Más de 28.000 juguetes que cayeron al mar en 1992 se ha convertido en guía de científicos, tema de escritores y pasión de coleccionistas.

(Ilustración: Olga Lucía Aldana)

El 10 de enero de 1992 –hace ya casi veinte años— el barco carguero Ever Laurel navegaba en pleno invierno por el Pacífico norte. Llevaba en la cubierta decenas de cajas y contenedores con artículos fabricados en China para el mercado norteamericano. El mar estaba alborotado, pero no parecía afectar al formidable buque de 29.000 toneladas. Sin embargo, de manera inesperada, las olas arreciaron, el barco se hamaqueó en un violento vaivén y, como resultado, se rompieron los zunchos de acero que mantenían atados algunos de los contenedores y doce de ellos, cada uno del tamaño de una tractomula, se precipitaron a lo más profundo del mar.


Uno de los contenedores se abrió al caer al agua y de él brotaron, como si de una pesca milagrosa se tratara, 28.000 juguetes de plástico. En medio de la tempestad, flotaron risueños e invencibles 7.200 pequeños patos amarillos, 7.200 tortugas azules, 7.200 ranas verdes y 7.200 castores rojos. Eran, exactamente, 28.796 juguetes liberados, cada uno del tamaño de una naranja, cuyo origen eran las plantas industriales de una factoría del sur de China, no lejos de Hong, especializada en moldear resinas plásticas. Habían sido diseñados para distraer a los niños gringos en sus baños de tina, y ahora quedaban a merced de las olas, en plena alta mar, a miles de kilómetros de distancia del puerto donde se los esperaba.


Ocurrió en las coordenadas 44.7 Norte y 178.1 Este. El punto está situado en la intersección imaginaria de una línea sur-norte que una el Ecuador y el Polo Norte a 13.000 kilómetros de Buenaventura y otra este-oeste desde la frontera americana entre Estados Unidos y Canadá hasta la frontera asiática entre Rusia y Corea del Norte.

Entre el pato y la ballena

No es extraño que ocurran percances de carga en el activo tráfico marítimo. Pero el accidente de los patos amarillos, como acabó por denominarse, se convirtió en un episodio histórico. Gracias a las pequeñas mascotas fue posible comprobar de qué manera se comportan algunas corrientes marinas y qué resistencia ofrecen ciertos materiales a los elementos de la naturaleza.


La odisea de las 28.000 mascotas se ha convertido en una obsesión de los 'peinadores de playas', ciudadanos cuya afición consiste en buscar en las playas restos procedentes de tierras lejanas: desde trozos de madera hasta inesperadas prendas de vestir. En diciembre del 2002, por ejemplo, cayeron al mar 33.000 zapatos de tenis Nike, que luego llegaron a lejanas playas y se volvieron recuerdo apetecible para los hurgadores de arena.
En cuanto a los animalitos de plástico, algunos los quieren para venderlos, pues cada muñeco sobreviviente se cotiza a unos 2.000 dólares. Otros para su colección particular de 'arqueología contemporánea'. No pocos consideran que su destino final es un museo oceanográfico.


El caso de los patos dio origen, incluso, a un libro, Moby-Duck (2011), del periodista Donovan Hohn, que buscó los patos con la misma obsesión con que el capitán Ahab persiguió a Moby Dick, la ballena blanca, en la novela de Herman Melville. Moby-Duck es una mezcla deliciosa de relato de viajes, investigación sobre el paradero de los juguetes, informe sobre contaminación de los mares y filosofía personal.


Los datos del presente artículo proceden del libro de Hohn, los blogs Asian Offbeat y Beachcombers Alert y varias publicaciones de prensa, entre ellas informes del New York Times, El País (España) y el Daily Mail (Gran Bretaña).

Una botella viene flotando

Las botellas náufragas, aquellas que flotaban durante años sobre las olas del mar llevando el mensaje angustioso de un pobre tipo abandonado en una isla, son ya patrimonio de la literatura y los cómics. Sin embargo, sirvieron de inspiración a Eddy Carmack, un profesor universitario que desde hace diez años arroja miles de botellas al mar cada año con la intención de averiguar hacia dónde se mueven las corrientes submarinas y con qué velocidad.
En el interior figuran instrucciones para que quien las encuentre informe sobre su paradero. De esta manera se les sigue la pista. Hay más de 4.000 botellas en el mar por cuenta del proyecto de Carmack.


Al proyecto del profesor gringo se suman muchas otras investigaciones científicas con radares y sonares que han permitido establecer algunos de los patrones del desplazamiento de las corrientes. Hasta ahora se sabe que, además de las corrientes que se dirigen del sur al norte, como la de Humboldt, en Suramérica, o del norte al sur, como la de Agulhas, en el África, hay también giros, que son grandes círculos acuáticos. De este modo, entre los continentes circulan gigantescos, potentes e invisibles remolinos que eternamente dan vueltas en su respectiva ubicación.
El naufragio de los contenedores del Ever Laurel en 1992 se convirtió en una feliz ocasión para observar en la práctica lo que en los mapas aparece como un 8 de tamaño intercontinental. La caída al Pacífico norte de 28.000 objetos flotables de diversos colores y con marcas de fábrica distinguibles permitió seguir la pista a estos sucedáneos modernos de las botellas y descubrir las corrientes que los mueven.

