09 de Agosto de 2011 - 11:12 pm

Cúcuta: Ciudad comercial y fronteriza

Realizado por: Por Jorge Augusto Gamboa M. , antropólogo y Máster en Historia, Universidad Nacional de Colombia. Investigador, Instituto Colombiano de Antropología e Historia
(Tierras de los indios Motilones, 1754. Mapa de la zona comprendida entre la laguna de Maracaibo y la Provincia de Santa Marta, en el que se señalan accidentes geográfi cos, los pueblos, caminos y tierras de los indios comarcanos. Corresponde al proyecto para la conquista de los motilones por don Bentura de Flota Sepúlveda. Archivo General de la Nación, mapoteca 4, ref. 599A Bis.)


La mejor manera de comprender la historia de la capital del Norte de Santander es considerando su situación fronteriza y su vocación comercial. Cúcuta ha sido una frontera en múltiples sentidos: geográficos, políticos y culturales. Se sitúa donde termina la zona montañosa y empieza el valle cálido del río Zulia, que luego forma la gran cuenca del Lago de Maracaibo. Gentes de climas fríos y culturas andinas se han encontrado desde hace miles de años en este lugar con gentes de tierras calientes y selváticas. El desarrollo de la colonización española en el siglo XVI convirtió la región en el límite político-administrativo de lo que más tarde serían las repúblicas de Colombia y Venezuela y a la ciudad en un puerto seco de entrada y salida de mercancías que fue determinante en el desarrollo de su historia. Cúcuta ha sido prácticamente desde sus inicios un lugar para el comercio y un cruce de caminos.

Los habitantes prehispánicos y la conquista española

Sabemos que el valle de Cúcuta fue habitado desde hace por lo menos unos 16.000 años por grupos de cazadores y recolectores que vivían de cazar grandes animales hoy extintos como el mamut o el mastodonte. Eran sociedades pequeñas, unidas por lazos de parentesco, que manejaban grandes territorios por los cuales se desplazaban cíclicamente, al ritmo de las migraciones de los animales y de las cosechas de las plantas que recolectaban. Después de algunos miles de años, adoptaron un modo de vida más sedentario y se dedicaron a la agricultura intensiva. Formaron pequeñas aldeas que con el paso del tiempo fueron creciendo y su organización social se transformó en sociedades tribales y cacicazgos, donde aparecen jefes, consejos de ancianos y otras formas de jerarquización. Fue precisamente este tipo de sociedades lo que los españoles encontraron cuando llegaron a la zona en la primera mitad del siglo XVI.

En la tradición local se ha dicho siempre que los indígenas que poblaban la región en los tiempos de la Conquista eran los llamados “motilones”, que se hicieron famosos por su belicosidad. Incluso es un nombre que se utiliza actualmente como sinónimo de cucuteño. Pero esto no es correcto. Los españoles llamaron así a unos grupos que vivían en las tierras selváticas de la cuenca de los ríos Zulia y Catatumbo, que habitaban mucho más al norte. Los habitantes del valle de Cúcuta tenían poco que ver con ellos. Además, bajo el sobrenombre de “motilones” se agruparon varias étnias cuyo nombre verdadero era diferente. Realmente, las gentes del valle de Cúcuta fueron considerados por los españoles un poco más afines a los cacicazgos de la zona montañosa del Norte de Santander que también llamaron incorrectamente “chitareros”. Pero es probable que tampoco estén muy emparentados con ellos. Lo más correcto, dados nuestros conocimientos actuales, es considerar que el valle de Cúcuta en el momento de la llegada de los conquistadores estaba habitado por sociedades tribales y cacicazgos dedicados a la agricultura y a otras actividades, que probablemente hablaban una lengua de la familia chibcha y compartían con los llamados “chitareros” algunos rasgos culturales. Había varios asentamientos y el más grande fue el que le dio su nombre al lugar, aunque existieron otros como los táchiras, tamocos, camaracos, etc.

Las primeras expediciones españolas recorrieron la zona a comienzos de la década de 1530 provenientes desde el Lago de Maracaibo. Sin embargo no se establecieron ni lograron una colonización efectiva. Se sabe que un grupo al mando del conquistador alemán Ambrosio Alfinger llegó hasta el valle de Chinácota donde perdió la vida a manos de los indios hacia 1532. Eso sirvió para que se creara la fama de belicosos que los acompañó en las décadas posteriores. En la década siguiente hubo otros intentos de colonización, pero fue la expedición comandada por Pedro de Ursúa y Ortún Velasco que partió desde Tunja a finales de 1549, la que logró un control más o menos efectivo de la región. Ursúa y Velasco fundaron ese año la ciudad de Pamplona, en la zona fría y montañosa y enviaron hombres a explorar hacia el norte, encontrando el valle de Cúcuta. Luego de varios años de guerras y negociaciones, los indígenas se sometieron a la Corona y fueron entregados en encomienda a varios vecinos de Pamplona. A partir de entonces empezaron a darles tributos y a trabajar para ellos en diversas labores agrícolas, ganaderas y mineras. Pero la zona se mantuvo como una región de frontera con poca presencia española. Los indios de Cúcuta daban pocos tributos y estaban muy lejos de las minas de oro y plata de la región. Por lo tanto no tuvieron que sufrir este penoso trabajo, pero si fueron empleados en las canoas que empezaron a utilizarse por el río Zulia. Esta se convirtió en una arteria fluvial muy importante que comunicaba al Nuevo Reino de Granada con el Lago de Maracaibo, desde donde se establecía la conexión con Europa.

