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11 de Enero de 2012 - 12:19 pm

40 años del ‘Verano del amor’: Los hijos de las flores ya tienen nietos

Los ‘hippies’ no han muerto: hoy son abuelos. Cuarenta años después del ‘Verano del amor’, la nostalgia es lo único que queda de la generación de las flores, del ‘haz el amor y no la guerra’ y de la psicodelia. A Colombia, el movimiento llegó algunos años después…
 

Por Carol Cifuentes y Germán Hernández. 

(Fotografías Jorge Silva.)

Es bastante probable que esa rubia que camina por allí con la oreja conectada al cable de un I pod tenga una abuela que, hace 40 años, solía llevar flores en la cabeza. Es también muy posible, además, que esa dulce anciana fuera tan atractiva como su adorable nieta del nuevo milenio, aunque hoy casi nadie la imagine con un traje de bordados indígenas, sus jeans de bota campana y una nube de oro en la cabeza.

 Manuel V, el Romen de la 60. Bogotá.

Era el verano de 1967. Y en la bohemia ciudad de San Francisco (Estados Unidos) reducto de los curiosos beatnicks, muchas almas inquietas gestaban un momento crucial en el siglo XX: el nacimiento de la generación hippie. Las muchachas de veinte años no usaban celular ni reproductores digitales de música, sino que rechazaban la guerra de Vietnam, consumían LSD –el ácido lisérgico, droga legal hasta 1966– y marihuana y escuchaban el rock que molían músicos místicos y melenudos a punta de guitarras eléctricas.

Los reportajes de los diarios estadounidenses de la época comenzaron a difundir lo que se vivía en San Francisco: comunas de jóvenes consagradas a la protesta y a la ilusión de un mundo distinto. “Haz el amor y no la guerra”, decían los carteles de quienes desfilaban cerca de la Universidad de Berkeley y en la zona de High Ashbury, y que después el mundo conoció como los ‘niños de las flores’: los hippies, según el término acuñado por el periodista Michael Fallon algunos años atrás.

Se trataba de un prodigioso experimento social. La filantropía llegó al punto de que los hippies tenían una tienda cerca del Golden Gate en donde los artículos eran… ¡gratis! Y hasta una free clinic en donde se atendían los malos ‘viajes’…
Y, como solía pasar cuando no existía la globalización, estas noticias llegaron tarde a Colombia. El hoy editor Benjamín Villegas –director de Villegas Editores–, lo recuerda así en una entrevista para la revista Eskpe: “Yo me madure biche y estuve muy conectado con la generación de Enrique Santos Calderón. Con Juan Escobar López organizamos ‘La Calle’ y ‘El Templo’, para repetir Carnaby Street de Londres. Lo hicimos en La Perseverancia, en una serie de locales comerciales de gente joven. Pintamos las fachadas de colores, pusimos flores y los llenamos de entusiasmo. Por los medios se hizo famoso y se volvió incontrolable. Decidimos cerrar, cambiar y unir todo por dentro con un túnel. El corazón de fondo era una discoteca que se llamó El Péndulo. No era una comuna propiamente dicha, pero sí un hervidero trabajando, creando y produciendo”.
El movimiento había llegado ya a Bogotá, Medellín y Cali, y en la capital se concentró no sólo en ‘La Calle’ –en una zona detrás de lo que era el Hotel Hilton–, sino en la calle 60 debajo de la carrera Séptima, cerca de lo que se denominó como el Parque de los Hippies. Allí se concentraron los hippies criollos más famosos del verano del amor a la colombiana.

 Sybius el poeta. Concierto en el parque de la 60 Bogotá.

Había personajes ilustres e impactantes como Manuel Quinto, alma y cerebro de la Sociedad de Marihuaneros Anónimos. Fue un líder del universo hippie nacional, hijo de un ilustre millonario cachaco bogotano, y se conoce que hasta viajó en el avión presidencial con el mismísimo Carlos Lleras para convencerlo de lo importante que era el rock. Manuel Quinto –su nombre era Manuel Vicente Peña– maduró después y fundó la Asociación de Choferes No Matones para dedicarse a combatir la corrupción en el tránsito capitalino, y luego en el diario La Prensa, al frente de peliagudas investigaciones periodísticas. Murió hace algunos años, a causa de complicaciones respiratorias.
Pero fue uno de los profetas criollos del hippismo, un movimiento que crecía lentamente en medio de una sociedad cerrada y conservadora. “Fue un fenómeno muy vivo de expresión pictórica, de tiendas creativas, artesanales, todo muy primitivo, de gente joven –recuerda Benjamín Villegas–. No había individualmente nada muy especial, pero el conjunto sí lo era. Había gran creatividad musical porque allí tocaban los conjuntos de rock del momento. Fue un intento quijotesco de convertir la rumba en cultura. La síntesis fue una experiencia maravillosa que me llevó a ser más creativo y más libre que nunca y al llegar, al final, a la esencia misma que eran los libros”.

