Inicio / Desde el foso

07 de Febrero de 2012 - 11:43 am

Alberto Ángel Montoya, un poeta de chimenea y vino rojo

Se cumplen 110 años del nacimiento de quien, aparte de representar la mejor herencia del ‘art decó’ nacional, sedujo con sus poemas y su gallardía a muchas damas bogotanas y de las otras. Algunos le atribuyen la paternidad de Camilo Torres Restrepo.

Daniel Samper Pizano

(Archivo particular)

Hace 80 años cumplidos, en 1931, se realizó en Bogotá el primer Concurso Nacional de Belleza. Acudían al certamen representantes de una docena de regiones. El acto de coronación estaba planeado como un gran espectáculo de elegancia santafereña organizado por la Marquesa de Bonneval, una señora cachaca nacida a fines del siglo XIX cuyo verdadero nombre era María Josefina Suárez Borrero. Había adquirido en el altar el marquesado, el apellido y un cónyuge francés llamado Charles de Bonneval. Escenario: el Teatro de Colón. Presidente de la velada: el jefe del Estado, Enrique Olaya Herrera. Atuendo: caballeros, riguroso frac; damas, traje largo.

La marquesa había previsto un final doblemente emocionante. Cada candidata debía hacer su última presentación en el escenario del teatro acompañada por un poeta que le dedicaría un soneto. Los aplausos y un jurado flexible escogerían a la candidata más bella y al poeta vencedor.

Desfilaron por orden alfabético las candidatas de Antioquia, Bolívar, Bogotá y demás procedencias con sus respectivos poetas. Entre ellos se hallaban nada menos que Arturo Camacho Ramírez y Jorge Padilla. Llovían los aplausos, los suspiros y los estremecimientos estéticos.

Y llegó el turno a la última, la representante del Valle del Cauca. La escogida, Elvira Rengifo Romero, era una morena de ojos profundos, tez trigueña y cuerpo esbelto, que parecía salida de un óleo de Julio Romero de Torres. Entró con ella Alberto Ángel, de 29 años, prototipo del dandy bogotano, alto, elegante, ídolo de las muchachas de sociedad, autor de poemas eróticos que derrochaban sedas y penumbras. Era un átomo de la cultura francesa extraviado en los riscos andinos.

La reina vallecaucana se dispuso a escuchar el soneto del poeta que le había tocado en suerte, y este desgranó, con voz pausada y santafereño acento, los siguientes versos:

  
Doña Elvira Rengifo: tú llegas de la leve
página de un idilio que nunca morirá.
Si al virginal mandato tu juventud se mueve,
la sombra de María por donde pasas va.

Sobre tu frente cándida, qué bien está la nieve
y en tu mirar sereno, la luz qué bien está.
Bajo un clamor unánime, para tu planta breve,
como un tapiz magnífico se tiende Bogotá.

Doña Elvira Rengifo, la del Valle risueño,
parece que llegaras aquí como de un sueño;
eres flor en el rostro y en el cuerpo, bambú.

Si en el Valle del Cauca se agostaron un día
los lirios impolutos cuando murió María,
las rosas florecieron cuando naciste tú.  


El teatro se vino abajo, el público aplaudió de pie, las señoras sacaron pañuelo y la propia doña Elvira Rengifo, transida de emoción, no pudo evitar unas lagrimitas, mientras el poeta, impávido y resplandeciente como una roca blanca, recibía el homenaje. La heredera de María fue elegida reina y Olaya Herrera extendió a Ángel Montoya el premio debido al mejor poeta de la denominada soirée.

“Para algunos, el primero”

El próximo 29 de marzo se cumplen ciento diez años del nacimiento de aquel sonetista que provocó un espasmo lírico en el Teatro Colón hace ocho décadas. Lamentablemente, la clásica desmemoria colombiana parece haberlo triturado. De su centenario, en 2002, se acordaron unos pocos miembros de su escasa familia, y hoy apenas lo salvan del olvido el poema a Elvira Rengifo y aquel célebre Soneto al amor que en 1927 recitaban todos los bogotanos pero ya sólo murmuran Álvaro Castaño Castillo y una manotada de cachacos de pro:

 Elvira Rengifo Romero se alzó con la corona del primer Concurso Nacional de Belleza en buena medida gracias a un poema de Alberto Ángel. (Cortesía Biblioteca Departamental Jorge Garcés Borrero. Cali)

Cuántas veces, amor, por retenerte
puse a tus pies mi juventud rendida.
Y cuántas, a pesar de estar herida,
te la volví a entregar, por no perderte.

Cuántas veces también, altivo y fuerte,
por alcanzar la gracia prometida,
me batí frente a frente con la vida
o me hallé cara a cara con la muerte.

