La Orquesta estará presente, del 2 al 12 de junio, en Moscú, en uno de los festivales más importantes del mundo. Hablamos con Arturo Diemecke, su director.

Por Nicolás Cadena Arciniegas

(Fotografías: Nicolás Cadena)

Arturo Diemecke es un mexicano de descendencia alemana, pero charrito a lo ‘mero mero macho’. Es hijo de músicos y nunca tuvo duda de que esto era lo que realmente quería hacer. Diemecke siente pasión por la música: la asume casi como el aire que necesita para vivir. 

¿Cuál es el primer instrumento que usted interpretó?
Fue el violín. Un día estaba de compras con mi papá ―el día antes le había pedido que me comprara una cobija porque tenía mucho frío―. De repente vi un violín pequeño y le dije a él que me comprara el violín, que con ese instrumento yo podía trabajar y comprarme las cobijas que quisiera.

En todos estos años de carrera profesional, ¿cuál ha sido su mayor satisfacción?
En mi vida profesional creo que las satisfacciones son constantes. Pero si me da a escoger nada más una, creo que fue la primera vez que dirigí un concierto, mi debut. Ahí entendí que tenía que ser un compromiso de vida; hago que cada concierto sea el más importante, no puedo dejar esto a un lado o pensar que el mañana es más importante que el hoy, el momento es el que tenemos que disfrutar.

¿Por qué decidió inclinarse por la dirección de orquesta y no por la interpretación de un instrumento?
En parte fue porque le pregunte a mi papá por qué me llamó Enrique Arturo; él me dijo que Enrique por mi abuelo y Arturo por el director Arturo Toscanini. Cuando tenía siete años aprendí con mi padre que para ser un director de orquesta necesitaba conocer instrumentos, tocar en orquestas, estudiar mucha historia de la música y teoría, y sobre todo psicología de grupo. Pero la dirección orquestal era algo muy especial por que en la época no había una escuela clara, en México no existía, no había oportunidades de dirigir o de tener un instrumento. Así como no tuve un violín cuando chico, no tuve una orquesta qué dirigir, ni un maestro que me enseñara, aunque mi padre nos enseñó cómo marcar y como estudiar una partitura, pero no era una clase profunda, así que fui a los Estados Unidos a estudiar en la Universidad Católica de Washington y en los veranos iba a una escuela de directores. Así fue como empecé a estudiar la dirección orquestal, hasta los veinticinco años cuando tuve la oportunidad de dirigir una orquesta.

¿Por qué estudiar psicología de grupo?
No es porque piense que todos estamos locos, es sencillamente por que un grupo se comporta completamente diferente a un individuo. Por eso es muy importante saber esa parte, para tener un contacto especial y saber extraer de los músicos lo mejor de ellos, y cómo producir un ambiente de cordialidad mientras se hace música.

En su carrera como director ha llevado la batuta de grandes orquestas, entre las que se cuentan la de Long Beach de California, la Sinfónica Nacional de México y Sinfónica de Montpelier. ¿Qué siente al dirigir ahora la Orquesta Filarmónica de Bogotá?
Me encanta estar con la Orquesta porque es un grupo en donde existe la cordialidad y al que yo puedo guiar y trabajar en diferentes estilos, para así lograr abordar diferentes temas cada semana y disfrutar de lo que estamos haciendo, de lo que nosotros elegimos, porque esto es una vocación. El trabajo que yo hago con ellos no es trabajo, es diversión, es deleite, es disfrutar de hacer música.

¿Cómo ve a la Orquesta filarmónica de Bogotá?
Creo que el futuro de la Orquesta se sigue afianzando porque es un grupo que ha tenido un desarrollo muy importante en Bogotá y que ha crecido mucho en su reputación hacia fuera. Inclusive, con la salida a Moscú, se amplía precisamente ese reconocimiento del trabajo que la orquesta está realizando. Se afianza como un mecanismo de importancia que representa no sólo a la ciudad sino a todo el país.

Sobre el viaje a Rusia, cuénteme, ¿usted ya había asistido al Festival de Orquestas?
Es la primera vez que participo también, al igual que la orquesta. El año pasado estuve en Moscú un poco antes del certamen y fue cuando conocí a los organizadores, estaba precisamente dirigiendo la orquesta de Moscú y de ahí nos pusimos en contacto y nos invitaron a este festival.

Van con unas obras entre la que se destaca Chacona a Chávez, de su autoría. Cuénteme, ¿en quién se inspiró?
Es una obra que escribí dedicada al gran compositor y guía de la cultura de México Carlos Chávez. Parte de cuando Chávez escribió una obra llamada Chacona en mí, basada en Chacona de Dietrich Buxtehude para órgano. Un gran crítico mexicano me contó que Carlos Chávez había hecho esa obra con el propósito de mostrarle al mundo que la Chacona era una danza que venía de México de tiempos de la colonia; los músicos de la colonia escuchaban ritmos que se tocaban en las calles en sus ceremonias y las adoptaban y hacían arreglos y canciones orquestales para un grupo de la corte y le dieron la denominación de Chacona. Por eso yo decidí hacer la Chacona dedicada a Chávez, basándome en Handel.

Esta será la primera vez en el Festival de Orquestas que se presente una obra de Gustav Mahler. ¿Por qué escoger una obra como esta?
Sin duda es una gran oportunidad. Los organizadores se dieron cuenta de que nosotros aquí habíamos hecho todo el festival de Malher, es decir todas las sinfonías, entre las que se encuentra la octava sinfonía, y de ahí salió que hiciéramos una sinfonía de Mahler, y propusimos la quinta y esa es la que vamos a tocar.

¿Cuáles son los planes a futuro con la Orquesta Filarmónica de Bogotá? ¿Existen más planes de viaje?
Por este año este viaje es nuestro proyecto, sumándole los 45 años de la Filarmónica de Bogotá, celebración que va a culminar con una serie de conciertos en noviembre.

¿Cuáles son los sentimientos que se le vienen al pensar en dirigir la Orquesta Filarmónica de Bogotá en Rusia?
Gran emoción. La idea es que nosotros nos entreguemos, que nos demos al máximo siempre. Y en el festival todas las orquestas tratarán de hacer lo mismo.