Hace cien años, la gran batalla femenina fue el reconocimiento del derecho a elegir y ser elegida. Muchas mujeres lucharon en las calles y no faltó la que murió por defender sus derechos.

Daniel Samper Pizano

(Fotos AFP)

A Florence Thomas

Aquel 4 de junio de 1913 el hipódromo de Epsom, Inglaterra, era una feliz muchedumbre que reunía a personajes de la nobleza —incluida la familia real—,damas elegantes, caballeros de cubilete, aficionados a la hípica, apostadores, trepadores sociales, gentes del común y periodistas. Algunos de estos llevaban el último milagro de la comunicación social: cámaras de cine para alimentar noticieros. Se celebraba el tradicional derby anual, y en él tomaban parte los mejores purasangresde las caballerizas británicas. Era tradición que la casa real aportara un caballo al puñado de protagonistas de la gran competencia, y ese año el rey Jorge V escogió a Anmer, uno de los favoritos para ganar.

La carrera se desarrollaba a gran velocidad. Los caballos tomaron la curva y entraron a tierra derecha, donde miles de personas gritaban a favor de sus ejemplares predilectos, separadas de ellos apenas porla barrera de un tablón. Anmer era el tercero. En ese momento, una figura femenina, ataviada con la falda larga y el sombrero estrafalario propios de la época, pasó por debajo de la barrera y se atravesó en el camino de Anmer. Llevaba en la mano una pancarta en favor del voto femenino. El choque fue inevitable. El caballo rodó con las cuatro patas apuntando al cielo, el jinete, Herbert Jones, también cayó a tierra yencima de la grama quedó tendida la mujer. Una película muestra cómo flotó el sombrero al recibir el golpe del caballo y de qué modo se elevó casi un metro su cuerpo, en medio de un revoloteo de faldas oscuras y faldones blancos.

Víctima de un traumatismo craneal, la mujer quedó inconsciente. Fue llevada al hospital y sometida a tratamientos de urgencia, pero todo resultó inútil. Sin haber recuperado el conocimiento, falleció el 8 de junio. Se llamaba Emily Wilding Davison, había nacido en Londres, tenía 41 años y era una activa militante del movimiento que exigía el derecho de las mujeres a participar con su voto en la elección de funcionarios públicos. 

Mujeres de urnas tomar

La muerte de Emily marcó un hito en la lucha política feminista, hasta el punto de que 1913 se convirtió en el año emblemático de una lucha que había empezado en Gran Bretaña en 1872, con la fundación de la Sociedad Nacional para el Sufragio Femenino y que vio surgir, años después, otras organizaciones más militantes, como el Sindicato Femenino Político y Social (SFPS). 

El nuevo siglo estimuló aún más la lucha de las mujeres por el voto y las incitó a adoptar las vías violentas, hasta el punto de que el 8 de diciembre de 1912 un grupo de damas atacó a carterazos a un pobre clérigo de apellido Forbes, al que confundieron con David Lloyd George, el político más famoso de su tiempo. En febrero del año siguiente, las sufragistas incendiaron un ala de la casa de George —quien, paradójicamente, simpatizaba con el voto femenino— y cambiaron los discursos por protestas de hechos contundentes, como encadenarse a las rejas del palacio de Buckingham, romper vitrinas, estropear campos de golf, atacar clubes y golpear a parlamentarios enemigos del voto femenino.

Las autoridades respondieron encarcelando con el menor pretexto a las mujeres indignadas. Y cuando estas optaron por realizar huelgas de hambre en la cárcel, se debatió si el gobierno tenía derecho a forzarles la entrada de alimentos. Finalmente, el primer ministro Herbert H. Asquit dictó una norma conocida como ‘el Gato y el Ratón’, que aceptaba la huelga de hambre y no intentaba alimentar a la fuerza a las prisioneras, pero cuando se hallaban muy débiles, las mandaba a curarse o morir en sus casas. 

Emily Wilding Davison había participado en varias de las manifestaciones de protesta. Procedente de una familia de escasos recursos, estudió literatura en Oxford, donde obtuvo notas sobresalientes pero no pudo alcanzar el diploma, porque estaban prohibidos los grados femeninos en la universidad. Luego fue profesora e institutriz, hasta cuando se vinculó más estrechamente con el SFPS. Encarcelada en varias ocasiones —una de ellas por la paliza al reverendo Forbes— hizo huelga de hambre en una cárcel y en otra se lanzó escalera abajo y resultó con lesiones en la columna.

“Hechos, no palabras”

No se sabe bien cuáles eran sus intenciones aquel día en que rodó atropellada por el caballo Anmer. Si quiso atravesarse al galope del purasangre real, o si pensó que la competencia había terminado; si gritó ‘¡Voto para las mujeres!’ o si solo portaba un cartelón con miras a colgarlo del cuello del animal; si estaba dispuesta a suicidarse para atraer la atención hacia su causa o si el desenlace desbordó sus previsiones. El suicidio no parece muy claro, porque le encontraron tiquete de regreso a Londres y boletas para un baile sufragista que iba a celebrarse esa noche.
Sepultada el 15 de junio en una estancia familiar en las afueras de Londres, su funeral convocó a miles de personas. En su tumba se grabó, a manera de epitafio, el lema de SFPS: “Hechos, no palabras”. Aún se debate si su sacrificio ayudó o no a la causa feminista. No hay duda de que el incidente de Epsom hizo famosa la reivindicación prácticamente a nivel mundial. Pero muchos enemigos de la plena ciudadanía para mujeres adujeron que si una dama laureada en Oxford era capaz de semejantes actos, de otras menos educadas había que esperar cosas mucho peores.

