Ha explotado más de quince pozos, es uno de los mayores accionistas particulares de Ecopetrol, ahora quiere sacar alcohol carburante de la yuca y, como si fuera poco, va a traer al país una de las marcas de carros más caras del mundo. Perfil de Frank Kanayet, el colombiano magnate de los combustibles.
 

Por Andrés Arias

(fotografías Elizabeth Jiménez)

Aunque resulta difícil sacarle una sonrisa –ni hablar de una carcajada– Frank Kanayet es un hombre positivo hasta el extremo. Si no estuviera metido hasta la cabeza en el mundo del petróleo, en este momento podría llenar teatros enteros a punta de consejos de superación personal o de formas de salir de la crisis. Y la palabra que más repetiría sería esta: riesgo. La usa para describir cada uno de sus negocios e ideas. Para dar lecciones. La nombra y le brillan los ojos.
Al fin y al cabo hay que ser arriesgado para, en Colombia, meterse en un negocio como el del petróleo, históricamente en manos del Estado o de las multinacionales. Y no se trata solamente de que haya comprado acciones de Ecopetrol después de la privatización del 10.1 por ciento de la empresa, sino de que lleva casi treinta años trabajando e invirtiendo en el ambiente petrolero.

"Soy tan tímido que sólo sé sonreír para las fotos y siempre lo hago de la misma forma". fotografías Elizabeth Jiménez.

Uno

Hijo de un croata que llegó a Colombia huyendo de los efectos de la Segunda Guerra Mundial, Kanayet nació en Medellín en 1954. Pero no había cumplido un año cuando ya estaba en Bogotá, donde ha vivido casi toda la vida. Evoca una primera infancia más bien acomodada; a su padre le iba bien importando licores. “Pero todo cambió –dice– cuando mi papá decidió poner un restaurante. Se dedicó a administrarlo y dejó la importadora en manos de su socio, que rápidamente hizo maravillas con todo y terminó dejándonos en la ruina. Nos dejó sin nada. Así que decidimos irnos a vivir a Tabio”. Se recuerda entonces vendiendo postres en la orilla de la carretera.
Ahora, sentado en la nueva y confortable oficina de la dirección de GPC –grupo bajo el cual se encuentran seis empresas: cinco relacionadas con el petróleo (van desde su explotación hasta la alimentación de quienes trabajan en los pozos) y una novísima, de importación de carros–, cuenta que cuando se graduó como ingeniero electrónico de la Universidad Distrital (“La cursé porque me dijeron que era la carrera del futuro; hubiera podido estudiar cualquier otra cosa”), consiguió trabajo en la multinacional energética Schlumberger como encargado de algunas de las herramientas electrónicas creadas para buscar hidrocarburos. “Era más fácil para alguien como yo aprender del tema, que para un ingeniero de petróleos aprender de electrónica”, comenta. Lo cierto es que, “por la puerta de atrás”, como él mismo dice, y casi sin darse cuenta, terminó haciendo parte del mundo petrolero.
Ascendió vertiginosamente: pocos tan competitivos –o tan competidores– como él. Fueron más de quince años en la compañía, ocupando cargos directivos en buena parte del mundo. “Hasta que en el 91 decidí que ya era tiempo de renunciar”.
Pero no fue hasta 1982 cuando se dio el encuentro definitivo. “De la empresa me enviaban a hacer un trabajo en Cúcuta –recuerda– y me dijeron que me iba a acompañar un tal Manuel González. Nos conocimos en el aeropuerto Eldorado ese día a las seis de la mañana y de inmediato nos hicimos grandes amigos”.
González –chileno nacionalizado en Argentina– es desde esos tiempos el socio de Kanayet en más de una locura, y lo es todavía en las empresas encerradas bajo el nombre de GPC. Sobre su amigo colombiano anota: “Él es el encargado de ponerle la visión a la compañía, a dónde queremos llegar; mi labor es ejecutar y poner polo a tierra”.
Así funcionan, entonces, las cosas desde los días de ese encuentro. Porque al tiempo que continuaban con sus labores en Schlumberger, los dos empezaban a trabajar en sociedad en diversos negocios.
Como aquellos tanques que hicieron por allá, durante los primeros días de Caño Limón, con el fin de abastecer de combustible a los helicópteros que trabajaban en los pozos. Como la empresa de medición de presiones y temperaturas de yacimientos que pusieron después (y que terminó dándoles nombre en el ámbito de los hidrocarburos). O como la compra de campos petroleros pequeños, acción que los llevó a meterse de lleno en el negocio que hasta el momento se repartían Ecopetrol, Oxy y otros tres o cuatro monstruos.
Esto último Kanayet lo narra así: “Se trataba de campos nuevos que habían producido sólo 500, 700 u 800 barriles diarios. Muy poco para una empresa que sólo ve con buenos ojos los que producen más de 3.000. Entonces los dejan para explotarlos tal vez en un futuro, pero en medio de rotaciones de personal los terminan olvidando. Yo fui a una empresa y les dije: ‘Hemos sido tremendamente eficientes en este negocio. ¿Por qué no nos dejan ponerles en producción por una tarifa esos campos que no están usando?’. No nos interesaba comprarlos, sino ganarnos una plata prestándoles el servicio. Pero me respondieron: ‘Se los vendemos, hagan una oferta’. Y así arrancamos esa nueva etapa”.
Fue más o menos por esos días que Kanayet dejó su trabajo en Schlumberger. Él y González terminaron explotando quince pozos, todos pequeños, desde el Putumayo hasta el Catatumbo, lo que acabó traduciéndose en 20 millones de barriles. El año pasado decidieron vender aquella empresa, lo que no quiere decir que hayan perdido el interés en el petróleo: su grupo económico al fin y al cabo gira en torno al llamado ‘oro negro’ y sus negocios, que ya hacen parte del proceso de licitación de dos nuevos pozos. Ahora sí, pozos grandes.
 