Juguetes migratorios

Los primeros patos aparecieron en agosto de 1992 en Alaska, a 3.500 kilómetros del punto donde se habían hundido siete meses antes los contenedores. Flotaban en bandadas hasta la arena, donde los desechaban los turistas y los recogían los basureros y los peinadores de playas. Después surgieron en lugares cada vez más norteños de la costa pacífica americana. Así ocurrió durante años, aun cuando su número disminuía. En el 2005 todavía aparecían patos, castores, ranas y tortugas desteñidos, pero muy ocasionalmente.


Unos años antes, los primeros animalitos migratorios de plástico lograron pasar al Atlántico navegando el océano Ártico a través del estrecho de Bering, en zona polar. En el 2001 algunos marineros vieron flotar los juguetes en la zona donde se hundió el Titanic, a cientos de millas de la costa canadiense. En julio del 2003 una mujer avistó un pato de la camada náufraga en Maine, arriba de Boston, Estados Unidos, y ese mismo año los restos de una rana se arrastraron hasta una playa del norte de Escocia.


En septiembre del 2007 un diario británico, el Daily Mail, informó que la 'armada' de patos náufragos había empezado a arribar a la población de Clyde, Inglaterra, y se aprestaba a probar las aguas dulces del río Glasgow.
Mientras tanto, unos cuantos bichos consiguieron zafarse del giro subpolar, que da vueltas en el mar entre Alaska y Rusia, y también del giro subtropical, mucho más amplio que el anterior, cuya curva inferior circula algo más arriba de la línea ecuatorial, y huyeron hacia el sur. Estos pocos tocaron tierra en islas de Hawai, cuya latitud es aproximadamente la misma de Cuba.

A paso de tortuga plástica

A lo largo de casi veinte años los patos, castores, ranas y tortugas que cayeron al mar en enero de 1992 han sido objeto de numerosos estudios, artículos y leyendas. Pero no son demasiados los mortales que tienen entre sus haberes un miembro del infortunado y famoso contenedor. Los más felices poseedores de estas joyas son Dean Orbison y su hijo Tyler, dos aficionados a las especies náufragas que exhibieron una enorme cesta con 111 ejemplares en una feria de basura de playa –perdón: de tesoros arrojados por las aguas marinas— celebrada en julio del 2004.


Los últimos que recogieron habían aparecido pocos meses antes en una cala de Sitka, Alaska. Estaban descoloridos y perforados por la sal y el sol. Los Orbison calculan que estos habían dado cuatro vueltas completas en el giro subtropical. La primera se cumplió con mayor rapidez –quizás dos años–, dado que las figuritas se hallaban en mejor estado. Después renquearon durante cerca de una década en la noria marina.


El profesor Curtis Ebbesmeyer, cuya bitácora es lectura obligada de quienes se interesan en estos asuntos, sostiene que la velocidad de crucero de un pato –o, para el efecto, una tortuga de plástico– en alta mar puede ser de tres kilómetros diarios. Hace un tiempo era la mitad. Pero el deshielo de los polos ha agregado rapidez a las corrientes marinas procedentes del Ártico.

La Gran Mancha de Basura

El sitio donde se encuentra un mayor número de muñecos náufragos no es la casa de la familia Orbison, sino un lugar infernal llamado la Gran Mancha de Basura. Se trata de una especie de atasco perezoso y enorme situado a cientos de kilómetros de las costas de California, donde están atrapadas miles de toneladas de desechos flotables.
En esa masa ovalada de 3.000 kilómetros de diámetro el principal protagonista es el plástico: botellas de plástico, bolsas de plástico, objetos de plásticos, patos amarillos de plástico. Las fórmulas químicas varían, pero todos son derivados del petróleo y todos se caracterizan por su resistencia a la degradación. Por efecto de la luz, el calor, las aguas saladas y los organismos microscópicos, el colosal basurero se convierte en transmisor y productos de contaminantes.
Una botella de plástico tarda cerca de 180 años en someterse a la naturaleza. Una bolsa de supermercado puede durar en el agua, aun destrozada, durante 300 años. Después de flotar un tiempo, el 70 por ciento de las bolsas se hunde y se convierte en un estorbo en el fondo del mar. El plancton, indispensable alimento para los seres acuáticos, está perdiendo la guerra contra el plástico. Donovan cita estudios según los cuales en la Gran Mancha de Basura –también llamada la Gran Sopa Plástica— los productos industriales sextuplican al plancton.


No es de extrañar, pues, que, además de sucio, este basurero del tamaño de media Australia sea, también, una trampa asesina. Aves y peces tragan trozos de plástico y mueren, o consumen plancton contaminado. Tortugas y cetáceos quedan presos en la enorme piscina de desechos. Donovan cita, con algunas dudas, una cifra de 100.000 animales que cada año mueren en los basureros marinos.

De amarillo a negro

La imagen de los patos amarillos que flotan en la inmensidad del océano es pintoresca, casi poética. Ella ha servido para ilustrar libros y realizar videos de publicidad y ha inspirado aventuras como la del periodista Hohn, que durante cinco años viajó por buena parte del planeta siguiendo la pista de los animalitos de plástico. Tuvo la dicha de recoger en una playa de Alaska un juguete náufrago del Ever Laurel que halló parcialmente sepultado entre raíces, arena y tierra. “No era un pato, era un castor, pero me parecía suficientemente bueno”, confiesa en su libro.


Si continúa el ritmo de la contaminación con plásticos, que cada año desecha 500 billones de bolsas y millones de envases, es muy probable que el encantador patico amarillo que ha cautivado a los seguidores de esta odisea se convierta en pájaro de mal agüero, más próximo a la ominosa ave negra de María que al gracioso Pato Donald.


Por Daniel Samper Pizano

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