y uno se divierte con ellos. 

¿Es verdad que necesitan la ayuda de un psiquiatra?
– Sí y no. Para empezar, los argentinos se dividen en dos: los siquiatras y los que van al siquiatra. Durante más de veinte años, a partir de 1973, contaron colectivamente con la ayuda del doctor Fernando Ulloa. Gracias a él establecieron mecanismos para dirimir diferencias, manejar situaciones difíciles y buscar salidas a los problemas. El éxito de Ulloa no solo se refleja en que mantuvieron la unidad pese a las dificultades, sino en que ya ni siquiera requieren sesiones psiquiátricas.

Dice usted que “mantuvieron la unidad pese a las dificultades”. ¿Acaso han tenido dificultades?
– Pues claro. Todo matrimonio encuentra tropiezos y, si es un matrimonio de cinco cónyuges, encuentra cinco veces más tropiezos. Hasta la Virgen Santísima y San José tuvieron dificultades (Mateo, 1, 18-24).

¿Oh, sí? ¿Y qué grado de dificultades?
– Las de Les Luthiers, muy severas, porque su método de trabajo es perfeccionista, muy autocrítico y de descarnada sinceridad. Todo esto se convierte en caldo de tensiones, y más entre artistas de éxito –que tienen un ego bastante gordo– y aún más si son artistas argentinos. El psiquiatra ayudó a que no se dieran cuchilladas, como los compadritos arrabaleros que pinta Borges en sus tangos y milongas. Dice Carlos López Puccio: “Las peleas eran brutales en el 73, terribles en el 79 y tolerables en el 89”. 

¿Siguen las peleas?
– Aún aparecen ocasionales diferencias, por supuesto. Pero ya no solo son unos artistas geniales que se necesitan mutuamente sino, además, unos protoviejitos que se quieren. Y que cada vez más se necesitan mutuamente. La lección que Les Luthiers nos dan a todos es que lo importante no huir de los problemas, sino saberlos solucionar. Por eso llevan cuarenta años juntos. 

¿Han pensado alguna vez en disolver el grupo?
– Que yo sepa, no. Con decirle que ya están planeando los festejos con que celebrarán las Bodas de Oro de Les Luthiers en 2017. Allá estaremos. 

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