¿Por qué alguien nos parece hermoso? ¿Qué es, en últimas, la belleza? De la mano de escritores, sociólogos y médicos, nos pusimos en la tarea de contestar estas preguntas y terminamos encontrándonos con sorprendentes respuestas.

Por Iván Hurtado

(Fotografías: Sebastián Jaramillo)

Hablemos de Verónica. Digamos que viaja sola en su automóvil por la carretera. No entremos todavía en detalles sobre su aspecto, pero convengamos en que se trata de una mujer atractiva. Y supongamos que se le pincha una llanta o que su carro sufre algún otro tipo de daño que no sabe cómo reparar. 

De acuerdo con Catherine Hakim, los estudios hechos siguiendo este mismo escenario demuestran que las mujeres como Verónica tienen un veinticinco por ciento más de posibilidades de recibir auxilio que otras menos atractivas, que pidan ayuda a un lado del camino. En su libro Capital erótico, el poder de fascinar a los demás, la socióloga dedica un capítulo a exponer los beneficios del concepto que da título al libro, y que reúne “una combinación de elementos estéticos, visuales, físicos, sociales y sexuales que resultan atractivos para los otros miembros de la sociedad, especialmente los del sexo opuesto, en todos los contextos sociales”. Uno de los elementos principales de este capital erótico es la belleza, un concepto que reconoce como variable y que se ha asociado con mayores probabilidades de éxito en diferentes aspectos de la vida. 

Volvamos con Verónica para tratar de entender esto: ya que estamos de acuerdo en que se trata de una mujer atractiva, entremos ahora sí en detalles sobre su aspecto: ¿es alta? ¿Es delgada? ¿Es rubia?, ¿pelinegra?, ¿pelirroja? ¿Tiene una nariz fina, ojos claros u oscuros, tiene piel blanca o morena? ¿Cómo sería Verónica en otro contexto, si imagináramos una situación equivalente en la Edad Media, en Oriente? ¿Es posible hablar de un concepto universal de belleza? 

“Cada cual tiene sus preferencias y sus gustos, de eso no cabe duda –escribe Hakim―; yo puedo preferir a los hombres morenos, y el lector a los rubios; a algunos hombres les gustan las mujeres ‘dicharacheras’, mientras que otros se inclinan por un silencio y una elegancia serenos; aún así, sorprende el alto grado de consenso que se da en el marco de una misma cultura, y a veces entre culturas, sobre quién es física y socialmente atractivo y quién no”. Así, un lector pudo haber visualizado a Verónica rubia, mientras que otro la pudo haber imaginado con pelo negro. Se trata de gustos. Pero si dejamos de hablar de Verónica, si no dejamos sus rasgos a la imaginación de cada uno sino que decimos que quien pide ayuda al lado de la carretera es la modelo y presentadora Catalina Aristizábal, seguramente habrá muy pocos ―si es que hay alguno― que digan que no les parece atractiva. ¿No les gusta? Puede ser, por supuesto. Pero es fácil reconocer en ella rasgos que todos, hombres y mujeres, consideramos atractivos. 

“Se han realizado varios estudios para averiguar si la belleza se ve de la misma manera en todo el mundo, y la conclusión ha sido que se trata de un concepto universal”, dice Catherine Hakim. Pero inmediatamente agrega una información con la que parece contradecirse: “Las únicas excepciones, por lo que parece, son las culturas primitivas de la cuenca amazónica, tribus aisladas que han tenido poco contacto con el resto del mundo, y que manifiestan conceptos claramente distintos sobre lo que es bello o atractivo en un rostro”. El problema está, justamente, en que habla de culturas primitivas y de poco contacto con el resto del mundo: de casos en los que ha habido pocas oportunidades para el intercambio social y cultural, para intercambiar ideas, incluyendo aquellas sobre la belleza. 

