Un sector de la población femenina abandona las medias pantalón y pone en peligro la subsistencia de una prenda cuyos orígenes tienen 2.400 años.

Daniel Samper Pizano

(Las medias femeninas son un clásico del siglo XX. Aunque muchos dicen que están a punto de desaparecer)

Nadie que haya sido adolescente podrá olvidar la escena de El graduado que consagró las medias femeninas como eterno objeto erótico. Allí, al fondo, aparece el estudiante Benjamin Braddok (Dustin Hoffman) hipnotizado por las piernas de la señora Robinson (Ann Bancroft), progenitora de la que luego iba a ser novia; en el cuarto del motel, la protosuegra, sentada en la cama y doblada la rodilla, se pone lentamente las medias que cubren sus perturbadoras extremidades inferiores. Es una imagen inmortal.

¿Qué varón no soñó a los 21 años, supuesta edad de Ben, con una compañera de cama mayor que él? ¿Qué señora que ronde los cuarenta no ha deseado seducir a un joven universitario? ¿Quién que vio la película no alberga tibios recuerdos de ese par de medias que se deslizan con provocadora dilación?

Vi El graduado en 1968, cuando se estrenó en Colombia. Ya no sueño casi con piernas de señoras, y poco más bien con señoras (sobre todo, si son aún mayores que yo), porque más paso las noches desvelado que soñando. Pero, cuarenta y cuatro años después, tengo aquí metidas las medias de Mrs. Robinson. Para quienes no las hayan visto ni disfrutado, aclaro que hablo de medias sueltas transparentes de seda o material sintético. Medias de las de antes. Pares de medias. Me parece oír el ruido inquietante y sedoso de su roce con el muslo y la pantorrilla de Bancroft y la imagen presentida del liguero ―máximo objeto erótico eterno―, oculto bajo una breve combinación negra.
El secreto que descubrió Michel Nichols, director de la película, no fue la capacidad de conmoción que tienen unas buenas piernas, cuestión que estaba escrita desde los tiempos bíblicos. Lo que atinó fue a destapar al fetichista incurable y al voyeur de ocasión que yacen en el fondo de todos nosotros. Nichols no nos vendió las piernas de Ann Bancroft; ni siquiera nos vendió a Ann Bancroft, tan hermosa toda ella. Nos vendió unas medias y la mirada que arroja sobre piernas y medias Dustin Hoffman.

Las medias medio se van

Me asaltó esta escena hace poco, al enterarme de que las medias están pasando de moda. En este caso no se trata delas que llevaba la señora Robinson, esas que se quitan y se ponen una por una, sino de un genérico que se refieremás que todo a las medias pantalón. A esas me remito. “La gente está dejando deusarlas, pero no sólo en Bogotá ―me dice una amiga―. Pienso que es una tendencia mundial”. 

Aunque otras damas confirman la noticia, acudo a una experta. La diseñadora Marta Sofía Isaza me devuelve en parte el alma al cuerpo. “Las medias no están desapareciendo del todo ―asegura―, pero es indudable que las mujeres más jóvenes las llevan cada vez menos”. Después me explica pedagógicamente que “en las fiestas, las mujeres se dividen en dos: las de menos de cuarenta o cincuenta años, que las usan muy poco; y las mayores, que raramente prescinden de ellas”.

Las más tradicionales ―sean jóvenes o mayores― siguen interesadas en las medias y se preocupan por el color, el brillo, los adornos que lleven. “Es señal de clase y edad”, dice Marta Sofía. Y de baja temperatura. Porque ―y esta es una chiva para los varones― las medias, esos fantasmas leves e invisibles, sirven de efectiva protección contra el frío. Otra chiva es que pantalón no mata media. Hay una prenda llamada media-media que sube hasta la rodilla y allí planta; es la compañera del pantalón. 

Le pido a la diseñadora un dictamen final: “Las medias ―dice― son como el perfume Chanel 5, que siempre están de moda, pero se acomodan al tiempo”.

De las calzas a los calcetines

Sólo ahora me doy cuenta de que estoy entonando lloroso responso por un fiambre que falleció hace mucho tiempo. Las medias de verdad, las medias sueltas, las que usaba la señora Robinson, las que venían en parejas ―una para cada pierna― pasaron a la historia hace dos o tres generaciones. Las mató la media pantalón, esa especie de supermedia patentada en 1956 que abarca las dos medias individuales, extiende su jurisdicción hasta la cintura, cubre por detrás y por delante y ―explica una usuaria— “es más práctica, más cómoda y constituye una segunda piel”.

Mucho tienen que agradecer las mujeres a la media pantalón. Pero los hombres la acusaremos siempre de haber provocado la muerte del adorable binomio liguero-medias. Imagínense a la señora Robinson poniéndose o quitándose unas medias pantalón, y verán que la imagen no se compara en sensibilidad y gracia con la que sabemos.


