Alarcón, famoso por los ‘Microlingotes’ que publica en la revista Semana, se ha convertido en todo un experto en la historia de las relaciones entre nuestro país y Panamá. De ahí que haya publicado dos libros al respecto: Panamá siempre fue de Panamá y ahora Panamá, capital de Colombia. Sobre este último habló con nosotros.

(Panamá, capital de Colombia. Politécnico Grancolombiano y UDI. 290 páginas. 2012)

¿Qué tanto nos hubiera convenido hacer de Panamá la capital de Colombia?

Haciendo parte Panamá de la Nueva Granada vino la fiebre del oro de California y las gentes, aún de los EE.UU. que venían de la parte este y de New Orleans, debían pasar por ese istmo, sin canal, haciendo transbordo, como también muchos chinos entusiasmados con la fiebre del oro y del comercio. Por eso en Panamá hay mucha inmigración china. Pero aquí desconocíamos y estuvimos ausentes de ese fenómeno, estábamos dedicados a las interminables guerras civiles del siglo XIX. Éramos un país LP, con 33 revoluciones por minuto. Luego, mucho nos habría convenido darle a Panamá la importancia que jamás le reconocimos.

En últimas, ¿por qué no se pudo hacer que Panamá fuera la capital de Colombia?

Yo en mi investigación no hago futurología ni hago planteamientos sobre lo que pudo pasar y no pasó en cuanto a si Panamá hubiera sido capital de Colombia. Yo revelo documentos de esa propuesta, como a los que me he referido del Libertador. Hay más: en la asamblea constituyente de Rionegro de 1863, el general Tomás Cipriano de Mosquera presenta una ponencia muy completa de casi cuarenta páginas (documento manuscrito cuyo original poseo y que transcribo en el libro) en donde plantea que Panamá fuera la capital de Colombia con tesis muy importantes. Después revelo otro documento, que también poseo y que igualmente transcribo en el libro, que es una carta que desde Washington le envía el general Rafael Reyes a un amigo en donde le comenta el fracaso de la gestión que le encomendó el presidente Marroquín para que Panamá desistiera de separarse de Colombia. Reyes cuenta allí a su amigo que les propuso a los sublevados que Panamá fuera la capital de nuestro país con tal de anexarse nuevamente. A Reyes ni siquiera lo dejaron bajar del barco en que iba con otros comisionados del Gobierno. Les tocó seguir a Washington con la vana ilusión de que los recibiera el presidente Roosevelt o el canciller Hay. También fracasaron en ese propósito.

 Fotografía: Nicolás Cadena

¿Cree que eso habría servido para que Colombia no perdiera a Panamá?

La verdad fue que los panameños se sentían maltratados por el gobierno colombiano. Ellos se separaron varias veces de nuestro país, como yo lo recuerdo. Cuando lo hicieron en 1860, en tiempo en que cayó el gobierno de Mariano Ospina Rodríguez y triunfó el general Mosquera, éste los convenció para que fueran a Rionegro. Firmaron el llamado Acuerdo de Colón en donde quedó dicho que iban a esa Convención como simples observadores y sobre la base de que la nueva Constitución estableciera un estado federal. Por eso es que Mosquera defendió allí lo de que Panamá fuera la capital de Colombia. Los panameños aceptaron la nueva Constitución a pesar de que no se aprobó que fueran la capital de Colombia y se anexaron nuevamente. Pero después vino la guerra de 1885 que perdieron los Radicales con el presidente Rafael Núñez a la cabeza y aprobaron una Constitución centralista, la de 1886, que no le gustó a los panameños porque al estar ellos tan lejos de Bogotá, necesitaban un gobierno cercano o uno federal que les permitiera tomar decisiones de gobierno rápidas y oportunas. Además los nombrados como representantes de Panamá en la Convención de 1886 no fueron panameños sino de Bogotá: Miguel Antonio Caro, quien no conoció el mar, y jamás salió de la Sabana, y Felipe Fermín Paul, también bogotano, de ascendencia venezolana y hermano de monseñor José Telesforo Paúl, arzobispo de Bogotá durante la Regeneración y gran amigo de Núñez. Además de ese mal trato, en el Congreso enterraron el tratado Herrán-Hay con los EE.UU. que permitía la construcción del canal. Así las cosas ¡cómo se iban a quedar haciendo parte de Colombia!

Plantea usted que Panamá no se separó no una sino varias veces de Colombia. ¿Cómo es eso?

Es que a nosotros esta parte de la historia no nos la enseñaron como es. Hay que tener en cuenta que Panamá no hacia parte de Colombia como lo eran Antioquia, Tolima, Boyacá, etc. Ellos, como lo dije antes, se anexaron voluntariamente a Colombia después del 20 de julio de 1810, el 24 de febrero de 1822. A los panameños lo que le interesaba era que le hicieran el canal. Se independizaron de España sin hacer un solo tiro y se separaron finalmente de Colombia también sin un tiro. No les llamaba la atención las guerras que se libraban en esta parte del territorio, tanto que se separaron cuatro veces de nosotros antes de la separación definitiva de 1903. Y varias de esas separaciones coinciden con nuestras guerras civiles. Por ejemplo, se separaron en 1840, cuando la Guerra de los Supremos; en 1860 cuando Mosquera derrota al gobierno de Mariano Ospina Rodríguez y la última, la de 1903 fue poco tiempo después de la Guerra de los Mil Días. Luego no eran muy amigos de las guerras.