El régimen de la encomienda y las enfermedades de origen europeo para las cuales no tenía defensas generaron pronto una gran disminución de la población nativa en toda la provincia de Pamplona y en el valle de Cúcuta en particular. Hacia 1560 las encomiendas de Cúcuta podían tener unos 700 hombres en edad productiva, pero ochenta años después, hacia 1640 la encomienda que tenía por aquel entonces Cristóbal de Araque, descendiente de los primeros conquistadores, tan sólo tenía 54 hombres aptos para el trabajo, entre cúcutas, tamocos, camaracos, cabricaes y cacaderos. La disminución había sido entonces superior al 90%. Pero la crisis demográfica se había atenuado en las primeras décadas del siglo XVII con las medidas que empezó a tomar la Corona para proteger a la población nativa de toda América. Se mejoraron sus condiciones laborales, se controlaron los abusos de los encomenderos, se intensificó la evangelización y se procuró proteger la propiedad de la tierra de los nativos dándoles resguardos para que hicieran sus cultivos y organizándolos en pueblos al estilo español. Este fue el origen de la primera fundación hispánica de Cúcuta. Por el año de 1622, el visitador Juan de Villabona y Zubiaurre recorrió la provincia de Pamplona llevando a cabo este programa de reformas. Dictó una serie de medidas que transformaron la vida de las comunidades indígenas de toda la región, incluyendo a las de Cúcuta. En 1623 ordenó que los indios del valle se congregaran en un pueblo y les asignó un resguardo. Ese es el origen del que sería llamado luego San Luis de Cúcuta, que fue el primer poblado fundado en el valle. Probablemente quedaba en la margen oriental del río Táchira, donde hoy en día es el barrio San Luis.

De pueblo de indios a villa de mestizos en el siglo XVIII

San Luis era una pequeña aldea cercana a las tierras del resguardo que poco a poco fue creciendo. Sus habitantes estaban dedicados a la agricultura, la ganadería y el transporte fluvial. Algunos blancos y mestizos empezaron también a establecerse en el valle, con lo cual la población se estabilizó. En las primeras décadas del siglo XVIII se introdujo el cultivo del cacao en toda la región y empezó un periodo de bonanza. El cacao era exportado hacia Europa y las otras colonias americanas por la vía del Lago de Maracaibo y muchas personas empezaron a formar haciendas cacaoteras cercanas a los ríos que permitían el transporte del producto. Llegaron algunos vecinos de Pamplona, varios mestizos pobres en busca de trabajo y una gran cantidad de esclavos negros para las haciendas y la conducción de canoas. Ellos fueron el origen del segundo asentamiento hispánico del valle. La población blanca y mestiza que vivía en las márgenes y al interior del resguardo de Cúcuta quiso independizarse tanto en lo civil como en lo religioso del pueblo de indios y logró que se autorizara la fundación de una parroquia hacia 1733. Se dice que una matrona vecina de Pamplona llamada Juana Rangel de Cuéllar, descendiente de los primeros conquistadores, donó unos terrenos en su hacienda llamada Guasimales para que allí se hiciera la fundación. El sitio exacto al parecer se llamaba Tonchalá, en el margen occidental del río Táchira, a uno o dos kilómetros de San Luis. La parroquia fue llamada San José de Guasimales o San José de Cúcuta.

El auge del cacao y del comercio hacia la capitanía de Venezuela hizo que llegaran más gentes y la población empezara a crecer. Poco a poco se formaron otros asentamientos un poco más al sur que también quisieron ser parroquias y villas. Así nació el tercer poblado del valle, unos kilómetros al suroriente. Fue El Rosario, que por aquel entonces era un sitio más poblado que San José y San Luis. En 1773 se organizó como parroquia a partir de una donación de Ascensión Rodríguez. Recibió en 1780 el título de villa y una década más tarde, hacia 1792, San José sería elevada al mismo rango. Las dos nuevas villas y el pueblo de indios de Cúcuta quedaron subordinados a Pamplona que siguió siendo la capital de la provincia durante varias décadas.

