Acaba de cumplir 70 años el hombre que, si bien no puede moverse ni hablar, le ha hecho entender a la humanidad, como ningún otro, los misterios del universo. Retrato de un genio que retó a la medicina: le diagnosticaron tres años de vida cuando cumplió 21 y sigue campante, generando polémicas con sus teorías. 

 Por Ricardo Silva Romero

(Fotografías AFP.)

De puertas para afuera: Stephen Hawking está en todas partes. Sus libros de divulgación científica se regalan de Navidad, sus poderosas sospechas sobre lo que ha ocurrido en la tras escena del universo desde el principio de los tiempos estremecen de tanto en tanto a la academia global y su icónica figura en silla de ruedas aparece en los lugares menos pensados (en una estatua de bronce en Cambridge, en una comedia de Hollywood, en un capítulo de Los Simpson) como el símbolo de las posibilidades del cerebro humano. Tiene sobre los hombros todos los honores que uno pueda imaginarse. Tiene al lado de su nombre todos los títulos que puede conseguir un ser humano. Su cuerpo está paralizado por cuenta de una enfermedad que padece hace cincuenta años. Pero si por fin vinieran los monstruosos extraterrestres que imagina, y hubiera que elegir a alguien para que negociara con ellos la paz, sin duda él sería nuestro representante.

De puertas para adentro:

El biólogo Fran Hawking se llevó a Oxford a su esposa Isobel para que tuvieran a su primer hijo lejos de las bombas nazis que caían a unas cuadras de la casa. Y Stephen nació el 8 de enero de 1942. Creció en paz. Tuvo tres hermanos que siempre lo miraron “como a un gigante”. Tuvo un cuerpo de pie. Tuvo una voz. Su energía inmensa le hizo difícil, en los largos años de la primaria, convertirse en aquel alumno “más destacado” que tendría que haber sido para efectos de esta historia. Pero aprendió a amar las matemáticas en St. Albans, su colegio, por culpa de un profesor de origen armenio llamado Dikran Tahta. Y cuando llegó el día negro de escoger una carrera escogió cursar Física en la Universidad de Oxford, en donde estudió su padre. Y fue entonces que comenzó a hacer gestos de genio: podría decirse que hizo el camino de la física a la astronomía por sus propios medios.

Punto de giro: 

Fue en el Trinity College, hacia finales de los años sesenta, cuando se le diagnosticó “esclerosis lateral amiotrófica”. Montaba a caballo. Soltaba carcajadas. Remaba para combatir “el profundo aburrimiento que trae adentro la academia”. Pero un día, cuando ya lo señalaban con el dedo por su brillantez, se fue al suelo en plena universidad para darse cuenta de que su vida iba a volverse una carrera contra el tiempo. Una carrera que ha ganado: su cuerpo se fue volviendo de piedra con el paso de los días (en 1974 dejó de moverse, en 1985 perdió la voz para siempre) pero, con la ayuda de una serie de máquinas sofisticadas que lograron convertir sus ideas en palabras, no sólo fue capaz de formular teorías que nos han hecho ver el universo como un misterio a punto de ser descifrado, sino que consiguió montar lo que él mismo llama “una familia sumamente atractiva”.

 

Talón de Aquiles:

Llevó al extremo la teoría de la relatividad de Albert Einstein. Pudo describir un agujero negro. Concluyó que no sólo hay vida extraterrestre sino que conviene no estar cerca de ella. Y convertido en una celebridad por cuenta de sus prestigiosas demostraciones académicas, y convencido de que “todo el mundo tiene derecho a saber qué está pasando con el universo”, se dedicó a publicar libros de divulgación científica que siguen vendiéndose como novelas de moda. Breve historia del tiempo (1988), el primero de una exitosa cadena de volúmenes que describen los vaivenes del mundo físico, estuvo en las listas de los más vendidos durante cinco años seguidos. Se divorció en 1991 de su primera esposa, Jane Wilde, “porque la fama se lo traga todo”. Cumple veinte años de casado con su enfermera: Elaine Mason. El único 'pero' que le pone a la vida es que se pierda tanto tiempo en mitos: tanto Dios como el cielo, dice, “son historias de gente que teme a la oscuridad”.

 

Noticia de última hora:

A los 21 años, cuando aún era un universitario en busca de cualquier biografía, Hawking no sólo tuvo que encarar la esclerosis que se le ha venido tomando cada centímetro del cuerpo, sino que se vio obligado a escuchar la sentencia “le quedan, por mucho, tres años de vida” en la voz de los científicos en los que ha creído ciegamente. Y, contra todos los pronósticos, cumplió 70 años el pasado 8 de enero. Esa fecha, dice el astrólogo Gary Goldschneider, se conoce entre los profesionales del zodiaco como “el día de la gran explosión”: “porque quien nace ese día se pasa los días produciendo ‘big bangs’ microcósmicos”. Hawking le ha explicado al mundo qué es el mundo. Su fe ha sido la ciencia. Pero que exista la posibilidad de que su paso por la vida tenga más de Dios que de azar, más de destino astrológico que de giro cósmico de física, no deja de tener algo de gracia.

Anatomía: Nombre: Stephen William Hawking. Nacimiento: 8 de enero de 1942 en Oxford, Inglaterra. Publicaciones: Breve historia del tiempo, El universo en una cáscara de nuez, El gran diseño. Premios: Medalla Albert Einstein (1979), Premio Príncipe de Asturias (1989), Medalla de la libertad (2010).
 

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