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30 de Septiembre de 2011 - 3:12 pm

Música clásica: Las 8 vidas de Mahler

Mahler Para conmemorar el centenario de la muerte de Gustav Mahler, el 15 y el 16 de octubre más de 400 músicos presentarán por primera vez en Bogotá la Sinfonía número 8 del autor checo. El crítico Emilio Sanmiguel cuenta los secretos de un compositor que, según parece, a todo el mundo le gusta.

Por Emilio Sanmiguel

(En París, poco tiempo después de haber compuesto la sinfonía que lo haría famoso.)

Cuando Mahler murió, en 1911, a nadie se le hubiera ocurrido que para el centenario de su muerte estaría en el exclusivo club de los grandes compositores y olvidado como director, por lo que sí era famoso.

Leonard Bernstein, en los 60, hizo popular a Mahler.

Su popularidad está ligada a Leonard Bernstein (1918–1990), extraordinario director, uno de los más grandes, y fanático de su obra, quien empezó a dirigir y a llevarlo al disco y al video en los sesentas. Antes de él, Bruno Walter (1876–1962), su discípulo, amigo y asistente, se esforzó por divulgar la creación de Mahler, hasta escribió un libro en 1936, pero no logró sacarlo del estante de las rarezas musicales.

Bernstein sí lo consiguió. Y contribuyó a generar el halo de santidad y martirio que rodea a Mahler, quien, entre los compositores recientes, es el más misterioso y sobre el que más se ha especulado. Lo cual no debe sorprender, porque era de pocos amigos y, como suele pasar, quienes menos le conocieron fueron los primeros en pontificar.

 Retrato de Mahler en su juventud.

Para completar, los testimonios más confiables –las Memorias de Natalie Bauer-Lechner, su amiga, y las de Alma Mahler, su viuda– hay que leerlos con desconfianza: Bauer-Lechner estaba locamente enamorada y Alma no fue la más ‘mahleriana’, como consta en su libro, donde reconoce que en más de un momento se cansó de su marido y de su música; en 1985 dijo saber mucho sobre Mahler y poco de su esencia.

La innegable calidad de su música, su extremada originalidad y sobre todo el gigantismo que entraña, lo convirtieron en el compositor favorito de los melómanos y de los esnobistas: siempre suena bien ser ‘mahleriano’.

El músico Bruno Walter fue el primero en escribir sobre Mahler.

También se convirtió en favorito de directores y de grandes  Nueva York la primera, porque era la orquesta de Bernstein; luego las Filarmónicas de Berlín y Viena, y sobre todo el Concertgebouw de Ámsterdam: con los años el anhelo ‘mahleriano’ las alcanzó a todas. El crítico y escritor Norman Lebrecht afirma que “cuando una orquesta necesita llamar la atención, o un director impulsar su carrera, anuncia una, o el ciclo completo de sinfonías de Mahler porque sabe que tendrá el apoyo asegurado por tratarse de un compositor seguro”.

Mahler de carne y hueso

Aunque es uno de los compositores más ligados a Viena, Mahler era bohemio y judío. Nació en Kalištˇe (hoy República Checa), en 1860.

Aunque es uno de los compositores más ligados a Viena, Mahler era bohemio y judío. Nació en Kalište (hoy República Checa), en 1860. Bernhard, su padre, un carretero ‘ilustrado’, sinceramente interesado por la cultura y por ascender en la escala social, se casó con María Hermann, de mejor posición pero coja y sin pretensiones: catorce embarazos y doce hijos –Gustav fue el segundo–, solo cuatro llegaron a la edad adulta y, para completar, Ernst, el inmediatamente menor a Gustav y su compañero de juegos, se suicidó a los catorce. La infancia de Mahler fue un eterno luto familiar.

  

La bellísima Alma Schindler, su infiel esposa.

     

Anna von Mildenburg, una de sus amantes, intentó obligarlo a casarse con ella, pero no lo logró.

 A sabiendas de que era un músico nato, su padre lo patrocinó primero dándole un acordeón, luego los abuelos maternos le regalaron el destartalado piano familiar. A los cinco, estudiaba formalmente como consta en su primera fotografía, en la cual sostiene una partitura: tomarla fue una odisea porque creyó que la cámara se lo tragaría y armó un berrinche; el fotógrafo le demostró que eso no ocurriría y “solo entonces pudieron convencerme de posar”.

Por su talento fue enviado a Praga a los once; pero allí sus caseros le robaron las pertenencias, prácticamente no lo alimentaban y hasta sorprendió al hijo de aquella familia manteniendo relaciones con la criada, a quien Gustav se apresuró a ayudar creyendo que era atacada; pero no: criada y muchacho lo increparon y lo obligaron a guardar el secreto de lo visto. Fue su primera experiencia con el sexo.

A los quince fue recibido en el Conservatorio y luego en la Universidad de Viena. Se convirtió en ‘wagneriano’ furibundo, tanto que hasta se hizo vegetariano. Entre sus contemporáneos estaban Hugo Wolf y Richard Strauss. Su carrera empezó con pie izquierdo como ‘director’ en Bad Hall. Firmó encantado, pero encontró que su trabajo consistía en poner y recoger la música en los atriles, limpiar el polvo del piano y, ¡lo peor!, pasear el cochecito de Mizzi Zweewnz, la hija de la prima donna.

