El próximo 5 de agosto se cumplen cincuenta años de la muerte de Marilyn Monroe, la rubia sensual tras la que se escondía una niña depresiva, víctima de la violencia y el abandono. Homenaje al símbolo sexual que Truman Capote llamó “una adorable criatura”.

Por Camilo Jiménez Estrada 

(Foto AFP)

De frente

Debajo de la belleza, de las mil poses sugerentes que quisiéramos ver hasta el cansancio pero que no cansan, de la boa de plumas y el vestido brillante siempre una talla por debajo de la adecuada… en fin, debajo de todo el mito que la envuelve, lo primero que se piensa sobre Marilyn Monroe es que era una rubia tonta. Pero cuidado: recordemos que no era rubia, al menos no natural, y cuando nos damos cuenta de esto podemos pensar entonces que esa imagen de chica superficial, frágil, algo lenta, podría ser un embuste, otro de sus afeites, una máscara para sobrevivir en Hollywood. Porque cuando estaba en la cima de su fama, a mediados de la década del cincuenta, dejó atrás la capital del cine y se fue a Nueva York a leer clásicos de la literatura en la Biblioteca Pública, a estudiar actuación en serio en la academia de Lee Strasberg, el archiconocido Actor’s Studio, a encontrarse. O, al menos, a buscarse. Porque al revisar sus diarios y cuadernos encontramos a una mujer sensible y profunda, conciente y analítica. Porque quiso ser una actriz y no nada más que una rubia tonta que interpretaba papeles de rubia tonta. 

Su bisabuelo se ahorcó a los 82 años, su abuela Della May tuvo muchos amantes y terminó internada en un sanatorio. Lo mismo su madre, Gladys. La pequeña Norma Jeane pasó por una docena de orfanatos y hogares entre su niñez y adolescencia, interrumpida a los 16 años para casarse con un joven cadete, Jim Dougherty. Un matrimonio por conveniencia pero no por dinero: era la única forma de evitar otra reclusión en un orfanato. La propia Marilyn dijo después que en dos ocasiones habían abusado de ella en esas instituciones. 

Gladys nunca pudo ocuparse de su hija porque era una flapper, esas muchachas superficiales que merodean por las márgenes del mundo del espectáculo y solo quieren divertirse. Norma Jeane estaba en camino de serlo, pero un fotógrafo que buscaba reportajes para levantar la moral de los americanos durante la Segunda Guerra la descubrió en una fábrica militar de California, y con su foto —sonrisa limpia, pelo negro hasta los hombros, traje austero— llamó la atención de una agencia de modelos que la lanzaría a la fama.

De perfil

La historia de su ascenso en Hollywood fue la clásica de una chica bonita y sin muchos pudores: fotografía publicitaria, pequeños papeles en producciones de la 20th Century Fox, un calendario de desnudos, escarceos en la banca de atrás de un carro y visitas rápidas a oficinas de productores, donde muchas veces tuvo que arrodillarse (y no propiamente para orar o para rogar por un papel). Durante esos años fue Mona Monroe, Jeane Norman, Norma Jean. En el 46 el productor Ben Lyon le puso el nombre que se convertiría en símbolo de sensualidad desparpajada: Marilyn Monroe. 

Diez años después la chica californiana estaba viviendo su sueño, pero no podía dormir. Y comenzaron entonces las pastillas, el alcohol, las llegadas tarde, los psiquiatras, los amores difíciles: estuvo casada con el beisbolista Joe DiMaggio durante unos cuantos meses y con el escritor Arthur Miller por cinco años. Pero su rosario de amores pasajeros fue extenso e incluyó misterios gozosos y dolorosos: Frank Sinatra, Elia Kazán, Yves Montand, Marlon Brando, John y Bob Kennedy… (Video de Marilyn cantándole el "happy birthday" al Presidente de Estados Unidos

Cuando tenía 28 años y ya era la mujer más deseada del mundo se encerró en un cuarto de hotel con el periodista Ben Hecht y se desnudó, pero esta vez no se quitó la ropa sino que contó su historia sin ninguna cortapisa. Basta citar una frase inquietante: “Yo era el tipo de chica a la que encuentran muerta en su dormitorio con un frasco de somníferos en la mano”. Dicho y hecho: el 4 de agosto la encontraron desnuda y muerta en un cuarto de hotel, con un frasco vacío de pastillas y el teléfono descolgado.

Declaraciones de testigos

“Lo que ella posee, esa presencia, esa luminosidad, esa inteligencia deslumbrante, se perdería en un escenario. Es tan frágil y delicada que sólo puede captarla una cámara. Es como el vuelo de un colibrí: sólo una cámara puede captar su poesía”. Constance Collier, profesora de actuación.

“Soy el único director que ha hecho dos películas con Marilyn Monroe. Corresponde que la Asociación de Directores Cinematográficos me otorgue la Medalla del Corazón Púrpura”. Billy Wilder, director.

“Dentro de Marilyn había muchas Marilyns. Había dos costados enteramente separados. No estaría uno muy lejos si la describiera como esquizoide”. Lawrence Olivier, actor y director británico.

“De gran belleza, es un alma que la psicología barata calificaría de neurótica, como se puede calificar de neurótico a todo el que piensa demasiado, a todo el que ama demasiado, a todo el que siente demasiado”. Antonio Tabucchi, escritor.
 

      

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