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08 de Agosto de 2011 - 10:53 am

Música clásica: Escándalos musicales en modo mayor

Armar tierreros no ha sido la tónica a lo largo de la historia. Eran impensables cuando la música –bien o mal llamada clásica– era patrimonio exclusivo de la nobleza. Porque esas algarabías las protagoniza el público y como el ‘público’ eran los invitados de los grandes señores, pues 'a caballo regalado no se le mira el diente'.

(Archivo particular. )

Las cosas cambiaron en 1637, cuando a Benedetto Ferrari y a Francesco Manelli se les ocurrió alquilar el teatro de la familia Tron en Venecia para ofrecer el primer espectáculo con venta de localidades, una iniciativa tan exitosa que para fines del siglo la ciudad contaba con diecisiete teatros.

Todos imitaron el ejemplo veneciano, el mundo se llenó de teatros y la gente desde entonces compra localidades. Por eso el primer escándalo digno de ser recordado ocurrió en 1725, cuando las divas de la noche, Francesca Cuzzoni y Faustina Bordoni, en Astianate de Bonocini, llevaron su rivalidad a las tablas, se trenzaron en una lucha 'cuerpo a cuerpo', el público se involucró y el lugar quedó sembrado de heridos.

Pero ese episodio fue más la excepción que la tónica, porque el respetable suele comportarse bien y las grescas se reservan para el intermedio. Durante los siglos XVIII y XIX todo se limitaba a los desmayos de algunas asistentes por el calor sofocante que reinaba en los teatros, o por la emotividad que el espectáculo despertaba.

 

Los conciertos de Franz Liszt eran campeones en desfallecimientos porque algunas damas se abalanzaban sobre el estrado para hacerse a su caja de rapé o a los guantes que dejaba caer al piso antes de sentarse al piano. Como Liszt fumaba entre obra y obra, una incondicional que no logró ni guante ni caja de rapé se conformó con una colilla de cigarrillo que guardó en el pecho y conservó allí hasta el día de su muerte; mínimo escándalo que no fue más allá del olor a nicotina que despedía el tesoro de su escote.

Para verdaderos escándalos hubo que esperar un poco más. Revisada la historia, los tres más grandes tuvieron al ballet como telón de fondo y por escenario a París, la ciudad de las buenas maneras para unos y de las malas costumbres para otros; la que todos querían y debían conquistar para llegar a ser 'alguien'.

 

Wagner: un escándalo de ‘horario’

El compositor alemán Richard Wagner (1813 - 1883) se sentía llamado a consumar la trasformación del drama lírico, que deseaba situar en la otra orilla de la ópera italiana y francesa.

Wagner resolvió conquistar París y desde allí dominar al mundo en 1861. Llegó para presentar su Tannhäuser y los directivos de la Ópera de París le advirtieron que para los franceses el ballet no era una opción sino una obligación. Aceptó envenenado y a regañadientes instaló al principio del espectáculo una Bacanal, que iba muy a tono con el argumento cuando el protagonista andaba entregado a los placeres carnales del Monte de Venus.

Pero nadie le disuadió de que la costumbre mandaba instalar el ballet en el tercero de los cinco actos tradicionales de la grand opéra francesa. Porque los patrocinadores del teatro eran los socios del Jockey, que cenaban en el club durante los primeros actos y llegaban a la altura del tercero para llevarse después de juerga a las bailarinas. Cuando estos llegaron el ballet ya había pasado, y un grupo de avivatos que se les adelantó no dejó ni una sola bailarina en el foyer de la danza: entonces boicotearon la función y abuchearon enfurecidos. Como la música de Wagner había desconcertado al público, la audiencia se les unió y el escándalo fue colosal. Wagner pasó la peor noche de su vida, el teatro canceló las representaciones, tuvo que huir de la ciudad como un delincuente y acunó un rencor hacia París hasta el último de sus días.

El fauno de Nijinsky escandaliza a los puritanos

Cuando el empresario Serguei Diaghilev (1872 - 1919) se apareció en París con su compañía de Los Ballets Rusos en 1909, el público, que creía haberlo visto todo y estar curado de espantos, quedó deslumbrado. A partir de ese momento la troupe visitaba la capital francesa todos los años y el espíritu de novedad y originalidad no los defraudaba.

La fórmula de Diaghilev era efectiva: traía los mejores bailarines de Rusia, que ya eran los mejores del mundo, y enmarcaba el espectáculo en los diseños de los audaces artistas rusos y los más vanguardistas del París de la época.