Bien hechos los cálculos, es posible señalar que las medias sueltas transparentes de material sintético han sido una anécdota fugaz en la historia de la moda. Previamente a que la química del siglo XX convirtiera en telares los laboratorios, las medias finas se elaboraban con seda. Y, aun antes, en el siglo IV a. C., las romanas lucían medias de cuero liviano; ocho siglos después, tejidas en seda, las adoptó la curia católica como parte del atuendo sacerdotal. 

Fueron los hombres quienes pusieron de moda las medias largas en Gran Bretaña e Italia, pero ya en 1306 aparecen grabados de damas inglesas que disponen de medias de seda como arma de seducción. Londres quiso enviar a Madrid las primeras medias de seda en el siglo XVI. Eran un regalo para soberana española, que el embajador hispano rechazó indignado diciendo:

―¡Sepa usted que la reina de España no tiene piernas!
Los que tenían piernas eran los hombres, y solían enfundarlas entre calzas, como consta en los retratos de Carlos V. Cuando la moda ordenaba que la calza fuera corta, se imponía una segunda prenda de textil parecida a las actuales medias de los futbolistas: de allí el nombre de calcetines. Si la calza era larga, cubría hasta el ombligo, como los leotardos. 

Aquellas calzas cortas son parecidas a las que siguen usando los toreros. Hace años, mientras se preparaba para una corrida, Luis Miguel Dominguín comentó a algunos amigos:
―¡Qué profesión más absurda la mía! Son las cinco de la tarde; dentro de dos horas salgo a una plaza vestido con zapatillas de bailarina, moño artificial y medias rosadas a jugarme la vida.

Cuando una media valía más que una pierna

Todo cambió en 1938. El 27 de octubre de ese año la firma Du Pont anunció un producto artificial llamado nylon (más tarde adaptado como nailon en el español), cuyas características eran “elasticidad y resistencia superiores a las de cualquier otra fibra textil”. Se produjo su lanzamiento el 1° de mayo de 1940 y fue un suceso de masas extraordinario. 

En tiempos de guerra, un par de medias de nailon era el mejor regalo para una señora. Se vendían a precios de joyería y se intercambiaban por comida. Muchas mujeres no tenían dinero para comprarlas ni amigo que se las regalara, y llegaban al extremo de dibujarse en la pantorilla la añorada vena oscura que era típica en las primitivas medias. 

No es que fueran perfectas. Ofrecían problemas. Se ‘iban’ y había que ver cómo volaban las dueñas, armadas de esmalte de uñas, para fijar un tope que frenara la carrera del punto cimarrón. En muchos casos había que acudir a los pequeños talleres donde colgaba el salvador letrero de “Se remallan medias”. Además, no siempre estaban bien templadas y producían espantosas arrugas. Un poeta bogotano llegó a escribir: “En una mujer es peor una arruga en la media que una arruga en la cara”.

El futuro es un viejo invento

Entre 1940 y 1970 reinó la media de fibra artificial. Treinta años, apenas. Un suspiro. La aparición de la media pantalón cambió la moda: no habría habido minifalda sin ella. Y cuando aumentó la incorporación de la mujer al trabajo, resultó mucho más cómoda para ir a la oficina que la media artificial... sin contar con el dichoso liguero, encantador pero ―me informan― sumamente incómodo. En cuanto a las obreras, gracias a la media pantalón pudieron prescindir de la falda y encasquetarse el overol. 

En 1970, las ventas de medias pantalón superaron por primera vez las de medias sueltas. En dos decenios más, las medias de Ann Bancroft y el liguero eran ya artefactos raros que sólo se conseguían en tiendas especializadas y en sex-shops.

Mientras tanto, la media pantalón avanzaba en versatilidad y sabiduría. Aparecieron modelos que, al estilo de la piyama de Fernanda del Carpio, ofrecen una apertura frontal con fines fisiológicos. Otros ―cito palabras de la doctora Isaza—“levantan la cola y aplanan el vientre”. 

De todos modos, las medias fueron y siguen siendo un fenómeno vinculado con la meteorología. En tierra caliente se usan poco o nada, y sólo para ocasiones especiales. Y si es en el campo, menos. En la ardiente Andalucía la casada infiel no portaba medias. Según inventario del poema de Federico García Lorca, ella sólo llevaba un vestido y cuatro corpiños. 

Me temo que con la paulatina desaparición de las medias pantalón se esfumará un mundo en torno al cual revolotearon mujeres, hombres y comerciantes. Nacerá otra época. La época de la epidermis. Perderemos el placer de ver a una mujer atractiva en trance de despojarse de sus medias. Pero recuperaremos el de poner la mano, como Macorina, y encontrar, en vez de un yerto textil de laboratorio, aquel viejo invento de la piel tibia, las venas palpitantes, la superficie aterciopelada de durazno...
 

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