Ahora, cuando el Rey de España se ve metido en un nuevo escándalo por tener un hobby tan políticamente incorrecto como cazar elefantes, y la Reina de Inglaterra cumple 60 años sin moverse del trono, la pregunta vuelve a flotar en el ambiente: en pleno siglo XXI, ¿para qué sirven las alrededor de 26 monarquías que quedan en el mundo?

Por Juan Esteban Constain
 

(Foto: AFP)

La figura de Stuart Hill se hizo famosa en Inglaterra hace más de diez años cuando su nave, un yate construido por él mismo en el garaje de la casa, naufragó aparatosamente cerca de Sunderland en el norte, arriba de Newcastle. Toda la nación había seguido en vilo, por las noticias y la televisión, los extravíos de este orate, este nuevo Odiseo que un día decidió dejarlo todo, empezando por su esposa, y se fue a la mar para darle la vuelta a la Gran Bretaña en un barco hecho por sus propias manos. Al principio el tema parecía sólo eso: un chiste, una aventura que pronto tuvo a la gente de su lado entre aplausos y miradas de asombro. Pero con los días el agua se fue picando, en el verdadero sentido de la palabra, y el pobre Hill apenas se veía a lo lejos, colgado de su mástil, amarrando las velas, dando tumbos de aquí para allá hasta el naufragio final que se produjo cuando unos riscos frenaron el paso del valiente capitán. Así lo llamaron los ingleses, de hecho: el Capitán Calamidad. Y nadie volvió a saber de él hasta principios del 2008 cuando la prensa dio a conocer su nueva ocurrencia, la fundación de un reino en un oscuro y encostrado peñasco al lado de las islas de Shetland en Escocia. ¿Cómo lo iba a hacer? Pues haciéndolo, tomando posesión de ese islote en medio de la nada que, según sus propias palabras, se lo había regalado en un bar su verdadero dueño, un anciano sin dientes que le entregó el título de propiedad luego de perder la última mano en una partida de póker. 

Así fue como Stuart Hill se proclamó señor de Forvik, con tan buena suerte que salió a desmentirlo el portavoz de la propia reina Isabel II, dándole entonces legitimidad y reconocimiento político, notoriedad, propaganda; graduándolo como enemigo y usurpador. Y como el islote no se llamaba de veras Forvik sino Forewick Holm, el Capitán Calamidad tuvo un inesperado triunfo jurídico al oír cómo la corona británica usaba su nombre inventado y no el que históricamente aparecía en los mapas y en los registros catastrales de Su Majestad. “Forvik pertenece sólo al Reino Unido”, dijo el insensato portavoz sin darse cuenta del alcance de sus palabras; sin saber que así estaba reivindicando de hecho los actos de posesión de Stuart Hill I como nuevo rey de los mares del norte. Y si ustedes van a la página oficial (www.forvik.com) de ese pequeño pero valiente y digno Estado, encontrarán que desde su fundación en 2008 ha progresado mucho y que su soberano no se ha dormido en los laureles. No, claro que no. Al revés: ha trazado un ambicioso plan de explotación petrolera, y ha repartido algunas ciudadanías honorarias además de las miles que ha vendido, por Internet, a 20 libras esterlinas cada una. Tiene bandera, escudo, himno, y una camiseta oficial en la que aparece el propio Hill señalando hacia adelante y diciendo “¡te quiero a ti!”, como si fuera Lord Kitchener o el Tío Sam. Le han declarado la guerra varias veces pero inútilmente, y su última noticia busca aplacar aun a sus más obstinados enemigos: desde la clandestinidad, desde alguna caverna, Forvik tiene ya una agencia espacial, y pronto, muy pronto, podrá lanzar al espacio exterior una de sus naves de garaje.