El final de la colonia y la independencia

Al comenzar el siglo XIX el comercio por los puertos sobre el río Zulia se diversificó, se intensificó y las villas siguieron creciendo. Hacia 1808 los productos más importantes eran el cacao, el añil y el café. El corregidor Joaquín Camacho comentó ese año que la prosperidad de Pamplona ya se debía a las haciendas de cacao de sus vecinos en el valle de Cúcuta y al comercio que desarrollaban por el puerto de Los Cachos, en el sitio de Limoncito, sobre el río Zulia hacia lugares como Barinas, las islas del Caribe y Europa. Eso había atraído también algunos inmigrantes europeos y destacó la colonia catalana establecida en San José. Sin embargo un gran obstáculo para el desarrollo de la villa era el mal estado de los caminos. Afortunadamente los ríos eran fácilmente navegables. Camacho calculó la población de las dos villas en unos 2150 habitantes y en el pueblo de Cúcuta todavía se contaban unos 660 indios.

Esta era la situación en la víspera del rompimiento con España. Dos años más tarde, la crisis política en la metrópoli y las guerras napoleónicas precipitaron la ruptura de las colonias americanas con su madre patria y la región se vio afectada por los movimientos de formación de juntas de gobierno que se dieron por toda la América española. El 4 de julio de 1810 la élite pamplonesa se levantó contra el gobernador español y lo depuso. A finales del mismo mes se organizó una junta que gobernó a nombre de Fernando VII, tal como se hizo en las demás provincias del imperio. San José y El Rosario mostraron su apoyo a estos movimientos. La región mantuvo su lealtad a la Corona, pero en 1813 se declaró la independencia formalmente. La lucha entre los ejércitos patriotas y españoles que empezó a continuación afectó a las villas de San José y El Rosario notablemente. Las tradiciones locales hablan de algunos personajes que se destacaron en esta coyuntura. Entre los más importantes está doña Mercedes Abrego de Reyes, una costurera que se dice que le cosió una casaca al coronel Bolívar cuando sus tropas pasaron por San José. Cuando las tropas realistas retomaron la villa en octubre de 1813 fue condenada a muerte por su ayuda a los rebeldes. También se destacan los hermanos Ambrosio y Vicente Almeida que formaron guerrillas patriotas que operaron durante la reconquista española, entre 1813 y 1817. Luego huyeron a los Llanos Orientales donde se unieron al Ejército Libertador y participaron en las batallas más importantes. Después de la victoria obtenida en Boyacá entraron con los vencedores en Santafé en agosto de 1819 y se establecieron en esa ciudad.

La Villa del Rosario se ha hecho famosa por haber sido la cuna del general Francisco de Paula Santander (1792), quien era hijo de un hacendado del cacao y se convirtió luego en uno de los máximos dirigentes patriotas, llegando a ser varias veces presidente de la naciente república y uno de sus organizadores institucionales. El Rosario también fue elegida como sede para la realización del Congreso de 1821 que inició labores el 6 de mayo con la presencia de diputados de Cundinamarca y Venezuela, con el fin de crear un Estado independiente llamado la Gran Colombia, conformado por la capitanía de Venezuela y el virreinato de la Nueva Granada. El Congreso fue presidido por Antonio Nariño y sesionó en la iglesia de la villa, lugar que aún se conserva aunque en ruinas por haber sido destruida en el terremoto de 1875. El proyecto de la Gran Colombia, sin embargo, tuvo una corta duración porque en 1830 se rompió la unión y se formaron las actuales repúblicas de Colombia (que incluía Panamá), Venezuela y Ecuador.

Siglos XIX y XX

El fin de la guerra y la formación de la república significaron un nuevo aire para el comercio, en especial para la villa de San José, la mejor situada geográficamente para servir de puerto seco. El fin del monopolio español permitió la participación abierta de otras naciones como Inglaterra y Francia en el intercambio comercial y esto trajo nuevas oportunidades. Se establecieron más colonias extranjeras y nuevos productos se empezaron a transportar para abastecer los mercados internacionales. El cacao, el café y el añil siguieron siendo importantes, pero se agregaron la panela, el tabaco, y la quina, entre otros. También los famosos sombreros de jipijapa elaborados por los artesanos de las regiones aledañas. El aumento en la actividad comercial llevó a un mayor desarrollo de la villa de San José, que empezó a predominar sobre los demás asentamientos del valle. El pueblo de San Luis terminó siendo absorbido por San José y la villa del Rosario se estancó en su crecimiento. Hacia 1850 se creó la Provincia de Santander y San José de Cúcuta se designó como su capital. Fue un reconocimiento a su desarrollo. Luego, en 1859 fue la capital del Departamento de Cúcuta, perteneciente al Estado Soberano de Santander. Estos cambios significaron su independencia de Pamplona, que hasta ese entonces había sido la ciudad dominante de la región. En términos demográficos, hacia mediados de la década de 1860, Cúcuta superó a Pamplona en número de habitantes. Mientras la antigua capital de provincia se estancaba, Cúcuta florecía. Desde 1854 aparecieron los primeros periódicos como La Prensa, luego hubo otros como La Dulcinea y El Comercio. El primero que funcionó diariamente lo hizo desde 1871 y fue el “Diario del Comercio”, dirigido por don Francisco de Paula Andrade. Desde 1874 se estableció el telégrafo. Por aquel entonces la ciudad tenía unos 12 barrios, con 2 plazas, unas 3 iglesias, el consulado de comercio, 137 establecimientos comerciales, 72 industriales, un colegio, 2 teatros y otra serie de instituciones que dan una idea de su desarrollo. La población ya llegaba a unas 8000 almas.