Dos 

Casado y padre de dos hijos, Kanayet dice sostener, dentro de su positivismo, campañas que muchos podrían calificar de antemano como perdidas. Por ejemplo, quiere que los colombianos dejemos de hablar en diminutivo (un tintico, una platica) porque, asegura, “eso es pensar también en diminutivo, temerle a los proyectos en grande”. También quiere que a nuestra moneda se le quiten tres ceros, de manera que las cifras no nos resulten tan grandes y asustadoras y así nos arriesguemos más a invertir, a hacer negocios. Y, sobre todo, sueña con el día en que dejemos de criticar y hagamos más bien algo, algo positivo: es un enamorado de Colombia hasta los huesos.
Dice que de esta última causa viene, en buena medida, su inmensa inversión en Ecopetrol: como persona natural es dueño de 12 millones de acciones de la empresa, a lo que habría que sumar otros 3 millones que se reparten entre su socio y GPC. Semejante posesión lo pone, sin duda, en un lugar privilegiado en la lista de los veinte mayores accionistas particulares de la petrolera.
Compró alrededor de un millón de acciones cuando éstas salieron a la venta pública y de ahí en adelante ha venido adquiriendo en la Bolsa más y más, hasta llegar a la cifra por la que algunos lo han calificado como el nuevo magnate o el rey del petróleo. No le molesta. Podría decirse que hasta le gustan esa clase de remoquetes. Y más bien comenta: “Toda la vida he admirado a Ecopetrol. Nunca ha dejado de ser una empresa seria que hace las cosas bien. Siempre pensé que debía fortalecerse, abrirse a los colombianos”.

"El barril esta en 40 o 45 dólares. Con esos niveles se pueden desarrollar muchos proyectos rentables".fotografías Elizabeth Jiménez.

¿Y qué opina de los resultados económicos que le ha ofrecido?
– Me he sentido muy bien con esta compra; creo que es una magnífica transacción. En un mundo en el que no hay dónde invertir con seguridad, qué mejor que invertir en una compañía que produce dividendos del 10% de los 2.100 pesos que vale la acción. Es más, me gusta la idea de seguir comprando acciones de Ecopetrol.

Pero el precio del petróleo continúa cayendo...
– Es chistoso oír eso, porque considero que los precios están en un nivel interesante. Hace menos de cinco años cualquiera de los que estamos en la industria petrolera hubiéramos firmado muertos de la dicha un papel con precios de 30, 35 o 40 dólares el barril. Ahora está a más o menos 40 o 45 dólares. Con esos niveles se pueden desarrollar muchos proyectos rentables, se pueden seguir haciendo negocios sin perder plata.