“Yo diría que lo que se considera bello es considerado así en un contexto cultural y dentro de una manera de percibir y de sentirse afectadas las personas por cierto tipo de componentes estéticos de diferente orden: por ejemplo, sonidos, figuras, colores”, dice, por su parte, Zandra Pedraza, profesora del Departamento de Lenguajes y Estudios Socioculturales de la Universidad de los Andes. Se refiere a un concepto general de la belleza, no aplicado específicamente al cuerpo. Al respecto, agrega: “No sé si habrá cosas que se consideren igualmente bellas en todas partes. Uno encuentra artículos que dicen que la figura femenina siempre se encuentra bella, sí, pero de formas distintísimas, en volúmenes distintísimos y asociadas a ideas estéticas bastante diversas, entonces en ciertas culturas se aprecia la altura, en otras las personas bajitas, delgadas…”.

El genetista Emilio Yunis está de acuerdo en que la belleza tiene connotaciones culturales, y encuentra más fácil definir conceptos como libertad o independencia que dar una definición de la belleza. “¿Qué es lo que hay en la naturaleza que pueda ser bello? La diversidad biológica ―dice―. Tú puedes decir que para ti una ballena no es bella, pero para el ballenólogo sí es bellísima”. La oficina donde me recibe es amplia, con un mapa en relieve de Colombia en una pared y un televisor que deja encendido para que veamos la competencia de Mariana Pajón en los Juegos Olímpicos. Mientras compite guardamos silencio, que él rompe después para decir: “Esto es cultural. Me emociona como colombiano, pero no dejo de señalar que esa pista, que ese tipo de deporte, no existen en la naturaleza. Esto está desarrollando un aspecto de la fortaleza física, pero, por ejemplo, esas personas van a terminar con daños articulares en las rodillas, daños en todas las articulaciones que utilizan en una forma excesiva. Es lo mismo que ocurre cuando desarrollamos un tema de belleza que implique ponerse silicona en los senos”. 

Para Yunis, además de un asunto cultural, se trata de un problema comercial. Dice, por ejemplo, que las presentadoras de televisión siguen un modelo nórdico de belleza. Que cuando describen como bella a una presentadora específica él la mira y dice: “Sí, si la ponen comparada con las otras es bella, pero tiene una voz nasal, primero; segundo, dijeron en las mismas noticias que se le habían roto las prótesis de silicona que tenía; no debe comer, no debe alimentarse, vive seguramente esclava de eso, ¿por qué razón?: porque si engorda no la ponen como pauta cultural, no la ponen en los anuncios de la televisión”. Este ejemplo, como el de los deportistas olímpicos, demuestra una especialización, como indica Zandra Pedraza, para quien “la belleza que se reconoce hoy en figuras como modelos, gente que se considera muy bella, no es natural; se trata de una forma de especialización de la apariencia en la que se invierte mucho: dinero, productos, procedimientos, tecnología”. Resulta casi natural, pues, que sea un cirujano plástico ―un profesional de una de las formas de especialización en belleza― quien haya desarrollado una fórmula matemática para medir la belleza facial. 

La máscara de la belleza

El cirujano oral y maxilofacial Stephen Marquardt desarrolló una teoría para medir la belleza siguiendo una fórmula matemática. En la página de la fundación Marquardt Beauty Analysis, www.beautyanalisis.com, se puede ver cómo el investigador se basó en el número áureo (1,618), “la única relación matemática cuya presencia ha sido consistente y repetidamente reportada en las cosas bellas”, para crear una máscara que mide la ‘humanidad’. A partir de una idea platónica y de los arquetipos de Jung, el cirujano sostiene que la máscara semeja la cara de lo que debe ser lo humano: “La imagen primaria de la ‘humanidad’ es la imagen visual codificada genéticamente de una cara ‘ideal’.

      

Entre más se parezca una cara a esta ‘cara humana ideal’, más la percibimos como humana. Cuando una cara es percibida como humana, esa percepción activa en nosotros una respuesta consciente de ‘atracción’ y ‘emoción positiva’”. 

