Seis siglos después de su nacimiento, conviene divulgar una versión menos cinematográfica y demagógica de la llamada “Doncella de Orléans”. Para empezar, no tenía la figura de modelo que nos ha entregado el cine, sino que era más bien rotunda.

Por Daniel Samper Pizano.

(Foto AP)

Francia tiene varios emperadores pero ningún Bolívar; muchas mujeres bellas, pero ninguna Miss Universo inolvidable; muchos santos en el altar, pero ninguna santa con el carisma de la madre Teresa de Calcuta. Juana de Arco, sin embargo, mezcla un poco de todo: heroína, guerrera, casta muchacha, símbolo de la nacionalidad, ejemplo de valor, modista extravagante… Personaje capaz de inspirar poemas, novelas, biografías, películas y hasta cómics, Juana ocupa lugar primordial en el corazón de los franceses. Entre otras cosas, porque a medida que pasa el tiempo le crecen las hazañas y resplandece más su imagen.

¿Imagen falsa? ¿Imagen cierta? Seguramente algo de lo uno y algo de lo otro, como ocurre con casi todos los símbolos. Juana (en francés, Jeanne) vivió entre 1412 y 1431. Murió, pues, de solo 19 años. Poco para tanto que se le atribuye. En cambio en los 579 años transcurridos desde entonces ha habido plazo más que suficiente para averiguar lo que era necesario averiguar sobre su vida e inventar lo que era necesario inventar sobre su figura.
No es raro, pues, que algunos quieran aprovecharse de ella, bien para consolidar movimientos políticos o para inventarle dudosas herederas de sus virtudes. Pero Juana de Arco no hay sino una. Y esa es la hija de Jacques Darc e Isabelle Romée, campesinos acomodados del pueblito de Domrémy, que criaron entre coles y ovejas a un personaje de proyección histórica. 

Lo malo es que, salvo los franceses, es poco lo que al fin y al cabo se conoce de ella en el mundo. A pesar de la actual propensión a las “noticias del entretenimiento” ni siquiera se sabe que fue la precursora del uso femenino de ropa de varones.

Salvo los franceses, las fuentes de información sobre Juana de Arco que tienen los ciudadanos comunes y corrientes se reducen prácticamente al cine. Los menos viejos recuerdan el pelo corto y la frágil estampa de Jean Seberg, que la encarnó en 1957; los mayores, el fino perfil de Ingrid Bergman enfundada en toda clase de hierros bélicos en una película de 1948 o, más mujer y menos militar, en la que dirigió su cónyuge, Roberto Rossellini, en 1954. Es curioso que dos actrices de origen sueco, la primera nacida en Iowa, Estados Unidos, y la segunda en Estocolmo, fueran las escogidas entre miles para llevar al cine a una heroína francesa. 

No sabemos, por supuesto, si la verdadera Juana revestía las características de feminidad, delicadeza y belleza que residieron en la Seberg y la Bergman. Probablemente no. Los tiempos en que vivió exigían vigor y fortaleza para cabalgar, cargar bultos, dormir en descampado, comer poco y mal y hacerse respetar en fondas y tabernas. Es probable que esta mujer, campesina recia, guerrera de armas tomar, pastora de ovejas perseguir y lideresa de decisiones tomar, tuviera más bien una catadura algo tosca y viril. 

 Izquierda. En 1957, con pelo corto y frágil estampa, Jean Serberg personificó a la militar y santa francesa. Derecha. Sandrine Bonnaire hizo el papel de Juana en 1994.

Se ha dicho que fue víctima de maltratos en su infancia y que las visiones celestiales que decía sufrir eran producto de la anorexia. Dudoso. En la época en que crece Juana, la zona montañosa de los Vosgos era víctima de abusos de sus vecinos de Borgoña y pagaba altos impuestos por la guerra, pero resulta difícil pensar que la familia burguesa de Juana pasó hambre. Tierras y comida nunca faltaron a los Darc, apellido que, por virtud de un apóstrofo, más tarde adquirió una falsa alcurnia.

De modo que esa Juana a lo Twiggy, pálida como una violeta y quebradiza como una copa de cristal, es una imagen cinematográfica que no refleja necesariamente la realidad. Tiendo a creer que la joven era más bien tipo Marbelle, rotunda y maciza, como corresponde a una campesina debidamente alimentada. Lo que consta más allá de toda duda es la ya mencionada predilección por los trajes masculinos, desacato impensable en aquellos tiempos, y que su terquedad en esta materia fue una de las razones que alegaron los jueces para condenarla a la hoguera.

Los tiempos de Juana

En la granja paterna Juana tenía que cuidar los patos, alimentar las gallinas y pastorear y ordeñar ovejas y cabras. En febrero de 1425 se encontraba vigilando el rebaño cuando creyó oír unas voces angelicales acompañadas por imágenes de San Miguel, Santa Catalina y Santa Margarita. Las voces le ordenaron luchar contra los ingleses que ocupaban parte del país y, más específicamente, defender al delfín del rey de Francia, Carlos VII, cuyo trono estaba amenazado por una coalición de ingleses y franceses del norte. 

