Hace 35 años, Alfredo Hoyos y Liliana Restrepo decidieron comprometerse sentimental y laboralmente, creando Frisby. Muchos no les auguraron éxito, pero hoy tienen una de las marcas de pollo frito más reconocidas del país. Esta es su historia.

Por Angélica Garzón 

(Archivo particular.)

Alfredo Hoyos Mejía, nacido en Yarumal (Antioquia), fue uno de los pioneros en la industria avícola de Colombia. Él, padre de Alfredo Hoyos Mazuera, hoy presidente de Frisby, estudió un año de Ingeniería en la Escuela Nacional de Minas de Medellín. Después de haber escuchado que esa carrera no era rentable, decidió dejarla para iniciar su propio negocio en Pereira, al lado de su esposa Fatira Mazuera y sus seis hijos.

Algunos discos de 78 revoluciones le bastaron a Hoyos Mejía para aprender inglés y viajar a Japón para traer juguetes que vendía en el Almacén Real (que años después se convertiría en el Ley). Allá, en el país oriental, conoció al dueño de la juguetería, quien también era la cabeza de una granja avícola; y Hoyos se enamoró tanto del negocio que compró unas incubadoras y se vino para Colombia con ellas y un experto en esa industria para que los capacitara a él y a otras personas.

La constancia y la disciplina que con ojos de niño veía en su padre hicieron nacer en Alfredo Hoyos Mazuera (uno de los protagonistas de esta historia), el mismo gusto por las aves. Luego de estudiar en una academia militar en Georgia, trabajar la avicultura en una granja de Indiana y realizar un curso de patología aviar en Estados Unidos, el joven pereirano regresó al país para ayudar en Granja Sierra Morena, el negocio que su padre había emprendido.

“Después de estar con mi papá, resolví crear mi empresa. En esa época, los sistemas de crédito eran muy favorables y se basaban en la confianza. Así logré abrir con éxito un asadero así logré abrir con éxito un asadero,  Pollo loco y una procesadora de pollo, Pimpollo. Tenía 20 años”, dice Alfredo.

Con la asesoría de un estadounidense jubilado que había trabajado en una gran procesadora de ese país, Alfredo modernizó la planta, los sistemas de empaque y de sacrificio y la presentación del producto. “Me puse en la tarea de ir a los supermercados del eje cafetero a educar a la gente sobre cómo se reconocía un pollo bien procesado. En esa época los vendían encima de mesas de cemento, al aire libre y con la cabeza y las patas. La idea era enseñarle a la gente a empacarlos higiénicamente”, recuerda. 

Luego de pasar por un primer matrimonio y de tener dos hijos, conoció a Liliana Restrepo, su actual esposa, con quien tuvo también un par de hijos. Con ella, en 1977, Alfredo abrió las puertas de Frisby, un local ubicado en el Lago Uribe, en Pereira, en el que en un principio vendían pizzas. Un año después fue incluido el pollo frito en el menú.

Para ese entonces ―recuerda― las pizzerías que había en el país se encontraban sólo en Bogotá. Liliana evoca aquellos días y dice que el negocio fue exitoso en todos los aspectos: “El pizzero tiraba las pizzas hacia arriba y la gente preguntaba por el valor de las arepas voladoras”, cuenta.

 Alfredo Hoyos y Liliana Restrepo aseguran que la perseverancia es la que los ha mantenido juntos desde la creación de la empresa.

Fernando, hermano de Alfredo, había estudiado Tecnología de Productos Agrícolas en Georgia (Estados Unidos). Al llegar a Colombia, los dos se pusieron a la tarea de desarrollar una fórmula culinaria con el pollo. “De Norteamérica trajimos una freidora especial con un sistema de fritado a presión y la instalamos en la cocina de mi casa. Mi esposa y yo empezamos a hacer degustaciones con los amigos todos los días hasta que logramos la receta que a todos les gustó. En esa época el pollo frito no existía en Colombia ―asegura―. Mucha gente me dijo: ‘Acá a las personas no les gusta sino el pollo asado, usted se va a quebrar con eso’. Y resultó ser un excelente nicho del mercado que terminamos descubriendo. Entonces acreditamos el pollo frito en todo el país”. Luego vendría la apertura de puntos en Armenia, Manizales y Cartago, y más tarde en Medellín. 

La tradición

Las generaciones más recientes han seguido el emprendimiento de sus padres, algunos involucrándose en la empresa y otros creando la propia. Alejando y Carolina, los hijos mayores de Alfredo, trabajaron en la compañía inicialmente como empleados; hoy cada uno tiene diez puntos de venta en Cali y Medellín. Catalina, una de las menores, creó, junto a su esposo, la marca Wings-n-Beer (alitas y cerveza), la cual ya tiene varios puntos de venta en el país. Y Álvaro, el menor, que es especialista en sistemas, se encarga de las redes sociales de Frisby, las de otras compañías y maneja también la franquicia de Cinnabon, los famosos rollos de canela.

Alfredo reconoce que crear Frisby no fue fácil y que necesitó de la perseverancia y la investigación que aprendió de sus padres. “Cuando mi papá empezó, se le morían muchos pollos porque no había vacunas, pero él empezaba de nuevo ―recuerda―. Mi madre aportó la parte filosófica, fue buena lectora de los clásicos europeos. La clave del entendimiento es la curiosidad, querer saberlo todo… eso fue lo que ella me enseñó”. 


Cinco datos clave

- La empresa actualmente cuenta con 2.000 empleados, 137 restaurantes en Colombia, dos en Venezuela y veintitrés que operan como franquicias.

- El nombre de la compañía lo buscaron pensando en una palabra que se relacionara con ‘frito’, que fuera corta, sonora, fácil de aprender y registrable en cualquier parte del mundo. 

- Alfredo y Liliana tienen la franquicia de Cinnabon (rollos de canela) y de Sarku Japan (comida japonesa); cuentan ya con varios locales en el país.

- La fundación Frisby tiene un colegio en Dosquebradas (Risaralda), al que van 500 estudiantes. Adicionalmente, tiene convenios con una universidad de Brasil. 

- Alfredo también fue socio de Kokoriko en Cali antes de abrir las puertas de Frisby.