Pero la pujante ciudad sufrió un duro golpe de la naturaleza que frenó un poco su desarrollo. En la mañana del 18 de mayo de 1875 un fuerte movimiento sísmico acabó con la mayoría de las poblaciones del valle de Cúcuta. La ciudad fue prácticamente destruida y se calcula que hubo cerca de 500 muertos. Sin embargo, la ayuda del gobierno y de los particulares llegó pronto y se emprendió la reconstrucción en el mismo emplazamiento que tenía, con un trazado urbano más moderno. La fisonomía actual del centro de Cúcuta se debe a este plan de reconstrucción, que se hizo pensando en una ciudad de unos 25.000 habitantes, pero a comienzos del siglo XX esta cifra fue ampliamente rebasada. La ciudad renació en los años siguientes y siguió con sus planes de desarrollo. Se construyó el tranvía, se abrieron varios caminos hacia el río Zulia y hacia Venezuela y se empezó la construcción del Ferrocarril de Cúcuta. Este fue el proyecto más importante para la ciudad a finales del siglo XIX y comienzos del XX, ya que impulsó el comercio de una forma nunca vista. Desde 1865 se venía mejorando el camino que unía a la ciudad con el puerto de San Buenaventura, sobre el Zulia y en 1876 se firmó el contrato para construir una vía férrea. Las obras empezaron en 1879 y en junio de 1888 los rieles llegaron a los suburbios del norte de la ciudad. Se construyeron tres líneas. La primera hacia el norte para alcanzar el río Zulia. La segunda al sur para enlazar con el interior del país y la tercera al oriente para unirse con Venezuela.

Cúcuta también sufrió durante la Guerra de los Mil Días (1899-1902) porque fue escenario de algunas acciones bélicas. Fue sede de un gobierno revolucionario liberal. Después de la batalla de Palonegro (10-25 de mayo de 1900) algunos batallones liberales se refugiaron en la ciudad que fue sitiada por los conservadores desde el 11 de junio. Al cabo de 35 días de asedio la plaza fue tomada. Después de la guerra, las actividades comerciales se reanudaron y Cúcuta continuó con su expansión. Desde 1910 se creó el actual Departamento del Norte de Santander y Cúcuta fue elegida como su capital. El ferrocarril siguió funcionando y vivió su momento de mayor actividad en la década de 1920. Sin embargo, a mediados de la década de 1930 empezó a decaer. La línea de la frontera dejó de funcionar en 1933. Tres años después lo hizo la línea del sur. La del norte sobrevivió hasta 1960 cuando detuvo sus actividades definitivamente. El ferrocarril había dejado de ser el medio de transporte preferido para la actividad comercial y fue reemplazado por los automóviles y camiones que aprovecharon el mejoramiento de las vías y el bajo costo de la gasolina. Desde entonces este ha sido el medio predominante, desplazando la tradicional ruta fluvial por el río Zulia y el ferrocarril que dependía de ella.

La segunda mitad del siglo XX ha significado para Cúcuta un desarrollo vertiginoso. Su destino económico y cultural está fuertemente atado a su situación fronteriza. Lo que sucede en Venezuela repercute ampliamente en la ciudad, que ha visto épocas de crisis y bonanza en sintonía con lo que sucede en el vecino país. Grandes empresas se han establecido en la ciudad, se han emprendido obras públicas de gran magnitud, como el Aeropuerto Internacional Camilo Daza, que funciona desde la década de 1970. Más recientemente se han construido centros comerciales y se han adecuado muchas vías. Si se observan las cifras de población se puede apreciar que desde la década de 1950 la ciudad ha multiplicado varias veces su tamaño, pasando de unos 100.000 habitantes a unos 600.000, que superan el millón si se tiene en cuenta toda su área metropolitana. A pesar de que se viven tiempos de crisis económica e incertidumbre, la historia de Cúcuta ha demostrado que sus habitantes han sabido sortear las dificultades y salir fortalecidos de las adversidades. En este caso, esperamos que la historia siempre se repita.

Bibliografía


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