En cuanto al jinete Jones, sufrió una leve contusión cerebral, pero se repuso y siguió compitiendo. En 1928 pronunció una declaración a favor de las sufragistas. En 1951 lo encontraron muerto en su casa, como resultado de envenenamiento por gas: ¿accidente?, ¿suicidio? Como en el caso de Emily, no se sabe. Anmer volvió a las pistas.

Fraternidad, libertad, desigualdad

Las sufragistas lucharon hasta arriesgar su integridad para conseguir el derecho a participar en elecciones democráticas, pero la Historia acusó en su caso una sorprendente tardanza: aun cuando la democracia nació en Grecia en el siglo V a. C. sin consagrar la igualdad de sexos, solo en el XIX surgió una cruzada en pro del voto femenino y apenas en el XX esa cruzada tuvo éxito. 

En 1791, la escritora y activista francesa Olimpia de Gouges publicó una declaración de derechos del ciudadano que equiparaba los del hombre y la mujer. Pero la vigente Revolución francesa fue tan machista como lo habían sido todos los regímenes que la precedieron, y no reconoció la igualdad, la fraternidad y la libertad más que a los varones. Francia perdió así la oportunidad de hacer historia en los anales de la política femenina. De hecho, fue uno de los últimos países europeos en reconocer el voto de la mujer, algo que solo ocurrió en la Constitución de 1946.

El pensador Jeremy Bentham había defendido tan elemental derecho en 1818. Pero aún faltaba un siglo para que sus ideas arraigaran.

Los pioneros mundiales

El movimiento nacido en Inglaterra encontró uno paralelo en Estados Unidos, donde la situación era similar a pesar de que registraba algunos antecedentes de participación electoral femenina. En 1756, por ejemplo, se permitió que, solo por una vez, una señora —la viuda multimillonaria Lydia Taft— votara una decisión del concejo municipal de un pueblo de Massachussets. Dos europeas —la escocesa Frances Wright y la polaca Ernestina Rose— dictaron en 1826 y 1836, una serie de conferencias que alborotaron el avispero feminista e inspiraron a la bostoniana Margaret Fuller un atrevido libro titulado El gran proceso: hombres contra mujeres. En 1848, el efímero partido liberal de Estados Unidos incluyó en su plataforma el sufragio femenino. 

Las sufragistas británicas y gringas no fueron las primeras en lograr que se reconociera su derecho al voto. Los países pioneros fueron dos naciones remotas, Nueva Zelanda, en 1893, y Australia, en 1902, mientras que en Europa se desgranaba poco a poco la mazorca: Finlandia consagró el voto femenino en 1906 y Noruega en 1913. El estallido de la Primera Guerra Mundial en 1914 obligó a algunas de las organizaciones de sufragistas a suspender sus actividades: los cañonazos convocaban al patriotismo por encima de toda discriminación.

Por fin, en 1918, el Parlamento británico aprobó el voto femenino, pero en forma restringidísima: solo para propietarias de finca raíz o esposas de propietarios que fueran dueñas de cierta renta anual, mayores de 30 años y graduadas universitarias. Aún así, 8,4 millones de mujeres ingresaron al registro electoral.

Ese mismo año el Congreso de Estados Unidos emitió la decimonovena enmienda constitucional, que incorporó el derecho de las mujeres a acudir a las urnas. La Unión Soviética lo había hecho en 1917, Canadá dio el paso en 1918 y en 1919 los imitaron Alemania, Austria, Polonia y Checoslovaquia. España tuvo que esperar hasta que la Primera República lo estableció en 1931.

Colombia llega tarde

El líder latinoamericano en la materia fue Uruguay en 1927, al que siguieron Ecuador, en 1919, Brasil, en 1932 y Cuba en 1934. Colombia es uno de los países en que más tardíamente levantó la minusvalía electoral a las mujeres, algo apenas normal en una sociedad que en 1821 tuvo la oportunidad de escoger entre el sufragio universal para todos los ciudadanos (no estaban incluidas las ciudadanas), que defendía Antonio Nariño, y el voto solo para propietarios de finca raíz, que preconizaba la oligarquía con Vicente Azuero a la cabeza, y escogió este último.
Fue el gobierno de Gustavo Rojas Pinilla el que, en 1954, otorgó a las colombianas primero el derecho a depositar la papeleta en la caja. Solo se incorporaron a la lista continental con posterioridad a Colombia dos países centroamericanos.

Las suffragettes, como las denominó el periódico popular Daily Mail, fueron parte importante del paisaje político de Europa y Estados Unidos en el primer tercio del siglo XX. 

Hoy, cien años después, parece increíble que la civilización occidental hubiera tardado más de 2.500 años en reconocerles a las mujeres un derecho tan obvio como es el del voto, base de la democracia formal.