La estrella indiscutible era Vaslav Nijinsky (1890 – 1950), que no bailaba sino que volaba, porque saltaba como nadie lo había hecho en el pasado y nadie consiguió superarlo.
Nijinsky era el 'consentido' de Diaghilev, a quien estaba ligado sentimentalmente en una relación que no ocultaban y que acrecentaba la fascinación que ejercían sobre los franceses.

En 1912 Diaghilev consiguió la autorización de Claude Debussy (1862 – 1818) para que Nijinsky creara un ballet con la música de su Preludio a la siesta del fauno. Como Nijinsky dijo que quería recrear la antigua Grecia, Diaghilev lo mandó a Londres para que viera la colección del Museo Británico; allí se deslumbró con los vasos griegos. Concibió algo que nada tenía del ballet clásico del pasado, porque en realidad era un bajo relieve en movimiento, como los de los vasos griegos y Nijinsky era el fauno, enfundado entre una malla ajustada que insinuaba la desnudez. El fauno jugueteaba con unas ninfas que se le insinuaban, al final se quedaba con el velo abandonado por una de ellas, lo tendía sobre la roca donde dormía su siesta y le hacía el amor a la tela.

El público se espantó, sobrevino el escándalo aumentado por la prensa de la época y por la defensa encarnizada de los artistas de la vanguardia. El resultado fue inmediato, todo el mundo quería ver el Fauno de Nijinsky y el telón se alzaba cada noche con el teatro a reventar.
Diaghilev aprendió que el escándalo también podía dejar dividendos en la taquilla…

‘La consagración de la primavera’, el escándalo de marca mayor


Para la temporada del año siguiente Diaghilev se jugó el todo por el todo. Ya en 1910 le había apostado al talento de un joven compositor que le sacó del apuro de escribir en un tiempo récord la música para El pájaro de fuego. Se llamaba Igor Stravinski (1882 – 1971).
Stravinski estaba decidido a cambiar la historia de la música y Nijinsky la del ballet. La idea de inspirarse en los orígenes más remotos de la humanidad fue del músico y el empresario decidió –a regañadientes del compositor– que de la coreografía se encargara Nijinsky, razón por la cual llamó a Marie Rambert para que le asesorara en las más novedosas técnicas de movimientos del cuerpo humano, exigida por las increíbles dificultades rítmicas de la partitura.
Le ofrecieron el rol protagonista a la bailarina más famosa del mundo, Anna Pavlova, que apenas escuchó la música quedó tan horrorizada que se negó rotundamente a aparecer en el espectáculo.

La noche del 13 de mayo de 1913 la atmósfera al interior del Teatro de los Campos Elíseos de París se podía cortar con un cuchillo. Cuando Pierre Monteux atacó las primeras notas de la partitura empezaron los rumores que se convirtieron en aullidos al subir el telón: las voces de apoyo de Henri Poulenc, Maurice Ravel, Claude Debussy y Jean Cocteau, presentes esa noche, fueron ahogadas por el griterío.

La música era salvajemente moderna, Stravinski había mandado a la tumba lo que aún sobrevivía de la ‘tonalidad’ de los clásicos y fue más allá planteando la disolución de los antiguos conceptos del ‘ritmo’. Sobre el escenario ya ni siquiera yacían los últimos rezagos de la danza clásica porque los bailarines aparecieron con los puños de las manos cerrados y haciendo gala del mayor sacrilegio posible: los pies hacia adentro y exhibiendo un primitivismo sin antecedentes.

El clamor de indignación fue apocalíptico, Diaghilev se sublevó, ordenó a Monteux no detenerse y mientras tanto los bailarines eran dirigidos por Nijinsky, que a gritos daba indicaciones rítmicas desde los bastidores del escenario porque la algarabía ahogaba por completo el sonido de la telúrica música de Stravinski.

Al año siguiente se desencadenó la Primera Guerra Mundial y muchos comprendieron que en medio del escándalo el público había asistido esa noche, ni más ni menos, que a los funerales del Romanticismo.

En lo sucesivo los escándalos, los verdaderos escándalos, desaparecieron de la escena. Quizá porque el público aprendió a no dejarse sorprender. O porque desde entonces nadie ha conseguido sacar de casillas a la audiencia.

Por Emilio Sanmiguel

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