Lo curioso es que Stuart Hill no es el único monarca que pareciera estar legitimado hoy por la vía del delirio, porque todos los demás, de alguna manera, también lo están. La monarquía en estos tiempos democráticos es un acto de locura, una invención nostálgica y poética y simbólica; todo reino acaba siempre por ser la Ínsula de Barataria, ese es su destino en la Modernidad. Desde el Principado de Liechtenstein hasta el Gran Ducado de Luxemburgo, desde el Reino de Dinamarca hasta el Reino de España o el Reino de Bután; viejos fantasmas cuyo cuello logró escapar con esfuerzo y pavor a la Revolución Francesa, y que hoy parecen tan irreales (valga el adjetivo contradictorio) como la Isla de Redonda en que gobierna el escritor Javier Marías, o como esa base militar abandonada en el Mar del Norte que se llama Sealand y en cuyo trono navega un príncipe feliz, un gran señor: Roy Primero de las aguas, antiguo marino y borracho por la gracia de Dios. Pero es que ni Dios puede quedar por fuera de este análisis estadístico y cuantitativo, porque también en su nombre pervive una de las monarquías más antiguas de la Tierra y una de las más prósperas, opulentas y burocráticas que conozcamos: la del Estado Pontificio del Vaticano, por supuesto, contra la que no pudieron ni siquiera el Sacro Imperio y la pluma de Dante juntos. Y ahí tienen ustedes al papa de Roma, al Vicario de Cristo, ungido al mismo tiempo por el Espíritu Santo y por los cardenales de la Iglesia; la elección perfecta, el último primus inter pares. Un rey que da su bendición “a la ciudad y al mundo” y que manda sobre un jardín de 44 hectáreas y unas pocas almas y una heladería, Old Bridge. No como el Príncipe de Maquiavelo, sino como el Principito hablándoles a un zorro o a la rosa.

La “cuestión monárquica” tiene ahora otra dimensión, claro, porque la que antes parecía ser la forma natural de todo gobierno, es en la actualidad un sistema minoritario y marginal que adolece además de muy mala fama: la de la decadencia y los excesos, la del pasado en un mundo que sólo parece interesarse en el futuro. La corona simboliza siglos y siglos de esa tradición política que rasgó para siempre el filo de la guillotina, y no sólo en Occidente, donde se concibieron las grandes revoluciones de la Modernidad que acabaron con el Antiguo Régimen: la revolución burguesa, la revolución industrial, la revolución liberal. Parecería que ese invento inglés que tiene nombre griego, la democracia, se hubiera asumido como un destino universal que hoy define los principios más elementales de la dignidad humana, sin importar la raza o la lengua o la cultura. Y sin embargo el dilema no es tan fácil (ninguno lo es, en eso consisten los dilemas) porque la idea misma de la monarquía se refiere también a su ya mencionada condición simbólica y poética, a su falta de sentido práctico. Y aunque a muchos les parece que los reyes no sirven para nada, quizás allí esté su principal servicio en este mundo de hoy que los mira con recelo e impaciencia, por entre los pliegues de las constituciones, de las urnas, de la libertad. Allí están, allí siguen esos fantasmas que nada tienen que ver con lo moderno, hablando con un zorro y con la rosa. Pedazos de arena que el tiempo no quiso soplar, cabezas fugitivas de la guillotina. ¿Qué les pasará hacia el futuro? Nadie lo sabe: que hayan resistido el pasado ya es mucha gracia. 