Y si en San Francisco hasta los Ángeles del Infierno –pandilleros de chaqueta de cuero y moto– congeniaron con los hijos de las flores, en Colombia los nadaístas también se dejaron crecer el cabello. El profeta nadaísta caleño Jotamario Arbeláez se convirtió también en un símbolo de esa alianza. Vivía con Leonor Carrasquilla, la famosa Maga Atlanta, y su hija, la hermosísima María de las Estrellas, y eran como la síntesis de una familia hippie. En Gabriella Infinita, una obra que recrea esos años maravillosos, Jaime Alejandro Rodríguez cuenta cómo vivían: “La Maga Atlanta ofrecía unos desayunos amorosos en su casa, porque su casa, que era la del poeta Jotamario, era hogar de paso de locos de todos los calibres, y que entonces, como hoy, no escaseaban, aunque entonces éramos locos menos crueles y más vistosos y pacíficos. Qué hogar más lindo en la poesía era aquél que formaban el poeta Jotamario, la Maga y María de las Estrellas. La niña fabulaba y tocaba la flauta. La Maga Atlanta predicaba Acuario con una voz rosada y sedosa. Jotamario tenía el pelo largo como Sansón”.

 Los hermanos Marín. Bogotá.

Pero la filosofía no tenía sus bases montadas solamente en las letras, sino sobre todo en la música. El rock inglés revolucionó el mundo con The Beatles y The Rolling Stones y en Colombia –tarde, también– esa revolución empezó con The Speakers, Los Flippers, Los Ampex, Los Danger Twist y Los Yetis. “El fenómeno se extendía como el aceite sobre el agua y los grupos nacían a diario, pero la selección natural era dura y muchos no sobrevivieron y no dejaron trazas de sí (discos o grabaciones). Los que quedábamos nos fuimos adaptando y trasformando a medida que el panorama de la nueva música se extendía a nuevas experiencias”, recuerda el italiano Roberto Fiorilli, uno de los pioneros del rock colombiano, miembro de The Speakers, Siglo Cero, y Columna de Fuego, en una conversación que sostuvo con Humberto Luna desde Italia.

Algunos próceres de ese movimiento, además de Fiorilli, fueron Arturo Astudillo, de Los Flippers, Tania Moreno, sobreviviente de Génesis, Jaime Córdoba, de la Banda Nueva, y Álvaro Díaz, también de los Young Beats. Su música se escuchaba en las tiendas hippies de la calle 60, en Bogotá, donde Las Madres del Revólver fue uno de sus populares almacenes de ropa de flores. Por allí solían pasar desde el poeta Sybius –misterioso personaje dueño de una literatura fantástica– hasta Potocho –mezcla de hippie con Ángel del Infierno de motocicleta–, miembros de una generación que iba a bailar a La Bomba, a beber cerveza en El Cisne y a concertar citas de amor en La Kintrala. La periodista Estela Villamizar se acuerda que se trataba de un movimiento más bien ingenuo y que toda la fama de inmoralidad y vicios no eran más que sexo, mentiras y video. “Eran muy sanos, si acaso metían marihuana y se morían de la risa, pero no más”. También se dedicarían después a los hongos alucinógenos y el centro de aquellos sicodélicos viajes era el río La Miel, cerca de La Dorada (Caldas).

 Entierro de María, el amor de Manuel V. Bogotá.

Muy pocos testimonios quedan de esa época de maravilla. Pero quizás los más bellos están registrados en el ojo del fallecido fotógrafo Jorge Silva, quien dedicó varios rollos para imprimirlos en la eternidad. La documentalista Marta Rodríguez, su compañera, recuerda aquellas sesiones: “Jorge Silva y yo fuimos hippies porque pertenecimos a la juventud contestataria que rompió con todos los esquemas y fue muy importante porque de ella salió un movimiento de poetas, músicos, artistas y pintores. Jorge y yo vivíamos muy asimilados a esa cultura. Los hippies se la pasaban en el parquecito de la 60, el Parque de los Hippies, cerca de nuestro edificio. Allá nos encontrábamos a Hugo, el pintor, con la gente que conocíamos y a los hermanos Marín, unos paisas que tenían ‘La Libélula de Oro’ y hacían afiches. Jorge era el fotógrafo contratado por ellos para hacer las fotos”. En el próximo mes de noviembre, en Bogotá, se podrá ver una muestra del extraordinario trabajo de Jorge Silva, incluida su serie sobre los hippies.
Hoy, la mayoría de aquellos hippies son abuelos. Algunos se quedaron con el sueño adherido a los párpados y todavía venden collares de cuentas y cinturones de cuero en las calles. Otros cambiaron las chaquiras de colores por corbatas Hermes. Pero las muchachas más hermosas todavía llevan flores en la cabeza. 
 

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