De esta época proceden sus primeros escarceos amorosos. Primero con Josephine Poisi, la hija del jefe de correos de Jihlava, donde vivían sus padres; a ella dedicó tres Lieder, y al año siguiente con una prima de Emil Freund, con quien cortó intempestivamente; la pobre quedó destrozada y tiempo después, por un segundo rechazo, ¡se suicidó!

Alma Mahler y sus hijas, Anna y María.

A partir de entonces se especializó en cantantes de ópera. Fue sucesivamente director en Liubliana, Olomütz, Kassel, Budapest y Hamburgo, donde vivía romances con las divas; el más famoso con Anna von Mildenburg. Sus dos más reconocidos biógrafos discrepan aquí: para Donald Mitchel, fue un amor platónico, para Henri-Louis la Grange hubo consumación. Alma Mahler en su libro asegura que él “carecía de experiencia sexual”. Lo cierto es que la relación con Mildenburg fue tan tormentosa que ella, en un intento por precipitar la boda, se le apareció, juró estar próxima a morir y suplicó un matrimonio in articulo mortis, para lo cual iba acompañada de un fraile dominico; Mahler, que conocía sus dotes de actriz, la sacó con cajas destempladas; Anna no le guardó rencor y hasta abogó con Rosa Papier para conseguir uno de los apoyos que Mahler necesitaba para llegar a la dirección de la Ópera Imperial en Viena.

Para llegar a Viena, se bautizó católico en uno de los episodios más controversiales de su vida. Oportunista o no, como judío no podía ni soñar con el Podium vienés por la oposición de Cosima, viuda de Wagner e hija de Liszt, antisemita declarada y después amiga de Hitler.

Ay, Alma

Alma Schindler era la mujer más hermosa de Viena y formaba parte de los más exclusivos círculos sociales y culturales. Cuando Mahler la conoció ella tenía 20 años y él 42. Alma estaba al tanto de sus escándalos con las divas y encontraba desagradable su música. Pero se casaron cuatro meses más tarde. Alma iba embarazada de su primera hija; dos años después nació la segunda. La mayor, Putzy, murió en 1907 de fiebre escarlatina en un episodio aterrador, que ha sido novelado al relacionársele con la composición de los Kindertotenlieder (Canciones de los niños muertos), anteriores a la muerte de la pequeña. De la lectura de las memorias de Alma, aunque ella no lo diga explícitamente, es fácil deducir que no fueron felices. Una relación asfixiante y la frustración de su carrera como compositora la llevaron a serle infiel con un joven arquitecto, Walter Grophius, que tenía la fea costumbre de enredarse con mujeres casadas y luego buscar a los maridos para contarles y darles explicaciones. Lo que, por cierto, hizo con Mahler, quien quedó devastado: venía de la muerte de su hija; el enrarecido ambiente musical de Viena, unido al antisemitismo, habían forzado su renuncia en esa ciudad y lo habían llevado a aceptar la dirección de la Metropolitan de Nueva York, y de contera le habían diagnosticado una grave afección cardíaca.

Gustav Mahler según el genio escultor Auguste Rodin.

La sinfonía de los mil Mahler se preparaba para el estreno de su Sinfonía 8, lo que debería ocurrir en Múnich en septiembre de 1810 –la sinfonía más grande que había escrito y la más colosal que se había compuesto hasta entonces, la misma que este mes se interpretará por primera vez en Colombia–. Y desesperado apenas atinó a buscar a un siquiatra: ¡Freud!

Sobre este episodio han corrido ríos de tinta, se habla de Mahler como el primer compositor sicoanalizado y cosas por el estilo. La verdad es que luego de posar para Rodin, en París, viajó a Leyden, en Holanda, y conversó con Freud por cuatro horas. Nada más.

Luego tomó el tren y llegó a Múnich para el estreno de la Octava, llamada por los malherianos ‘Canción de los cielos’ y apodada en el estreno por el empresario muniqués Emil Gutmann como ‘Sinfonía de los mil’, por la cantidad de músicos que demanda. Bruno Walter dirigió los ensayos, y Alfred Roller, el escenógrafo más respetado de la época, se encargó de la complicada ubicación del gigantesco aparato musical: orquesta, tres coros y ocho solistas.

Fue el acontecimiento musical más impresionante de la época: entre el público estaban los compositores Richard Strauss, Arnold Schönberg y Alfredo Casella; los directores Bruno Walter, Otto Klemperer, Wilhelm Mengelberg y Leopold Stkowsky, y los escritores Thomas Mann y Stefan Zweig.

Para la interpretación bogotana habrá que esperar el listado de luminarias de la intelectualidad local. Porque el éxito de la obra y la euforia que desatará en el público están asegurados de antemano. Por algo Mahler es el favorito de orquestas y directores.«

(Si desea complementar no deje de visitar la galería fotográfica en donde conocerá más de este fabuloso artista).