Los malos tiempos del Reino de España

No son los mejores días para don Juan Carlos de Borbón, quien ascendió al trono en 1975 y fue un importante actor —si no el más importante— en el restablecimiento de la democracia española tras el franquismo. Por eso allá lo adoran: porque el Rey supo fingir, desde niño, la docilidad necesaria que le iba a ganar el aprecio sinuoso de Franco, y cuando le llegó el momento entendió cuál era su destino y les puso fin a 30 años de exilios y de heridas y de muertos de todos los bandos. Fue uno de los pilares de la constitución del 78, y todavía muchos lo recuerdan como salió por la televisión en la madrugada del 24 de febrero de 1981: vestido de Capitán General de los Ejércitos, pidiéndoles a los militares golpistas que depusieran las armas y que recordaran que Franco ya estaba muerto, quizá para siempre. Ese día, dicen los sabios, empezó de verdad la democracia española. Y desde entonces se dice también que España es más ‘juancarlista’ que monarquista. O lo era, porque los tiempos están cambiando; aun para el Rey. Hace poco se supo que don Juan Carlos había sufrido un accidente, y luego se vio en una foto cómo y por qué: andaba de cacería en Botsuana —allí estaba su rifle, detrás un elefante muerto— y casi se queda sin cadera. Y sin corona: el pueblo español, hundido en una de las crisis económicas más graves de su historia, lo cual ya es mucho decir, esta vez no se lo perdonó. No sólo por el elefante, aunque también, sino por todo lo demás: por los escándalos de Iñaki Urdangarin, por las infidelidades de siempre a la Reina. Por ser lo que es.

Reino Unido de la Gran Bretaña e Irlanda del Norte: celebrando con rock

El pasado 6 de febrero la Reina Isabel II cumplió 60 años de haber llegado al trono, y los va a celebrar como ya lo hiciera en el jubileo anterior, hace 10 años: con un concierto de rock en el Palacio de Buckingham. No se me ocurre una mejor manera de exaltar la unidad nacional que ella simboliza. Porque si algo les debemos a los británicos, es precisamente eso: el rock, la música; la manera en que los niños de la Segunda Guerra Mundial aprendieron a cantar como Elvis, primero, y luego como Muddy Waters. Pero también algunas otras cosas un poco menos importantes les debemos, y una de ellas es la democracia: la manera en que el poder no está en las manos de un solo hombre; la manera en que el rey no es sino eso: un símbolo, la encarnación de ese pasado, siempre tan vigente, en el que los nobles y los burgueses y los pobres lograron encerrar por fin a la corona. E Isabel lo ha soportado todo con gran prudencia: la disolución del Imperio, la muerte de Lady Di, la guerra, el fuego, el rock. Su familia lleva varios siglos oyendo la historia de su final inminente. Pero las piedras siguen rodando.

La estricta familia imperial japonesa

Akihito, el actual Emperador del Japón, que nació en 1933, es un gran conocedor de la vida de los pájaros. Sus primeros recuerdos son los de la guerra, los de la huida nocturna cuando el bombardeo de Tokio en 1945. Hijo y heredero de Hirohito, una de las figuras emblemáticas del Japón moderno, su papel está determinado por una constitución que lo tiene como el símbolo de la nación y de la unidad del pueblo. Tras la muerte de su padre en 1989, Akihito ascendió al trono (la coronación oficial sería casi dos años después) y desde entonces ha ejercido estrictamente sus funciones protocolarias. Tras el desastroso tsunami de marzo del 2011, el Emperador hizo una histórica aparición en televisión para pedirle a su pueblo que una vez más, como desde hace siglos, resistiera los embates de la naturaleza y la desgracia. No podía hacer otra cosa quien es un símbolo del pasado y la grandeza. Y un símbolo no es poca cosa. 

 

 

Reino de Bután: camino a la democracia

En 1999 el Rey de Bután Jigme Singye Wangchuck —cuarto Rey Dragón según la tradición— decidió modernizar radicalmente su país y para ello hizo algo que nadie allí podía prever: levantar el veto contra la televisión (no así el del cigarrillo, aún vigente). Se trata, en efecto, del último país en recibir ese invento definitorio y milagroso, que al poco tiempo de estar funcionando ya había elevado considerablemente los índices de criminalidad de ese recóndito santuario budista enclavado al este del Himalaya. En 2006 el rey polígamo (cuatro esposas) abdicó en favor de su hijo Jigme Khesar Namgyal Wangchuck, el cual ha seguido con celo y disciplina las indicaciones de sus consejeros. También él ha querido ahondar la democracia en su reino, presidiendo las elecciones del parlamento y protagonizando durante varios días rituales astrológicos que garantizan, oh sí, la felicidad del pueblo. Tiene 32 años, toda una vida por delante.


 

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