Algunos científicos opinan que posiblemente se trataba de sueños o alucinaciones, obra del cansancio o de trastornos psicológicos. La Iglesia dijo en su momento que tales visiones eran obra del demonio y la Inquisición quemó a Juana por hereje. No deja de ser curioso que en 1909 el Vaticano optara por el argumento opuesto: que las voces y visiones eran obra de Dios, y haya procedido a canonizarla. 

Cualquiera que fuese el origen de las comunicaciones de Juana con fuerzas invisibles, el asunto es que desde la adolescencia la pequeña campesina tenía claro que su misión en la vida no era cuidar patos sino perseguir ingleses. Y aquí entran en juego las circunstancias que vivía Francia en el siglo XV, una complicada lucha interna entre la monarquía central y los principados regiones y una larga guerra con Inglaterra que se llamó de los Cien Años.
En realidad, no fueron cien. Fueron 136, pues los problemas empezaron en 1337 cuando el rey de Inglaterra, Eduardo III, reclamó la corona francesa a Felipe VI. Lo que siguió fue una serie casi interminable de contiendas que ocuparon a varios reyes de ambos países y a diversas zonas que se aliaban con su monarca o contra él, según conviniera.

En realidad, en el siglo XIV nunca se produjeron operaciones militares continuas por más de siete años. La guerra iba y volvía. Pero en el XV los resultados se mostraban cada vez más favorables a los intereses de Inglaterra. Enrique V no sólo era soberano inglés sino que dominaba la mitad septentrional de Francia. Había sitiado a Orleáns y por medio de los borgoñeses extendía su control hasta los parajes donde se encontraba Domrémy.
No contento con tener en el puño a toda Inglaterra y media Francia, Enrique V pretendía el trono y la totalidad del país, que legalmente correspondía a Carlos VII, un sardino de la familia Valois “pusilánime y receloso”, cuyos partidarios se resistían a coronar a un inglés en París. Finalmente, un hijo de Enrique V fue elevado a rey de Francia sin que el joven Carlos VII depusiera sus derechos. Mientras tanto, se hizo cargo del cetro un tío de Enrique VI. Las cosas, pues, pintaban mal para Francia. Y en esas llegó Juana de Arco con sus revelaciones celestiales.

“Quiero ver al rey”

“Juana de Arco es una de las figuras más sorprendentes y enigmáticas de todos los tiempos”, dice el historiador español Julio Valdeón Baruque. Y lo que ocurrió con ella raya en el surrealismo.
Imaginemos la escena: después de oír durante largo tiempo esas voces que la instan a salvar a Francia, la rústica muchacha emprende a los 17 años, contra la voluntad de su familia, el camino de la guerra. Busca al comandante de Vaucoleurs, sede un regimiento militar, le informa que tiene un mensaje del arcángel Gabriel para el rey y le solicita que la envíe con un pelotón a transmitir el recado. A la sazón, Carlos VII residía en Chinon, no muy lejos de París. El comandante, más divertido que interesado, no le puso las menores bolas.

Pero Juana era asaz intensa. En 1428 intentó ir por su cuenta a Chinon, y no la dejaron pasar. Regresó e insistió en su pedido. Por fin, en enero del 29 el capitán destacó un pequeño grupo de soldados para que la acompañara hasta el castillo del delfín. Al llegar allí, la expedición suscitó más sospechas que entusiasmo. El delfín temía que se tratase de una trampa para asesinarlo. Pero al cabo de unos días decidió abrirle las puertas a esa niña que vestía como muchacho, previo refuerzo de la seguridad real. 

Imaginemos la nueva escena: el rey, mayor que ella apenas nueve años, ve llegar a la sala a una adolescente de rural extracción que viste pantalón y botas de labriego y camisa y chaqueta de hombre. La mira con justificada desconfianza y se prepara para oír la carreta que la llevó a cabalgar cientos de kilómetros. Se entera entonces de que Juana recibió de Dios y los arcángeles la misión de combatir a los ingleses en Orleáns, sitiada desde octubre del año anterior, y de conseguir que coronen a Carlos rey en Reims.

Los consejeros no sabían si la muchacha estaba loca o poseída por el demonio. Teólogos y maestros la examinaron durante tres semanas, al cabo de las cuales, bien porque los convenció, o porque decidieron salir de ella como fuera o porque se enloquecieron todos, la armaron caballero, la enfundaron en una armadura de hierro sin yelmo, la encaramaron en un corcel, le entregaron un estandarte con la flor de lis de la dinastía Valois, pusieron a su disposición un pequeño ejército y le dijeron:
– Anda y trata de rescatar Orleáns.