¿Para dónde van, entonces, el petróleo y sus precios?
– Si una compañía produce un millón de barriles al año, en cinco años habrá producido cinco millones, y por lo tanto necesitará contar con un yacimiento de más o menos la misma cantidad, para así no perder su capacidad de producción. Eso no está pasando. Es decir, los descubrimientos son menores a la producción. Y eso tiene, obligatoriamente, a largo plazo, que llevar a subir el precio del petróleo.

Y también a una mayor búsqueda de otras fuentes de energía, ¿no?
– Claro, en esas estamos.

Tres 

Aunque continúa metido en el mundo del petróleo, buena parte de sus intereses de hoy están puestos en traer Maseratis a Colombia y en sacar carburantes de la yuca. fotografías Elizabeth Jiménez.

En esas están. Kanayet y González llevan seis años trabajando en los llanos orientales en la búsqueda de alcohol carburante a partir de la yuca. Según dicen, más que un negocio es una manifestación de agradecimiento, una expresión de responsabilidad social.
“Teníamos claro que no queríamos dejar pobreza y desolación cuando nos fuéramos de la zona, después de explotar durante diez o quince años un proyecto petrolero. Decidimos, entonces, comprar una finca de dos mil hectáreas y empezar a pensar en energías renovables. Experimentamos con caucho y palma africana, pero al final nos decidimos por un tipo especial de yuca. La idea es no competir con la cadena alimenticia; por eso usamos yuca amarga sembrada en unas tierras que son poco fértiles. Queremos trabajar con reinsertados. La idea es inaugurar en junio y llegar a tener tres plantas de destilación que proporcionen, cada una, unos 8 mil empleos”.
Hasta el momento han invertido en este proyecto 16 millones de dólares. Ante el tamaño monumental de esta cifra, aparece entonces la pregunta obvia: ¿se trata realmente de un plan social o más bien de un simple negocio? “Si el proceso nos da plata, bienvenida sea, porque nos permite ser un factor multiplicador de más proyectos –responde Kanayet–. Si da pérdida... bueno, la pérdida mata todo. Pero si da una rentabilidad cero, estaremos felices y satisfechos, porque podrá mantenerse”.
Así como le brillan los ojos al hablar del alcohol carburante que espera poder extraer de la yuca, le brillan también cuando se refiere a su nuevo negocio, a su nuevo riesgo: una locura llamada Maserati.
Todo empezó hace cinco años, cuando a la Feria del Automóvil de Bogotá trajeron, acaso por primera vez, los carros de la famosa marca fundada en Italia en 1914. Kanayet –aficionado al automovilismo– recuerda que los vio y se dijo: “Estoy cumpliendo cincuenta y me puedo dar ese regalo”. Y se lo dio. Desde esos días no sólo anda por las calles en uno de los modelos Quattroporte de la marca, sino que viene trabajando en la búsqueda de la franquicia para Colombia. La idea es que, en menos de dos meses, se puedan ya conseguir en Bogotá. Al respecto –y agarrando la pregunta que flota en el aire sobre vender carros de altísimo lujo en plena crisis– dice: “Es que en la vida hay que apostarle a los riesgos. La gente exitosa comúnmente hace las cosas en contravía, se lanza en los malos momentos, que son los mejores para invertir: cuando se calman las aguas se ven las ganancias”.
Por supuesto, su forma de asumir los negocios no es bien vista por todos. Es famosa la aversión que él produce en algunos sectores del mundo petrolero por proponer lo que algunos consideran absurdo o por las audacias de sus jugadas económicas. Es más, algunas veces las cosas van más allá y se traducen, tal como lo reconoce sin rodeos, en asomos de lo que parece ser envidia; pero es que no a todos les ha ido tan bien, no todos los que se han animado a lanzarse han salido al otro lado.
Kanayet se limita a encogerse de hombros indicando que no posee respuestas. Él sólo sabe de positivismo y de riesgo. Al parecer con esas dos claves le basta. Al parecer con esas dos claves le sobra. 

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