Y hoy, cuando mi ilusión vuelve a tu lado
trayéndole al misterio de tu hechizo
la pluma azul del pájaro encantado,

torna otra vez a mi pupila el lloro
al mirar desde el puente levadizo
que está cerrado tu castillo de oro.


Habría, sin embargo, muchas razones para recordarlo. Dentro de su especial circunstancia, Ángel Montoya fue un señor poeta, un sutil recreador de atmósferas íntimas y un pintor en verso de estampas memorables. Jorge Padilla, autor de algunas de las mejores páginas publicadas sobre él, señala que es diferente a todos los poetas colombianos: “Es sólo Ángel Montoya. Lo que le falta en variedad le sobra en maestría. La elegancia de su estilo no ha sido superada”. 

Escribió hace años Bernardo Arias Trujillo: “Juan Lozano, José Umaña y Ángel Montoya son los únicos poetas legibles que hoy habitan en Colombia”. Agrega Guillermo Valencia: “Es el poeta del madrigal perfumado y versallesco”. Según Alejandro Vallejo, “un excelente poeta. Para algunos, el primer poeta de Colombia”.

AAM ―como él mismo se firmaba—, fue uno de los más exquisitos representantes del spleen finisecular, del sutil desencanto de la vida, del desdén y el desprecio por las cosas del mundo, partidario, en cambio, de cultivar las pasiones y vivir peligrosamente. “Con voz llovida de cenizas ha cantado como muy pocos el color del hastío”, indica Eduardo Carranza. “Su orgullo es un acantilado contra el que las olas se estrellan”, expresa Luis Eduardo Nieto Caballero.

La casa que asustaba por fuera

Era la versión linajuda y galante del ranchero mexicano Juan Charrasqueado, pues si este, según el corrido, era “borracho, parrandero y jugador”, el poeta bogotano nos confiesa con mayor finura que “amaba el vino, la mujer y el juego”. Disfrutó de riquezas heredadas y las dilapidó; fue ganadero en su hacienda El Corzo, no lejos de Bogotá, pero estaba más interesado en los atardeceres de meditación y en los paseos a caballo por el bosque con femenina compañía que en las vacas lecheras. Acabó viviendo con resignada modestia y agradeciendo “esta pobreza, la tan bien habida/ esta pobreza, la tan bien llevada”. 

Formó parte de la primera promoción de bachilleres del Gimnasio Moderno y se entregó en cuerpo y alma a los autores franceses de la época, como Barbey d’Aurevilly y Stendhal, hasta hacer de su rincón en la sabana una república poética independiente. Se dice que, atraídas por la gallardía del anfitrión y por la atmósfera de la vieja mansión colonial, con su chimenea y sus copas de vino tinto, muchas mujeres pasaron por 'la casa que asustaba por fuera'. Afirma quien lo vio que AAM guardaba en un armario alguna peluca femenina que permitió esconder más de una infidelidad de celebradas damas. 

 Ángel Montoya fue todo un ´dandy`de los años 30. (Archivo particular)

Quedan como testimonio numerosos versos cuyo delicado erotismo perdió juego ante el sexo explícito que trajeron y dejaron los años sesenta. Ángel Montoya menciona a algunas señoras en clave, a otras por su mero nombre y a una, en particular, por su nombre y apellidos completos. Se trata de Cecilia Iregui Borda, una joven de la alta sociedad bogotana (fallecida hace un tiempo, después de añadir un Holguín como apellido de casada), que, en competencia con la inglesa Gladys B***, fue el mayor amor de la vida del poeta en sus años de luz.

Años de luz que no fueron demasiados, pues una enfermedad empezó a apagarle la vista cuando aún no había cumplido 40 años. Sobre su ceguera se extendieron varias leyendas. Una dice que fue castigo del cielo por haberle dado a beber agua bendita a su caballo en la iglesia de Bojacá al cabo de prolongado baile en una hacienda vecina. Otra asegura que el incidente ocurrió en Sogamoso, cuando, jinete en brioso corcel, persiguió a una joven gitana hasta la sacristía. Seguramente no hubo sacrilegio, gitana, caballo ni maldición, sino un triste problema de máculas y retinas.

El caso es que Ángel pasó los últimos treinta años de su vida entre las sombras. Terminadas las noches de rumba y las tardes de vino y diván, se refugió primero en El Corzo y más tarde en un apartamento en la calle 83 con carrera 13. El teléfono y la radio se convirtieron en su contacto con el mundo. Ya ciego, le bastaron la voz y el teléfono para conquistar a la joven sobrina de uno de sus amigos, María Junguito, con la que contrajo matrimonio en 1946. 