¿Qué reacciones ha tenido su libro en Panamá?

Este libro, al que nos estamos refiriendo, Panamá capital de Colombia, es el segundo que escribo sobre nuestro país vecino. El primero, Panamá siempre fue de Panamá, apareció en 2003, cuando se celebraba el centenario de la separación. Entonces se hizo en Ciudad de Panamá una presentación académica en la cual me acompañó el presidente Alfonso López Michelsen, a quien le dediqué ese libro, así como varios ex presidentes panameños, entre otros Aristídes Royo quien me hizo el prólogo de este segundo. Del primer libro salieron tres ediciones en editorial Planeta, muchos de los cuales se vendieron allá y actualmente está agotado. Este segundo lo ha publicado el Politécnico Grancolombiano y la Universidad del Istmo y se está programando la presentación en Panamá. Por supuesto que ambos han gustado, han tenido buen recibo, porque ratifica la tesis que ellos han defendido y que es distinta de la que aquí nos han enseñado.

¿De dónde nació su interés por el tema de Panamá?

En 1971 asistía al festival de teatro de Manizales como enviado especial de El Espectador y luego de la presentación de un grupo de teatro panameño se armó un debate sobre el contenido de la obra y un joven actor del vecino país aseguró, con honroso patriotismo Caribe, que Panamá había sido de Colombia solo a partir del momento en que voluntariamente se anexó y dejó de serlo desde cuando, también por propia iniciativa, optó por separarse. La tesis me quedó dando vueltas en la cabeza y años después, cuando escribía un libro sobre los vicepresidentes y designados que se llama Los segundos de a bordo, comencé a meterme en la historia del vicepresidente Marroquín, quien gobernaba cuando la separación de Panamá. En esos momentos se me revivió la tesis que había oído en Manizales. Hice el primer libro, Panamá siempre fue de Panamá, y luego de publicado por un azar del destino llegaron a mis manos los documentos que revelo en el segundo libro Panamá, capital de Colombia.

De todo lo que descubrió en su investigación para el libro, ¿qué fue lo que más lo sorprendió?

El desconocimiento que se tiene en Colombia sobre lo importante que era Panamá en el siglo XIX. Era el punto de tránsito para ir a California cuando la fiebre del oro y aquí andábamos en guerras civiles entre liberales y conservadores. El canal era la obra más importante que se hacía en esos años, tanto que el privilegio de construir uno que uniera los dos océanos se lo peleaba con Nicaragua. Prácticamente estaba decidido que se hiciera por allí, así lo había establecido el gobierno del presidente Mc Kinley, pero como lo asesinaron en 1901 lo sucedió el vicepresidente Theodore Roosevelt quien por muchas presiones cambió la decisión y se inclinó por terminar el canal por Panamá que habían iniciado los franceses. En razón a que el Senado colombiano negó el tratado Herrán-Hay, Roosevelt patrocinó la separación impulsado por el francés Philippe Bunau-Varilla quien, en representación de los panameños firmó el tratado que lleva su nombre y que entregó a los EE.UU. la soberanía de la parte del territorio panameño en donde se construyó la obra.

Los asesinos del emperador

Santiago Posteguillo
Planeta. 1.185 páginas. 2011
El escritor valenciano Santiago Posteguillo necesitó más de mil páginas para contar la historia de Marco Ulpio Trajano, el primer emperador hispano en la historia de Roma, el hombre que llevó al Imperio a su máxima extensión. Esta es una novela inmensa, descomunal, que parece interminable pero que se lee con pasión absoluta: Posteguillo encontró el lenguaje perfecto, la estructura ideal para ser fiel a la Historia y cuidadoso con los hechos que cambiaron a la humanidad, al tiempo que narra con emoción y las páginas pasan y pasan sin que el lector lo note. Este libro es una buena muestra de cómo las novelas históricas educan e informan al tiempo que entretienen.

 

Los desafíos de la memoria

Joshua Foer
Seix Barral. 363 páginas. 2012
Lo más fascinante de este libro es que puede leerse como un gran reportaje sobre la memoria y cómo manejarla y entenderla. Al fin y al cabo, el autor no es un científico sino un joven periodista que quería entender por qué olvidaba, por qué los hechos se le iban de la mente, así que decidió aplicar todas las técnicas, conocer todas las teorías, entrevistar a los grandes científicos y hasta someterse a un escáner cerebral para fotografiar su memoria. Un divertido y revelador viaje que, como lo anota el Sunday Times, “combina el análisis erudito, el contexto histórico, aventuras alucinantes y sexo”. Mejor dicho, un libro increíble.

 

Geografía de Colombia

IGAC. 365 páginas. 2011
Ojo: no se trata de un atlas de geografía colombiana. Este libro es mucho más. Aquí está todo ―absolutamente todo― lo que usted siempre había querido saber sobre la geografía del país. Porque este volumen no sólo está lleno de mapas, sino también de definiciones, de aclaraciones de conceptos, de discernimientos sobre biótica, geopolítica, configuración urbano-regional, temas ambientales y mucho más. Iván Darío Gómez, director del IGAC, bien anota: “En un esfuerzo por lograr que la geografía sea parte de la cotidianidad de todo ser humano, la obra se escribe en un lenguaje de fácil comprensión de tal manera que pueda abordarse por un público general”. Un libro que hacía falta.