En otras palabras, creemos que una persona es bella cuando se parece a lo que creemos instintivamente que se debe parecer una persona. Y esa cara ideal, ese parecido que debe tener alguien a una cara ideal, puede ser conocida a partir de una relación matemática. Las caras que más se ajusten a la máscara resultante de una relación de figuras geométricas construidas con base en un radio de 1:1,618 serán consideradas más bellas que las que no se ajusten a esa máscara. En la página se puede ver cómo se ajusta la máscara a distintos modelos de belleza históricos, desde Nefertiti hasta Marilyn Monroe. La máscara, se nos dice, es igual para todos, y nadie puede ajustarse perfectamente a ella. 

Marquardt no es el primero que ha buscado una fórmula matemática para la belleza. La revista Time menciona un estudio llevado a cabo en la Universidad de California según el cual la cara perfecta “tiene una distancia entre las pupilas de 46% de toda la cara; la distancia entre los ojos y la boca debe ser ligeramente mayor a una tercera parte de la distancia entre la base del pelo y la quijada”. Por otro lado, en el primero de los seis artículos dedicados a la belleza por CNN desde marzo de este año se mencionan varios estudios según los cuales la simetría suele asociarse a la belleza. “La teoría dice que los rasgos simétricos pueden ser marcadores de calidad genética ―cuenta Elizabeth Landau en CNN―. Los ancestros humanos evolucionaron para encontrar parejas que pasaran buenos genes a su descendencia, entonces serían naturalmente repelidos por rasgos que podrían resultar perjudiciales para la supervivencia o indicadores de mala salud”. 

Estudios como estos han llevado a muchos profesionales, como Stephen Marquardt, a proponer y realizar intervenciones quirúrgicas que buscan ajustar algunos rasgos a un determinado patrón de belleza, como el de la máscara. Hoy existen muchas formas de intervención quirúrgica que ‘corrigen’ defectos o asimetrías, que cambian aquello que no consideramos bello. Para Emilio Yunis, algunos de estos cambios se deben a una moda. “La belleza de la mujer es histórica; si tú ves las majas que pintaba Goya, son gordas, no es la mujer delgada, estilizada, bulímica, que no come, que vive pendiente de la dieta, que se pone tetas postizas, se pone siliconas en las nalgas para que se le paren, porque eso es una moda, no es el equilibrio corporal”, dice. Para el genetista, se trata de ver “cuál es el tipo corporal, cuál es la belleza que le dio la mezcla genética a la población”. 

            

Pero ¿cómo se puede juzgar la belleza sin atender los dictados de la moda? Zandra Pedraza dice: “Me parece difícil ―aunque no imposible― la apreciación de, por ejemplo, un hombre o una mujer como bellos si están por fuera de la moda. Es decir, uno puede estar por fuera de ciertas cosas, uno puede por ejemplo no estar a la moda, pero no puede desatender todos los principios estéticos que rigen la apariencia personal, si no, difícilmente puede ser considerado bello. Entonces sí creo que en las personas que son consideradas bellas la forma como están vestidas juega un papel fundamental, porque la moda constituye nuestras ideas de la figura, de las proporciones, y eso marca muchísimo la manera de sentirnos afectados por algo que se llame bello”. 

Los cambios de la moda, de acuerdo con Pedraza, han jugado un papel fundamental en nuestra forma de entender la belleza desde el siglo pasado. Aquí cabe recordar que la moda es, también, un patrón cultural, lo que nos devuelve al punto de que la belleza se entiende dentro de un determinado contexto, dentro de una sociedad particular. Lo que no significa necesariamente dar vueltas sobre el mismo punto, sino sacar, una a una, las distintas capas de la cebolla, que atestiguan su complejidad. 

Tal vez, después de todo, exista una forma más sencilla de responder cuándo alguien resulta bello para cada uno de nosotros. Sólo haría falta una carretera y un carro varado para averiguarlo. 

“La belleza para mí es una combinación de personalidad, sensualidad, inteligencia y simetría en las facciones”, Catalina Aristizábal, modelo y presentadora. 

“La belleza tiene ventajas, abre muchas puertas: sobre todo las de los bares ―dice Catalina―. En cuanto adesventajas, comparto la frase del filósofo español José Ortega y Gasset: ‘La belleza que atrae rara vez coincide con la belleza que enamora’. En mi caso, las ventajas son que siempre logro lo que me propongo, y las desventajas, que despierto todo tipo de envidias, y siempre el mejor amigo se termina enamorando. 