(Por peculiares circunstancias, disfruté la ocasión de hablar repetidas veces con el poeta a través de la línea telefónica. Me dictó varios sonetos que se publicaron en Lecturas Dominicales de El Tiempo y un día de 1968 tuvo la deferencia de invitarme a El Corzo, que yo conocía por sus poemas. Él no estuvo presente, naturalmente, pues se había confinado a su apartamento, pero me acompañaron María y una amiga suya. Siguiendo instrucciones del amo de casa, me esperaban allí un ajiaco caliente, un vino tinto y unos caballos enjaezados en los que recorrí lo que quedaba de aquella hacienda tan familiar a sus lectores).

Camilo Torres y AAM

A los once meses de la boda con la sobrina de su amigo, nació Antonio Ángel Junguito, quien ha procurado mantener la hacienda como sede de eventos y celebraciones.
¿Fue Antonio el único hijo de Alberto Ángel Montoya? Posiblemente no. Se trata de un asunto que se ha abordado con frecuencia, pero siempre en medio del misterio, la timidez, los pequeños conciliábulos y las conversaciones en voz baja. En las charlas se menciona el nombre del que puede haber sido hijo natural del poeta. Muertos ambos, Jorge Padilla escribió, de manera enigmática, que Ángel “tuvo un hijo secreto, de ojos claros, que será célebre y morirá violentamente”. Padilla no se atrevió a escribir el nombre de aquel a quien, como íntimo conocedor de la biografía del poeta, considera su “hijo secreto”.
Alguna vez su hijo Antonio estuvo a punto de revelar el misterio en un texto sobre su padre que publicó El Tiempo, pero se detuvo y suprimió a última hora los párrafos pertinentes al no tener prueba contundente de la comunidad de sangre con quien el propio Antonio admiró mucho y consideraba orgullosamente su hermano. Un avezado estudioso de la vida y obra de Alberto Ángel Montoya me dijo que encontraría la clave en un poema llamado Bajo las flores de la higuera. Consulto el poema y la dedicatoria menciona a Camilo Torres Restrepo, el famoso sacerdote que se vinculó a la guerrilla y murió en combate en 1965, cuando el poeta aún vivía.
Consulté con un sociólogo cercano a Camilo la posibilidad de que este fuera hijo de Alberto Ángel y me dijo que jamás había oído de boca del 'cura guerrillero' una sola palabra al respecto, pero que, evidentemente, la madre del conocido y respetado revolucionario y esposa del médico Calixto Torres Umaña había sido una de las primeras mujeres liberadas de Colombia.

Alberto Ángel Montoya murió el 20 de noviembre de 1970. Durante sus últimos lustros, en medio de la soledad interior, las tinieblas y el silencio, hizo un giro hacia la poesía existencial y metafísica. El tercero final de su poema La eterna fuente es una especie de resumen filosófico de su vida:

En mi torre que mira hacia el poniente
hallé que era el dolor la única fuente,
y hoy soy feliz porque aprendí a ser triste.


Los años treinta según AAM


Aun cuando los poemas eróticos de Ángel Montoya han sido desbancados por costumbres y textos mucho más abiertos y directos, siguen siendo emblemáticos los retratos de momentos o situaciones dibujados por los versos del bardo bogotano. Algunos de ellos son verdaderos iconos de la estética correspondiente a los años treinta, cuando florecen el art nouveau y el decó. Dos ejemplos de esta tendencia son los sonetos Escena invernal y Pavo real.

Escena invernal

Bajo la marquesina del pórtico elegante,
y frente a los carruajes que esperan la salida,
surges ante la lluvia monótona y constante,
de pieles silenciosas y cálidas ceñida.

Tu mano, flor de invierno, velada por el guante,
a un galán pulcro y fatuo dice la despedida,
y junto al blasonado vehículo, un instante
tiembla toda la euritmia de tu carne transida.

Viejo ujier ostentoso de mímicas serviles
abre la portezuela y aspira los sutiles
efluvios de tus pieles, curvado hasta los pies.

Y cuando entre la bruma se aleja tu berlina,
en el húmedo ambiente, bajo la marquesina,
queda como un aroma flotando tu altivez.

 

Pavo real

Exhibiendo sus galas de heráldica opulencia,
pragmático en la gloria de la tarde estival,
el pavo presuntuoso llevó su decadencia
hasta la perfumada blancura del rosal.

Discurrió por el parque de rica florescencia,
el parque de los pinos, vetusto y señorial,
donde la fuente ejerce la lírica paciencia
de rimar siempre un mismo y eterno madrigal.

Y allí, bajo el silencio del gran pinar sombrío,
desenarcó el plumaje con un gesto de hastío
¡oh sus plumas de oro bajo el cielo de ayer!

Se contempló en las ondas de la fuente pagana,
y al mirarlo perderse tras la fronda cercana,
comenzaron las rosas también a envejecer.

  • Comparte este artículo:

En este árticulo se habla de:Desde el foso, foso, Daniel Samper Pizano., Antonio Ángel Montoya, Poeta,