Triunfo de ella, ingratitud de él

Así hizo Juana de Arco y, para sorpresa de todos, lo consiguió. ¿Cómo lo hizo? Algunos historiadores opinan que tenía una inteligencia militar innata; otros sostienen que su aporte brindó apenas apoyo moral, pues el estratega del combate era Jean de Orléans y este rehusó incluso informar a la chica sobre los planes bélicos; los teólogos afirman que Dios, al encomendarle la misión de recuperar Francia, le confirió un don especial para la guerra.

¿Qué aportó Juana? ¿La fuerza de su espada, un inesperado talento táctico o una presencia valerosa que contagiaba a los demás combatientes? ¿Acaso todo lo anterior junto? Estas preguntas han sido tema de debate durante siglos. Lo indudable es que, con su atuendo masculino y su armadura blanca, estuvo presente en todas las escaramuzas y batallas que condujeron a los ejércitos de Carlos VII a derrotar a los ingleses el 8 de mayo de 1429.
Fortalecida por el triunfo, que le mereció el apodo de “la Doncella de Orleáns”, Juana siguió adelante. A partir de ese momento, el ejército que encabezaba cobró una serie de victorias que solo fracasaron ante las puertas de París. Mientras tanto, Carlos VII vio despejado el camino para coronarse en Reims, cosa que hizo el 7 de julio con expreso reconocimiento a su salvadora. 

Dice la Historia, sin embargo, que una vez conseguida la meta, el ingrato monarca abandonó a quien había sido su mayor “fan” y le negó el respaldo militar necesario para que siguiera echando a los ingleses. Ni siquiera se movió para tratar de rescatarla cuando cayó en poder del enemigo.

La hoguera aguarda

Este irremediable percance ocurrió el 23 de mayo de 1340, en la batalla por Compiégne. El duque de Borgoña, enemigo de Carlos VII y aliado de los ingleses, la atrapó, la mantuvo presa varios meses sin que se mosqueara el rey y acabó vendiéndola a los ingleses como botín de guerra. Los invasores la llevaron a un castillo en Rouen, capital de Normandía, territorio que controlaban por completo, y procedieron a juzgarla.
Contaron con la complicidad de la Iglesia, cuyos inquisidores se frotaban las manos con la perspectiva de condenar a alguien que decía dialogar con Dios y los ángeles.

 Afiche de la versión de 1948.

El proceso fue una completa farsa, según aparece abundantemente documentado. Juana no contó con abogado defensor y firmó, engañada, una abjuración de la fe. Su famoso atuendo masculino fue uno de los asuntos que más la perjudicaron, y no le ayudó alegar que su consejero sartorial había sido el propio Padre Eterno. Sorprende ver en las actas y relatos del proceso la cantidad de tiempo y discusión que dedican sus jueces al problema de la ropa de la acusada. Muy ladinamente, se negaron a enviarla a una prisión para mujeres alegando que usaba pantalones. Así, tuvo que permanecer bajo la amenaza constante que significaba una cárcel poblada de varones a cada lado de las rejas. Consta que algunos soldados pretendieron abusar de ella. ¿Lo lograron? No se sabe a ciencia cierta. Pero de todos modos la Historia la registra como virgen y mártir.

El proceso empezó el 9 de enero de 1431 y terminó en marzo. Fue excomulgada, condenada por hereje y entregada por la Inquisición a la justicia secular, que castigaba estos delitos en la hoguera pública.
La sentencia se cumplió el 30 de mayo en la plaza de mercado de Rouen. La víspera, Juana sufrió una crisis de nervios y se arrancó puñados de pelo. Numerosos personajes, inquisidores, religiosos y magistrados presidieron la ceremonia. Más de diez mil personas, en su mayoría ingleses, se agolparon para verla. Llegó vestida con los ropajes largos que reservaba la Inquisición a las brujas, las manos atadas y un capirote en la cabeza donde se leía: “Hereje, reincidente, renegada, idólatra”. La multitud la vio rezar de rodillas, besar un crucifijo y comulgar antes de que la ataran al poste y el verdugo encendiera los troncos de la pira. Pocos minutos después, ardía entre llamaradas.
Incinerada la heroína, las tropas del pusilánime Carlos VII consiguieron nuevos éxitos militares. Cuatro décadas más tarde, bajo Luis XI, se producía la victoria de la monarquía sobre los principados, la salida definitiva de los ingleses y la restauración de Francia.

La Historia atribuye el protagonismo de la unión francesa al rey. Pero la leyenda, y la demagogia política, ponen la hazaña en cabeza de la sacrificada “doncella de Orleáns”. Eso explica en buena medida la trascendencia que ha tenido entre sus compatriotas hasta el día de hoy.
Esa es la verdadera Juana de Arco. Rechace imitaciones. 

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