“Siempre hay que sacar tiempo para ver resultados a largo plazo, y tuve la fortuna de compartir las rutinas de belleza con mi madre, pero no para que me vieran bella, sino para sentirme bella. La idea de la belleza ha cambiado mucho: el temor a envejecer ha llevado a muchas mujeres a perder su naturalidad. El exceso de cirugías, químicos, rellenos e inyecciones y la búsqueda desenfrenada por detener el paso del tiempo ha llevado a muchas personas bellas a convertirse en seres irreconocibles, alejados completamente de los parámetros de la estética”.

La belleza, el arte y el cuerpo

El italiano Umberto Eco dedicó un libro al estudio de las diferentes ideas de la belleza en Occidente, titulado Historia de la belleza, donde dice: “Si reflexionamos sobre la postura de distanciamiento que nos permite calificar de bello un bien que no suscita en nosotros deseo, nos damos cuenta de que hablamos de belleza cuando disfrutamos de algo por lo que es en sí mismo, independientemente del hecho de que lo poseamos. Incluso una tarta nupcial bien hecha, si la admiramos en el escaparate de una pastelería, nos parece bella, aunque por razones de salud o falta de apetito no la deseemos como un bien que hay que conquistar. Es bello aquello que, si fuera nuestro, nos haría felices, pero que sigue siendo bello aunque pertenezca a otra persona”.

Las ideas de belleza, como se expone en el trabajo a cargo de Eco, han estado muy relacionadas con el arte. Sin embargo, la diferencia entre la belleza artística y la belleza corporal queda mejor expuesta en un ejemplo que da en su Historia de la fealdad: “Si un visitante llegado del espacio acudiera a una galería de arte contemporáneo, viera rostros femeninos pintados por Picasso y oyera que los visitante los consideran ‘bellos’, podría creer erróneamente que en la realidad cotidiana los hombres de nuestro tiempo consideran bellas y deseables a las criaturas femeninas con un rostro similar al representado por el pintor. No obstante, el visitante del espacio podría corregir su opinión acudiendo a un desfile de moda o a un concurso de Miss Universo, donde vería celebrados otros modelos de belleza. A nosotros, en cambio, no nos es posible; al visitar épocas ya remotas, no podemos hacer ninguna comprobación, ni en relación con lo bello ni en relación con lo feo, ya que sólo conservamos testimonios artísticos de aquellas épocas”. Hay que tener en cuenta, pues, que al hablar de belleza se hace alusión a un concepto compartido, pero no siempre compatible, entre arte y cuerpo. 

¿El rostro perfecto?

En 1993 la revista Time presentó “la nueva cara de América”, el rostro de una mujer hecho por computador mezclando los rasgos de personas provenientes de diferentes lugares del mundo: era una cara que daba cuenta del carácter multicultural de los Estados Unidos. Casi veinte años después, la revista volvió a presentar un nuevo rostro, esta vez preguntándose si sería la cara perfecta. La nota muestra a Florence Colgate, una estudiante de 18 años, de Kent, en Inglaterra, quien fue elegida por Lorraine Cosmetics entre unas ocho mil participantes en su búsqueda de la británica con el rostro perfecto. 

Esta vez, el rostro no había sido creado por computador, pero la selección tenía un componente matemático: se basaba en un estudio hecho en la Universidad de California según el cual las caras de las mujeres se consideran más atractivas cuando la distancia entre los ojos corresponde al 46% de la anchura total de la cara y la distancia entre los ojos y la boca es del 36% de la longitud. “Los radios de Colgate fueron 44% y 32.8%, respectivamente ―dice Time―. Adicionalmente, sus rasgos son simétricos, lo cual, según un estudio hecho en 1998 por Gillian Rhodes, generalmente se considera más atractivo. También posee algunos de los rasgos más tradicionales de belleza: ojos grandes, labios carnosos y mejillas altas.” 

Fotografías: Sebastián Jaramillo
Maquillaje y peinado: Hernán Melgarejo
Vestuario: The Vintage Shop